La celebración

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Por Jorge Rendón Vásquez*

(del libro “La celebración y otros relatos” del Autor, Lima, GRIJLEY, 2006)

 

Viajar a Europa era para Pablo un ambicioso proyecto, largamente nutrido con innumerables e inagotables lecturas. Anhelaba conocer, en primer lugar, España, recorrer sus ciudades y campos, hablar con sus gentes, y seguir la ruta emprendida por algunos novelistas cuyos libros había devorado. Le fascinaba, en particular, el interés de Hemingway por la vida cotidiana de los pequeños pueblos y su proclamada afección por el vino español. Según contaba en uno de sus relatos, lo bebía incluso para despabilarse en las mañanas, cuando bajaba a la fonda desde el altillo donde se aposentaba. Allí, él mismo se servía una buena porción de Valdepeñas, sacándolo con un cazo de un tonel, un vino que era para él como un poderoso elíxir, gracias al cual se iba a deambular, pletórico de vida, en pos de las emociones que podrían prodigarle los toros, los toreros y las mujeres.

Pablo comenzó, pues, a soñar con el vino Valdepeñas y con las gentes, las costumbres y los paisajes de los cuales ese vino parecía ser el espíritu; una ensoñación que resplandecía como un vagaroso pero recurrente mundo.

Como un abogado joven, recién instalado, apenas lograba hacerse de algún dinero que le alcanzaba para pagar el alquiler de su oficina y cubrir sus gastos de subsistencia.

Así pasaron dos años entre los tribunales, la Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos, donde cursaba el doctorado, y su casa.

 Y, de repente, el viento de su vida comenzó a cambiar.

Cierta mañana de julio de 1963, cuando se hallaba en una dependencia de la Universidad, se topó con un abogado francés quien no atinaba a hacerse comprender por los empleados. En su ya avanzado francés, aprendido en la Alianza Francesa, Pablo se enteró de lo que ese visitante deseaba, e interviniendo como en causa propia obtuvo la información requerida. Y, como le cayese en simpatía, le mostró los seculares patios y ambientes de la vieja Casona, y le presentó a algunos de sus compañeros de estudios.

El extranjero era un hombre delgado, casi calvo, de unos cuarenta años y con los ojos de un azul intenso; pertenecía a la orden de los abogados de París y era secretario de una asociación jurídica europea. Como debía permanecer algunos días más en Lima, Pablo le pidió que les brindara una exposición sobre la justicia en Francia, y él aceptó entusiasmado. Lo presentó al decano y organizó una conferencia y una plática en la Facultad. Esta visita, tan inesperada como provechosa, fue coronada con una cena ofrecida por varios profesores, abogados y estudiantes.

A las tres semanas de su partida, el colega francés le remitió a Pablo una carta en la que le manifestaba que si visitaba Europa y tocaba París, lo hospedaría en el departamento dejado libre por su hijo, y le mostraría el funcionamiento de la justicia francesa. Vivía en la céntrica Île Saint-Louis.

A Pablo se le iluminaron los ojos cuando leyó esta carta.

Seis meses después, el colega francés lo invitó a participar en un congreso de abogados europeos a celebrarse en Bruselas, y le adjuntó un billete de la compañía aérea Sabena.

Era increíble, puesto que, de repente, Europa se ponía a su alcance.

Pablo cambió en dólares una buena cantidad de sus ahorros, y puso en su valija, entre sus efectos personales, cincuenta folletos de un estudio sobre las dictaduras que había publicado, para distribuirlos en el congreso de Bruselas.

Lo ubicaron en el avión junto a un hombre de mediana edad, de gruesa contextura, y con el cabello y el bigote castaños, que resultó ser un médico de Cochabamba en viaje a Madrid con una beca del gobierno español.

