CARTA A SUS COMPAÑEROS POR EL "DÍA DEL PADRE" DEL PROF. LUIS CERNA CABRERA

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Cajamarca, 19 de junio de 2016

 

Apreciados compañeros de estudios:

 

Les renuevo mis afectuosos saludos en este memorable “Día del Padre”; aunque en la escuela no recuerdo que se haya celebrado esta fecha; o tal vez, no como el “Día de la Madre”, esta que se celebraba con su respectiva actuación central, ejecutada por profesores y alumnos, con poesías, canciones, dramatizaciones y, por supuesto, las palabras de orden pronunciadas por el profesor designado ex profeso. Sin embargo, me parece que el “Día del Padre” también debe revestir importancia; pese a que en nuestra sociedad, en la gran mayoría de veces, no se toma en serio esta enorme responsabilidad.

 

Ser padre en el hogar es tener bajo su responsabilidad el Poder Legislativo de la República Familiar; mientras que la madre y los hijos constituyen el Poder Ejecutivo. Lamentablemente, en la actualidad, el que debe ser el Poder Legislativo, no solamente no lo es, si no que abandona tan elevada responsabilidad; tal vez porque no lo merece, realmente. ¿Cuántos hogares disfuncionales hay ahora en Cajamarca y el Perú? El número es incontable. En las escuelas, en los colegios, en las universidades y en los institutos superiores se puede verificar esta aseveración. Cuando a un alumno se le pregunta por su padre, generalmente, dice que no lo ha conocido, no lo ha visto jamás. El cantautor argentino Facundo Cabral relata una historia que corrobora esta aserción. Él conoció a su padre cuando tenía más de cuarenta años de edad. Solo en esas circunstancias se hizo presente su padre, es decir, cuando ya no tenía ninguna responsabilidad que cumplir.

 

¡Cuánta falta hace una verdadera educación para esta desajustada sociedad! ¡Cuánta falta hace la lectura de la obra de Manuel A. Carreño! Algunas personas ni siquiera han escuchado su nombre, ni menos han leído el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras. Lo más triste es que la escuela actual y la de hace varias décadas no conocen ni al autor, ni su obra. Contrariamente, ahora, los profesores buscan, afanosamente, llenar el cerebro de sus alumnos con datos, fechas, cifras, informaciones, noticias y “testimonios de vida” llenos de aberraciones en la mayoría de los casos. Esa es la famosa escuela moderna y sus tan decantadas reformas incluidas.

 

No debemos engañarnos, la escuela de la sociedad actual no educa, deseduca. Si no miremos no más la sociedad de hace algunas décadas: toda ella invadida de un gran número de lacras sociales. La gran mayoría de las personas que transitan por las calles, ya sea a pie en sus vehículos, cometen una serie de desatinos, excesos y actos de inmoralidad, y todas ellas han salido de las escuelas, y tiene grados y posgrado. ¿Para qué estudiamos? ¿Para qué gastó el Estado tanta plata en una educación inservible? La vida continúa. No sabemos hasta qué límites.

 

Todo lo que expongo no es en vano. Acá también tienen que ver los padres, precisamente, en “su día”. Es hora de ponerse la mano al pecho para poder decir: ¿cuánto he educado hoy?, ¿qué obra de bien hice hoy? ¿A quién serví hoy?, ¿tengo responsabilidad en mi condición de padre?, ¿cómo se conducen mis hijos la extensión de mi vida en el seno de la sociedad? Por eso, como diría Vallejo en Un hombre pasa con un pan al hombro¿Con qué cara llorar en el teatro? La que observamos hoy en las calles, en las plazas, en las concentraciones humanas, es la educación que viene de los hogares actuales. Consecuentemente, hoy, este “Tercer Domingo de Junio”, debe ser un día de reflexión, de recogimiento y de asunción de compromisos y de enmiendas de rumbos; pero no por las “seudorrutas de aprendizaje”, estas que mecanizan, automatizan, robotizan, que anulan las potencialidades educativas y que desarrollan el espíritu competitivo de nuestros hijos, por encima de los derechos y la dignidad de los demás. ¿No es suficiente observar esas competencias deportivas que envanecen fugazmente a unos y humillan permanentemente a otros? El deporte se ha convertido en una obsesión de “ganar por ganar”, simplemente, no importa con trampas. Hay deportistas que cuando pierden lloran, y lo hacen desconsoladamente. Así dan un mal ejemplo a los niños que quieren aprender. He allí su obsesión competitiva. No les importa hacer bien las cosas, lo que les importa es “ganar y ganar”. No importa que los demás “pierdan y pierdan”. Al final, el dolor ajeno del perdedor es el efímero goce del ganador. Y así marchan ganadores y perdedores en todos los aspectos de la vida. Ese es el destino inexorable de la humanidad en el marco de un molde político en el que predomina la competitividad. Ya se verá cómo termina “el carnaval del mundo (que) engaña tanto”, como diría Juan de Dios Peza.

 

Compañeros, no debo cansarlos. Después de todo lo que he dicho, siempre les deseo lo mejor a ustedes y a sus respectivas familias, donde sea que se encuentren.

 

Un fuerte abrazo.

 

Muy atentamente,

 

J. L. Cerna Cabrera                      

 

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