Jorge Pereyra
Cajamarca, 27 de febrero del 2011.
Nunca estuvo en España y tampoco aprendió la maestría y la técnica de lidiar toros en alguna Escuela de Tauromaquia de ese país. Pero su afición por el arte de Cúchares surgió paulatinamente, desde muy niño, en su natal Cajamarca, después de acompañar a su padre a todas las corridas de la Feria de Corpus Christi que año tras año se celebraban en esta ciudad.
De manera que el conocimiento de la lidia de toros le entró primero por los ojos y luego se afianzó gracias a los consejos proporcionados por algunos integrantes de las cuadrillas de toreros que llegaban con frecuencia a la ciudad del Cumbe y a los que acompañaba en sus giras por los diferentes pueblitos que celebraban sus ferias patronales a lo largo y ancho del departamento de Cajamarca.
La práctica del toreo tiene antecedentes que se remontan a la Edad de Bronce, y se ha desarrollado a lo largo de muchos siglos como una forma de demostración de valentía por parte de algunas tribus que aún practican aquellos ritos con los que se marca el paso de la niñez a la edad adulta.
El “Pavita” Rojas era alto, flaco y enjuto de carnes. Tenía la típica y esbelta estampa de Manolete, uno de los diestros más grandes en la historia de este difícil arte. Además, hablaba con acento madrileño, caminaba como un torero andaluz y bebía vino en bota.
Escupía por el colmillo y era frecuente verlo en algún bar pontificando sobre la historia y la grandeza de los más famosos exponentes del toreo: Frascuelo, Belmonte, Joselito, Dominguín, Ordóñez, Arruza, los hermanos Girón, etc.
En esa época, yo era aún un chiquillo y lo escuchaba arrobado desde la puerta de la cantina. Decía que el toreo a caballo con lanzas o con rejones fue el inicio de la fiesta brava y que este tipo de faena taurina siempre fue una práctica de nobles; en tanto que el toreo a pie con capa y muleta estaba reservado a los plebeyos.
También contaba que una corrida se desarrollaba en tres partes, llamadas tercios. En el primer tercio, el toro es capoteado respectivamente a veces por el propio matador o por los peones y también es lidiado por los picadores que, montando un caballo protegido por un peto, utilizan una vara con una puya para preparar al toro para el tercio de muleta. En el segundo tercio, los banderilleros, se encargan de auxiliar al matador, bregan al toro y adornan al astado colocándole generalmente tres pares de banderillas. Y, finalmente, en el último tercio, el más importante, el de muerte, el torero lidia al toro manejando la muleta y el “ayudado” (espada de madera o de aluminio), que sostiene con la mano derecha.
El torero en este último tercio empieza a medir la distancia del toro, lo que se llama “terreno”, para empezar a cuajar su faena, hasta empezar a meterle la cabeza en cada suerte o engaño; después coloca al burel con los cuartos delanteros parejos, para que se abra y no pinche en hueso. Naturalmente, eso es para asegurar una buena estocada y, si ésta es correcta, a petición del presidente y del respetable, se cortan y se otorgan los trofeos correspondientes: orejas y rabo.
El “Pavita” era pues lo que se dice una enciclopedia ambulante de la tauromaquia. Y todo ello a sus veintitrés años de edad.
Pero de la teoría había que pasar a la práctica. De manera que, animado por sus amigos toreros itinerantes, decidió que ya era el momento de plantarse frente a frente con su primer toro en un redondel para determinar cuál de los dos debía morir.
Y esperaba con ansias que llegara el momento supremo a fin de aspirar el olor embriagador que se levanta en la plaza cuando se mezclan la sangre con la arena calentada por el sol. También lo excitaban los pasodobles interpretados por las bandas pueblerinas y el aroma de los claveles que las manolas arrojaban a los osados mataores. Pero, por sobre todo, le fascinaba el ambiente festivo y mágico propio de los pequeños pueblitos que tiraban la casa por la ventana para celebrar a lo grande sus ferias patronales.
