Ir a Presentación Día de la Madre Artículos y Comentarios
A Angélica Luzmila Plasencia Leó
En el tiempo y la distancia,
Con el inconmensurable vacío de la distancia.
Tiene quince años y está bastante desarrollada para su edad. Los ojos grandes y los brazos largos, las ojeras marcadas y la mirada penetrante, que nunca abandonó.
El cabello negro corto, que después lo dejó crecer en una sola trenza que le llegaba hasta la cintura, destinada a no encanecer, manteniendo de por vida su azabache color.
Se llama Lucecita de los Ángeles; pero todos la llamamos mama Beca, sin más ni más.
Ha venido por segunda vez a las fiestas de La Playería y se enamoró de él la noche de las vísperas de la fiesta del año pasado, cuando debajo de los fuegos artificiales y al son de una marinera de la banda de músicos –quiebra paloma, quiebra nomá– con dos cañazos adentro, la invitó:
– Señorita... ¿bailamos? –y ella, con la timidez de sus pocos años, mirando de reojo a la abuela Edelmira, que vigilante observa y conversa con la tía Eudocia recordando sus correteos por las pampas de la hacienda vieja de la Chantilla, tras las vacas, jugando a las chapadas, bajo la luz de la Luna llena.
Ahí, comenzó todo.
– Cómo no, joven... –tomándola de la mano, saca su pañuelo blanco del bolsillo posterior de su pantalón y, mezclándose entre las parejas, bailan y zapatean una marinera norteña con su fuga y su chiquita, bajo el estruendo de los cohetes y las luces multicolores de los fuegos artificiales que iluminan esas vísperas de la fiesta en La Playería.
… si las luces de los fuegos hacen de'sta noche bella,
permítame decirle qui'usté es más hermosa que una estrella
y en sus manos primorosas dejo este enamorado corazón
a ver si su pecho de él se conduele y le tiene compasión...
Le recita al oído, improvisando de memoria, sonriente y todo un conquistador.
Ella no puede ocultar su satisfacción; pero no dice nada, simplemente lo mira de reojo.
– Medio bien me salió la versada y parece que no le ha caído tan mal-, murmura complacido.
Mama Beca lo mira con los ojos entornados. Cómo nos miraba, cada vez que la emoción y la ternura ganaban a su corazón.
Es su primer amor y, con el tiempo, su primer y único amor.
Vive en Santa Rosita, a casi un día de camino de La Playería, cruzando el río Grande y la peña de los Milagreros, donde los pequeños tenemos la obligación de bailar-,
- Pa'que los duendes no te vayan a llevar, papacho.
No vimos nunca duendes gringos, zarcos y de pelo rubio; ni de cualquier otro color o tamaño; pero el sólo hecho de su mención, nos erizaba el pelo de la nuca y se nos arrugaba el alma de terror.
– ¡ Y poqué, pué, tendrían que llevarte a vos, tan lindazo que'res pa' que te lleven dejuro, indio sugo!.
El pánico nos impide preguntar: Si lo dice mama Beca, es ley y no hay naida que consultar.
– ¡Zapatea juerte, juerte, cholito, sacando polvo, harto polvo del suelo, cholito, pa' vencelo al demonio...!– nos incita mama Beca.
Sin música, ni guitarra ni cajón, ni cantores ni nada, patas en el suelo, le damos a la bailada y al zapateo pa' darnos valor, pa' que los duendes no nos lleven y pa' que nuestra pobre almita no se quede entre esas peñas.
– ¡Achichinsazo, pué...!.
Debajo del Milagrero brama en remolinos el río Grande.
El miedazo encanija nuestras piernas tembleques, que se niegan a dar un paso y cruzar el puente de palos desiguales, sin barandas de donde agarrarse, ni sogas que nos protejan, taitito.
– ¡Cuidau, cuidau; si te cayes cholo, sólo hallarán tu cuerpo de Chiquilete, más pa'bajo! –.
Con el cuerpo escarapelado, cerrados los ojos y bien agarrados de la mano de mama Beca, lo cruzamos como si andáramos sobre algodones, asustadotes.
– ¡Derechito, derechito nomá, sin mirar pa'bajo, que después se mareyan!– nos advierte.
Respirando aliviados en la otra banda, palidicientos, mirando cómo brama de cargadito el río Grande, ya nos sentimos cholos juertes por haberlo cruzado, aunque de verdá, de verdacito, nos orinábamos de miedo...
