Presentación Mitos, cuentos y leyendas
Por Jorge Antonio Chávez Silva (EL CHARRO).
“Sonata para el viento” integra
el libro “Cuentos del palenque” de
Jorge Antonio Chávez Silva, que nos
narra las aventuras de Antonio,
un niño bullicioso de su pueblo: Celendín.
Cuando Antonio, uno de los chicos más traviesos del pueblo, salió aquel día a elevar su cometa, jamás imaginó lo que iba a suceder. Era una hermosa tarde de agosto y el sol, juguetón, tostaba las mieses en las chacras y salpicaba de matices de color a las cercanas colinas. En las matas y árboles de los cercos, las cuculíes y los chiscos entonaban un himno a la cosecha. Al pie del otero, enervado en el tenue sopor, dormía la siesta el hermoso pueblo.
Antonio siempre hacía la cometa más grande del pueblo; en esa ocasión había hecho una lancha que, al elevarse, parecía navegar en el éter esmeralda...tan lejana...cimbreante...airoso... ¡única!
Aquella tarde todos los muchachos habían llevado sus cometas: damas, estrellas, globos, lanchas, colepatos, escudos y aviones; todas de vivos colores. Se avizoraba una fiesta, pero el gran ausente era el viento. Los muchachos, impacientes, le buscaban por el valle de Llanguat; pero nada, ni la más leve polvareda, ni un remolino, ni siquiera una brisa. Esperanzados, miraban al infinito y gritaban todos a una:
-¡Viento, vientooo, vientooo, toma tu cuuuy...!
El viento parecía sordo esa tarde, no soplaba. Los muchachos, hartos de esperar, desilusionados y contritos, ataron sus cometas a la bandolera y emprendieron la bajada al pueblo. La tarde avanzaba y el sol, cercano al ocaso, pintaba de rojo las casas blancas y los techos oscuros, Sólo Antonio se quedó, empecinado en elevar su cometa.
De repente, desde el valle cercano, llegó silbando y bailando en alegres remolinos, un viento retozón, que de inmediato elevó la cometa hasta lo más alto del cielo; soplaba y soplaba cada vez más fuerte. La tensión que desarrollaba el juguete era tremenda. Temeroso de que se le escapara, amarró el cáñamo a una de sus muñecas, mientras con la otra mano intentaba maniobrar el vuelo. El viento, loco de poder, soplaba cada vez más fuerte; parecía un toro embravecido, el niño apenas podía con él. Era ya un huracán. De pronto, como un plumón de ganso, empezó a alzarse del suelo, halado por la cometa, cada vez más alto. Apenas alcanzó a gritar algo ininteligible, pero nadie le oyó, pues todos bajaban presurosos. La tarde caía y ya se vislumbraba la oración.
La cometa, mientras tanto, se elevó cada vez más rápida, llevándose al niño colgado hasta una nube altísima y de aspecto amenazador que pareció abrir sus fauces para tragárselo.
Asombrado de que las nubes fueran sólidas y no gaseosas como todo el mundo suponía, el muchacho se incorporó lentamente y caminó por un sendero apenas visible por la niebla imperante, hasta que se encontró con una llanura suavemente ondulada, en cuyo centro destacaba, sólida y poderosa, una enorme casona. Por los alrededores medraban muchos animales cuidados por personas de mirar ausente.
-¡Qué extraño!- se dijo Antonio- acá brilla el sol y abajo ya es de noche.
Tomando algunas precauciones, se acercó a la enorme construcción que parecía deshabitada, silenciosa y agrietada, sin un perro que salga ladrando al encuentro. Subió por una corta escalinata de piedra y se disponía a tocar el pesado aldabón herrumbroso, cuando chirriaron, de pronto, los goznes de la puerta al abrirse.
Del interior salió un anciano que parecía más antiguo que el tiempo, iba tocado con un vetusto sombrero de paja y su rostro era apenas visible bajo la luenga y cana barba. Calzaba polainas a media pierna y blandía en la diestra una grande y filuda hoz, Dirigiéndose al muchacho, le preguntó:
-¿Y el cuy... has traído el cuy?
-¿El cuy... qué cuy?, No he traído nada- contestó Antonio muy asustado.
