CARTA A MIS HIJOS

 

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Cajamarca, 14 de febrero de 2012.

Amados hijos:

Estas palabras van al encuentro de ustedes, plenas de emoción paternal como el brote más tierno y puro de mi fibra espiritual.

El nacimiento de ustedes fue la sublime eclosión del latido conyugal con vuestra madre, mujer de extraordinarias virtudes femeninas. El llanto de ustedes al nacer fue el primer grito triunfal de la vida, cual himno gozoso de la creación humana guiada por la mano de Dios. Cada nacimiento de ustedes fue para mí la aparición de una aurora maravillosa, el destello azul que me abrió nuevos horizontes.

He tenido la dicha de verlos en el inevitable curso de la vida: infancia, juventud y madurez. En mi existencia han quedado grabadas las huellas más dulces de vuestra inocencia. Aún recuerdo vuestras travesuras y ocurrencias infantiles: el balbuceo gracioso de sus primeras palabras, el jalón de mis orejas, el mordisco y el rasguño inocentes, sin mala intención, las rabietas y pataletas caprichosas, sus caritas inundadas de lágrimas por mis temporales ausencias, el juego de pícaras escondidas, las preguntas difíciles de responder, las desapariciones desesperantes con los niños amiguitos a la salida de la escuela…

Cuando jóvenes, las nuevas compañías, las inquietudes estudiantiles, el romance furtivo, la floración de vuestra belleza juvenil y los   sueños constructivos que ofrece la vida.

Superada la juventud, veo en ustedes la prolongación de mi ser y la cosecha de sabrosos frutos como resultado de haber echado raíces profundas en el predio fecundo de nuestro hogar.

Soy feliz porque las hondas raíces que planté en ustedes se han convertido en alas vigorosas con vuelos de altura. De nuestras entrañables vivencias de amor nacieron en ustedes cimeros sentimientos y pensamientos que acaso no serán como los míos porque la vida no camina hacia atrás. El mundo rueda y rueda indetenible mostrando sus aristas infinitas; pero yo estoy orgulloso porque ustedes se han ubicado en aquellas que les han ofrecido las más nobles ilusiones y las más excelsas esperanzas. Sé que del latido generoso de vuestro corazón ha nacido la grandeza de su alma. Y no dudo de que en la hermandad de vuestras ilusiones y esperanzas se agigantarán las dimensiones de sus sueños.

Juntos hemos saboreado la presencia de Dios y hemos acogido la dulzura de su luz para encender nuestra fe. Mi organismo tuvo días heridos, pero con la fortaleza de ustedes y de vuestra madre volví a vivir las horas limpias que nos brinda el destino. Fue la generosa respuesta al fuego humano que siempre nos abrasó.

Vibro de felicidad porque ustedes propician los gratos momentos para que nuestras almas comulguen o para celebrar las entregas  luminosas de mi pluma.  Espero que cada encuentro con ustedes siga siendo la plasmación de nuestros ideales de ternura.

Hijos, el querer y el amar son dos categorías afines. Los quiero y los amo, porque en lo primero están mis constantes exigencias; y en lo segundo, mis generosas renuncias para entregarlo todo.

Por siempre estaré en el edificio de vuestro ser que construí, y sólo sabrán que de allí he salido cuando en la oscura ventana flamee el pañuelo de mi última despedida. Llevaré mi pequeño equipaje de sueños, mas espero que vuestro cofre de ideales sea más grande.

Anhelo que nunca se rompa la cadena de amor fraternal que los ata; que ella sea la eterna pasión que los une; sólo así el tiempo les regalará amaneceres sin sombra.

Los tengo en mi corazón.

Entrañablemente, vuestro padre.

Luzmán Salas Salas.

 

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