Presentación Comentarios en el Día del Maestro
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LA LETRA ¿CON SANGRE ENTRA? Carlos Cerdán Moreno Hace algunos días nos enteramos por las noticias que en Sitacocha, uno de los distritos de la provincia de Cajabamba, un docente le causó a una alumna una herida profunda y un fuerte sangrado en la oreja por habérsela jalado, motivo por el cual el docente fue sancionado y, al parecer, afrontará un proceso legal iniciado por el Ministerio Público. Hace algunos años pasó algo similar en el colegio de mis hijos: a un profesor “se le pasó la mano” y, con una palmeta de madera, causó una herida sangrante en la cabeza de un estudiante. En este caso el estudiante se había burlado de este profesor en los pasillos, ante otros alumnos y, por este motivo, muchos de los padres de familia disculpaban el proceder del profesor y se solidarizaron con él… pero eso no evitó que sea sancionado. En el caso de la alumna de Sitacocha, a pesar de la sanción al profesor, quizá no faltará quien, apoyando el antiguo dicho que “la letra con sangre entra”, se pregunte “¿Qué habrá hecho la alumna para que el profesor reaccione así?” Quizá la alumna no hizo una tarea, quizá no respondió un examen oral, quizá le respondió mal al profesor, no lo sabemos; sin embargo, al tratarse de menores de edad, en ambos casos, lo que cuenta es que los profesores rompieron la Ley N.º 30403, Ley que prohíbe el uso del castigo físico y humillante contra los niños, niñas y adolescentes, publicada en diciembre de 2015. Es sorprendente que recién hace menos de 10 años se haya prohibido en forma explícita, formal y, sobretodo, normativa, al castigo físico y humillante contra niños y adolescentes, sin embargo esto “tomó por sorpresa” a varias generaciones que crecieron con la idea normalizada que es necesario recurrir al castigo físico para enseñar a comportarse bien a sus hijos y que veían a los padres que se oponían a esto como padres “consentidores”, “engreidores” o cualquier otro calificativo de connotación negativa. En efecto, aún tenemos generaciones de padres que, como de niños fueron castigados, atribuyen a esos castigos su supuesto buen comportamiento de adultos, sin embargo ¿tendrán razón en esto? Tal vez sí, en parte, pues como a nadie nos gusta que nos castiguen, con ese método aprendemos a la fuerza, pero rápido, y con ello se suscribe el dicho que “la letra con sangre entra” sin embargo, la educación, formación e integración de una persona en la sociedad puede llegar a ser un asunto muy, muy delicado porque cada persona es diferente y quizá haya métodos educativos que, bajo determinados contextos sociales, espaciales y temporales funcionan para la mayoría, pero siempre habrá quien aprenda de otra manera o quien prefiera aprender otras cosas pero, definitivamente, el castigo físico puede causar el efecto contrario a lo deseado y hacer que el alumno deteste no solo al docente sino también a su curso… o si acaso el castigo es aplicado para corregir el comportamiento, igualmente el efecto puede ser todo lo contrario, incluso en el hogar. Hay cosas que definitivamente “envejecieron” mal como, por ejemplo, los padres autoritarios que definen el futuro de sus hijos decidiendo por ellos qué profesión seguir luego del colegio, con quién se casarían, cómo lo harían, bajo qué religión, etc. Si acaso esto es tolerado hasta la actualidad, la intromisión de los padres en las decisiones de los hijos adultos suele ser motivo de conflicto familiar, frustración o infelicidad, entre otros, por tanto es pertinente que los padres aceptemos que llega el momento en el cual los hijos toman sus propias decisiones, aunque eso implique algún tropiezo en su vida, pero es preferible que sea su tropiezo, del cual podemos y debemos ayudar a levantarse, a que sea el tropiezo que los padres les hicimos dar pese a que ellos no estaban de acuerdo. Es decir, debemos aceptar que, en determinado momento, nuestros hijos, esas personas que estuvieron bajo nuestro cuidado, han crecido y adoptaron sus propias ideas, gustos, estilos, forma de ver la vida, expectativas etc, y, principalmente, sus propias decisiones, que no necesariamente concordarán con nuestras expectativas. En su fase temprana de adultos quizá todavía requieran de nuestro apoyo, pero ya son dueños de sus propias decisiones, especialmente si se trata sobre su propia vida y, en este aspecto puntual, hay quienes dicen que el mejor padre o madre es aquel que, luego de educarlos, al final, se hace innecesario en su formación personal. Como fuese, pero ¿cómo abordar el inicio de la educación y formación personal? Hay un dicho que indica que hay dos maneras de hacer las cosas: la fácil y la correcta. En el caso de la educación y formación personal, la manera fácil (para quien educa) sería olvidarnos que los niños son sujetos de derecho y recurrir al castigo físico para “reforzar” el aprendizaje. Como se dijo, como a nadie nos gusta que nos