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LA ÚLTIMA MARINERA

Una novela de Melacio Castro Mendoza (Editorial Adarve, Madrid, 2022)

Por DOROTEA ORTMANN, Doctora en literatura-Alemania.

El libro de Melacio Castro Mendoza La última marinera es el montaje de auto relato y confesiones de un chalán anciano. Por las enfermedades que sufre, intuye él su pronta muerte, razón por la que quiere poner en orden el cuidado de los cargos y de las personas que le fueron confiados, como es el caso de su mujer invidente, Hilda Huamán, de su hijo adoptivo, Lorenzo Claro y del trabajo de chalán en los establos de Diego Sifuentes.

La estructura narrativa es un montaje enrevesado, donde se entrelazan dos hilos expositivos: el del chalán Honorato Hernández, quien reflexiona sobre su vida en su pueblo de Amargura, y sobre los testimonios que presenta el periodista José Gabriel Martínez, el encargado por Diego Sifuentes investigue si Lorenzo Claro, el hijo de su chalán, estuvo involucrado en la muerte de su hija adoptiva, Carmen Pomaorco llamada, entre tanto, Carmen Sifuentes Altuna, más tarde alias Sandra Palacios. 

La novela centra en un primer instante el interés en el desarrollo de Lorenzo Claro. Narra, entonces, bajo qué circunstancias entra él en la vida de Honorato e Hilda. Revela, además, con cuánto esmero ambos se dedicaron a criarlo, porque no fue él un niño cualquiera, sino que presentó algunos trastornos psicológicos. A esto último se debe a que los pobladores de Amargura lo consideraran como a un loquito o un retardado mental.

Simple y llanamente Lorenzo Claro sufría de signos de regresión: pierde la capacidad de controlar sus esfínteres, dejó de hablar y caminaba de una forma rara, en fin, vivía en su propio mundo. Recién al unirse conscientemente a elementos de la naturaleza en un acto de purificación e iniciación llevado a cabo por Hilda, Lorenzo sanó.

Sano, y unido con la naturaleza, tiene como acompañante a un perro guardián, en cuya compañía trabaja como pastor de ganado. En esta función desarrolla calidades especiales, por las que llega a comunicarse con los animales en un sentido literal. Además, el haber aprendido a leer le lleva a descubrir la belleza de la lectura, algo que comparte con sus animales. Hecho este que otra vez le motiva, entre la población, el calificativo de ser un muchacho loco. En realidad, Lorenzo es una figura naif y al mismo tiempo un pícaro, conducta por la que se revelan las artimañas del resto de la gente.

Aunque la novela relata la vida de algunos pobladores del ficticio pueblo de Amargura, ubicado en el norte del Perú, tiene carácter de un thriller político. El complejo engranaje que elabora Melacio Castro devela, entre otros, las relaciones existentes entre algunos miembros del ejército peruano con los del insurgente terrorista Sendero Luminoso.

Lorenzo Claro, el muchacho pícaro y sonso, se enroló en la Marina de Guerra. En su condición de soldado participa en un viaje a Hamburgo (Alemania), ciudad en la que recibe una tarea especial. Nada nuevo para él, pues en varias ocasiones debe transportar de un lugar a otro, también como tarea especial, una maleta con un contenido algo misterioso.

Antes de realizar su misión secreta en Hamburgo, Lorenzo Claro llega a conocer a una estudiante de medicina, Sol Dorado del Valle. Por casualidad, la vio en un parque, en las cercanías del barrio de diversión, Sankt Pauli, donde el resto de su tropa fue a divertirse. No queda claro si la relación amorosa que Lorenzo Claro entabla con Sol Dorado fue, de una u otra manera, también arreglada o de hecho, pura casualidad.

En todo caso, el soldado Claro fue observado por sus superiores, quienes estaban al tanto de las relaciones que se desarrollaron entre ambos. Ella le pide, por ejemplo, robar algunas botas de la Marina de Guerra, deseo que él está dispuesto a cumplir.

En el departamento de Sol Dorado del Valle de vez en cuando se reúnen camaradas de diferentes agrupaciones políticas insurreccionales del Perú. Algunos de estos camaradas son parte de los grupos de solidaridad con las luchas del pueblo peruano, que tienen la tarea de colectar fondos destinados a la ayuda de los insurrectos en el Perú. En una oportunidad Lorenzo participa en una asamblea general de aquellas agrupaciones, en las que se ventilan sus actividades y sus futuras decisiones.

Un buen día aparece, cerca de la casa de Sol Dorado del Valle, el sargento Díaz, y exige a Lorenzo Claro el cumplimento de su misión secreta, motivo por el cual él corta el contacto con ella. Es decir, no la vuelve a ver, porque su barco, una vez cumplida su misión militar, regresa al Perú.

