TRES EN UNO

 

 Presentación      Mitos, cuentos y anécdotas

 

Autor: Melacio Castro Mendoza

            

(Libro -título provisorio-: Mi(s) Pueblo(s) y mi Familia)

 

A modo de cuento que las personas cultivadas de las urbes suelen leer a sus hijos antes de dormir, mi mamá Juana Mendoza Novoa evocaba a la luz de un candil historias que en su medio andino había oído contar a sus mayores. Sin diferenciar la fantasía de la realidad ni la realidad de la fantasía, durante mi niñez sentada junto a mí sobre el suelo y durante mi juventud sentada a la mesa en que acabábamos de cenar, solía relatarme:

- Crecí, hijo, oyendo a las señoras y a los señores mayores que los gentiles, hace ya muchísimos años, veían caminar al Rayo, al Relámpago y al Trueno como si los tres fueran una sola persona. Decían que en forma de muchachos, el uno y otro se metieron en las alforjas que, aunque ya servían a los peones para cargar sus raciones alimenticias de campo de cada mediodía, en tiempos muy tempranos todavía no eran coloreadas.  Desde que los tres empezaron a vivir en las alforjas, cada alforja se colorearon. Traviesos, desde ellas se desprendían.

- ¿Para qué se desprendían de las alforjas? –pregunté una vez.

La respuesta de mamá fue:

- Para echarse a correr por todos los campos y por todos los caminos de la tierra. Bullangueros el Rayo y el Trueno, nunca dejaban nunca solo al silencioso Relámpago. Para los tres, no había altura, quebrada, río, laguna ni pampa que no visitaran. El Relámpago, decían, unas veces se le aparecía a la gente en forma de mujer y en forma de hombre otras veces y, paso a paso, entre los campos y los montes, iba enseñando a cada cuál cómo debía usar el fuego, propiedad del rayo. Antes de que el Relámpago nos diera la ida del fuego, hijo, la gente era muy ignorante. Imagínate: ¡nadie sabía usarlo como candela! Eso significa que ni siquiera cocinaban las cosas que comían y que comiendo carne cruda, ¡muchas veces se enfermaban y morían! El fuego, dicen que les aconsejó el Relámpago, mata los microbios y garantiza la pureza, la fuerza y la bondad de lo que debe ser comido

El Trueno, al mismo tiempo que el Relámpago, dicen que era muy sabio. Andando de pueblo en pueblo y con su voz ¡brum, brum!, despertaba a los dormilones.

- ¿Para qué? –volví a preguntar.

Mamá, apoyándose en lo que había oído afirmar a sus mayores, respondió:

- Para enseñarles a hacer música. Siempre había alguien que deseaba y trataba de aprender música. Contaban mis papás que en su labor, el Trueno se hacía ayudar por el canto de los pájaros, por el rumor de los vientos, por el murmullo de las corrientes de los ríos y por el galope de los temblores y de los terremotos, para muchos no siempre oídos. Maestro paciente, el Trueno combinaba y piezaba todos los sonidos que algunos llaman ecos y otros melodías y los fijaba, como tú dices, al interior del cuerpo de las cañas, a los maderos tallados, a las semillas de los frutos, a las quijadas de los burros muertos, a las pieles secas y a algunos cueros prensados en forma de tambor. Al hombro cada una de esas piezas, como quien carga un tesoro, el Trueno, nuestro primer maestro de música y de bailes, gozaba enseñando a hacer música y a bailar a la gente. Apoyando a las personas mayores, mis papacitos decían que cuando el Trueno se les aparecía a los hombres y a las mujeres, además de enseñar música, anunciaba la llegada del agua. En ese caso, no se desprendía de las coloreadas alforjas sino salía, más bien, de entre las nubes negras que acostumbran cubrir nuestro azulísimo cielo y brum, brum, brum, reventaba con las aguas que mojaban de parte a parte la tierra completa. Cuando él y sus hermanos se aparecían entre las nubes, ¡nada ni nadie, tal cual como cuando se aparecen ahora, quedaba sin mojarse! Para que la gente no se ponga triste, se hermanaban a la luz del Sol y, con su ayuda, formaban, como hasta hoy lo siguen haciendo, grandiosos Arco Iris.

