Ir a Presentación Comentarios en el Día del Maestro Refranes
A la memoria del señor César Napoleón Figueroa Muñoz
y del señor José Carlos Sánchez Espinoza,
dos grandes educadores ichocaneros.
A la hora de recreo de un viernes del mes de octubre de 1963, después de la Fiesta Patronal de Ichocán, estaban esperándome en la puerta de mi salón de 3er. Año “C” César Figueroa Lezama y Carlos Sánchez Espinoza. Me indicaron que querían conversar conmigo. Bajamos mecánicamente desde el 2do. Piso hasta el patio principal de la Gran Unidad Escolar “San Ramón” de Cajamarca (hoy I.E. Emblemática Sesquicentenaria “San Ramón”).
─ ¿Para qué soy bueno? ─les pregunté porque me picaba la curiosidad…
─ ¡Vamos al campo de fútbol! ─dijo el Carlos─. César tiene un mensaje que quiere comunicarnos.
En el recorrido hacia el campo de fútbol que queda al fondo de la infraestructura de la institución educativa, pasamos por la mesa de Jacinto, un vendedor de melcochitas y habitas fritas.
─ Un sol de habitas ─le dije a Jacinto. Y le entregué una moneda de un sol. Me entregó las habitas y nos repartimos equitativamente.
Cuando llegamos al campo de fútbol, Carlitos reiteró:
─ César hijo, tiene un mensaje para comunicarnos.
─ De parte de mis padres, les invitan a almorzar en mi casa mañana sábado que tienen salida ─dijo César.
─ Muchas gracias ─dijo Carlitos─. Allí estaré. No sé si Juan podrá estar allí también.
─ Sí, claro, allí también estaré. Te agradezco mucho por esta invitación.
─ ¿Seguro que celebran algo? ─le pregunté.
─ No, nada. Solo un deseo de tenerles ─aseguró César.
En esos instantes sonó la campana que indicaba la terminación del recreo, y cada uno nos dirigimos a nuestros respectivos salones.
Al día siguiente nos alistamos como para ir a una cita con amigas. A las 10:30 a.m. ya estábamos listos. Salimos del internado con dirección a la casa del señor Figueroa.
Cuando llegamos nos hicieron pasar al interior, donde se podía advertir un ambiente de fiesta.
─ ¡Pasen! ¡Pasen! ─nos dijo el señor Figueroa─. Les estamos esperando.
─ Buenos días señor Figueroa y muchas gracias por la invitación ─le dijo Carlos. Yo también saludé y agradecí la invitación.
─ Pasen de una vez al comedor ─dijo la señora Rosa María, esposa del señor Figueroa.
─ ¡Muchas gracias, señora Rosita! ─le dije y la saludé en seguida.
Pasamos al comedor. Nos invitaron vino para abrir el apetito. El señor Figueroa dijo que brindaba por tenernos en su casa.
Una vez instalados en torno de una mesa grande, empezaron a servir un suculento almuerzo a la usanza de Ichocán en tiempos de fiesta….
Cuando terminamos el sabroso almuerzo nos sirvieron refresco de chicha morada, al estilo Ichocán, donde le llamamos ‘aloja’.
Agradecimos a nuestros anfitriones por este agradable almuerzo…
─ ¡Pasen a la sala para escuchar música! ─dijo la señora Rosa María.
─ Aquí nomás ─manifestó el señor Figueroa─. ¿Qué me cuentan? ─empezó a inquirir.
─ Nada ─le contesté─. En el internado estamos un poco aislados…
─ Y tú Charly ─le dijo a Carlos Sánchez.
─ Nada, no tengo ninguna novedad…
─ Entonces, hagamos un juego de palabras….
─ ¡Adivinanzas! ─dijo César, hijo.
─ Que escojan ellos ─dijo el señor Figueroa.
─ ¡Refranes! ─dijo Carlos Sánchez─. La semana pasada hicimos adivinanzas.
─ Tú, Capricito ─me dijo el señor Figueroa.
