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Jorge Pereyra
Ayer pasé por lo que un día fue mi casa. Y allí estaba ella, solita, como si hubiera estado esperándome a lo largo de estos últimos veinte años. ¡Qué enorme tristeza sentí al ver que ya no quedaba nada de lo que un día albergó toda mi infancia!
La casita quedaba a un costado de la bulliciosa gallera donde fui testigo, desde la ventanita de la cocina, con mis asombrados ojos de niño, de grandes riñas con un gran revuelo de plumas y también de la casta y valentía de algunos legendarios gallos de pelea.
El jirón Atahualpa, ahora, había sido transformado en una calle peatonal con faroles y bancas donde se besaban de noche los enamorados.
Antaño, un ejército de mozalbetes jugábamos desde el mediodía al anochecer fulbito callejero hasta que se destapaban las suelas de nuestros zapatos. También éramos duchos jugando al trompo, los zancos, las bolitas, las aperis, a las escondidas, a la rayuela, etc. Éramos igualmente el alma de nuestro querido barrio. Entre aquellos palomillas y mataperros, podemos mencionar a los Conde, los Aguirre, los Zambrano, los Cáceres, los Rejas, los Burga, y por supuesto los Pereyra.
Y aún me parece oír a la “loca” Riboty que vociferaba y nos maldecía desde su ventana por ensuciar con la pelota su prístina pared. Por su parte, el “Negro Manisero” nos alquilaba revistas de historietas que desbordaban nuestra imaginación y también nos convidaba maní confitado envuelto en papel celofán.
Mi querida casa. Su pequeña puerta de dos hojas, el pequeño escalón de la calle, las tres ventanitas de madera con sus rejas de fierro, la coqueta salita, y aquel enorme pasillo con su piso encerado como espejo que mi madre tercamente pulía hasta que se pareciera a un río cristalino. El soleado patiecito con sus innumerables macetas de geranios florecidos y los helechos que desplegaban su hermosa cabellera verde.
En ese patio jugamos de niños mis cinco hermanos y yo. Y bajo el alero del tejado, a su sombra en verano, mi padre leía y leía, y mi madre tejía y tejía con el crochet las maravillas de su sueño. Mención aparte merece Panchito, nuestro queridísimo huanchaco, que desde su jaula ensayaba los trinos más bellos y melifluos.
Y qué dolor es ver desierto ahora el lugar de mis más tiernos recuerdos.
Las recámaras no muy grandes, del primer y segundo piso, donde de niños soñamos con las portentosas historias que nos contaba mi padre y con los regalos de Navidad, casi nunca concedidos completamente.
Cómo olvidar que a mis hermanas Sonia y Vilma se les ocurrió levantar las losetas debajo de la cama de mis padres y cavar en busca de un tesoro imaginario, aprovechando que mis progenitores habían ido a los Baños del Inca a un matrimonio. Y al regresar, el susto que se llevaron cuando su cama se hundió como si estuviera sobre arenas movedizas.
Mi cuarto quedaba en el segundo piso y, a través de la ventana que daba al patio, el sol me despertaba cada mañana con su cálido aliento. Asimismo, por la ventanita que daba a la calle, me descolgaba por las noches para ir con mis amigos a dar serenatas a la luz de la luna a las mujeres que alguna vez amamos. Y al regresar, me ayudaban a trepar por la pared al estilo del Hombre Araña.
Y aquella cocina pequeñita, con su ventana hacia el norte, donde en Navidad mamá cocinaba los riquísimos tamales, las humitas, las cachangas, el pavo y los muy dulces buñuelos. Nuestra cocina, fresquecita en verano y muy tibia en invierno, era el punto de reunión de la familia y de las visitas de mis tías maternas a quienes mi padre socarronamente llamaba las “tatalachas”.
En tanto que, en derredor de la mesa del comedor, mi padre nos enseñó a leer deletreando los titulares de El Comercio, al tiempo que nos informaba de las cosas que sucedían, día a día, en el Perú y el mundo. Algunas de ellas todavía las recuerdo, otras ya las olvidé.
Allí, en derredor de esa mesa, hubo llantos y risas, se festejaron triunfos y se lloraron fracasos. Y allí también mis padres jugaban con maestría al rocambor con sus amistades, derrotándolas inmisericordemente.
En esa casita se quedaron las ilusiones que de adolescentes tuvimos, y encerrados entre esos muros están las alegrías y las penas de mis padres. Y en los pisos encerados, aún resuenan los pasos de mis mayores, las risas de mis parientes, y los afanes de mi madre por tener la casa limpia.
En esa mágica atmósfera se quedó la energía y el amor de mi madre, y la dulce comprensión del más tierno de los padres.
¿Dónde están, casita, tus viejos muros de adobe? ¿Dónde tus techos de teja? ¿Y tus pisos como espejos hechos con tantos esfuerzos?
Ya nada queda. Sólo una pared muy triste y un piso que no es el mismo, y una soledad muy grande que les hace compañía.
Ahora funciona allí un lóbrego archivo de la Municipalidad de Cajamarca. Y todos sus ambientes están llenos de papeles y papeles.
Y de aquella pintoresca casita de tan bonitos helechos y geranios, solo queda en mi memoria el más hermoso recuerdo.
¡Ay! qué tristeza sentí al ver que ya nada queda de lo que un día fue mi casa.