Al observar la plateada superficie del Atlántico, al amanecer, Pablo, henchido de felicidad y optimismo, a pesar de haber dormido poco, se dijo que lo menos que debería hacer en Madrid sería celebrar el trascendental acontecimiento de su viaje con una botella de Valdepeñas, e invitar a alguna persona que comprendiese el porqué de su alegría para compartirla.

De pronto recordó que llevaba una gran cantidad de folletos en los que vituperaba a las dictaduras y que España no gozaba precisamente de una democracia. Como era ya tarde para arrepentirse, se dijo que, si la policía los encontraba, ingresaría a España, tal vez, por la puerta de la cárcel de Carabanchel.

Aterrizaron a las ocho de la mañana con un sol esplendoroso y una temperatura de ocho grados. El guarda de aduanas, un policía vestido con un uniforme gris y un tricornio negro brillante, le echó una mirada circunspecta y le preguntó si traía tabaco, y como Pablo le dijera que no, lo dejó pasar sin abrirle la maleta. Una vez afuera, resopló de alivio, y con el médico cochabambino abordaron el autobús de Iberia que los dejó en la plaza Neptuno donde subieron a un taxi. Pablo le indicó al chofer:

—Llévenos a un hotel del centro, no muy caro.

—Podría ser el Hotel Victoria, en la plaza del Ángel —contestó el chofer.

El hotel estaba en una esquina frente a dos plazas. Junto a la recepción, varios hombres con sus valijas, capas, espadas y otros implementos de toreros, se aglomeraban, hablando en voz alta para hacerse inscribir. Antes de separarse, Pablo le dijo al médico:

—Quisiera celebrar mi llegada a España, y me he impuesto el deber de hacerlo bebiendo vino Valdepeñas. Me sería grato compartir este momento con usted. Lo invito a almorzar mañana o pasado.

—Le agradezco su invitación, pero no me es posible aceptarla. Soy abstemio. Lo siento.

—¡Que lástima!

Pablo no volvió a verlo.

Un camarero se apoderó de su equipaje y lo condujo hasta su habitación por un antiguo ascensor.

Tomó una ducha caliente y trató de dormir unas horas, pero apenas pudo dormitar unos minutos.

Alrededor de las diez y treinta de la mañana salió del hotel. El frío de los primeros días de marzo lo hizo tiritar y apresuró el paso para entrar en calor, tomando por la Gran Vía, rebautizada como avenida de José Antonio, en dirección de la Plaza de España donde estaba la oficina de Sabena. Como lo había planeado, se quedaría una semana en Madrid.

A Pablo todo le parecía grandioso y tan diferente de Lima. En los rostros de las gentes creía reconocer a innumerables personas del Perú, y habría asegurado que algunas eran iguales a varias que él conocía. Dedujo que esos rostros estaban hechos con los mismos moldes que las gentes de América Hispana, aunque sin el aporte de la raza indígena. Esas personas formaban el pueblo español que él quería conocer. Pero, en esos momentos, eran sólo una parte animada del paisaje urbano al que no sabía cómo ni cuándo podría introducirse, ni si los pocos días de su permanencia en Madrid se lo permitirían.

 Por la tarde fue a la Facultad de Derecho de la Universidad Central, pensando que quizás allí encontraría a alguien con quien conversar, pese a suponer que nadie se arriesgaría a hacerlo con un extraño. Por alguna razón, la policía no estaba en la puerta ese día, controlando el ingreso. Observó a los estudiantes pulcramente vestidos, incluso con ropas informales, departiendo en corrillos o caminando sin prisa. En un aula, un profesor explicaba un tema de derecho civil con gran autoridad a unos veinte estudiantes. Se detuvo frente a la vitrina de la librería a curiosear los títulos de los textos exhibidos: gruesos volúmenes de casuística que no llegaron a despertar su interés; y siguió por un espacioso vestíbulo donde le llamó la atención una larga fila de hombres y mujeres jóvenes, frente a un salón, con la incertidumbre asomada a sus rostros. Le preguntó a uno de ellos qué esperaban y él le respondió que eran abogados en oposiciones para ingresar a la administración pública. Su interlocutor se mostró muy cordial y comunicativo. Se llamaba José López Serrano, tenía veinticinco años y era de Valladolid. Congenió, en seguida, con Pablo y lo invitó a salir de tascas a las siete de la noche.