Sintió que de pronto le habían brotado raíces en los pies inmovilizándolo. El anciano, cual verdugo, alzó la filuda hoz y de un tajo le cercenó de a raíz, lo alzó del cuello con inusitada fuerza y lo arrojó por la boca de un túnel que semejaba un gigantesco alambique por el que cayó, resbalando, de tumbo en tumbo, hasta desembocar por la abertura de un viejo horno a un patio, fuertemente iluminado por el sol, que lo cegó por un instante. En uno de los ángulos, protegido del calor bajo la sombra, se encontraba otro anciano, sentado ante una barroca mesa desvencijada, encima de la cual había muchas botellas de variadas formas y colores, además de infinidad de chucherías y abalorios que emitían extraños destellos de luz.
Antonio lo miró atentamente y lo reconoció, era el antiguo comprador de botellas de la calle Comercio, fallecido algunos años atrás. El viejo le interrogó:
-¿Quién eres?
-An... tonio- contestó con tembloroso balbuceo.
-¿Quiénes son tus padres?
Quedamente, el muchacho mencionó dos nombres.
-¡Hasta que caíste! ¿No?- dijo sarcásticamente el anciano sacando un pequeñísimo martillo de platero; con él golpeó suavemente las botellas semillenas con jarabes de colores, produciendo un largo sonido salpicado de notas metálicas. Ante este llamado, aparecieron por la puerta del fondo seis ancianos de caminar vacilante, encorvados por el peso de la muerte.
El primero era un indio, moruno y feo, que había vivido en el barrio más alto del pueblo. Iba blanqueado de talco en la cara y la ropa, lucía una cuadrilla carnavalesca llena de billetes anacrónicos colgada en uno de sus brazos y un chisguete vacío de “Amor de Pierrot” en uno de sus bolsillos.
El segundo había sido arriero de mulas en la ruta del oriente, destacaba en su rostro una larga nariz y ella un gran lunar oscuro que hacía contraste con el color sonrosado de la cara. Calzaba llanques y se apoyaba en un duro bastón de lloque. Tenía la palabra fácil y mil historias que contar acerca de las aventuras sucedidas en el ejercicio de su oficio.
El tercero era el más elegante y fuerte de todos, había vivido en la casa grande de la colina. Un rictus de dolor marcaba su rostro, mientras con ambas manos se cubría una herida abierta en el pecho.
El cuarto era un vejete pequeño, llevaba una concertina con la que interpretaba viejos aires arrabaleros. Había vivido en la última casa del pueblo, por el camino del Marañón.
El quinto tenía los ojos azules y un ridículo bigote incoloro, llevaba una lata de caramelos. Antonio lo reconoció de inmediato. Era el viejo que hacía la lluvia de caramelos en las ferias pueblerinas de toda la provincia.
El último era un antiguo danzante de las comparsas de Corpus Christi; su caminar era acompasado y sonoro por los maichiles que llevaba atados en las pantorrillas y su rostro apenas era visible bajo el monigote de toro que cargaba.
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Reunido el coro de jueces, el botellero anunció con voz cavernosa:
-Ante ustedes, dignísimos jueces y prosélitos del viento, está el travieso Antonio, hijo de zutano y de mengana.
-¿De qué se le acusa?- preguntó el arriero.
-De haber ofrecido un cuy al viento y no cumplir con su promesa.
-Yo lo conozco. Afirmó el bailarín folclórico- es uno de los tantos que jalan el rabo de los toros danzantes y gritan ¡Toro, nariz de olluco pelao!, Además, molestaba a los bailarines imitándolos grotescamente.
-Yo también- dijo el elegante- es un espía que sigue subrepticiamente a los amantes que van al amor por la colina, también roba las zarzamoras en invierno.
-Ahora lo recuerdo.- dijo el músico, deteniendo un momento el triste que gemía en su instrumento- iba todas las tardes a bañarse en el río y capturaba los pececillos para aprisionarlos en botellas.
-¿Botellas?- dijo el botellero- ¡ahora me acuerdo!, Tú eras uno de los pilluelos que pasaban por mi tienda gritando a voz en cuello:
- ¡Viejo Basheeee, culo ‘e lozaaaa!
El pobre Antonio sudaba frío.
-Si- intervino el carnavalero- yo también tengo quejas de él, siempre llenaba globos con su jeringa llena de agua de la acequia que producía ronchas y granos en el cuerpo de las muchachas. Además, molía yeso y se ocultaba tras las esquinas para echárselo a los ojos.
-Claro que lo recuerdo bien- dijo el zarco dulcero- es el que hacía trampas en la ruleta de los caballitos, peleaba en la lluvia de caramelos y se ensañaba ishangando las piernas de las cholitas en la fiesta de la Virgen de Candelaria.
Ante este sumario cúmulo de cargos, Antonio sólo atinaba a mirar al suelo, completamente azorado.
