Cantares de Mujer.

 

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CANTARES DE MUJER

CARTA A MI PADRE:

Socorro Barrantes.

Papito, llegaste a las celestes sombras, en el mes de febrero de aquel año de 1978, un día como hoy, 8 de febrero, en que tus manitas dejaron de acariciar la vida.  Se pusieron en noble rigidez, empuñando la lira silenciosa del adiós.  El vaho de la muerte cubría la habitación.  Tres mujeres: Marcela, Cecilia e Isabel recogían los recuerdos regados en el tiempo, recuerdos que enrumbaron hacia los enormes molles, sembrados por tus manos blancas, con azules caminos de tus venas yertas.  El himno del adiós encendió la lira y de nuestras pupilas huérfanas, rodaron vagabundas lágrimas, extraviadas en el afán del momento terrible de tu muerte.  Poco a poco el frío mortal derramó su cristal en tu cuerpo, envejecido en 93 años de glorias y quebrantos, de amores y tristezas, de libros y recibos de cuentas por pagar, difuminados en tu bendito escritorio, sagrado recinto de fecunda existencia. Doce hijos, Armando, Roger, Herman, Oscar, Jorge, Edgar, Luis, Marcela, Amparo, Doraliza, Isabel, Cecilia y uno más de tu corazón, Artemio. Y, es que fuiste un amante inmisericorde.  Quisiste y te quisieron en el encanto de tu corazón arrabalero, noble, justo, humorista, silencioso, eterno. Enfurecías a mi madre cuando ibas al Club Cajamarca y regresabas con el pañuelo de labios despintados, de las mozas jubilares de aquellos avatares.  Señor Juez era Ud., un juez enamorado intensamente del amor y la locura fugaz del querer, no se lo puede juzgar porque ya no está presente.  Más los frutos de aquellos quereres, fueron buenos frutos y Ud. nos enseñó a querernos entre hermanos y hermanas porque, éramos frutos de un mismo y precioso árbol, en sus ramas distintas, en sus hojas suigéneris y creo que hasta hubiese logrado que sus distintos quereres, se unieran un día, para recordar cada una, aquellos amores.

Padrecito mío, corazón de luz, me heredaste ingentes batallones de libros que habitan todos los rincones de la Casa de Amalia Puga 216.  Sabe papacito, me sentí millonaria de saberes ocultos y evidentes en aquellos libros y papeles que eran, que son mis amigos, amantes, mis desveladores, ilusionistas, cariños perdidos, soldados en fila, y hasta machistas que golpean mi pensamiento una y otra vez, sin que pueda acertar, la palabra justa, para un noble escrito de mi pluma vaga. En viejas estanterías que, polillas cultas, desbaratan en agujeros que van de un estante a otro, royendo la sabiduría, que almaceno de los sabios escritores del mundo, de todas las layas, diversas naciones, hermosos y feos, ricos y pobres, alegres y fatales.  Galantes mujeres de brillo rotundo, escritoras famosas y musas enamoradizas como las ganas les vengan.  No sabes papito ¡cómo extraño tu noble ser! del cual heredé muy poco, casi todo, lo bueno de vos, lo heredó Cecilia. Yo heredé tus libros, periódicos viejos, revistas antiguas y con ellos y ellas siento la felicidad que VOS siempre me diste y a pesar de estar sola, sola, sola… me acompañan ellos en dulce armonía o loca pasión.

Papito, te fuiste hace ya, casi cincuenta años, (figúrate yo ya friso los 75) estás junto a tus quereres y a mi madre que fue la amante más apasionada, llena de luminosidad, pasión, fuerza, fuego, ternura infinita.  Hace muy poquito murió el hijo de tu amigo Nicolás Yerovi, del cual eras asiduo comprador de Monos y Monadas, tu me enseñaste a querer al padre y al hijo, pero sobre todo al hijo, un humorista genial, de esos que hacen falta en el Perú y el Mundo.  ¡Ay! me enseñaste a querer a tanta gente linda, gracias Padre Mío por ser, ese faro sencillo, permanente en tu amor de padre, que sigue alumbrando mi triste universo.

Cajamarca, 14 de marzo 21025.

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