A la hora indicada, José vino al hotel por Pablo y juntos se dirigieron a un mesón de la calle de Echegaray donde lo esperaban algunos de sus parientes y amigos. Sobre el mostrador se alineaban pequeños vasos en los cuales los taberneros vertían el vino desde cierta altura. De las paredes pendían piernas de jamón y en las vitrinas esperaba una colección de tentadores bocadillos. El local estaba repleto de grupos que conversaban en voz alta: empleados, burócratas, comerciantes y profesionales entregados a un rito tradicional que les deparaba la oportunidad de distenderse de las presiones de un incipiente despegue económico y de una rutina contaminada de tropiezos y rivalidades, ejercitando una locuacidad provista de la información que el régimen franquista permitía. Cuando terminaron el vino, el grupo de José se trasladó a otra taberna de la misma calle. Y así pasaron de tasca en tasca, bebiendo sin llegar a embriagarse. Luego de ser interrogado sobre el Perú y la razón de su presencia en Madrid, Pablo, desengañado por la imposibilidad de alternar sobre las cuestiones capitales que lo inquietaban, prefirió deslizar algunos temas que engranaron sin dificultad en la intrascendente tertulia. Entre ellos, intercaló algunos chistes que el espíritu del vino rebuscó en su memoria, cada vez más subidos de color, y arrancaron risas generales. Todo anduvo bien hasta que un amigo de José lo apartó del grupo y le dijo:

—Peruano, tus chistes están bien pero la próxima vez que quieras contar uno lo anuncias diciendo: “Permiso, voy a contar un chiste irreverente”.

No le hizo gracia a Pablo esta llamada de atención, cuyo efecto fue terminar de disuadirlo de considerar a alguno de los miembros de ese grupo como un candidato a acompañarlo en la celebración de su llegada a Madrid.

El primero en desertar de la ronda por las tascas fue un alto empleado de una empresa textil, aduciendo que debía levantarse muy temprano para asistir a su misa diaria. Siguieron otros con diversas excusas, y el grupo finalmente se disolvió.

La gran cantidad de bocadillos y vasos de vino le habían dado a Pablo las calorías suficientes para caminar en la fresca noche madrileña, confiándose al obligado rumbo del torrente de turistas. Bajó a la Puerta del Sol, vigilada desde el centro por el tenebroso edificio de la Dirección de Seguridad, presto a engullirse a los sospechosos de no estar con el gobierno y digerirlos en sus ávidas mazmorras, y siguió a la Plaza Mayor que recorrió bordeando los negocios de comidas, bebidas y recuerdos, bajo los portales, vivamente iluminados e inundados de bullicio. Retornó a su hotel pasada la medianoche, observado con desconfianza por los serenos de cada cuadra, armados con unos temibles garrotes.

 A las nueve de la mañana del día siguiente, Pablo salió a buscar un almacén donde comprar una botella de Valdepeñas.

Por la calle de Magdalena, la gente se movilizaba sin prisa a la vera de negocios y restaurantes. Sobre la plaza de Antón Martín, torció a la derecha por la calle Torrecilla del Leal donde, entre carnicerías, fiambrerías y tiendas de abarrotes, apareció un mercado asediado por una multitud de mujeres y hombres que compraban y se entretenían parloteando. Al salir de él, en un pasaje, se dio con un almacén de vinos muy bien surtido. Ingresó y dijo en voz alta:

—¡Buenos días!

El almacenero, un hombre de unos cincuenta años, de frente amplia, cabellera abundante, expresión jovial y cubierto con un mandil gris, contestó el saludo desde su puesto detrás del mostrador.

—¿Podría venderme una botella de vino Valdepeñas? —preguntó Pablo.

