EL CÓNDOR Y UNA CITA

 

Presentación      Mitos, cuentos y anécdotas

 

Melacio Catro Mendoza.

Libro -título provisorio: “Mi(s) Pueblo(s) y mi Familia”.

 

Cajamarca, 10 de febrero de 2015

 

En 1758 Carlos Lineo describió nuestro Kuntur –el Cóndor andino– como un vultur gryphus: un buitre con pico en forma de gancho. Parte de la familia de los cóndores de nuestra selva amazónica, nuestro vultur gryphus es, asimismo, familia de los cóndores de California. Ave negra gigantesca con un collar de pequeñas plumas blancas en torno a su cuello desnudo, sus alas albergan, de igual manera, algunas grandes plumas blancas. En estado de ánimo normal, su cabeza de pelusas negras es roja; si se irrita, puede lucir amarilla.  

La primera vez que vi una cantidad numerosa de cóndores fue en un escampado de los espesos bosques de los campos cercanos al Yerbasanto (Sierra de Carahuasi/distrito de Nanchoc, provincia de San Miguel de Pallaques). Rodeados por unos gallinazos que desafiaban su presencia, los unos y los otros competían por el consumo del cadáver de un toro negro. Había oído sostener que, majestuosos en sus movimientos, después de satisfacer su apetito los cóndores cedían su presa a los gallinazos y a otras aves carnínovaras más pequeñas. Necesitaba verlos practicar semejante regla. Los que tenía ante mis ojos, expresaban firmeza y seguridad. Los machos, diferencié, son más grande que las hembras. Los adultos, lo supe más tarde, miden hasta tres metros con treinta centímetros. Su talla sobrepasa la de cualquier ave: un metro con cuarenta y dos centímetros. Los machos suelen pesar entre once y quince kilos, y las hembras, entre ocho y once kilos. Buenos consumidores de carroña, en una jornada son capaces de tragar hasta cinco kilos. Si no encuentran alimento, pueden soportar el hambre durante cinco semanas. ¡Todo un record! Después de ver a aquellos ejemplares de Cóndores, por su capacidad de cruzar montañas y cielos y por su esplendor, empecé a soñar con domesticarlos para montar en sus lomos. ¿Me acercarían ellos alguna vez a la luna?

Nuestros cóndores habitan en las rocas situadas entre los mil y los cinco mil metros de altura. Allí anidan. Sus huevos y sus polluelos son inaccesibles a los animales depredadores, y a los humanos. Viven constituyendo parejas monógamas. Desde el cortejo del macho hasta acceder al apareamiento, las hembras se toman su tiempo, el cual puede ser largo. Después, ponen un huevo cada dos años. La incubación de este la asumen hembra y macho, por turnos. Entre el cortejo, el apareamiento, la puesta del huevo por la hembra en el nido; la incubación, el nacimiento y el alza en vuelo del polluelo, acto con el cual suele emanciparse, suelen pasar de dos a tres años. Mientras no sea capaz de alimentarse por sí solo, el polluelo es alimentado por la madre y por el padre, con carne regurgitada. El proceso puede prolongarse hasta por nueve meses. Aun jóvenes, la hembra y el macho ostentan un plumaje marrón. Adultos, cambian a negro azabache. Los inaccesibles riscos en que viven los protegen, además de los animale depredadores y de la gente, de las lluvias, de los fuertes vientos y de otros fenómenos dañinos. En la rocas en que habitan, su población puede alcanzar entre los cien y los ciento veinticuatro individuos. Inconfundibles, los machos tienen una carúncula, llamada cresta en el lenguaje popular, ajena a las hembras. Los machos tienen ojos color café y las hembras, rojizos. Con el paso de los años, las caras y los cuellos de ambos se llenan de arrugas. 

En su concepción del mundo, los Inkas los creían inmortales. Cada Cóndor les era motivo de exaltación y simbolizaba para ellos la fuerza y la inteligencia. En su imaginación, los Cóndores eran los autores de la salida del Sol de cada día. Con su inconmensurable fuerza, creían, desde las oscuridades alzaban al cielo al astro, padre de la luz, por entre las montañas, posibilitándole expandir su lumbre a la tierra. Además, para los Inkas el Kuntur era uno de los animales esenciales míticos, dueños de un poder que aportaba mensajes y presagios que podían ser buenos o malos para la gente. En nuestros tiempos, es un ave que continúa siendo parte de nuestra mitología, de nuestro folklore y de nuestro patrimonio cultural. 

