Jorge Espinoza Sánchez y los años de espanto

 

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Escribe: Enrique Sánchez Hernani

El roce inmaterial de la núbil poesía y el ardiente infierno es un tema que siempre ha debilitado la imaginación de los poetas, seres cuya complexión espiritual yace, a veces, lacerada por la culpa, el martirio, la expiación, el dolor metafísico y otras formas inacabadas del tormento. Por eso, no solo el Dante se entretuvo viendo los miasmas inflamados de las almas que merecían tal suplicio, sino que otros poetas imitaron su curiosidad.

Ya el mancebo insubordinado Arthur Rimbaud se entretuvo en escribir un largo poema llamado “Una temporada en el infierno”, inducido, según dicen algunos de sus indiscretos biógrafos, por el consumo dispendioso de hachís. Otro poeta de perfil penumbroso, Charles Baudelaire señaló en su “Himno a la belleza”, en una verdadera transposición espiritual, lo siguiente: “Que vengas del cielo o del infierno, ¿qué importa, / ¡oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso e ingenuo!”, haciendo notar con impudoroso valor que en ambas extensiones el dolor es un misterio del que no es posible escapar. El maestro argentino Jorge Luis Borges quizá estuvo de acuerdo con esto, pues alcanzó a decir, con cierto acento perjuro y celebrada ironía, lo siguiente: “El Infierno de Dios no necesita / el esplendor del fuego.”.

Lo cierto es que el infierno se distancia y aproxima de la poesía de manera periódica. La realidad, con toda su acerba hechura, le proporciona al poeta motivos suficientes como para recordar su fuego perenne. Algo de eso —o de repente más de lo que intuimos— sabe nuestro poeta Jorge Espinoza Sánchez, que en el libro que hoy celebramos, “Poeta en el infierno”, ha construido un viaje por los horrores sin piedad de una época poco feliz para los peruanos y que para no deslucir este noble recinto no lo llamaremos por su fétido nombre y apellido.

Jorge, agredido en su nobleza, dignidad y honor, recrea en su libro un itinerario hostil: el que realizan aquellos hombres que son llevados a la prisión, ese hospedaje cruel donde yacen muchos inocentes. Desde ese lugar, el rincón más atroz del gran averno que hay en la ciudad de Lima, meditó sobre la vida que se retorcía allende los muros y en medio de la lucidez de su recuerdo le brotó la gran deflagración de la poesía.

Ese es el origen del libro que tenemos entre manos: el paso de un poeta por el sendero ígneo del infierno carcelario, de las criaturas desquiciadas y extremas con las cuales son obligados a convivir los inocentes, del horror del hacinamiento y de los días sin pausa ni término. Pero también es una alegoría sobre la imposibilidad de recluir el alma de la poesía entre barrotes, del triunfo final de la esperanza y la libertad, de la aparición de luz en el alma de los justos, de la capacidad que tiene la palabra para sobrevivir aún en medio de las peores calamidades.

De entre todos los poemas del libro —honradamente conmovedores, de lenguaje preciso como el silbido del látigo, a veces con una seca ironía cuyo propósito es hacernos reflexionar— debo citar solo uno, a fin de dejarle al poeta la lectura de sus textos. Debo decir que me ha iluminado la lectura de “Carta de amor a una hermosa gitana”, que por su altiva voz, por su decidido afincamiento en la libertad, me hace recordar al gran León Felipe. Deben existir muy pocos poemas de amor y esperanza como este, donde el anhelo reina a pesar de la sangre y la distancia, en contra del encierro. Este poema es un canto a la victoria del amor sobre la penumbra, en contra del aislamiento.

El poema dice: “Zulma, te escribo estos versos ensangrentados / desde la más terrible prisión del Perú, / quiero que los leas eternamente vestida de novia, / con tus ojos de llamaradas y diamantes / al pie del altar de nuestros sueños”. En este bello y extenso poema, el autor también reflexiona sobre la utilidad de la poesía para abrir la mente de los hombres, para ser el vehículo donde las palomas se llevan al prisionero volando hacia la libertad.

Un poco más adelante, dice además el poeta: “Zulma, es madrugada en la prisión, / hierve la hoguera de la historia, / tal vez jamás vuelvas a verme con vida, / es de poetas morir de crepúsculos, / pero no llores pequeño ángel, / amaste a un poeta, / es decir, amaste a todos los hombres de la tierra / y no hay historia de amor más bella que la nuestra”.

Gran poema y bella parábola. Mi reflexión es esta: la única prisión que puede ceñir al poeta es la de su propia escritura, la de su trabajo febril aún en las condiciones más adversas, la pérdida del sueño por la búsqueda del adjetivo cabal y del verbo exacto. No hay otro calabozo. Por eso, aún encerrándolo, el poeta es libre. Jorge nos lo hace notar e indica que él siempre fue un hombre soberano pese a las circunstancias, que nada valía la prisión ante la fuerza de su palabra. Bella lección.

Tras esto solo me queda hablar un minuto de la pulcra edición de este volumen de poesía. Como sabemos, el poeta también es impresor y editor de libros, uno de los más bellos trabajos sobre la tierra. Y en la edición de este libro se ha lucido con verdadero talento. Y yo digo: quien es capaz de imaginar un libro así, es un poeta consumado, y quien hace posible que un volumen se imprima de esta manera, es un maestro. Doble hazaña de Jorge, que a partir de hoy debe pasearse por Lima, con toda razón, como un príncipe, coronado con los laureles que alguna vez ornaron la cabeza del Dante, de Rimbaud, de Baudelaire.

Gran trabajo, estimado poeta. Loado sea su libro.

Cajamarca, 02 de febrero de 2016

 

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