—¡Con gusto, señor!

El almacenero le alcanzó una.

—¿Cuánto cuesta?

—Tres pesetas.

—¿Sólo tres pesetas? —dijo Pablo, sorprendido, aunque por sus exiguos recursos hubiera quedado más que satisfecho con ese precio—. Creía que un Valdepeñas valía mucho más.

—El Valdepeñas, señor, es el vino común, el que se bebe a diario con las comidas aquí.

—¿Y lo beben en toda España? Por ejemplo, en Pamplona.

—Me atrevería a decir que sí.

Pablo coligió que si Hemingway se inclinaba por el Valdepeñas que bebía el pueblo, ese vino debía de haber sido igual al de la botella que tenía delante. Pese a ello, preguntó:

—¿Hay otros Valdepeñas mejores?

—Puede ser que los haya, pero yo no los vendo.

—Veo que tiene usted una gran variedad de marcas.

—Tengo vinos para todos los gustos y bolsillos. La elección depende de la clase de comidas que se sirva, del paladar de los comensales, de lo que sepan de vinos y de como quiera el anfitrión tratar a sus invitados.

El almacenero no tenía en esos momentos otros clientes y Pablo advirtió en su semblante que había despertado su curiosidad.

—He llegado de Lima ayer y es la primera vez que vengo a España —prosiguió Pablo—. Busco un buen vino para celebrarlo. En una de mis lecturas me enteré de que el Valdepeñas era el vino preferido de un gran escritor y me hice la idea de brindar con ese vino en la primera ocasión en que tocase España. Si éste es el único Valdepeñas que usted tiene no puedo remediarlo, de manera que llevaré otro de buena calidad y marca. ¿Qué puede usted ofrecerme?

—La especialidad de esta casa son los vinos riojanos. Pero también vendo otros muy buenos.

El almacenero se volvió hacia la anaquelería repleta de botellas con llamativas etiquetas, paseó la vista por las divisiones más altas y estiró la mano hacia una.

—Aquí tiene usted un buen vino tinto, que puede estar a la altura de su celebración.

Se la alcanzó a Pablo. Era de una cosecha de 1961.

—Podría ser —dijo Pablo—, ¿cuánto cuesta?

—Diecisiete pesetas.

Debía de ser un buen vino, barruntó Pablo, porque la diferencia entre las tres pesetas del Valdepeñas y éste era más que notable. Calculó en silencio la suma pedida en dólares y le pareció pequeña en relación a la que había pensado gastar para celebrar una ocasión tan extraordinaria para él como estar por fin en España.

—Parece un vino excelente —convino Pablo, cuyos conocimientos en materia de vinos eran, en verdad, rudimentarios—, pero me agradaría algo mejor.

Ya predispuesto a colaborar con la celebración de Pablo, el almacenero se alejó unos pasos de espaldas al mostrador, atisbando los anaqueles más elevados donde esperaban sus mejores vinos, subió a una banqueta y atrapó un botella, como si fuese un ave a punto de levantar el vuelo.

—¿Y éste, que le parece? —exclamó triunfante.

Pablo examinó la botella, fingiendo un aire de suficiencia para no desengañar al comerciante, lanzado ya a la importante operación de satisfacer el probable buen gusto y el ferviente deseo de su ocasional cliente.

—Parece bueno —concedió Pablo—. Aunque uno nunca sabe hasta probarlo.

—Ese es un riesgo de todo vino, incluso de los mejores. Pero me consta que éste es un vino excepcional, que no se le bebe todos los días.

—¿El precio?

—¡Veintiocho pesetas! —El almacenero miró, expectante, a Pablo.

—Creo que éste podría ser, aunque... voy a decirle la verdad; si tuviera uno mejor y no fuera una molestia para usted, le agradecería mostrármelo.

—Sí, señor, tengo otros; no se los ofrecí antes porque pensé que tal vez éste sería el apropiado para la finalidad que usted se ha propuesto.

