DOMINGO DE RAMOS

 

 

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FOLIOS DE LA UTOPÍA

 

 

LA BURRITA DE NUESTRO AMO

 

Danilo Sánchez Lihón

 

“Tocaron a la puerta”

César Vallejo

 

 Cajamarca, 13 de abril de 2014

 

1. Tocan a la puerta

 

– ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Escuchamos tres golpes en la puerta de nuestra casa que da a la calle de paredes vetustas.

Nos miramos.

Estamos almorzando sentados a la mesa y muy cerca al fogón en donde humean las ollas de barro.

¿Quién podría tocar a esta hora? En Santiago de Chuco a nadie se le ocurre interrumpir un almuerzo, salvo que se trate de un asunto urgente y grave.

– ¡Anda a ver quién toca! –Dice mi padre, ayudándome a retroceder la silla.

Salgo atravesando la sala siempre oscura, con retratos de nuestros abuelos y bisabuelos. En los pueblos de la sierra las salas del primer piso no tienen ventanas.

 

2. Paso adelante

 

 Echo mano a la armella, subo el gancho y por precaución abro solo una rendija entre las dos hojas.

El sol de afuera golpea mi cara con su espejo lleno de luz y un olor profundo a naranjas en flor.

¡Nadie!

De pronto veo la cabeza inmensa de un animal que se interpone entre mis ojos y la calle solitaria.

¡Un toro! –Es lo que creo ver.

Da un paso adelante y empuja la puerta. Y atraviesa el dintel ingresando el inmenso volumen de su cuerpo a la sala de nuestra casa.

Pego un grito que hace que mi padre tire las cosas de la mesa y salga corriendo.

 

3. No la vayan a tocar

 

 Su estupor es grande. Ya repuesto exclama.

– ¡Es la burra de nuestro amo! ¡Corran!

Aparece mi madre limpiándose las manos en el delantal y con los ojos llenos de asombro:

– ¡Dios mío! ¡Es la burra de nuestro Señor bendito! –Dice quebrándosele la voz llena de recogimiento, devoción y ternura.

Yo estoy sorprendido:

¡Mi padre, que nunca consiente un desorden a la hora de la comida esta vez es quien lo propicia!

Ha permitido que todos se hayan levantado y él mismo está atento y generoso ante, al parecer, tan ilustre visitante.

– ¡Irene! –Llama–. ¡Irene! ¡Trae un pote de cebada! ¡Y escoge de la más fina!

 

4. ¿Quién es, mamá?

 

 Asidos a la falda de mamá y contagiados por su ilusión y fervor miramos el cuerpo blanco cenizo y la cabeza tranquila de la burra que tiene una expresión compasiva y misericordiosa.

– Mamá, ¿quién es?

– Primero, no la vayan a tocar. –Advierte–. Porque si se asusta ya no vuelve a entrar nunca a nuestra casa.

– ¿Entró antes, mamá?

– ¡Nunca! Primera vez. ¡Y es raro, porque no ocurre que toque una puerta e ingrese a una casa! Quizá a una tienda que esté abierta, tal vez.

– Pero, ¿quién es, mamá? –Preguntamos ansiosos ante tanta veneración, inclusive de nuestro padre.

– Es la burrita que carga a nuestro Señor Jesús en la procesión del Domingo de Ramos.

 

5. Ese día aparece

 

 – Y, ¿cuándo es?

– Mañana. Por eso, mañana los levantaré temprano para alistarlos.

– ¿Y también carga leña, papas, costales de trigo?

– ¡No! ¡Solo al señor! ¡Es un animal sagrado! Para eso ha nacido y solo  eso hará hasta el día que muera.

Un respeto profundo invade nuestros corazones. Cada uno de nosotros sostenemos por un rato el pote de cebada a la altura del vientre, desde donde come, agrandando y achicando al resoplar el hueco de sus narices.

– ¿Y dónde vive? –Pregunta con curiosidad mi hermana.

– En ningún sitio. –Explica mi padre–. Durante todo el año anda por los caminos y caseríos y sólo viene al pueblo cuando empieza la Semana Santa.

– A veces se pierde todo el año, nadie la ve, –añade mi madre–,  pero el día que tiene que cargar al Señor aparece.

 

6. Sobre el brocal del pozo

 

 – Desde el alba ya está en la puerta de la iglesia, sin que nadie se figure cómo vino y llegó. ¡Nunca ha faltado!

– ¿Nadie la trae?

– Nadie. Ella viene sola, como si ya supiera el día exacto que tiene que estar aquí.

La miramos comer.

De observarla tanto se me ocurre que tiene sed. Y voy a traerle agua. Allí es cuando para mí ocurre lo más extraño:

En el patio donde revolotean los gorriones, una lluvia de flores de plantas que no tenemos ha caído sobre el brocal del pozo y una paz infinita rodea el interior de la casa.

