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EL GIGANTE DE MAGDALENA

Pocho Manzanedo*

En un tranquilo y hermoso pueblo llamado Magdalena, donde los campos verdes de caña de azúcar se mecen suavemente con la brisa, y el aroma dulce del néctar de la tierra flota en el aire, cuenta la leyenda, que hace muchísimos años, en un día de aquellos que nos invitan a deleitarnos con su brillantes y calma, apareció de la nada un visitante inesperado.

Era un gigante, grotesco y misterioso, que a su paso por las callecitas del pueblo causaba temor y zozobra entre la población que se vio obligada a buscar refugio rápidamente en sus casas, nadie sabía su procedencia, talvez provenía de algún lugar lejano, más allá del conocimiento y razonamiento humano.

El mastodonte, cuyo tamaño parecía abrumar incluso los más altos sembríos de caña de azúcar, decidió establecerse en uno de los más grandes y productivos trapiches cercanos al pueblo. Lugar hermoso lleno de tradición, en donde se preparaba y hasta ahora, la mejor miel de caña y exquisitas doradas chancacas.

Este productivo lugar, era propiedad de Don Hernán Estrella, un hombre valiente lleno de fe y obstinado trabajador, amante de la naturaleza, de carácter alegre, bondadoso y entregado a sus semejantes, aprendió el oficio de preparar la miel de caña y las chancacas con la sabiduría de sus ancestros, quienes deleitaban los paladares de todo el pueblo y ciudades aledañas, como también ciudades distantes.

Al ver la imponente presencia del ogro de descomunal tamaño, asentado ya en su propiedad, Don Hernán, sintió recorrer un raro escalofrío en todo su cuerpo, pero rápidamente reaccionó con valentía para proteger a su familia y resguardar su pueblo. Observó con incredulidad cómo el colosal personaje devoraba vorazmente toda la producción de miel y se comía las chancacas como si fueran simples caramelos.

Con decisión, el dueño del trapiche se armó de coraje y se acercó al visitante para pedirle que se retirara sin causar más daño. Pero el deforme monstruo, con una sonrisa burlona en su rostro, mostrando su grotesca dentadura, le propuso un desafío inesperado: una partida de naipes, con la seguridad que con este ardid se quedaría en el lugar eternamente.

Aunque sorprendido, el gentil propietario aceptó el desafío con gusto, confiado en ganar y así poder deshacerse del amenazante gigante.

Don Hernán, era un hombre con poca experiencia en el arte del juego de cartas, pero era dueño de una sobresaliente fe e inteligencia que conjugaba con su denuedo, seguro estaba de sus habilidades y destrezas que le había regalado como experiencia la vida, por lo que se sintió seguro para derrotar al ogro. Sin embargo, enfrentarse a un oponente tan descomunal requería medidas también extraordinarias.

Con ingenio y determinación, prepararon el juego de naipes al tamaño adecuado para el gigante. Para ello utilizaron las calaminas de los techos a pedido del intruso, pensando que así le sería más fácil ganar la partida, las cuales fueron pintadas con los símbolos numéricos de cada carta, y así el misterioso personaje pudiera manejarlas con comodidad. Mientras que para don Hernán le resultaba incómodo y hasta difícil manipularlas por el tamaño y peso.

La partida comenzó muy temprano, y aunque el tamaño del gigante le daba una aparente ventaja, pronto quedó claro que la verdadera habilidad residía en la mente y el corazón. A pesar de las dificultades que enfrentaba debido a su tamaño, Don Hernán demostró confianza, destreza e inteligencia superior.

El colosal visitante, por otro lado, aunque imponente en tamaño, carecía de la sabiduría y la estrategia necesaria para ganar. A medida que avanzaba el juego, su confianza se desvanecía y su rostro mostraba signos de preocupación, se le notaba nervioso empezando a sudar copiosamente, cuyo fluido rodaba por su ajada frente empapando su grosero rostro hasta caer y perderse en el suelo.

Finalmente, cuando ya la tarde caía con frescor y los cielos de Magdalena empezaban a dar brillo arrebolado, con una última jugada maestra, Don Hernán proclamó la victoria, logrando vencerlo ante la algarabía y vítores de la población que observaba a cierta distancia la competencia, salvando así a su familia y pueblo de tan maligno y misterioso personaje.

El gigante, vencido y humillado, aceptó su derrota retirándose entre las penumbras de los cerros de Magdalena, prometiendo nunca más volver a estos lares, dejando atrás el trapiche y su deseo voraz de consumirlo todo a su paso.

Quedó así demostrado que, en la vida, no siempre son los más grandes los que prevalecen, sino aquellos que poseen la inteligencia, la sabiduría y el buen corazón para enfrentar los desafíos con valentía y determinación.

Y en el pueblo de Magdalena, el recuerdo de aquella inusual presencia del gigante y la partida de naipes, perduraría por mucho tiempo, perdiéndose luego como muchas leyendas, en el túnel oscuro del olvido, sólo queda recordar que el verdadero poder del hombre reside en el alma, corazón y nuestras buenas acciones, no en las descomunales estaturas.

Con el amor más inmenso del universo

Pocho Manzanedo V.

Cajamarca, 15 de abril 2024.

 

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