Jarabe Anticolérico

 

Presentación   Mitos, cuentos y leyendas

 

 Cortesía del Prof. Jorge A. Chávez Silva, escritor celendino

que narra con gran humor y jocosidad acontecimientos

inolvidables de su infancia, vividos en la añorada Celendín,

con personajes y costumbres propios de esos

tiempos que los evoca con mucha emoción y regocijo.

"Jarabe Anticolerico" forma parte de su libro de cuentos

"Los siete jarabes" de Jorge A. Chávez Silva, si este es el

 primer jarabe, prepárense para recibir los otros jarabes

 que posteriormente iremos publicando. JCPA.

E

n aquel tiempo encantado en que se amarraban a los perros con salchichas y estos no las comían, la vida era una bendición. El amor era tan simple, que apenas consistía en comer pan y cebollas. Los bebés nacían con su pan bajo el brazo y aún no se había inventado muchas enfermedades. La gente moría de vejez, o porque había perdido protagonismo en esta vida y debía pasar a un mundo mejor, o atacada de tabardillo, que era una especie de enfermedad genérica universal de la que existían diversas modalidades, de acuerdo a la coloración que presentara el semblante del paciente; así, había el tabardillo rojo, amarillo, azul, verde y morado, que no eran de necesidad mortal. Si uno se topaba con algún prójimo que luciera un color verde alfalfa, sabía que estaba enfermo, pero que no era de gravedad; pero si a alguno lo atacaba el tabardillo negro, por ahí se estaba fregada la cosa; de nada valían los siete jarabes, ni las píldoras de éter, ni el bálsamo de Buda, ni los álcalis, ni el agua de azahares, ni la de kananga, ni nada. El enfermo finaba sin remedio y no lo salvaba ni Cristo, con ser quien fue. No existía cura para el tal tabardillo.

                Pero si uno tenía una cólera de la gran siete con cualquier hijo de vecino, iba donde el zarco Dolores, tocaba una pequeña puerta charolada y aparecía una muchacha de aquellas que sólo existen en los sueños.

            -¿Está ño Dolores?

                -Sí, ¿para qué será?

                -Dígale que salga un ratito, que es muy urgente.

                Mientras la muchacha iba hacia el interior, dejándole el grato recuerdo de su mirada azul, del pequeño patio le llegaba un denso y dulzón aroma a caramelo y luego aparecía, en mangas de camisa, el zarco Dolores en persona, menudo y de profundos ojos azules; una de las personas mágicas de las que, felizmente está preñado Celendín.

                -Buenos días, don Dolores, véndame una copita de jarabe anticolérico.

                -¿Qué pu’as tenido?- preguntaba el zarco con el tono de un galeno auscultador, mientras servía la panacea.

                -He tenido una coleraza con el cholo del Rulo Jave.

                -Clávale esto, hom- decía, alcanzando una copa de un líquido espeso, verde- son diez centavos.

                Y así por una módica suma de diez centavos, uno le hacía la contra a la cólera; porque es malo tener cólera, envenena el corazón y mata el sentimiento; por eso es necesario y urgente que uno se aplique esa terapéutica, tan efectiva que ni el bálsamo de Fierabrás. Parecía que a la cólera la hubieran sacado con la mano.

                El único que podía preparar el auténtico jarabe anticolérico era el zarco Dolores, y es que él tenía la ciencia aprendida desde que se la enseñó su hermano, en una ceremonia de alquimistas, en el lejano Huamachuco, que es desde antiguo tierra de gentiles. De allí vino con el arte de la dulcería para hacer la delicia de los muchachos de Celendín, con la diversidad de caramelos que fabricaba: peritas, bolas, chupetes de punta, paletas multicolores, alfeñiques, turrones y las deliciosas masas de menta con maní, que comprábamos envueltas en papel de despacho y que hicieron del mentero uno de los personajes más queridos de nuestra dorada niñez. Todo muy limpio, prolijo y de primera calidad, porque jamás se supo de algún rapaz que se haya puesto mal por culpa de los dichosos caramelos.

                Si uno por precavido iba temprano a alguna fiesta pueblerina como la de San Francisco de Chuclalás, la del mismo santo de Malcat; la de San Isidro de Sucre, el tan mentado San Ishiquito; la del Padre Eterno de Sorochuco, el que tenía más devotos; la de San José de Pillco; la Virgen del Rosario de Huacapampa; la de la Virgen de Candelaria de Poyunte, que no procesiona  con música sacra, sino con ritmo de carnaval, o a cualquier otra dentro del ámbito de la provincia, podía ir a probar suerte en la ruleta de caballitos que hacía girar el mismo zarco Dolores. Se trataba de una mesa redonda en la que iban pintados, sobre cuchillas de colores, los números, sin orden correlativo; del uno al cincuenta, con algunos ceros intercalados. Sobre ellos giraban en torno a un eje una docena de caballitos de colores con sus respectivos jockeys. En la panza de cada animalito sobresalía una púa que señalaba el número de la ruleta. Al zarco se le podía ubicar de inmediato, porque, generalmente, su carpita estaba rodeada de chiquillos y debajo de su mesa había algunas latas, de esas de manteca, repletas de caramelos.