-¡Que raro!- dijo el arriero- yo lo creía buen muchacho. Le gustaban mis historias de arrierías. Pensé que con el tiempo iba a ser un buen cuentista, tengámosle paciencia- rogó intentando una débil defensa, pero nadie estaba dispuesto a hacerse eco de sus palabras.
-¿Y cuánto tiempo mintió? – preguntó el carnavalero.
-Cuatro temporadas sopló el viento para limpiar el trigo- afirmó el negociante de botellas, leyendo un gran cuaderno de páginas amarillentas, en donde parecía danzar un galimatías enrevesado de letras góticas.
-Yo no sabía que realmente había que cumplir- balbuceó el niño- pensé que era un simple llamado costumbrista.
-Eso no es ninguna disculpa- dijo el danzante, acomodando el monigote de toro en su cabeza- un hombre siempre debe cumplir su palabra.
-¿Y cómo a los demás no les pasa nada?, El Jave, el Jobo, el Jibe, el Mashelo y el Calín están muy tranquilos, ¿a ellos no los castigan? Ellos son más traviesos que yo- masculló protestando Antonio.
-A muchos ya se les ha castigado y a los otros su tiempo les llegará- dijo sentenciosamente el arriero, haciendo un alto en su sempiterno chacchar- la juventud de ahora no respeta nada.
-Tiene además la agravante de enviar cartas a las cometas sin ningún mensaje- arguyó el botellero.
-Se negaba a llevar a su hermanito a la colina y no ayudaba a los que lloraban aquejados por las espinas del camino- dijo el más elegante.
Luego de esta andanada de acusaciones, el botellero, histriónicamente, preguntó, señalando al pobre muchacho que parecía petrificado en el banquillo.
-¿Qué le hacemos a este jéjere?
-¡Crucifícale... crucifícale... crucifícale!- gritaron algunos con los puños en alto.
-No, no- dijo el botellero- no debemos ser muy drásticos en el castigo. Como está probada su culpa, irá a servir al viento durante el tiempo equivalente a sus mentiras y travesuras- a continuación, hizo sonar otra vez las botellas.
Inmediatamente apareció otro anciano que vestía un raído uniforme de policía municipal, acompañado de una banda de músicos mal trajeados, quien lo cogió del brazo y lo paseó por los cuatro costados del enorme patio, leyendo en cada trecho un papel a manera de bando, que contenía la sentencia y finalizaba entonando con voz estentórea la siguiente muletilla:
-¡Antonio, nació para sufrir!
Luego de este extraño desfile lo llevaron a un pesebre en donde una anciana acuclillada ordeñaba una vaca. La viejecita tendiéndole un poto lleno de leche y un talego de cancha, le recomendó con dulce voz:
-Toma, hijito, para tu valor. Cuando me necesites, yo estaré para cuidarte.
Antonio la reconoció entre lágrimas- ¡era su abuela, muerta hace años-. A partir de ese momento tuvo un rayo de esperanza.
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La primera tarea que le encomendaron fue la de reparar la inmensa casona: Resanar las enormes grietas, agarrar las goteras del techo, limpiar las acequias y los canales para que los aguaceros subsiguientes no inundaran la casa, limpiar las habitaciones, librar de telarañas los desvanes y bloquear los agujeros de las ratas que se comían el grano de las trojes del viento.
Luego lo enviaron a limpiar los establos anegados de estiércol líquido y pestilente, que parecía no haberse limpiado nunca. Tuvo que trabajar con el miasma hasta la cintura. Cuando terminó, tardó mucho tiempo en desprenderse de ese fétido olor que se le había impregnado en el cuerpo. La piel de la yema de los dedos de sus pies se había abierto en cruz, impidiéndole caminar; tenía que curarse por las noches, orinando sobre las heridas, esto le ardía mucho, pero era la única medicina que conocía y tenía que sanar, porque otras tareas le esperaban.
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Lo enviaron a los valles calientes a raumar la coca para el viento, se le abrieron momentáneas zanjas sangrientas en las manos y eternas en el corazón. Lo peor eran el intenso calor y el ataque de los mosquitos, que no daban tregua y le inocularon enfermedades febriles que lo tuvieron insomne durante meses de delirio, lindante con la locura. Su abuela, siempre solícita, lo rescató de los buitres de la muerte, aplicándole emplastos de barro podrido y parches de rodajas de papa en las sienes y en otras partes del cuerpo calenturiento.