Y del Rayo, hijo, antes de convertirse en un peligroso incendiario, según contaban las mismas personas mayores, enseñaba a quien tuviera cabeza, corazón y manos, a hacer hilos. Poco a poco, entendiendo lo que él deseaba, las mujeres le sacamos ventaja a los hombres. Con nuestras manos más pequeñas, logramos dar forma a los tejidos que nos sirven para hacer frazadas, ponchos, alforjas y chompas. Sin ellos, no tendríamos cómo abrigarnos ante el frío ni cómo cargar nuestros quipes y equipajes. El Rayo, hijo, dueño de un carácter y de una fuerza imposible de ser vencidos, prestaba su fuego al Relámpago y al Trueno. Siendo tres, eran una sola persona. El Rayo era nuestro Dios. Recogido el uno y el otro en un mismo seno, muy lejos de nosotros, dormían con la paz con que deben dormir las divinidades. En medio de su sueño, unos hombres blancos, recién llegados a nuestras tierras, los sorprendieron. Dicen que a esos hombres blancos los había mandado un Rey con una orden: “Si no quieren morir, carajo, ¡tráiganme oro!”. ¡Un desalmado y un maldito Diablo aquel Rey! Al llegar a nuestras ciudades y a otros lugares donde había jardines no solo de flores sino también de oro y de plata, Diablos mismos en persona, los condenados hombres blancos empezaron a matar a nuestros gentiles.

- ¿Por qué? –preguntó mamá a sus papacitos, tal cual ella los llamaba, muy asustada. Y ellos le contestaron:

- Porque muertos los gentiles, podían ellos quitarles su plata, su oro y sus tierras.

- Despertó el Rayo – sostenía mamá – y al oír que en nuestras tierras se cometían tantos abusos contra los gentiles, decidió mandar al Relámpago y al Trueno para que los animaran a recoger todas sus pertenencias: animales, alimentos, bebidas,  instrumentos de trabajo, ollas, ponchos, frazadas y sus cositas de oro y de plata. Cumplido por los gentiles su encargo, en persona y, por última vez en su forma más pacífica, el Rayo dio un consejo más a nuestros gentiles: “Hijos míos –les dijo–, entierren en el fondo de sus Huacas y de sus Cerros más queridos, todos sus muertos y todo cuanto tengan a la mano. En su descanso de debajo de la Tierra, el cual va a ser muy largo, el Relámpago y el Trueno nunca les negarán parte de sus luces. Las bocas de los Cerros y de las Huacas en que ustedes hagan sus entierros, serán protegidos por mí mismo!”.

Después de que los gentiles hicieran lo que el Rayo les mandó y les recomendó, tronó y se alzó al Cielo para nunca más bajar como gente a la Tierra. Desde entonces, si es que baja, lo hace cargado de chicotazos de fuego y lo que tocan, siempre lo incendia. ¡Algún día, decían mis papacitos, él llegará a tocar a todos los abusivos barbudos que desde el otro lado del mar nos mandó para robarnos, el maldito y desalamado Rey blanco! Al viejo y sabio consejo del Rayo, hijo, se debe que en el fondo de cada Huaca y de cada Cerro protector de nosotros los pobres, sigan encontrándose muchos tesoros y restos de gentiles. Durante el día, decían los mayores, los gentiles duermen y durante las noches, aprovechando la más profunda oscuridad, despiertan.

- ¿Para qué despiertan? –preguntó mamá, ¡vaya su curiosidad!

Y alguien cuyo nombre ya no recordaba, le respondió:

- Los gentiles despiertan para juntar sus propios restos, recomponerlos y salir a pasear por nuestras tierras, antes suyas.

- Los que han visto a los gentiles resucitados –continuaba mamá– , dicen que son muy buenas gentes. Amables, nunca hacen daño de por sí a nadie. Solo cuando encuentran a los descendientes de los ladrones del Rey loco que los mandó a robarnos, sí que los enfrenta y les hacen daño: les quita su propia alma. Los gentiles, hijos, tienen en las profundidades de las Huacas y de los Cerros, como Gran Mamá, a una mujer muy bonita. Los hombres le llaman la China. En sentido figurado, como tú a veces dices, es una mujer valiente, con aires de Chinalinda. En su cabeza de grandes trenzas negras lleva ella una cinta roja como adorno. Esa cinta es el Rayo. En la Huaca de las Estacas, la más cercana Huaca nuestra, algunas noches yo misma la he oído cantar. Enciende la luz del Relámpago y se hace acompañar de la música del Trueno. Con un lejano y agradable rumor de río, con ella cantan los pájaros, los gentiles y las corrientes del mismo viento. Poco antes del amanecer, puntual, se despide de nuestro mundo y transformada en lucero, en pieza voladora de oro o en Serpiente dorada, vuelve a la profundidad de la Tierra, a su cama. Si una persona de mala fe llega a verla, pierde el juicio.

 

Cajamarca, 07 de diciembre de 2014

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