El almacenero volvió a subir a la banqueta y extrajo otra botella de la parte posterior de un anaquel.

—Este vino es superior a los otros, de lejos —dijo—. Puedo dar fe de que lo es. Yo lo he bebido sólo una vez en mi vida, cuando celebré mis bodas de plata matrimoniales. ¡Ah, señor! fue una fiesta estupenda; mi mujer no cabía en sí de felicidad.

—¿Cuánto hace de eso?

—Dos años. Nos casamos en 1937. Ella tenía veintitrés años y yo veinticinco. Después de 1939 estuvimos separados dos años, hasta que ella pudo reunirse conmigo en Francia, llevando a nuestro pequeño hijo. Pero, lo entretengo con mi charla.

—No me molesta en absoluto, y aunque han transcurrido ya dos años desde la celebración de sus bodas de plata, permítame congratularlo y desearles a su esposa y a usted mis parabienes.

—Gracias. Se lo diré a ella.

—¿Cuánto cuesta este vino?

—¡Cuarenta pesetas!

Pablo levantó la botella y comentó:

—A juzgar por la marca, la presentación y su testimonio no podría dudar de que es excelente. No obstante, quisiera algo todavía mejor. No conozco los vinos españoles y menos aún los riojanos que, por lo que usted me informa, son excepcionales. Su palabra me merece la máxima confianza. Para no hacerle perder tiempo, quisiera pedirle que busque el mejor vino que tenga en su establecimiento. Mire los anaqueles o consulte su catálogo y yo le diré francamente si puedo pagarlo o no.

—No creo perder el tiempo, y tratar de servirlo es para mi un placer.

El almacenero escudriñó la parte más alta de la anaquelería, pensó un poco, subió a la banqueta, cogió una botella, vaciló, la dejó, corrió la banqueta más allá hasta el extremo y, moviendo la cabeza, dijo como para sí.

—¡Allí está! —bajó una botella con gran cuidado. Estaba empolvada y su etiqueta era amarilla. La limpió y se la entregó a Pablo—. Es el más caro que tengo y por su precio no he podido venderlo. Lleva aquí por lo menos dos años.

Pablo leyó la etiqueta. Era un Paternina 1958; tal vez fue un buen año.

—¿Cuál es su precio?— preguntó.

El almacenero sacó una lista del cajón del mostrador y ubicó el vino.

—¡Son ochenta pesetas! —y contempló ansioso a su cliente.

Pablo calculó el precio en dólares en silencio, verificó que aunque era alto podía pagarlo sin menoscabar su modesta bolsa de viaje por la tasa cambiaria, y decidió:

—¡Madrid, bien vale un buen vino! ¡Lo compro!

—¡Ah, señor! lo disfrutará, de eso estoy convencido.

—Como ya se lo dije, estar en Madrid es un acontecimiento memorable para mi. Sin embargo, no me sería satisfactorio celebrarlo bebiendo solo. Por bonísimo que sea este vino, no lo vertería en mi copa para gustarlo sin la compañía de alguien que supiera apreciarlo. Sería para mi un honor y un placer compartir este vino con un madrileño que conozca de vinos y más aún si se batió por la República. ¿Tendría usted algún reparo en cenar conmigo? Por supuesto, extiendo complacido esta invitación a su esposa.

El almacenero miró, pasmado, a Pablo y dijo muy sonriente.

—Es usted muy generoso, señor, y quizás abusaría de su gentileza si le respondiera que sí. ¡Claro!, me agradaría cenar con usted y le agradezco su invitación, pero no sé si mi esposa la aceptaría. Tendría que preguntarle.

—Me parece correcto que la consulte. La cena sería mañana. Usted y su esposa, de aceptar ella la invitación, me buscarían en mi hotel a las diez de la noche. En ese momento escogeríamos un restaurante apropiado.

Pablo sacó una tarjeta de visita de su billetera, escribió la denominación del hotel y el número de su habitación, y se la entregó.

