Mitos, Cuentos, Narraciones y Anécdotas de San Miguel

En todo lugar, en todo pueblo hay

relatos que se trasmiten de generación

en generación, aquí agrupamos

los que se conocen de la Provincia de

San Miguel de Pallaques

y también algunas narraciones.

Juan C. Paredes Azañero.


EL LAZO

Escribe: Antonio Goicochea Cruzado

¡Cómo quería su lazo!, a ese lazo, porque él tenía varios, pero éste era su preferido, él lo llevaba de prosa, el que lo exhibía en los encierros de los toros, en los chiqueros y en el ruedo, amarrado al costado derecho de la montura de su caballo cuando, en compañía de sus amigos Alberto y Enrique, abrían la tarde taurina en las fiestas de setiembre.

Cuando en casa se mataba un chancho reservaba trozos de lonja para untar su lazo, al sol mañanero. La grasa lo conserva y lo hace flexible. Decía.

            El Beto nos enseñó los secretos del laceo. Cuando al llevar las ovejas al potrero, elegía al más grande de los carneros y azuzándolo con el “Chocolate”, el fiel mitayo, lo separaba de la manada y cual ladrón lo lazaba a la carrera. Después de varios intentos lo hacíamos con éxito. La prueba de fuego llegó cuando en el potrero teníamos que lazar a los terneros ariscos; y, lo hicimos.

Papá llegó después de un viaje a la costa. Encontró su lazo visiblemente raspado.

No vuelvan a usarlo, dijo. Hijos, el Picho Antonio Becerra, puso lo mejor de su talento al hacer este lazo. Si se han dado cuenta es más delgado que los otros. Es muy bueno y de calidad. Fue un capricho mío. Nos hizo engrasarlo. Luego lo colgó en su cuarto junto a las sillas de montar. Ni se atrevan a tocarlo.

A los pocos días nos regaló unas sogas tan largas y delgadas como su querido lazo, que ex profeso las había mandado confeccionar en Calquis. Lazábamos a todo animal que se nos presentara, a los postes… y hasta a Chocolate.

El lazo de cuero permaneció intocado por nosotros por años, solo papá lo usaba y en ocasiones muy especiales…

-Fue una tarde colosal, don Alfonso, como en los mejores tiempos de Acho. Los chalanes abrieron la tarde con hermosos caballos de paso que cabrioleaban al ritmo de marineras; los toros de estampa, los toreros cortaron orejas; hasta no llovió. Todo, todo en su punto. Lo felicito don Alfonso por su participación y contribución a la fiesta. Dijo Johny a mi padre, en una cantina en que se festejaba el éxito.

-Muchas gracias jovencito. Me halagan sus palabras, le contestó orgulloso. Mi padre llevaba su lazo enrollado al hombro derecho.

-¡Qué lazo tan hermoso!, le señaló Johny. Mi papá se lo dio. El joven lo tocaba con admiración, intento formar la gaza, simuló lazar.

-Es suyo. Le dijo mi padre.

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EL VILLARÁN

Escribe: Antonio Goicochea Cruzado

Llegó con su impecable uniforme beige, con boina en la cabeza; llevaba en el pecho una dorada medalla al tamaño de una moneda de un sol de oro, prendida con cinta bicolor. Con orgullo se pavoneaba por las calles de San Miguel. Los chiquillos se arremolinaban en su derredor para escuchar lo que es “servir a la patria”. En la plaza mayor hablaba de las marchas de campaña por los desiertos de Piura, del agua en la cantimplora y de que hay que tomarla a sorbitos para que dure; que los platos después de la comida se los “lavaba” con médano, que es una finísima arena del desierto, que el máuser original peruano 1909 pesaba una barbaridad en las marchas de campaña más que en los desfiles.

Villarán era un ídolo para la muchachada.

Un domingo al atardecer, un rumor circuló entre la chiquillada.

-Se casa Villarán. Villarán se casa.

Los muchachos se congregaron y acompañaron el cortejo nupcial. No vestía uniforme beige, un pantalón de dril azul y una camisa blanca era su atuendo de novio. La novia lucía el tradicional vestido blanco. Villarán parecía empujado por la novia que se iba prendida a su brazo derecho.

El sacerdote ofició con normalidad la ceremonia nupcial. Los muchachos curiosos expectaban. Cuando el sacerdote preguntó al contrayente:

-¿Acepta usted por esposa la señorita …?

-No, contestó Villarán llorando; y, hecho una zaeta, salió del templo llorando.

Los chiquillos por su tras iban gritándole.

-Eh, eh, eh, Villarán maricón; Eh, eh, eh, Villarán maricón.

Había muerto el líder en mente y corazón de los niños pisadiablos.

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NO DEJES PARA MAÑANA

Escribe: Antonio Goicochea Cruzado

Aquella tarde, todo era aromas en la casa, el olor de a ndanga quemada, y aquel aroma tan rico, más que el de pan fresco, mamá nos dijo que eran empanadas con relleno de cebollita china y pavo. Nos las hizo probar con un sabroso y negro café enriquecido con cebada y habas.

En la sobremesa nos dijo que había invitado al desayuno a una amiga de infancia a la que no veía desde la primaria, a la que deseaba agradarla de lo mejor.

Guardó el resto de las empanadas en una canasta en la alacena. Antes de ir a la cama, nos dijo mamá, hagan sus tareas de la escuela, recuerden “no dejen para mañana lo que pueden hacer hoy”

A las siete de la mañana la mesa estaba tendida, que a mamá le gusta desayunar temprano, servilletas y mantel blanco, tazas de loza china, paneras con rosquitas, bizcochuelo, pan de yema y por último una panera vacía que recibiría las empanadas.

Ceremoniosa abrió la alacena y para su sorpresa solo encontró tres empanadas. “¡Virgencita del Arco!, que así claman las sanmiguelinas cuando se ven en apuros… ¿y las empanadas?.

Francklin, el mayor de los hermanos se apresuró a decir: ¡Yo las he comido!, él hablaba así, era el leído de la casa, en cambio nosotros decíamos “comiu”. Mamá intrigada y molesta le inquiría: Pero hijo, por qué, por qué; y ya no le salían más palabras. Francklin, orondo contestó: ¿Pero mamá no nos decías que no dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy?. Yo lo hice.

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