Tránsito infernal

Hugo REYNA GOICOCHEA

Definitivamente, la “cultura de la informalidad” se ha consolidado, de manera absoluta en la ciudad capital, abarcando dentro de sus esferas, como algo normal o natural, el desconocimiento cabal de las disposiciones del “Reglamento Nacional de Tránsito – Código de Tránsito” (D.S Nº 016-2009-MTC).  Se infringen, sin misericordia alguna, los más elementales principios y disposiciones que regulan las acciones de satisfacción de las necesidades de los usuarios en materia de transporte y tránsito terrestre, así como del resguardo de sus condiciones de seguridad y salud, y también protección del ambiente y la comunidad en su conjunto.

 

La percepción generalizada del común de las personas es que: “El tránsito vehicular en Cajamarca es catastrófico y caótico en dimensiones industriales”. Su “control” que sí lo hubo en décadas pasadas, a desaparecido casi por completo; habiendo la informalidad rebasado los timoratos esfuerzos de control normativo de la municipalidad provincial, y la inacción e indiferencia de la Policía de Tránsito, que ha perdido, en la práctica autoridad y respeto.

 

En la actual coyuntura el tránsito urbano y también el interurbano constituyen una “papa caliente” para la gestión local municipal, por las características de desorden que lo caracterizan y distinguen en la ciudad capital. Se viene experimentado, en los últimos años, producto de las expectativas de “desarrollo minero”, un crecimiento incontrolable del parque automotor, constituido en su gran mayoría por vehículos obsoletos  destinados al transporte público y de particulares. Para mayor certeza, solo ubíquese, por unos instantes, en algún punto de la ciudad, y podrá comprobar que, en promedio, cerca de siete (7), de cada diez (10) vehículos, son taxis; y en los alrededores, se produce una gran proliferación de mototaxis, que en su conjunto, martirizan el desplazamiento de los sufridos peatones, que tenemos que estar a salto de mata en las calles, y ceder el paso a los vehículos, cuando lo sensato es la preferencia al transeúnte.

 

Volviendo a las expresiones del caos vehicular y tránsito urbano, se puede apreciar como los conductores de vehículos automotores infringen, con la más naturalidad del mundo y ante los propios ojos de los efectivos de tránsito de la Policía Nacional, las disposiciones elementales de circulación y señalización: hablar por celular mientras conducen sus vehículos, conducir en sentido contrario al señalado, invadir los cruceros peatonales, estacionarse en zonas rígidas, no respetar las luces de los semáforos; estacionarse a la derecha en arterias de un solo sentido, como es el caso de la cuadra 3 de Dos de Mayo, Amazonas y Sabogal por mencionar algunas; cuadrarse en ambos lados como en cuadra dos (2) del jr. Puno, en Sara Macdugall y Mario Urteaga, entre otras.

 

Por el lado de los vehículos menores la situación es más alarmante y peligrosa: cientos de motociclistas que no usan cascos de protección, llevan más de dos personas, sus motocicletas no tienen placas, realizan acciones temerarias, circulan contra el tráfico, entre otras anomalías que no hay cuando se haga algo significativo para su control.  

 

Todo este conjunto de irregularidades, aceptadas como naturales, indudablemente que constituye una problemática que debe ser prioridad para la actual gestión edil. Es necesario asimismo enfrentar los problemas del transporte interurbano, cuya informalidad es impresionante y que también se ha escapado de las manos al sector transportes y comunicaciones, lo cual aunado lógicamente con la tibieza del accionar policial, ha originado un caldo de cultivo para la creciente espiral de “accidentes de tránsito” que tantas inocentes vidas humanas van cobrando día a día, ante la indignación de la ciudadanía que se ve totalmente desprotegida.

 

El incendio reciente de un ómnibus de pasajeros, en la carretera hacia la costa, pone de manifiesto, de igual manera, la imperiosa necesidad de que la problemática del transporte urbano e interprovincial, debe ser abordada con urgencia y sin demora, como un fenómeno integral.

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