Los Cóndores, para emprender sus vuelos, usan de las corrientes térmicas verticales del aire cálido. Protegidos por sus densos plumajes, pueden alcanzar una altura de hasta siete mil metros. Siempre extendidas sus alas, en sus vuelos, nunca las mueven. Cuando localizan sus carroñas, las observan circulando en torno a ellas y solo cuando se convencen de que no corren peligro ni riesgo alguno, bajan hacia sus cercanías, posándose, primero, en algún lugar favorable desde donde, si fuera necesario, hasta por dos días continuados, siguen observándolas. Seguros de la libre disposición de las mismas, se les acercan con mucho cuidado para, con una indiscutible elegancia, romper el cuero por las partes más blandas.

En América Latina, el poder político usa al Cóndor como símbolo que a veces nada tiene que ver con su condición de animal fuerte e inteligente, siempre capaz de exaltarnos. En el escudo nacional de Chile se le representa de perfil frente a un guanaco, con las alas desplegadas y coronado como un rey. El fascista Augusto Pinochet Ugarte, de la mano con sus colegas de Brasil, lo convirtió en símbolo de un plan siniestro que articuló sus dictaduras con las dictaduras de Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. La maldita red era dueña de una tecnología de punta, puesta a su disposición por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América. En coordinación con el Departamento de Estado estadounidense, montó un secreto intercambio de informaciones y de operaciones de secuestros, torturas, ejecuciones y desapariciones forzadas de opositores, sospechosos de militancia comunista, y exiliados en uno o en otro de aquellos países. A nombre del Cóndor, con aquel propósito la dictadura de Brasil contaba con oficinas operativas propias en Asunción, Montevideo, Santiago de Chile, París, Lisboa, Praga, Moscú, Varsovia y Berlín, y mantenía, asimismo, indicios de filiales de oficinas en Caracas, La Paz y Lima.

Augusto Pinochet Ugarte y sus colegas dictadores, egresados casi todos de la Escuela de las Américas dirigida por el Pentágono de los Estados Unidos de América, a través de su común y siniestro Plan Cóndor, dieron caza impune a quienes dentro y más allá de sus fronteras constituían una amenaza, por sus críticas a sus medidas gubernamentales neoliberales. La corona de un rey decorando la cabeza de un Cóndor no concuerda con nuestras ambiciones democráticas y menos con el carácter noble de nuestro Kuntur, al cual el escudo nacional chileno le agrega el lema de: “Por la razón o por la fuerza”. 

En nuestros campos andinos, los ganaderos y sus pastores suelen ver en los Cóndores maldades ajenas a la realidad: la caza y el sacrificio de sus ganados vivos. En actitud criminal, les disparan y asesinan. A su vez, los curanderos populares llamados brujos, creen que algunas partes del cuerpo de un Cóndor concentran poderes mágicoscurativos y, como aquellos, les dan caza. Luego desmenuzan al animal para, con las supuestas partes orgánicas mágicocurativas del mismo, devolver la salud a sus pacientes. 

Entre el bosque y los pastizales de la sierra de Carahuasi, en uno de los ejercicios del rodeo de nuestra humilde cantidad de ganado familiar, sorprendí a un pastor de ganado en una actitud inesperada: la caza de un Cóndor. Apeado de mi caballo a considerable distancia de un toro negro muerto, rampé con mucho tacto y me acerqué hasta un montículo que me permitió observar cómo los Cóndores se aprestaban a iniciar la rotura de aquel cadáver. Con mi corazón acelerado en sus palpitaciones, mientras luchaba contra la pestilencia y me preguntaba acerca del por qué los gallinazos que pugnaban por hacerse de la carroña aun no habían iniciado el consumo de la misma, capté atento el corte preciso y elegante que, en medio de sus concurrentes, con su pico ganchudo hizo el primer Cóndor. Coincidiendo con aquel corte que aperturó el anillo anal del toro negro, se armó un remolino en que se confundieron plumas, chillidos, graznidos, viento y polvo. Desde el centro de aquel remolino fue arrojado, hasta el borde de un abismo cercano, el cuerpo de un hombre. Al ver a este hombre a punto de rodar abismo abajo, pese al súbito susto del que fui víctima por el alboroto, me puse de pie y corrí a auxiliarlo. Ante él, cundió la sorpresa: el hombre resultó siendo mi paisano, costeño de pura cepa, Oscar Ramos Llontop, pastor del ganado de los terratenientes del entorno de Caín, José y Miguel Leiva. El toro negro muerto había pertenecido a ambos. Bajo el revoloteo de gallinazos, buitres y Cóndores, lo ayudé a ponerse de pie. Sorprendido a su vez, me abrazó él, luego, y acortando mi nombre, como era su costumbre, dijo: 