Al regresar la burra baja la cabeza y empieza a beber del balde que sostienen mis manos de niño.

 

7. Es un gran día

 

Dentro del recipiente hay una flor azul, que recojo con disimulo y guardo.

– ¿Qué te pasa? –Pregunta una de mis hermanas.

– Nada. ¿Por qué?

– Porque estás sonriendo.

– Estás como si escondieras algo.

– Como si hubieras visto fantasmas. –Señala mi hermana menor.

Todos permanecemos alrededor de la Burra de Nuestro Amo que ocupa el centro de la sala que tiene jarrones y floreros en las mesas y los retratos de nuestros antepasados colgados de las paredes blancas.

– ¡Gracias Dios mío por elegir nuestra casa! –Dice mi madre juntando sus manos y con los ojos en donde saltan las lágrimas.

– ¡Es un gran día! –Escucho decir a mi padre. Y me sorprende escuchar que diga eso, él que es tan recto.

 

8. Paso a paso

 

 – ¿Es mansa? –Pregunta mi hermano, quien tiene fascinación porque le suban al lomo de las acémilas.

– ¡No se la puede montar! –Asevera papá.

– ¿Por qué?

– Quienes lo han intentado tienen los huesos rotos.

– ¿Rotos?

– ¡Y bien rotos! Por la caída, como por las coses que recibieron.

Pero hoy Domingo de Ramos es la burra más apacible y buena de toda la comarca.

Aquí estamos viéndola. Ha esperado en la puerta de la iglesia.

Es temprano. Ya la estatua del Señor está en el atrio, de pie en su anda donde lo engalanan y lavan su rostro nacarado con aceite de oliva, haciendo más brillante el fulgor de sus ojos que miran muy hondo el alma de la gente.

La burra ha dejado que le pongan una soga alrededor del cuello. Permite que le jaspeen su cuerpo blanco con ramalazos de añilina azul, y que la adornen con flores y cintas de colores.

 

9. Adornados de flores

 

 Ahora montan la imagen del taitito vestido de túnica marrón con greca dorada en los bordes. Sus cabellos largos, sedosos y castaños caen por sus hombros enjutos.

Y sale mirando con ojos llorosos y absortos a hombres y mujeres que se arremolinan en la plaza quitándose el sombrero en señal de respeto, devoción y saludo.

La burra avanza paso a paso.

Han llegado mis hermanas con sus cintas celestes en el pelo y sus vestidos llenos de encajes y grecas que parecen más blancos y níveos.

Yo miro mis zapatos nuevos que me hacen tropezar a cada rato en todas las piedras.

Y empezamos a avanzar al lado de la banda de músicos gemebundos y de la burrita piadosa.

Cientos de niños que se pisotean, portan sus ramos de laurel, de palma, de junco entretejido, adornados de flores que son clavelinas, rosas, alhelíes, crisantemos y azucenas.

 

10. Siempre agradece

 

 Y ni el rechinar de la banda de músicos, que toca muy cerca de las orejas de la burra, ni los cohetes que revientan en el cielo, ni el chillido de los niños que se rompen los tobillos en alguna piedra porque todos lucen zapatos nuevos, altera su paz sublime.

Paso a paso la burrita venerable marcha al centro del cortejo, llevando sobre su lomo al hijo de Dios.

Los celajes en el cielo son albos delante de su manto azulino, hasta donde se elevan los cohetes, cayendo el carrizo humeante al lado nuestro o encima de los tejados rojos.

Con el pasar de los años, mi madre siempre agradece a Dios y a todos los santos que sus hijos estén con vida, sin desgracias ni enfermedades. Ni mayores hechos que lamentar.

– Sin que a nadie les falte un dedo, sea de las manos o de los pies. –Dice orgullosa.

– Y todos tienen puestas y completas sus orejas, mamá, –la fastidia mi hermano menor que ha salido bromista.

 

11. Silencio infinito

 

 – ¡Y somos once tus hijos, mamá!

– ¿Y cómo has hecho abuelita para criar once hijos? –Le preguntan sus nietos.

– Los he cuidado como alhajas. Pero, porque he tenido el favor de Dios. Sin él nada es posible.

– ¿Y sientes que Dios te ha ayudado? –Le pregunta el incrédulo.

– ¡Cómo no! Un día la Burrita de Nuestro Amo tocó la puerta y entró a nuestra casa…

Y toda la buenaventura mi madre la relaciona a aquel hecho fortuito e inusitado.

– ¿Y se acuerdan que fue Fredy el que abrió la puerta?

– ¡Y dio un grito que hizo que las cosas se cayeran!

– ¡Sí! –Dicen y sonríen, mirándome.

Pero a nadie les conté de la lluvia de flores azules blancas y amarillas, de plantas que no teníamos. Y que cubrieron el brocal del pozo con un silencio infinito en el patio de nuestra casa.

 

 

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