castiguen, aprendemos a la fuerza y rápido. Esta es la manera fácil. La manera correcta es tratando a los niños como sujeto de derecho y respetar su integridad. Esto deberíamos haberlo tenido presente desde antes, pero ha sido necesario una Ley que nos lo haga recordar bajo los siguientes “considerando”: «Que, conforme a lo dispuesto en el numeral 2 del artículo 3 de la Convención sobre los Derechos del Niño, los Estados partes se comprometen a asegurar a la niña, niño o adolescente, la protección y el cuidado que sean necesarios para su bienestar, teniendo en cuenta los derechos y deberes de sus madres, padres, tutoras/es u otras personas responsables de él/ella ante la ley y, con ese fin, tomarán todas las medidas legislativas y administrativas adecuadas; Que, las niñas, niños y adolescentes para lograr su desarrollo integral requieren de un medio familiar que asegure su bienestar, pero esta obligación se extiende a otros espacios donde puedan desarrollarse, por lo que el Estado y la comunidad también tienen la obligación de protegerlos contra toda forma de violencia, incluido el castigo físico y humillante, mientras la niña, niño o adolescente se encuentre bajo el cuidado de su madre, padre, tutor/a, responsable o representante legal, educador/a, autoridad administrativa, pública o privada o de cualquier otra persona que la/lo tenga a su cargo;»[1] Por supuesto que, para el docente o los padres, no es fácil seguir la que sería la manera correcta de educar, respetando la integridad del alumno, pero, como todas las cosas, eso es solamente al inicio, hasta “agarrar práctica” y consolidar la paciencia, no perder la compostura y actuar bien incluso con esos mozalbetes que le quitan la paciencia hasta a un santo. Tal vez todos, en algún momento de nuestra niñez o adolescencia hemos llegado a ese extremo de “malcriadez” en los cuales, en esos tiempos, lo común, para corregirlo, era recibir su correspondiente dosis de palmetazo en la escuela, con su correspondiente aditivo en casa. Puedo estar ahora aquí, tratando de ser moralista pero, de niño, también hice algo grave que quizá merecía el correctivo y aditivo correspondiente: Como estudié educación primaria en el entonces Centro Educativo Experimental Antonio Guillermo Urrelo, cierta vez, cuando tenía unos 10 años, un estudiante de los últimos años de la Facultad de Educación de la UNC (¿o sería del ISP?) tenía que desarrollar algunas clases con un pequeño grupo de alumnos. No sé si eran alguna práctica o si era para su tesis, pero teníamos que asistir, luego de la escuela, a unas sesiones con él, afectando a mis citas de televisión con las series de Hanna-Barbera, con las que iniciaba la programación de canal 11 de Cajamarca. Esto me tenía desconsolado por lo cual, durante una de esas clases, luego que el practicante me pidió que resuelva algo en la pizarra, como tuve que borrar algo y su chompa estaba al costado, se me ocurrió una “venganza” así que tomé la chompa a propósito, pero haciéndome el que me confundía, y borré la pizarra con ella. Aunque el practicante estaba en todo su derecho de hacerlo no me castigó pero, por supuesto, me llamó la atención. No recuerdo las palabras exactas pero, luego de agradecernos por nuestro tiempo, por nuestro apoyo, me hizo ver lo malo de mi proceder, sumado a que yo estaba siendo abusivo porque supuestamente sabíamos que él estaba prohibido de hacernos algún castigo físico pero, así lo tuviese permitido, no nos habría puesto la mano encima. Este profesor ¡hizo lo correcto! No llegó a la agresión, ni física ni verbal, pero me enseñó una gran lección. Me causa vergüenza ese episodio de mi niñez. Fueron (uno de) mis cinco minutos de estúpido. Lástima que he olvidado el nombre de este profesor, pero no tengo duda que llegó a ser un gran profesional y que necesitamos mucho más profesores como él, que saben manejar situaciones en las que un alumno puede llegar a ser un tirano irrespetuoso en el salón. Finalmente, no porque tú hayas requerido que te castiguen para que aprendas, esto significa que tus hijos también necesiten lo mismo. El castigo físico es un acto extraordinario al que se recurría para educar o formar, pero desde el año 2015 está prohibido no solamente para los docentes, sino también para los padres, madres, tutores, etc. Seguir usándolo es ir contra una ley que tiene una buena motivación: tratar a esas personitas a nuestro cargo con todo respeto, siempre, a pesar que ellos todavía no aprendan a respetar a los demás ¡Ese es el reto que nos enseñó aquel practicante de la UNC! El hogar te da educación, el colegio conocimientos. Si reclamas castigo físico para tu hijo en el colegio, entonces haz fallado en algo como padre o madre... Referencias [1] Ley que prohíbe el castigo físico : http://t.ly/mXwgF ----- o ------ Escrito por Carlos Cerdán Moreno Publicado el 15 de junio de 2024 en El Nuevo Diario Cajamarca, 02 de julio 2024.
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