─ Refranes. Está bien ─asentí.
─ Entonces refranes. Cada uno de nosotros menciona un refrán y explica su significado. ¡Comienza Charly! ─dijo el señor Figueroa.
Carlos Sánchez expresó su refrán y luego explicó su significado.
─ Seguimos por la derecha, continúa César, hijo ─dijo el señor Figueroa.
César, hijo, hizo lo propio. Mencionó un refrán y explicó su significado en seguida.
─ Continua, Juan Capris ─indicó el señor Figueroa.
También mencioné un refrán y expliqué el significado, luego hizo lo propio el señor Figueroa y continuamos relatando refranes y explicando su significado en varias rondas, hasta que César, hijo, dijo:
─ Paso, ya no tengo más refranes.
─ Seguimos ─dijo el señor Figueroa.
Continuamos los tres unas cuantas rondas más, luego Carlos Sánchez dijo:
─ ¡Paso también!
─ ¿Seguimos? ─me preguntó el señor Figueroa.
─ Seguimos ─le contesté─, y mencioné un refrán y expliqué su significado. Hizo lo propio el señor Figueroa por unas rondas más, hasta que pronuncié el refrán:
─ ¡Échate a la cama y verás quién te ama!
Cuando terminé de mencionar el refrán, el ambiente sufrió un cambió precipitado. Los rostros emocionados y alegres se tornaron serios. Todos mostraban disgusto y descontento. En la frente de Carlitos observé arrugas en su entrecejo intrigado, colérico; muy raras veces lo veía con esas expresiones. César, hijo, me miraba con sus ojos entreabiertos. Parecía que me dirigía una mirada acusadora, amenazante… Yo pensé de inmediato: (“creen que el refrán se refiere a casos eróticos y pornográficos. El señor Figueroa, como buen conductor de masas, muy sereno y tranquilo, me dijo:
─ Menciona el significado, Capricito.
─ Nadie tiene la vida comprada; todos tenemos que morir ─empecé─, pero antes de ello, a veces, sufrimos de enfermedades prolongadas, que demora nuestra recuperación allí nos acostamos en la coma de un hospital o en nuestra casa, o mejor, nos echamos en la cama!, como dice el refrán, y cuando estamos en ese estado, empiezan a visitarnos las personas que nos aprecian o que nos aman, como reza el refrán, o sea, cuando estamos postrados en cama, adoleciendo alguna enfermedad, los que nos aman se preocupan y nos consuelan con su visita…
─ ¡Muy bien!, ¡muy bien, Capricito! ─exclamó el señor Figueroa, y, mirando su reloj pulsera, manifestó:
─ ¡Es hora del cafecito! ¡Suspendamos los refranes!
Nosotros seguíamos sentados a la mesa y empezaron a traer pancitos de maíz, rosquitas trenzadas, semitas con ‘shacta’ de manteca, tortitas, bazas con bizcochuelo y el cafecito pasadito. Todo al estilo Ichocán.
Terminamos el ‘cafecito’, agradecimos a nuestros anfitriones por tanta hospitalidad y nos despedimos.
Ya en la calle, nos dirigimos al Internado. Tomamos el Jr. Lima, hoy Jr. Del Comercio. Carlos me dijo:
─ Te guardaba el secreto, ¿de dónde sabes tantos refranes?
─ Tengo mi libro de refranes ─le contesté.
─ ¿De la Editorial Mercurio?
─ No, es de una editorial mexicana…
─ ¿Cuál es el título? ─me volvió a preguntar.
─ Mil cien refranes, proverbios y adagios ─le dije.
─ ¿Lo tienes aquí, o en Ichocán?
─ Lo tengo aquí, siempre lo ando conmigo.
─ Me vas a prestar para darle una miradita.
─ ¡Claro, con mucho gusto! ─le dije.
Cuando llegamos al internado, lo primero que hizo Carlos fue pedirme que le preste el libro de refranes. Le entregué sin ninguna dificultad.
Ascope, La Libertad, abril de 2017.
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