ORO BAJO EL UMBRAL DE LA CHOZA

 

 Por: Ciro M. Mendoza Barrantes*.

 

El sol  se hace de colores allá lejos, las nubes escarlatas lo despiden con el abrazo inconfundible del hasta mañana y lentamente cae hasta el otro lado de la alta montaña, es hora que el viento aparece con más furia y los campesinos a más de 3800 metros sobre el nivel del mar, se acurrucan sobre algunas bayetas, vellones o pieles de animales, sentados en las puertas o esquinas de sus chozas esperan al oscurecer que con pies ligeros llega y llega hasta dejar todo en tinieblas, pero con este manto negro, también ha de llegar el frío que luego los animará a meterse bajo los pullos de colores, sobre las quietas y crujientes barbacoas. Pero en este pequeño lapso del crepúsculo la familia reunida habrá de contar lo que sucede al vecindario, quizá algunos mitos o simplemente lo que sucedió durante el día en sus faenas agrícolas o cotidianas.

-   Gentes extrañas dices están oteando sobre los cerrus altus de allá de la cocha – dice Catalina.

-   Ladrones seguro, ¡carajo! – se lamenta Fermín.

-   No, que son gentes bien vestidas, de botas de cuero, no son empónchaus comu cualquiera, algunos que son gringos y que buscan mineral.

-   Esos cerrus son malos en las noches, minas seguro hay, las riquezas son del diablo, buenu pues que se lu lleven.

-    Que se lu lleven pues.

No hay más comentarios, los cerros que rodean la laguna están lejos, sólo los ven de vez en vez, y por las tardes se enfundan en largos ponchos de tristeza, son amigos del rayo y truenos y sobre ellos se han tejido muchas leyendas de espíritus malos que pululan en los solitarios caminos o en las quietas aguas de las azules lagunas. Ellos están más allá, sólo Jacinto el hijo mayor de unos 10 años, se inquieta a la hora que se mete a la cama.- No será buenu que lleguen gentes extrañas por estus laus, todus lus cerrus son iguales y si por esus hay minas quien sabe si en  las laderas del “Maqui” también haya – piensa, pero aún no entiende que es una mina y tan luego el calor abraza su tierno cuerpo, se queda profundamente dormido.

           Después de apenas unos meses, la familia se vuelve a reunir en el rincón preferido de la choza y aunque esta vez no han despedido al sol con sus nubes de colores, porque en todo el día no han visto más que niebla y llovizna. Vuelven a comentar:

-    Oro dicen que hay en los cerros de la cocha, ya están trabajando, con grandes tractores construyen carreteras por los cerrus y lus carros no dejan de llegar con toda laya de máquinas, dicen que dan trabajo, que pagan bien, caray si fuera más joven – comenta Fermín.

-     No nus falta nada, no te lamentes hombre, yo siempre escuchau que las minas comen gentes, que lus gringos son malus, paque se lleven las riquezas no les importa regalar a lus cristianus y a quien más hay de ser si no a los  pobres peones.

-      Quien se hubiera imaginau siquiera que por estos laus haya minas de oro.

-      ¿Qué es oro papá? – pregunta Jacinto.

-      Es metal que dicen hacen joyas y que las joyas cuestan muy caro, que hacen relojs y otras cosas.

-      Y ¿qué es una joya?

-      ¡Caray con este muchachu más preguntón!

       En el pensamiento del muchacho se quedaron despiertas las palabras, oro, joyas, relojs. Para que tantas cosas si se vive igual, se tiene hambre, sed, frío tristeza, enfermedad, la muerte, pero que por puro contraste se mitiga el hambre hasta el hartazgo, se sacia la sed, se calienta al frió, se ríe a carcajadas, la salud vuelve a las gentes y sobre la muerte sigue persistiendo la vida, para eso está la mamá tierra que produce el alimento, las cristalinas aguas que dan de beber, el sol o las brazas que derrotan al frío, la buena voluntad para sentirse alegre, las plantas que curan para aliviar los males y nuevas personas que sustituyen a los muertos.

            Una mañana apenas el sol empezaba a calentar los colchones de pajas de hichu, Jacinto subió hasta lo más alto del cerro “Maqui”, desde allí contemplo toda la comarca, vio a lo lejos a máquinas de toda clase que se movían cual gusanos en un gran laberinto de negras hormigas, se paró justo sobre la misma cima, pero el viento que a veces no era muy amigo intentó en golpearlo y hacerlo caer para rodar por el abismo, entonces se agazapó y cogido de las rocas, contemplo todo lo que su vista podía alcanzar. Una extraña sensación invadió todo su cuerpo, le pareció sentir que de las entrañas de su cerro salían susurros y que por la misma cima de la montaña el oro quisiera brotar a borbotones como si fuera agua que salía de las profundidades. Y aunque se veía lejos a los cerros mineros, para los hombres extraños no lo estaban, esos se movían en pequeñas naves cual si estuviesen montados en pequeños asnos. - ¡Caraju, no quiero que vengan a perturbar mi tranquilidad! – Dijo cerrando los puños con furia y ya tarde descendió para ir tras la manada de ovejas que mansas lo esperaban bajo las lomas del imponente cerro.

