Cantares de Mujer.

 

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CANTARES DE MUJER

CUANDO UN HIJO SE PIERDE EN LA INMENSIDAD…

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado, …

FRAG. PIEDRA DE SOL, OCTAVIO PAZ

 

Socorro Barrantes.

La madre toma al niño entre sus brazos, lo mece como aquel día que nació hermoso, el hijo de su alma, el hijo de su entraña, el hijo de sus sueños, el hijo amado que toda la vida esperó. Ahora lo abriga en su pecho, queriendo resucitarlo, despertarlo, besar su frente helada.  Mirar sus ojos, en la temperatura de la aurora naciente, sabiéndose viva.  En este momento es ella la que llora, la que quiere despertar, la que no siente palpitar el alma de su niño.  Mira el cielo, las paredes, la mesa, la silla vacía, el espejo, la puerta, la tierra… La tierra gime, mezclando el rocío de sus venas, con las gotas dolorosas de la madre, que brotan de sus ojos en silencio, sin mañanas, sin noches, sin murmullo de hijo, sin ternura de nadie.

NO, no quiere aceptar que el hijo ha muerto.  Dejar que llega el aire, a su sangre, detenida en la rosa desvelada, en el reloj ensordecido, en la mustia ventana oxidada de segundos, de minutos amarillos, de grillos que no cantan, de sombras que no levantan el vuelo. Su niño el que la llevaba por todos los espacios del sol y de la luna. El que sabía de sus gustos, de su temperamento paciente, de su alegría, de su pena grande como un batán, donde molía la ternura para dársele en pedacitos de música, de trino. Fugaz el camino de la nube, se desvanece pronto, muere en otra forma, encendiendo el fogón de nuevas cocinares, sabores del silencio en tálamo bendito por dioses sempiternos.

Calla la madre, murmurando su nombre… Lo esconde bajo el brazo, lo llena de azahares, salidos del regazo, del tiempo convivido; casi cuarentaicuatro años.  44, que le permitieron alas para volar en el desierto de la soldad inmensa como el mar, la noche, los misterios, los rezos inconclusos, nada pudieron hacer contra la muerte, del hijo crucificado en el dolor, en el monte de los olivos secos, callados de no encontrar respuesta a la locura de la vida y sus misterios, clamando en la puerta de los hospitales, por un puñado de segundos más, en la tierra del hombre y la mujer que comieron las manzanas del árbol prohibido.

Quédase la madre yerta, agujereada el alma.  Ya los ojos del hijo, no miran, ni responden al calor de los suyos. Doblegada por el dolor, calla una vez más, ya sin lágrimas, después de haber llorado la noche, su quebranto de vacía cuna, de dolor a cuestas en la callecita del Jr.  Pisagua.  Las moscas se comen el brillo de la piel, dejando una estela de recuerdos, en la temperatura del viento ajeno al dolor de la madre que, esconde en un puño, la fuente amarga de su corazón, en el bolsillo del mandil diario.  Contritas las manos rezan una oración que le enseñara el maestro en la escuela.  Tanto rezó a Dios, a la Virgen, para que protegieran a su hijo amado “Padre nuestro que estás en los cielos” Mas el niño murió sin que los doctores de la salud, lo atendieran a tiempo, habiendo podido contra la historia de otro modo, más feliz, para seguir escuchándole, “madrecita mía corazón de Dios/ mi melancolía se ha tornado blanca/ solo por tu amor”

Señor Ministro de Salud, ¿qué hacer?  (César Vallejo)

Cajamarca, 26 de febrero 2024.

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