1970: Cuando bramaron los cerros

 

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Walter Lingán

Vivía en Collique, habíamos terminado de almorzar, tres y tantos minutos de la tarde, y estábamos en el patio de casa mirando a los patos jugando con nuestro perro Argos. En eso, Argos se detuvo y empezó a aullar. Seguidamente se oscureció el cielo y parecía que un rumor venía por debajo de la tierra. Los cerros que encajonan a Collique comenzaron a bramar y se desprendieron piedras que se echaron a rodar hasta llegar a la parte baja, a la calle Húsares de Junín. Al mismo tiempo la tierra se la dio por temblar con cierta furia, el piso era un ondular rítmico, hacia arriba, hacia abajo, no podíamos caminar, solo nos quedó abrazarnos esperando que la tierra nos devore. Nos asustamos todos, yo creí que el mundo se venía abajo. No tenía cuándo acabar ese balanceo que duró una eternidad de segundos, o quizás duró solo muchos segundos. Luego vino la calma. Argos se tranquilizó, los patos volvieron a su rutina, nosotros nos refugiamos en los brazos de mamá. Después nos fijamos en el derrumbe de los ladrillos que estaban amontonados frente a la casa de los vecinos. Mi padre encendió la radio y escuchamos las noticias. Aluvión y terremoto en Ancash de 6,8 grados en la escala de Richter. Entonces nos fuimos enterando, a pedazos, de la magnitud de los hechos, de la cantidad de muertos, de desaparecidos y de los daños materiales. Yungay había quedado sepultada. Solo las palmeras de la plaza de armas quedaron con sus crespones mirando la soledad, sintiendo el dolor y acariciando al viento. Ranrahirca se convirtió en un nombre doloroso. El Huascarán miraba resquebrajado desde su altura. La selección peruana de fútbol en México jugó con una cinta negra simbolizando la tragedia y guardaron un minuto de silencio antes de empezar el partido. Cincuenta años han pasado y aun parece ayer.

Cajamarca, 01 de junio de 2020.

Plaza de Armas de Yungay, antes del 31 de mayo

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