En aquel viaje de retorno Lorenzo Claro fue sometido a fuertes interrogatorios, torturado y obligado a confesar lo que sabía sobre las actividades y la identidad de Sol Dorado del Valle. Como no tenía mayor conocimiento de que ella era miembro activo de una de las agrupaciones subversivas, no puedo confesar nada. Finalmente, sus superiores lo bajan del barco en un litoral desértico del norte del Perú, y suponiendo que no podrá sobrevivir, lo abandonas. Su estado físico, a causa de las torturas, está muy debilitado.   

Resulta que Lorenzo Claro sobrevivió, y regresó a su pueblo de Amargura, al que encuentra totalmente destruido por un catastrófico desborde del río, que arrastró chacras, casas, pobladores y animales. Solo algunos aledaños sobrevivieron, y tratan de reconstruir lo que la naturaleza les arrebató. Uno de ellos es Tomás Saldaño, quien inicialmente, cuando Lorenzo era aún muchacho, le instruyó en el cuidado del ganado. 

Ahora Lorenzo Claro vive junto a él, en la casa de Honorato e Hilda, sus padres adoptivos, quienes, a su vez, se han trasladado a Trujillo, donde Honorato ha asumido el trabajo de chalán en los establos de Diego Sifuentes. En las conversaciones que se entablan entre Honorato Hernández y Diego Sifuentes, este pasa revista a los acontecimientos políticos más significantes que, durante los últimos decenios, marcaron la historia de Trujillo.

En efecto, Sifuentes conoció de cerca a Luis Felipe de la Puente, el abogado jefe de la guerrilla de 1965, y explica a Honorato el propósito de este, de trágico final. Declarado enemigo por los apristas, en cuyas filas militó, Luis de la Puente renunció al Apra porque rechaza la actitud vacilante de Haya de la Torre, un aliado más con el empresariado. Como alternativa fundó el Apra Rebelde.

A parte de allí, Luis Felipe de la Puente, dueño de una hacienda, lleva a cabo reformas en esta, para demostrar que el antiguo sistema de gamonales debía de terminar de una vez por todas. Sifuentes se identifica con sus posturas y ve, a la larga, incluso un parecido entre los métodos de Haya de la Torre y los de Abimael Guzmán. El uno y el otro, postula Sifuentes, eran autoritarios y expulsaban o hacían asesinar a los miembros de sus filas que no se sometían ciega y estrictamente a sus órdenes. Sus asesinatos alcanzan incluso a los líderes populares ajenos a sus filas.

Haya de la Torre y Abimael Guzmán compartían, además, el don de seducir; tenían preferencia por gestos grandilocuentes y una vez que incentivaban a sus seguidores a actos insurreccionales, el uno se refugió en la embajada colombiana y el otro miraba en la televisión, en un barrio residencial de Lima, como su gente masacraba a los campesinos y a otros líderes del pueblo. 

El texto de Melacio Castro Mendoza contiene muchas citas y referencias literales de otros autores, tanto de historia como de literatura. En realidad, es una especie de compendio de tipos de literatura, de estilo policial, de triviales historias de amor, de relatos míticos, novelas biográficas y un largo etcétera.

Al final de la novela queda claro que estamos ante un producto fictivo, que refleja parte de la realidad peruana. El día de la competencia de la marinera, al presentarse Honorato Hernández con su caballo y su bailarina, en el último instante se produjo una fuerte confusión. Se cambió a la orquestra, que debía animar la danza, por un guitarrista famoso. De otro lado, la danzante resultó ser Sol Dorado del Valle, alias Sandra Palacios, en verdad Carmen Sifuentes (o Pumaorco). Lorenzo la reconoce y, feliz, se reencuentra con ella. 

Melacio Castro Mendoza ha armado con su novela una especie de broma literaria, entendida esta como un juego tal como el que fluye desde la música: si bien relata cosas serias y tristes de la historia reciente y lejana del Perú, a veces tiene el tono de un profesor de escuela, el tono de farsa y el tono de las novelas triviales de amor, con la ternura de los relatos míticos. Nos pone pistas falsas llamando, por ejemplo, al tipo de revolver Smith & Watson, al que, en verdad, es el Smith & Wesson, o nombrando al médico forense, cirujano forense, o cosas por el estilo.

Se puede filosofar o interrogar si el hilo del narrador es o no muy enrevesado, si la información indirecta proporcionada muchas veces por terceros alude al difícil acceso a la realidad, que es muy compleja, o si es simple y llanamente un elemento que complica su estilo de narración.

La última marinera comprueba que su contenido es un vehículo que transporta ideas y desarrolla cosmovisiones interpretativas de la realidad peruana. Se trata de una novela constituida como informe que reproduce conversaciones entre, y para muchas personas, lo que demanda del lector un alto grado de concentración, pues el cambio de los personajes y de los hechos a que se refieren son permanentes.

Dentro de todas las exageraciones, idealizaciones, cuentos grotescos, relatos cursis, encontramos como piedritas brillantes partes de la realidad, piedritas que aparecen de repente de una manera fugaz para luego ser otra vez encubiertas por relatos fantásticos. Este juego entre realidad y ficción, determinante en el estilo de La última marinera, hace que la lectura en parte sea divertida, sin restarle al tema principal su carácter grave y trágico.

 

 

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