—Permítame preguntarle su nombre —añadió.

—Me llamo Manuel Rodríguez García.

Pablo le extendió la mano y Manuel se la estrechó.

—Si acaso surgiese algún inconveniente y ustedes no pudiesen concurrir a la cena, le ruego me lo hagan saber, llamándome al hotel.

—Creo que no habrá ninguna dificultad.

Manuel envolvió la botella y Pablo la pagó.

Por la tarde, Pablo fue a visitar el Museo del Prado.

Al retornar a su hotel, en la recepción le entregaron un mensaje de Manuel. Le decía que su esposa había aceptado cenar con ellos, pero que había exigido que la cena fuera en su departamento, y que él pasaría a buscarlo a las nueve y treinta de la noche del día siguiente.

 Al otro día, recorrió la calle de Alcalá hasta el Parque del Retiro y el Paseo de los Recoletos, llamado entonces por la férrea dictadura que oprimía a España la avenida del Generalísimo, ingresó a la Biblioteca Nacional, continuó por la Plaza Colón, el Palacio de Justicia y la famosa librería jurídica de Marcial Pons, en la calle Bárbara de Braganza, donde se quedó un par de horas. Retornó a su hotel, metiéndose por las pequeñas calles repletas de comercios, restaurantes y tabernas.

A las nueve y treinta de la noche, la telefonista del hotel le anunció que el señor Manuel Rodríguez lo esperaba en la recepción. Manuel vestía un traje gris oscuro, camisa y corbata. Abordaron un taxi que los llevó a la calle de San Vicente donde vivía la pareja. Subieron al tercer piso por una vetusta y bien barnizada y limpia escalera. Manuel abrió la puerta y llamó a su esposa. Ésta lucía un traje elegante. Era algo gruesa, pero se movía con agilidad, y sus ojos y sonrisa transmitían una cordialidad natural.

—¡Estamos contentos de que honre nuestra casa! —dijo la mujer—. Ya le habrá dicho Manuel que me llamo María del Pilar.

La sala era pequeña, con muebles tapizados y una gran ventana a la calle, orlada de una cortina de tafetán. En el comedor, la mesa había sido puesta con un mantel blanco, y la cubertería, los vasos y las servilletas estaban acomodados con esmero.

Pablo le entregó la botella de vino.

—Es Manuel el encargado de estas cosas —y le pasó la botella a su marido.

—Tenemos que abrirla para que el vino respire un poco. Il faut le chambrer, como dicen los franceses,  —y Manuel sonrió.

Descorchó la botella con cuidado y, poniéndola a un lado de la mesa, la contempló con admiración, como si fuese una actriz a punto de comenzar su actuación.

El aperitivo fue un jerez con algunos bocadillos de jamón serrano, cortado en delgadas tiras, pequeños trozos de queso manchego y porciones de la clásica tortilla de patatas.

María del Pilar trajo a Sebastián, el hijo de este matrimonio, de quince años, quien saludó alegre y displicente a Pablo y quiso saber cómo era Machupicchu, y pronto la conversación se polarizó hacia el Perú, una tierra todavía exótica para muchos españoles.

—¿Vivieron mucho tiempo fuera de España? —preguntó Pablo.

—Veintidós años —respondió ella.

—Supongo que salieron por la guerra.

—Yo tuve que irme de prisa cuando el ejército republicano,  en el que había combatido como soldado, fue cercado en Cataluña, en febrero de 1939 —respondió Manuel—. Resistimos, pero el enemigo nos superaba en número y pertrechos. Fue el fin de la República. Miles de soldados y civiles: hombres mujeres y niños, caminamos hacia la frontera, bombardeados por la aviación nacionalista que nos sobrevolaba sin ya nada que temer. En Francia, me internaron unos dos meses en el campo de concentración de Saint-Cyprien, una playa cercada con alambre de púas, barrida por el viento y azotada por el frío del invierno, y casi sin nada que comer. Luego, nos trasladaron al campo de concentración de Casseneuil donde nos retuvieron dos años. Cuando me liberaron, hallé trabajo en una granja en la Haute Garonne.