Cuando sanó, apenas podía caminar por la debilidad, pero el municipal inmediatamente lo puso al cuidado de los bueyes enanos que molían la caña en los trapiches del viento, debía avivar los infernales hornos con brazadas de bagazo seco, para destilar el cañazo en los alambiques de cobre, guardarlo en las inmensas barricas y almacenarlo en las bodegas que trasminaban a chancaca y aguardiente.
En otra estación del tiempo, lo enviaron a pastar los briosos caballos de ojos de fuego, crines flamígeras y cascos de acero, que trillaban el trigo en las eras celestes.
Nunca tuvo conciencia clara de cuanto tiempo transcurrió, pero sintió que el dolor, los sufrimientos y la angustia hacían eterno el presente y difuminaban los acontecimientos hasta encallecer la memoria y desquiciar la razón. Sólo las tisanas que le preparaba su buena viejecita lo mantuvieron en el limbo de la cordura, aferrado precariamente a una esperanza de salvación que desconocía cuando podría ocurrir.
Allí conoció regiones ignotas e inverosímiles, cuya existencia jamás sospechó. Macerado por el abrupto discurrir de los acontecimientos, aprendió a conocer al viento, a valorarlo y juró no mentirle jamás, porque allí supo que era a la vez, temible y tierno.
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El viento de los Andes es muy juguetón, es como un cholito travieso, le gusta zambullirse en ondas sobre las doradas mieses como en un rizado mar dorado, peinar las rubias cabelleras de los maizales, aspirar el alcanfor de los eucaliptos, escuchar embelesado las crepitaciones de sus carapas cuando se mecen y quitarse la comezón rascándose en las espinas de los tunales, los magueyes y las zarzamoras.
Le place pasear suavemente por las pampas, lomas y laderas; detenerse unos momentos en Mesapata, lugar donde caen, como gaviotas heridas de nostalgia, las cometas que, traviesamente, huyen desde la colina de San Isidro.
Le encanta partir a las cinco de la tarde junto con las garzas blancas que vuelven a sus dormideros de Huacapampa, Huauco y Molinopampa, llevar el aire caliente de los valles para que se abriguen las gallaretas que pueblan las lagunas de la puna y regresar por la madrugada con las veloces golondrinas para escuchar el canto de las chicharras y los grillos al amanecer, aún antes que despierten los pajarillos; remontar luego las mesetas del ande para imitar el silbido de las vizcachas e introducirse, convertido en remolino, por los oscuros talalanes, y emitir sonidos profundos y broncos, como la respiración de un cántaro indígena o el fétido eructo de una inédita bestia mitológica. Partir raudo a jugar con los ponchos y sombreros de los jinetes avezados, curtidos por la puna, saturados de coca y aguardiente que cruzan los farallones rojigrises de Jadibamba.
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El viento, viejo poblador del Ande, es un insigne coquero. Una de las tareas de Antonio consistía en soplarle la coca para despojarla de las nervaduras secas, mezclarla sutilmente con mishquina para dimensionar el efecto y llenarla en los talegos, traer cal cristalina de los hornos de Santa Rosa para llenar los caleros, desenmohecer y afilar el acero de los chufranes, traer barriles de cañazo y depositar todo en las faldas del Calapacho. Allí los recogía el viento y se iba a las cumbres del cerro Tolón, donde empezaba a armarse calladamente como una brisa, para después caer progresivamente en trance, buscando refugios lejanos en las lagunas de Challhuagón, de Tambillo o en las alturas de Pizón, Cumullca o el Lirio y, presa del frenesí, desparramarse en fulgurantes rayos por las filas de Carirpo o en las pampas de Huangashanga, para precipitarse finalmente en terribles aguaceros que bajan bramando por las innúmeras quebradas, arrastrándolo todo hasta el gran cauce del Marañón.
Pasada la crisis, se quedaba profundamente dormido, laso, con un sueño derrengado, sobresaltado y convulso: Entonces no soplaba y desoía las súplicas de los trilladores y de los impacientes voladores de cometas..
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Jamás supo cuanto duró ese cautiverio, ni como, poco a poco, se consumió su niñez. Cuando compareció de nuevo ante el tribunal del viento, notó que había un nuevo miembro: era el gringo hacendado que, inmerso en su beligerancia alcohólica, compraba cantinas integras y se quedaba hasta vaciar su contenido. Allí le confirmaron que había cumplido su condena. El botellero le devolvió, intacta, la cometa que lo llevó a esa dimensión y lo condujo por unas escaleras que llevaban a la salida.