- Mela, te vi acercarte adonde yo estaba camuflado con mis ramas de roble y de palo santo y tuve miedo de que con tu aparición, mi experimento volviera a acabar mal. Mira, en mis deseos de cazar un Cóndor para cruzarlo en Caín con una gallina o  con una pava, el buen olor de las ramas del palosanto que me cubrían, me permitió soportar la pestilencia del toro muerto. De lo contrario,  su hedor me habría mata'o... Ja, ja, ja: ¿viste al Cóndor que me arrastró y cómo, tirándose al abismo se quitó el lazo que yo le había coloca'o como trampa en el culo del toro muerto? ¡Qué animal tan fuerte; casi acabó tirándome al abismo! ¿Cómo hizo pa'soltarse y tirar, al mismo tiempo, al fondo del abismo mi lazo? ¡Jijun'e su madre!

- Lo que importa, Oscar –atiné a decirle, temblando de pies a cabeza– ¡es que tú sigues con vida!

Rió mi paisano y recurriendo a su costumbre de celebrar a su modo las buenas noticias, soltó una retahíla de cuascos que, devolviéndome el alma, por fin, me hicieron reir.

Alejados de aquel lugar, mientras nos entregamos a disfrutar de los restos de unos panes viejo y del contenido de una portola de atún, me contó que, camuflado, había pasado el tiempo luchando por mantener alejados a los gallinazos del cadáver del toro, procurando darle paso preferencial a él, a los Cóndores. La tristeza de haber fracasado en la caza de un ejemplar de Cóndor se compensaba –agregó– con el fresco recuerdo de haber conocido en un acto festivo de una familia amiga que lo había hecho padrino de uno de sus hijos en Carahuasi, a un hombre de apellido Pérez, el cual se hacía llamar arqueólogo.

- ¡Vaya a saber uno, Mela, qué significa ser arqueólogo! Lo cierto es que ese tal Pérez –afirmó– hablaba muy bonito. Con mucho respeto –continuó– dijo que ustedes los serranos fueron gentes que, en el pasado, construyeron una gran cultura que él llamaba Cuismango. ¡Me dio risa el raro nombre: Cuismango! Recordé otros viejos intentos, también fracasados, de cazar un Cóndor pa'cruzarlo con una gallina o con una pava y le pregunté si él quería decirme que ustedes, los serranos, en el pasado habían mezclado el cuy con el mango. ¡Ja, ja, ja, ja! Cuismango tenía que ser  eso, ¿no? ¿Qué, me equivoco? Al oír mi pregunta, el hombre se rió y, después, poniéndose muy serio, repitió: “No, señor Ramos. ¡La cultura cuyos restos ando buscando por acá, se llamaba Cuismango!”. ¡Qué locura: el arqueólogo Pérez andaba buscando unas ruinas antiguas que alguien le contó existían por Miravalles, un lugar cercano a Niepos! Como él hablaba tan bonito, pensé en ti y le pedí que me escribiera en un papelito una de las complicadas cosas que trataba de explicarme. Mira, de su puño y letra, aquí tengo su nota.

Tomé de las manos de Oscar Ramos Llontop el papel que me mostró y leí algo que, como a él, me gustó y que más tarde, en mis épocas de estudios de Ciencias Sociales e Historia en la Universidad Nacional de Trujillo, comprobé que el autor de aquella nota, según apreció Oscar Ramos Llontop, no era el arqueólogo Pérez sino el cronista Francisco de Xerez, autor del libro Verdadera Relación de la Conquista del Perú. En su intento de describir a los cajamarquinos, habitantes de las tierras de Cuismango, llamado también Guzmango y bajo los Inkas Kashamarka, Francisco de Xerez escribió: “La gente de todos estos pueblos hace ventaja a toda la otra que queda atrás, porque es gente limpia y de mejor razón y las mujeres muy honestas”.

- Ajá –comenté a Oscar Rammos Llontop– los serranos nunca fuimos gente sucia, come papas con gusanos, ni menos brutos y haraganes como nos llaman los costeños de pura cepa.

- ¡No, Mela, no! ¡Qué jodida que es nuestra gente! Oyéndola hablar mal de los serranos apestosos, yo siempre les digo a mis costeños de pura cepa: “¡Ya basta, carajo: dejen de joder a los serranos!”.

Los guzmanos o cuismangos, ahora llamados cajamarquinos, eran gente que respetábamos y, en el pasado, como los Inkas, adorábamos al Kuntur. En nuestra devoción, a dos kilómetros de lo que hoy es San Pablo, en el cerro La Copa, nuestros antepasados levantaron elKuntur Wasi, un Templo dedicado al Cóndor, según el arqueólogo Julio César Tello, para rendir a tan bella ave un ceremenial y puntual culto.

 

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