Contamos después la hazaña en la Escuela, con su aumentito, pué, ufanos y orgullosos, pa' que sepan que tamién semos cholos vallentes y no mariconados como otros, y dejuro pué.
Subimos la cuesta de la peña Negra, asezando, hasta la pampa del Molle, a la choza de la tía Venancia. Ni bien llegamos, nos tendemos boca abajo en el puquio del costado de la chocita, empanzándonos de agua fresquita pa curarnos del susto y por la sesaza, pué.
La tía Venancia con su chal negro sobre los hombros, su soltería de toda la vida y rodeada de sus siete perros que cuidan de ella y de su ganado, sonrtiente nos recibe.
– No muerden ñiño –nos dice para tranquilizarnos, cuando ladrando, corriendo, babeando y enseñándonos sus dientotes vienen contra nosotros. Asustados, cogidos a dos manos de la falda de mama Beca, miramos esos ojos vidriosos, sus dientes filudos –ni que juéramos su comida– y su lengua babeante.
– ¡Qué milagro, puecito, que se acuerden de visitarme después de tantisísimos tiempos! –comenta, entre cariñosa y sorprendida, con sus ojos saltones de grandes ojeras y su sonrisa ajada.
– ¿Y estos niños, pué, serán pué los sobrinitos, di Bequita? ¡Qué grandecitos que'stán ya, pué!.
Apurada, tiende pellejos de cuero de chivo sobre el poyo de barro que da al camino.
– ¡Lueguito, lueguito les sirvo alguito, niños!– Toda vestida de negro se desvive por atendernos.
Moviéndose como una sombra la tía Venancia nos sirve quesillos fresquitos, choclos calientes y papa sancochada, que devoramos con apuro y deleite; acaso por el cansancio, el hambre, la cuesta y por todo lo que nos falta por caminar todavía.
– La comida en casa ajena es más mejor que la de tu casa, ¿nu'es cierto, cholo-lolo?
Descansamos un rato y emprendemos la caminata suda-suda, corre y corre por las pampitas, para llegar a Santa Rosita, a la casa de la abuela Edelmira, antes que anochezca, pué.
En La Playería y en una ramada de carrizos, al piecito del cabildo viejo, sentados en una mesa grande cubierta por un hule colorado con cuadrados negros, el viejo Joshua ha invitado a la abuela Edelmira, que ya lo quiere como yerno.
– Buen hombre parece que's esti'ombre.
Al tío Edubaldo –que'stá chiquito, tuavía– también al tío del que no nos acordamos su nombre, pero todos le decimos tío Frejoles, aunque se enoja feazo, es hermano menor del dijunto Juan, y tamién a don Murrugarra, que disqué hace de garante de la formalidá.
Entre mates con cuy frito, papas amarillas, trigo sancochado, unas medias de cañazo y varias botellas de cerveza traída en toneles desde la costa, se arregla la fecha de la boda matrimonial, dejando el tiempo suficiente para que mama Beca vaya hasta su tierra, se despida de su infancia, recoja sus tristezas, tome agua de su puquio y regrese en la fecha exacta a cumplir con la promesa hecha.
–¿Y usté solito nomá pide la mano, y su mamita y su taita saben de'sto, pué? –pregunta sorprendido don Murrugarra.
– De todo eso ya me encargo yo despuecito, que quien se va matrimoniar soy yo –responde, sin saber bien cómo va a decírselo a los abuelos–; primero se caza la paloma, después se ve cómo si'ace el guiso –se justifica; pero un ligero resquemor le zumba la cabeza–.
Se matrimoniaron el 8 de agosto de 1932.
Dieciocho días después de que el viejo Joshua le dijera que se casara con él.
Él, de terno azul con chaleco y chamarros negros, sombrero de tarro y corbata roja. Serio, la mirada achispada, dejándose querer.
Ella, de vestido largo y aretes de plata, con el cabello hasta los hombros y los zapatos llanos, para no parecer más alta que él. Radiante, sonriendo, irradiando dulzura.
Abrazándolo. Como siempre
Hasta que la muerte, por pocos, poquísimos días los separó.
De mi novela: Aguas Arriba
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N. R. La novela "Aguas Arriba" y otros libros de Fransiles se encuentran en nuestra:
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