             A unos días llegaron esos hombres a la choza de Jacinto, trajeron con ellos biscochuelos y otras golosinas.

-  Tu eres el dueño del cerro “Maqui” ¿verdad? – le preguntaron a su padre.

-   Si – contestó secamente.

-   Queremos tu autorización para unos análisis.

-   De la mina seguro.

-   Si.

-   No venderé mi tierra.

-  Nadie te está pidiendo que vendas tu tierra, queremos examinar el cerro, eso es todo, acá tienes unos biscochuelos y un dinero que no te caerá mal.

-   ¡Váyanse!, no quiero nada.

            El hermano menor de Jacinto, ya había estirado la mano y recibido la primera bolsa de biscochuelos y tímidamente la quiso devolver, entonces Fermín autorizó.

-    Está bien sólo examinen y no vuelvan nunca más.

           Ulularon con sus máquinas por muchos días por el cero y luego se fueron. Que alivio, la familia se sintió ligera, un gran peso se les quitó de encima, pensaron que su cerro no tenía el maldito mineral, no era bueno para eso y por ello no regresaron. No fue así, los exploradores recogieron cuanta muestra pudieron y los enviaron a los laboratorios. El resultado, oro igual y más que en los demás cerros.

-    Fermín, véndenos tu tierra.

-    Ya les dije, yo no vendo, váyanse.

-    Pagamos buen precio.

-    No quiero dinero.

-   ¿Acaso estás ciego y no ves en ti tu pobreza, en la de tus hijos, en tú miseria? Tus hijos descalzos cubiertos con harapos, analfabetos, no quieres acaso que ellos sean hombres de bien como nosotros algún día? ¿Quieres qué sean tan o más ignorantes que tú? No me vas a decir que hoy están yendo a la escuela, no hay escuelas por acá.

            Fermín meditó en todas las palabras, dio una mirada de soslayo a su mujer y sus cinco menores hijos, en todos ellos no encontró un pie calzado, en los de él unas grietas profundas, zanjas que mostraban los caminos recorridos, esas líneas que marcaron los pasos desafiantes al sol, la helada, curtidos por el viento y el trajinar constante, las ropas de todos hecho ya jirones, tejidos a callua con lana de oveja, dentro de la cabeza de sus hijos vio la ignorancia y entre los desgreñados cabellos los parásitos que succionaban sus sangres.

-   Habla, tienes la oportunidad de ser rico, de ver a tus hijos ser otra clase de gente, puedes vivir con muchas comodidades y hasta con lujos sin trabajar más.

-   No señores, soy analfabeto comu dicen, no se leyer ni escribir, por esu tampoco puedo vender mis tierras, me engañarán, ustedes, me darán migajas y habré perdiu todo, hoy al menos mis ovejitas, mis vaquitas se crían, mis chacritas dan, no mucho peru pa vivir, por esu no quieru vender.

-   Te pagaremos lo justo, no dudes, puedes buscar un hombre de tu confianza, un abogado si quieres.

-     Lo pensaré pues.

          Jacinto no pudo intervenir en esa charla, no pudo decir que él no quería ir a otro lado, que no quería aprender a leer ni escribir, porque así los hombres al volverse sabios, se vuelven más malos, empiezan a contar el dinero en fajos de billetes, se vuelven poderosos y abusan de los más, son soberbios y acaso por eso se vuelven más humanos  y más trabajadores. Acaso no escuchó que los reyes pasados fueron poderosos  sin saber que existía el papel  y las escrituras, ellos no conocieron los billetes  o las monedas y supieron vivir guiados de sus dioses el sol, la luna y las estrellas.

            En ese día no hubo la charla acostumbrada en el rincón de los recuerdos, en ese lugar donde su madre sacaba el dulce seno por entre los jirones de las bayetas y les daba de lactar a sus hijos ese líquido de nieve y miel. Pero si vio en su madre la alegría reflejada en su rostro, estaba inquieta, entraba, salía de la cocina, apenas se agazapaba al fogón para avivar el fuego, ese fogón que la hizo lloriquear en muchos días: en el rostro de su padre se reflejaba la confusión, la angustia, sentía pena por sus tierras, esas pajas que se movían allá mecidas por el viento, cuantas veces habrían sido testigos de sus triunfos, de sus penas y sus fracasos.

            Una mañana sin darse cuenta de lo que pasó, de pronto se vieron en la gran ciudad; del camión bajaban trastos viejos y los depositaban sobre la limpia y bien cuidada casa. Que contraste, esas bayetas raídas sobre la limpia losa de la sala. Una casa de material noble amoblada y con artefactos eléctricos sustituyó de pronto a la triste choza de paja y de quincha.