—¿Y María del Pilar y el niño?

Ellos salieron de España escondidos en un camión. Pero, en Francia los detuvieron y los enviaron a un campo de concentración al norte de París. Se reunieron conmigo poco después de que yo comenzara a trabajar en la granja, y nos hacinamos en una casa con otras diez familias españolas en la misma condición que nosotros. Al año, arrendé una granja al partir con el propietario, y allí permanecimos hasta que decidimos regresar a Madrid tras averiguar en el consulado español que no había requisitorias contra nosotros. En la frontera, las autoridades españolas nos trataron muy mal antes de dejarnos pasar. Con el capital que habíamos acumulado compramos este departamento y tomamos en traspaso el negocio de vinos. Lo tenemos ya dos años y no nos va mal.

—¿Y vuestro hijo mayor?

—Él tiene ahora veinticinco años, y está casado con una chica francesa. Viven cerca de París. Él trabaja en una fábrica de plásticos y ella en una escuela maternal. No tienen hijos aún.

—Sebastián, ¿es francés?

—Sí; nació en Francia.

—¿Es bilingüe, supongo?

—Sí, cuando llegue a la mayoría de edad podrá elegir entre quedarse a vivir en España o irse a Francia.

Luego, Pablo relató quién era, cómo había llegado a Madrid y su anhelo, largo tiempo en hibernación, de conocer España. Pero no pudo abstenerse de expresar que, bajo la bonhomía de las gentes con las que había departido y más allá de su apego a una fácil comunicación, se percibía una atmósfera densa, una vigilancia velada y la desconfianza de casi todos para tratar con desconocidos de temas que podrían resultar comprometedores. Había un Madrid superficial bien provisto de museos, restaurantes, espectáculos y folklore para los turistas, y otro recóndito, oscuro y peligroso, colmado de recuerdos de sucesos espantosos, ruinas, sangre, impotencia y, para algunos, sed de venganza, en el que vivía sumergida la mayor parte de sus habitantes, conocedores de sus caminos, escollos y riesgos, cuidándose de la implacable mano de la dictadura. Pablo había visto desde lejos sólo la España epidérmica y sonriente. Unos cuantos días en Madrid le habían bastado para advertir las señales de la otra España que trataba de alejarse, aún difícilmente, de su traumática experiencia reciente.

Se acercaron a la mesa y le llegó el turno a la botella. Manuel le envolvió el cuello con una servilleta blanca y vertió un poco de su rojo y límpido contenido en una copa de cristal. Se la alcanzó a Pablo. Éste olfateó el líquido, sorbió un pequeño trago, lo retuvo en la boca y exhaló aire por la nariz, como había leído que hacen los catadores: era excepcional, incluso para un paladar profano en el arte de gustar vinos. Meneó la cabeza complacido. Siguiendo el gesto de Pablo, Manuel asintió y, entendiendo que esa era la orden de servir el vino, procedió a escanciarlo en las copas.

—¡Pablo, tendría que decir usted unas palabras! —sugirió María del Pilar.

—Seré muy breve —admitió Pablo—. Brindo por nuestro común origen popular y ancestral. Desde hace mucho quise venir a la España popular y creo que con ustedes he comenzado a encontrarla, un acontecimiento trascendental para mi, digno de ser celebrado con este espléndido vino.

Manuel estaba emocionado, Sebastián observaba seriamente a Pablo, y María del Pilar dijo sonriendo:

—¡Salud, entonces!

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*Abogado (U.B.A.), Doctor en ciencias jurídicas y sociales,   Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima y en Francia, autor de libros y publicaciones, integra el Equipo Federal del Trabajo, es presidente de la Asociación Peruana de Abogados Laboralistas.

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