Su primer enfrentamiento con un cornúpeta ocurrió un mes de enero en la Feria del Dulce Nombre de Jesús, en el distrito del mismo nombre, a pocos kilómetros de Cajamarca. Para esa ocasión estrenó su vestuario de señorito torero compuesto por sombrero andaluz, chaleco, pantalones ceñidos acampanados en la parte inferior y botas toreras.
Agazapado y acodado detrás de un burladero, el “Pavita” estudiaba y seguía con atención los movimientos del toro “Pretencioso”, un hermoso ejemplar de gran trapío, cornilargo, burraco (de pelo negro con manchas blancas diseminadas a modo de salpicaduras), de 390 kilos, de la ganadería “La Pauca”, que le había tocado en suerte al matador Paco Céspedes, muy querido por la afición cajamarquina. Céspedes despachó a su enemigo de una certera estocada, no sin antes haberse prodigado con la muleta efectuando florituras que el respetable aplaudió hasta el cansancio.
Era el turno ahora del “Pavita”. Con paso elegante y garboso, y llevando el capote doblado en su brazo izquierdo, el señorito torero se dirigió al centro del coso taurino. Una vez allí, desplegó el capote, se puso entre los dientes un clavel que le había arrojado una bella pueblerina, y esperó a pie firme que saliera del chiquero el astado.
Grande fue su sorpresa cuando vio salir del toril a una vaca brava en vez de un toro. Sus amigos toreros, a último momento, decidieron el cambio porque no estaban muy seguros de que el “Pavita” estuviera listo para dicho trance. Y lo que ocurrió después les dio la razón. La vaca, toreada con anterioridad y que ya había desarrollado sentido, se lanzó con furia sobre el cuerpo del infortunado lidiador, lo levantó por los aires, y le pegó cinco revolcadas en el suelo que obligó a que sacaran de inmediato, inconsciente y en camilla, al aporreado toreador.
Agobiado por la vergüenza torera que sentía a raíz del infausto episodio, el “Pavita” no salió de su casa durante una semana entera. Lejos de la vista del público, rumiaba su bronca en silencio y esperaba tan sólo que se le presentara una nueva oportunidad para demostrar otra vez su talento y su valor. Mientras tanto, ensayaba de sol a sol en el corral de su casa con un toro relleno de paja y con ruedas de bicicleta.
La oportunidad llegó dos meses después. Su desquite iba a ocurrir esta vez en la Feria de La Asunción, donde a la usanza antigua se armaba en ese poblado un coso taurino con sogas, palos y tablas. La cuadrilla de toreros, en esta ocasión, llegó al acuerdo de que era justo dejar que el “Pavita” demostrara su arte y conocimiento de la fiesta brava lidiando un toro de peso y trapío. De cualquier modo, iban a estar muy atentos para salir al quite y socorrerlo en caso de que se presentara la necesidad de ello. Y le asignaron el tercer toro de la tarde.
Parecía un deja vu. El señorito torero estaba nuevamente frente al toril, con el clavel entre los dientes, y con el capote en alto y extendido para citar a su toro. El astado, llamado “Rompehuesos”, de casi 400 kilos, de color negro y cornigacho, salió bufando y arrojando espuma por el hocico y lumbre por los ojos. Y saltó como un disparo sobre el cuerpo del infortunado e intrépido aficionado sin darle tiempo a que esquivara la locomotora con cuernos que se le vino encima.
El “Pavita” voló nuevamente por los aires, el clavel cayó al suelo junto con el capote, y su cuerpo transpuso los tendidos y fue a caer fuera de la plaza sobre un perol de frito. La dueña de la chingana, una matrona robusta y de amplias posaderas, lo agarró a cucharonazos por haberle causado semejante estropicio. Y de este modo finiquitó con creces, rompiéndole dos costillas más, el daño iniciado por el toro infernal.
Y dicen que cuando lo rescataron de la furibunda cocinera, para transportarlo otra vez en camilla al hospital más cercano, el infeliz aprendiz de torero inquiría medio inconsciente:
— ¡Pardiez! ¿Alguno de ustedes, coño, anotó las placas del camión que me atropelló?