-     Esta será nuestra casa de hoy en adelante.

-     Que bonita – dijo sonriente la Catalina.

-     ¿Y nuestra choza? – preguntó Jacinto.

-     Ya no tenemos choza.

-     ¡Cuidau malogres esu no lu toques!- la voz cantante de la madre.

-    Que bonitus estus aparatos – decía Fermín tratando de encender el TV o el equipo de sonido.

          Jacinto se acercaba con mucha cautela, los miraba inquieto y con gran ligereza ponía la mano sobre uno y lo retiraba del mismo modo.

-    Papá, más bonito toca la gaita y la quena.

-    Sí, más bonito.

-    Entos, porqué estamus aquí.

-   Hijo, desde mañana irán a la escuela, con lus dos más, yo se que no te gustará los primeros días, pero después ya verás cuando apriendas, todo será bonito, yo se que tú no querías venir hasta aquí, que querías a tu choza y tus chacras, tus ovejas, tus vacas, peru ya nuhay remedio, ojala y un día seyan comu lus ingeñerus y no sean ignorantes.

          A Jacinto no le fue bien en la escuela, era el muchacho más grande de la clase y el que menos podía hacer las tarea, más de una vez tuvo que pelear con los otros niños porque se burlaban de cómo hablaba, de cómo vestía y de lo torpe que era, su mente estaba clavada a diario con ese sol brillante de la puna, con la libertad absoluta de andar por los campos, de trepar las montañas, de correr a esconderse de los rayos y relámpagos. Sus hermanos menores, no tuvieron muchas dificultades.

          No dudó en salir en busca de su choza, algo le avisaba que tenía que despedirse, que darle el último adiós y por eso tenía que regresar. Cruzó las largas pampas, las profundas hondonadas, las empinadas laderas, hasta que se vio allí a unos metros de esa morada que apenas en pocos días de ausencia, sus pardos cabellos se habían despeinado , dejaba ver la calvicie y su desnudez recostada sobre viejos troncos de queñuales. Un maquinista alrededor con un  tractor, arremetía con furia y la choza caía dando lastimeros quejidos de dolor y de pena, se escuchaba el gemido de alguien que llora, los quejidos de alguien que muere; pero el maquinista no se detenía y a cada arremetida con la pala; una nube de polvo, un lamento, un suspiro agónico; se vieron los huesos húmedos envueltos con la macra tierra, los largos cabellos de hichu esparcirse con el viento. Jacinto quiso acercarse a darle una mano y ayudarlo a ponerse de pie, a pedirle que no muera, que él estaba allí, que no se iría nunca más, que no lo abandonaría, que juntos volverían a vivir, dándose calor el uno al otro; pero unos hombres armados, muy altos, cabellos recortados, con voz muy áspera  lo impidieron; entonces fue a sentarse al filo de una carretera, desde donde observó la muerte y sepulcro de su morada. Para entonces unas gruesas gotas de perlas diamantadas surcaron sus mejillas y desconsolado los dejó escapar; recordando el dulce abrazo sostenido con el cuello de un joven cordero, los tiernos lamidos de un perro mitayo, esos besos cálidos al becerro recién nacido , las succionadas hábiles a las ubres de una vaca, del tibio sol acariciar su cuerpo en días de verano y de esas manos blandas de su madre hurgar sobre su despeinada cabellera  para arrancar las liendres y los piojos, con esa ternura que lo hacían dormitar y llenarse de ocio. Allí aún pudo percibir el inconfundible humo de las bostas hirviendo la leche o cociendo las habas. Entonces no era justo que muera su choza y con ella la libertad.

           Por la hondonada avanzaba una mata de niebla y no se dio cuenta que detrás venía un cerro sobre una máquina a gran velocidad, y cuando el último hueso de la choza se ocultó bajo las enormes paladas de tierra, escuchó el último lamento que salió de algún rincón, talvez de la choza, quizá de su cerro “Maqui” que también era roto y volaba a pedazos; por eso no escuchó el CAMIÓN GIGANTE que pasó sobre él y siguió corriendo con su cerro de mineral sobre sus lomos.  

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* Connotado narrador sanmiguelino, con una excelente producción literaria, ha sido laureado con numerosos premios y distinciones, entre los que se destacan: Primer Premio Nacional con el cuento El viejo aliso de la quebrada en 1985, Tercer lugar a nivel nacional con el cuento Plegarias de un árbol en 1986 y Primer Puesto con el cuento Oro bajo el  umbral de la choza. Organizado por el grupo Panorama, entre su obras publicadas figuran: El monito de peluche y otros cuentos, Ramillete de cuentos, Cuentos andinos y Circunstancia de vida. (Poesía).

                            


                                                              

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