LA CAJAMARCA QUE YO AMO

 

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Jorge Pereyra.

El poeta grande y prosista natural,

el que ama, siente y se desvive por Cajamarca,

el cajamarquinista por antonomasia,

nos privilegia compartiendo su pensamiento y su sentimiento

que tiene por esta Cajamarca,

a la que también amamos y veneramos,

y nos honramos en compartir con los amables cibernautas,

que siempre nos brindan su atención,

esta hermosa semblanza poética

"La Cajamarca que yo amo".

Juan. C. Paredes Azañero

Cajamarca, 16 de setiembre de 2012

 

LA CAJAMARCA QUE YO AMO


Jorge Pereyra

El esmeraldino Valle de Cajamarca y el Valle Sagrado del Cusco, rivalizan en belleza, colorido y singularidad. Uno es caxamalca, el otro inca. Nosotros somos Hijos del Agua, ellos son Hijos del Sol.

Pero el valle cajamarquino no tiene parangón cuando, desde la carretera que deja atrás el abra de El Gavilán, aparece súbitamente desde lo alto la más verde y hermosa planicie que ojos humanos puedan contemplar. Y, a decir del obispo Andrés García de Zurita, cuando divisó por primera vez en 1651 el ubérrimo valle cajamarquino, en una carta enviada al Rey de España, Felipe IV: “Al llegar a este pueblo [de Cajamarca] descubrí desde un alto la población mas vistosa que e visto en el Perú, donde e visto muchas [...] Es un parayso todo él, y por eso lo eligio el inga Atabalipa para su corte donde esta su palacio real”...

Es una verde belleza horizontal que empalaga nuestra visión. Y su extendida hermosura simula ser el verde telar en el que duerme, envuelta en sus glaucos tocuyos, la más hermosa doncella del harén de un celoso curaca caxamalca.

Parece que llegáramos en avión al divisar desde la altura el maravilloso espectáculo de sus verdosos parajes, de su cielo azul cobalto y de sus blanquísimas nubes que engordan el aire y pasan lentas como si fueran un disciplinado rebaño de ovejas.

Lo que destaca es la perfección de sus cultivos, el dulce olor del capulí, la acaramelada resina del eucalipto, la tierra húmeda y olfativa, el bucólico mugido de las vacas, la luz intensa y juguetona del sol, el alegre color de las retamas y, sobretodo, la nirvánica quietud que nos infunde el manso paisaje.

Pero la ciudad es otra cosa. A pesar de su pasado y antigüedad coloniales, y de su descomunal herencia monumental, sus viejas iglesias, casonas de empedrados patios y fuentes de cantería en las que canta jubilosa el agua, portones de piedra y estrechas callejas por las que pasean decrépitos y noctámbulos fantasmas pizarristas que hacen chirriar sus vetustas armaduras, la ciudad no puede competir con la verde y extendida belleza del campo.

Por eso hay que salir fuera de ella, llegar un poco más lejos, perderse entre sus sombreados y arbolados senderos, y escuchar el tierno canto de las pencas cuando enamoran a los altivos eucaliptos.

Cajamarca, te amo. ¡Cómo quisiera conocer el melifluo idioma del Culle para cantar eternamente tu grandeza! O, como el filósofo griego Demócrito, quizás algún día me arranque los ojos para almacenar en mi memoria tus más bellas imágenes y paisajes. Pues el recuerdo, parafraseando a Nietzsche, es el único Paraíso del cual no pueden expulsarnos.

LOS BAÑOS DEL INCA

En un extremo del valle, y muy cerca de la ciudad, como una sensual odalisca adormilada que entre amplios cojines nos sonríe y llama, están los Baños del Inca. Es un bello paraje considerado el paisaje preferido del relámpago, aroma de penca enamorada, y Primera Maravilla Natural del Perú.

Es un conglomerado de puquios u ojos de aguas termales que curan, así dicen, todos los males. También es un lugar donde el agua, fría o caliente, es sagrada y se le rinde pleitesía. Y, aquellas personas que están hastiadas de existir, renuevan su fe en la vida después de tomar un baño relajante en sus aguas calientes que brotan de las entrañas de la Madre Tierra.

Los Perolitos, con su eterno y etéreo ropaje de vapores sulfurosos, son una cocina natural donde cualquiera puede cocinar un huevo en tres minutos porque allí el agua tiene más de 70 grados centígrados. Y juran que aquel osado que pretenda bañarse en las burbujeantes aguas de este lugar quedará automáticamente condenado a la esterilidad.

Este fue el lugar que Atahualpa escogió para descansar de la guerra y las intrigas políticas palaciegas. Venía siempre a tomar sus baños calientes y atemperados aquí y le puso por nombre Pultumarca. Por eso cuentan que su fantasma todavía se baña desnudo en estas termas rodeado de sus ñustas y ninfas.

JESÚS, EL MACONDO CAJAMARQUINO

Luego del baño reparador, a una hora de Cajamarca, otro de los lugares cercanos, reposados y bellos es Jesús. Tiene una límpida plaza central y, un poco más allá, empiezan los senderos que nos llevan a otro mundo, a una dimensión donde el tiempo no cuenta.

Hay un molino artesanal, muy antiguo, que aún funciona, escondido en una cabaña de barro y tejas. Un brazo del río, que riega las parcelas, proporciona la energía suficiente para mover la pesada piedra redonda que pulveriza los granos hasta convertirlos en harina.

El verde de los sembríos, el amarillo de las retamas y el rojo de los molles frondosos, colman de juguetones matices cada rincón y proponen una sinfonía de placeres y emociones. Allí uno se encuentra también con aguas termales a flor de tierra, aguas calientes que discurren por el campo. Los niños disfrutan su ingenua desnudez en las acequias, tibias, limpias y refulgentes. Y, toda la alegría auroral de sus vidas, explota como los deslumbrantes artificios que la pirotecnia nos muestra en las ferias pueblerinas. Quien ha visto esto, sabe por lo mismo que la felicidad es sólo un estado de ánimo.

Y así como Jesús, están Llacanora y la hacienda La Colpa, donde las vacas tienen nombre de mujer y acuden enamoradas cuando el caporal las llama por su apelativo para ser ordeñadas.

Otro lugar entrañable es, sin lugar a dudas, la granja de Porcón, un notable ejemplo de gestión solidaria y un gran espacio arbolado para reencontrarnos con la Pacha Mama. Allí, el porconero, le ganó a la naturaleza y se excedió embelleciendo su paisaje con la reforestación de sus bosques de pinos que semejan masivas asambleas forestales.

Finalmente, toda la belleza de Cajamarca sólo puede ser entendida según cierto relato bíblico (contenido en unos pergaminos del Mar Muerto que aún no han sido encontrados) en el que está escrito que, después de crear el mundo, Dios tomó nuestro planeta entre sus manos y le dio un beso precisamente en el lugar donde estaba el valle de Cajamarca.

El valle de Cajamarca, pues, es mucho más sagrado que el Valle Sagrado del Cusco.

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