                Uno debía ser muy precavido e ir primero en plan de observador antes de arriesgar sus centavos. Cuando los circundantes hacían su apuesta, el zarco iba cantando la jugada:

                -¡Y se va la bolita, se va la bolita…a la una … a las dos… y a las tres… pasa rojo… pasa verde… pasa azul… pasa amarillo… pasa rosado… pasa el colorao… pasa blanco… el negro frontino… pasa el pinto… el alazán… el moro… el tordillo… y, llegaron!

                Uno tenía que fijarse en la cara de los más felices que habían ganado catorce, quince o a veces veinte- porque jamás supe de algún lechero que sacara cincuenta caramelos- para apostar al mismo caballo, porque la suerte es terca, siempre se repite; es como la circunstancia de que el asesino siempre regresa al lugar del crimen, o algo tan simple como el que pega una, pega dos veces. Con esta sencilla estrategia, uno tenía más posibilidades de ganar.

                Pero si uno por dormilón o desaprensivo llegaba tarde a la fiesta, encontraba que el zarco ya no estaba al frente a su ruleta y, por consiguiente, se había perdido lo mejor del espectáculo. Ello significaba que, finiquitado su negocio, el dulcero había procedido a la consabida lluvia de caramelos, en medio de una algazara de chiquillos y mozuelas campesinas quinceañeras, vestidas de fiesta, las que, por conseguir un par de caramelos, dejaban ver sus torneadas piernas en medio de un revuelo de fustanes, encajes y bayetas. El zarco ya se encontraba encantinao en algún toldo, brindando un buen cañazo con algunos de sus amigos, entonces había que poner atención a la evolución alcohólica del zarco. En cuanto se ponía a beber, su rostro se iba poniendo más sanguíneo. Cada vez que se empujaba un nuevo trago, sus ojos azules brillaban y estaba  más alegre y achispado. Si uno, atento, escuchaba de repente su interjección favorita lanzada a cualquier interlocutor, era prueba fehaciente de que estaba a punto de emprender la famosa incursión acostumbrada:

                -¡Quieto, grajo!

                Sólo era cuestión de esperar un momento más, para verle salir totalmente transfigurado en busca de su alazán albo dos, como no hay dos, y, caballero cimbreante sobre el paso airoso de su caballo picho, recorrer las calles del pueblo, gritando en cada esquina, a voz en cuello; como si fuera el heraldo de la buena nueva, para solaz y chacota de los varones, y zozobra y quebranto de las cucufatas y señoras bien, que veían en el fino caballero la encarnación del demonio de la lujuria:

                -¡QUE VIVA LA PUGA!

                Y de esa guisa subía por la Alameda, seguía por San Cayetano hasta Bellavista, luego galopaba a campo traviesa hasta la Feliciana, pasando por el Malecón para desembocar en el mercado, con gran celebración de los transeúntes:

                -¡QUE VIVA LA PUGA!

                Bajaba luego por el Comercio hasta la Plaza de Armas, daba la vuelta por la gallera y el hospital, luego por el mercado zonal hasta la Matanza para rematar su periplo caballeresco en su adorado barrio de Colpacucho, corroborando su concepto con una frase irrebatible de catador exquisito:

                -¡QUE VIVA LA PUGA! ¡LA PUGA VALE TODO LO QUE PESA EN ORO!

                Uno, que es avisao, sabía a lo que se refería el zarco con tanto entusiasmo y tú, apreciado lector, si tienes un poco de malicia, habrás adivinado qué cosa provocaba la alegre euforia de don Dolores. Pero si no quieres pasar por soez y malcriado, y, por el contrario, te la quieres de dar de fino y educado, te informo que sí, que en Celendín, la puga es la fruta más dulce de la mujer y en contraposición a ella, el órgano del hombre se llama graciosamente pishgo.

                Ya se imaginan ustedes el azoro de su mujer y de sus bellísimas hijas cuando lo llevaban, casi en hombros, totalmente ebrio, a su domicilio, con el estentóreo grito echado a la calle, como un hijo ilegítimo que reclama a gritos un padre:

                -¡QUE VIVA LA PUGA1

            El zarco  Dolores era el único valiente que se atrevía a hacer pública una proclama que, estoy seguro, ronda en la mente y en la punta de la lengua de todos los hombres. Alguno que otro osaban emularlo con un poco más de decoro y menos evidencia, farfullando medrosamente:

            -¡QUE VIVA LA… NIÑA!

                Seguramente por eso, y en reconocimiento de su autoría sobre la célebre frase, alguna mano anónima había escrito un graffiti con carbón de pila Ray-o-vac en el umbral de su puerta: “ZARCO DOLORES QUE VIVA LA PUGA”. Inscripción que quedó para la posteridad, sin que ningún profano se atreviese a borrarla, so pena de pasar por sacrílego.

                Un chistoso le ha contado a uno que en una ocasión, estando el zarco en el lecho matrimonial con su esposa de toda la vida, a poco de hacer el amor, le dijo con su euforia acostumbrada:

                -Hijita, no sabes que rica es la puga. ¡La puga vale en oro todo lo que pesa!

                Su mujer, mirándolo muy fijamente, replicó:

                - Y eso que no lo has probado al pishgo. ¡Eso es más rico! ¡Ese te aloca!

************

Inicio


Presentación   Mitos, cuentos y leyendas