De nuevo y tal vez por última vez, se encontró con su abuela. La viejecita seguía en el mismo afán sempiterno de ordeñar las vacas, abrazándola, le dijo:
-Me marcho de este horrible lugar, ¿no quieres enviar saludos a tu gente?
Ella, sonriendo entre mil arrugas y las canas revoloteando al viento, contestó:
-Ya no, porque a donde vas, no encontrarás a nadie- y alargándole un calabazo con espumante leche y la taleguita con cancha, le dijo a guisa de despedida:
-Toma para el camino- y desapareció.
Se quedó pensando en lo que había dicho su abuela y caminó rápido hasta una pequeña laguna sombreada de eucaliptos en donde sació su sed, luego, presa de repentina somnolencia, se quedó dormido.
Cuando despertó se encontraba en el tragadero de la pampa grande, al pie mismo de la peña donde anidaban los gallinazos y los tucos. ¿Cómo había llegado hasta allí?...¿acaso todo lo ocurrido fue sólo una dantesca pesadilla?
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Era pasado el mediodía, hora de mudar el ganado, pero ¡qué raro!, No estaba ninguno de los muchachos: el Napo Rufino, el Axel, el “Trompeta”, los “Panchazos”, el “Pinushpa”, el Wencis, el Shishe, el sordo Homero, el Orlando, el Olegario... Nadie. Extrañado, siguió caminando por los senderos bordeados de pencas y eucaliptos que le eran familiares y nadie, no había nadie. Llegó hasta un arroyo, se lavó el rostro y en sus límpidas aguas observó su imagen... era la cara de un niño. De nuevo lo asaltó la duda: ¿Todo lo sufrido no habrá sido sólo un mal sueño?
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Poco a poco alcanzó las primeras casas del pueblo y buscó algunos rostros amigos entre la poca gente que a esa hora circulaba por las calles, no encontró ninguno... ¿Acaso se encontraba en otro pueblo? Siguió caminando hasta llegar a la plaza de armas, en donde, después de algunas vacilaciones, se despejaron sus dudas... ¡Sí, era su pueblo!, Apenas lo reconoció por algunas casas circundantes que habían permanecido incólumes y por los pinos centenarios que estaban más altos, pero la iglesia de barro, con sus techos de tejas ennegrecidas por el tiempo y sus espadañas en donde, convertido en aspa humana, observaba las danzas de Corpus Christi, había cedido lugar a una construcción inconcebible, con azulejos brillantes en sus cúpulas, que rompían toda la armonía de la bellísima comarca.
Ansioso como un loco extraviado en un laberinto, recorrió las calles adyacentes, buscando a los camaradas de siempre o a los comerciantes y artesanos que dejó y no los encontró... ¡Otras gentes extrañas habitaban ahora su pueblo!
Desesperado como quien se aferra a la única tabla de salvación luego de un naufragio, se encaminó a la colina de San Isidro para encontrar allí una explicación, el origen de todos sus quebrantos. Ascendió rápidamente, con trancos largos. Al llegar se quedó pasmado, lleno de desilusión y desencanto, ¡La colina donde todos los muchachos de todas las épocas elevaban sus cometas ya no existía! En su lugar había un hueco enorme, una inmensa y grotesca cicatriz, abierta y sangrante, como una herida de amor o como el dolor que nos deja la muerte del amigo más amado,
Todas estas circunstancias increíbles, lo volvieron a la duda de haber regresado a su verdadero hogar: Si esto era así, ¿a dónde había ido la gente que conoció?, ¿Cuánto tiempo duró su penoso cautiverio? Trató entonces de hacer memoria para establecer una relación entre el tiempo y los sucesos. De pronto recordó las palabras que su abuela le dijera al despedirse y comprendió dolorosamente, que a través de un tiempo que no podía precisar, los picapedreros y excavadores de la arena, en una labor incesante y sistemática de hormigas famélicas, se habían llevado a golpes de pico y barrenos, en sacos, carretillas o lo que fuere, partícula por partícula, junto con la arena, el secreto de su propia desaparición y la de los demás habitantes de su pueblo. Y lo que era peor aún: la imposibilidad patente de descifrarlos, porque ahora yacían soterrados, argamasados en las pistas, plazuelas, edificios, aceras, sardineles y pretiles que habían transformado a su hermoso y bucólico pueblo en una ciudad cualquiera.
Desolado por la certeza de estas presunciones y en el clímax de una nostalgia acumulada en años de cautiverio, se acuclilló en el borde del abismo que era la inmensa cicatriz del cerro y echóse a llorar.
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