FRANQUICIA DEL OIDOR

Escribe: Ricardo Cabanillas[1]

 

 

             LOS FABULOSOS EXÁMENES DE ADMISIÓN

 

Ahora sí  -brutal y alevosa-, nos cayó la taquicardia a padres e hijos por causa de los estresantes exámenes de admisión.  ¿Qué de bueno, nos traen este año, estos muy letrados instrumentos diseñados por la  experticia universitaria?  ¿Qué miden? ¿Qué evalúan? ¿Capacidades, competencias, actitudes? ¿…O  qué?

 

La aplicación anual de un filtro de selección, complejo, psicométrico y paramétrico, para acceder al sistema universitario, es política consuetudinaria en nuestras  universidades públicas. Según parece, se busca “seleccionar” a los más competentes para que se nutran en el  hontanar académico y puedan asumir, con felicidad  y éxito   –así rezan los prospectos de admisión-  su rol profesional, científico y humanístico. No obstante, esto es lo paradójico, el muy ponderado filtro se encuentra totalmente desarticulado de la formación que brinda la educación secundaria. Esto es lo que  aterroriza a los jóvenes. “No me enseñaron razonamiento verbal. ¿Comprensión lectora? Casi nadie lee en mi colegio. De razonamiento matemático, ¡ni hablar!”.“Si  no me formaron los profesores para salvar la valla del examen de admisión, para qué diablos me ha servido la Secundaria”.

 

Un conocido docente de un colegio experimental, salió al frente a defender la lógica de su magisterio: “No hijo, no. El colegio te forma para la vida, no para que apruebes el examen de admisión. Eso le corresponde a las academias preuniversitarias”. Con este consuelo, el  desconcertado estudiante, según la fortaleza económica de su bolsillo, tiene que matricularse en alguna de las tantas academias que proliferan en nuestro medio. Todas ofrecen ingreso seguro. En sus spots publicitarios hasta pasan –con evidente sonrisa jactanciosa-  las exitosas listas de sus ingresantes. Y toda esta extraña parafernalia ha sido aceptada como norma socio-cultural en nuestro medio. Luego de algunos meses -¿o años?-  de febril preparación, el estudiante, por fin se siente anímica y cognitivamente  listo para enfrentar la “bendita” prueba que dura tres horas de disimulada taquicardia, dolor de estómago, incontinencia urinaria, etc.

 

La pregunta es ¿se ha elaborado la prueba en base al perfil de competencias básicas del ingresante universitario? ¿A la vocación que persigue? ¿Qué principios neuropsicológicos, cognitivos, axiológicos y actitudinales orientan al instrumento de evaluación?  Parece que en las áreas de razonamiento verbal y matemático, y en la comprensión lectora, solo se busca evaluar las habilidades del hemisferio izquierdo del cerebro: el pensamiento racional-analítico. ¿Y la creatividad? ¿Y las actitudes? En las otras áreas: historia, geografía, lenguaje, literatura, economía, psicología, filosofía, ciencias naturales, etc., solo se busca medir contenidos memorísticos. Esto –desde nuestro punto de vista-  es insustancial para la realidad compleja y  práctica del estudiante; quien, felizmente con trizados nervios y temblorosa alma, salvó la prueba, luego de más de tres horas de erizada taquicardia. Mas ahora nos pregunta: ¿Y para qué me sirven los hipónimos, los  hiperónimos,  los deícticos, los flexivos, la diatopía y la diastratía en mi vida cotidiana y profesional?

 

Un reconocido lingüista –el más versado, con más de cuarenta años en la universidad- respondió sin dilación. “Hijo mío, el conocimiento es infinito. Todo profesional debe poseer un background científico y humanístico: ¡VitamImpendere Vero!  Mirando al cielo, como si buscara una imposible respuesta cósmica, nuestro estudiante dijo:

 

- Oiga Doctor, ¿y cómo se come eso?

 

Debemos evaluar la  coherencia interna y externa  de las pruebas de admisión. La consistencia lógica de las preguntas y de sus alternativas de solución, teniendo en cuenta los riesgos de la ambigüedad semántica.  ¡Qué no sean preguntas barrocas, criptográficas  y tramposas, sino claras, objetivas y pertinentes! Y sobre todo, deben guardar relación con el universo sociocultural del postulante: Por ejemplo, cuántos de nuestros lectores conocen el significado de palabras, al parecer extraídas de “Selecciones del Reader’sDigest, de los años setenta: “Boj”, “Tuareg”, “Bacía”, “Xilófago”, “ergasiomanía”,   “resma”,  “zahúrda”, etc.

 

Las pruebas de admisión –desde una nueva perspectiva-,  tendrían que orientarse en torno a las políticas curriculares de la educación secundaria, sin perder de vista la visión prospectiva de la formación del futuro profesional. Para lograr esto es imprescindible promover el diálogo con los responsables de la educación regional.  Que esto va a poner en tela de juicio la presencia de las Academias es cierto. Que significará la pérdida de ingentes capitales a muchas empresas educativas es  también cierto. No obstante, por encima de ello está el justiprecio del genuino capital humano que son nuestros estudiantes, cuyos padres han sacrificado sus exiguos  recursos económicos, sus anhelos y esperanzas para forjar en sus hijos el ideal del profesional que nuestra tierra necesita. Que así sea.

 

[1]RICARDO CABANILLAS AGUILAR, es Dr. En Ciencias de la educación, poeta, narrador, dramaturgo y ensayista, laureado en diversos certámenes literarios regionales y nacionales.  Ha publicado: “La Casita Teja Roja” (1991), “Fábulas del Arco Iris” (1993),  “Canto rodado desde la cima del trueno” (1995), “Exhorto a la palabra ausente” (2000).  Actualmente es docente de la Escuela de post Grado y de la Facultad de Educación de la Universidad Nacional de Cajamarca.

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