Wálter Enrique Bazán Tejada

  El 16 último, luego de pocos meses de dolorosísima enfermedad, nuestro Kiko murió. Acá en la casa paterna lo vimos volver, pero sólo en su cuerpo, y aquí lo velamos. El 18 fue el entierro, en medio de los emotivos honores que el Ejército Peruano -a través del glorioso Batallón "Zepita", en el cual fue uno de sus jefes-  le rindiera en nuestra casa, en la misa y en el cementerio.

  Como debía ser, a nombre de toda la familia dije el mensaje final para él y ahora lo comparto con cada uno de ustedes, porque así debe ser. Mientras lo preparaba y, después, mientras lo leía, por sobre la pena creo que sentí la emoción que debió sentir mi padre cuando hablaba en ocasiones semejantes. Esa ceremonia, ante la fresca tumba en el mausoleo, concluyó con el discurso de orden del alto oficial que representó al Ejército y  con hermoso contenido dio el adiós a su hermano de armas.

  Guillermo

     

Queridos amigos, familia entrañable,

hermanas y hermanos:

  Busquemos en la Biblia el mensaje que nos habla de estos momentos: En Génesis 27,2 dice Isaac: «Mira que ya  estoy viejo e ignoro el día de mi muerte", pero la muerte lleva no por edad. En Deuteronomio 32,39 dice Dios: "Vean ahora que Yo, sólo Yo soy, y que no hay más Dios que yo. Yo doy la muerte y la vida, yo hiero, y soy yo mismo el que sano, y no hay quien se libre de mi mano." Pero la muerte no es final y es Dios "quien nos da muerte y vida (1 Samuel 2,6), y quien hace bajar al lugar de los muertos y volver a la vida." Y lo que cada uno de ustedes muestra, con su presencia aquí y en las horas de duelo, es el signo de que hemos pasado de la muerte a la vida (1ª Carta de Juan 3,14). ¡Cómo negar, entonces, que Cristo es la vida, y gracias a Él de la misma muerte sacamos provecho! (Carta a los Filipenses 1,21), de allí que quienes viven en la fe ansían probar el poder de su resurrección y tener parte en sus sufrimientos, siendo semejantes a Él en su muerte (Carta a los Filipenses 3,10). Cuando nuestro ser corruptible se revista de su forma inalterable y esta vida mortal sea absorbida por la inmortal, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: ¡Qué victoria tan grande! La muerte ha sido devorada! (1ª Carta a los Corintios 15,54). Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor (Carta a los Romanos

14,8). Por esta razón Cristo experimentó la muerte y la vida, para ser Señor de los muertos y de los que viven (Carta a los Romanos 14,9). Todos digamos lo que Cristo: En verdad les digo, el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, vive de vida eterna; ya no habrá juicio para él, porque ha pasado de la muerte a la vida (Evangelio según San Juan 5,24).

  Así como la alegría nos permite volcar palabras felices, no todo el tiempo puede estar brillando el sol o alumbrar nuestro camino la luz y sus colores. También nos toca atravesar la noche y su silencio: así está nuestra familia atravesando ahora ese bosque umbrío de tristeza y de pena. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos refugiarnos en el amor, en la amistad y en la solidaridad de ustedes? ¿Podríamos, acaso, llevar solos esta cruz?

  Mi hermano Kiko ha muerto cuando aún estaba joven, con todos sus proyectos y su sueño, ahora truncos. Joven, tal vez antes de tiempo se convirtió en abuelo... y ha partido de pronto, sin acunar sus nietos. Lo estuvimos velando en el hogar de siempre y donde los ancianos padres, ya ausentes para siempre, nos prodigaron vida y amor inacabable. Kiko: tu partida nos duele en el alma hasta el fondo, y es un paso al silencio…, al silencio del cuerpo, al silencio del tiempo, al silencio que duele porque queda vacío el lugar que ocupabas. En tu larga agonía estuvimos contigo a través de oraciones y fuimos refrescando cómo fuiste antes de hoy: amoroso en familia, creyente muy devoto, juguetón y apurado, trabajador y más. Nuestra Virgen del Carmen fue tu guía inspirante y la carrera de armas tu sueño y tu pasión. Incansable al trabajo y esposo-padre ejemplar.

  Mi hermano ha muerto. La muerte ha visitado nuestro hogar, pero la fe en Dios es más fuerte que su silencio y su frialdad, aunque el dolor es grande, más grande que los sueños...

  Quizá deseamos preguntarnos cuáles son en verdad los secretos que nos esconde la muerte y por qué tantas veces asusta a los sin fe. Quizá algunas respuestas nos den los renglones que escribió Khalil Gibran:

   ¿Queréis saber el secreto de la muerte?

  ¿Pero cómo podremos encontrarla, a menos que la busquemos en el corazón de la vida?

  El mochuelo, cuyos ojos atados a la noche son ciegos en el día, no puede descubrir el misterio de la luz.

  Si queremos, en verdad, contemplar el espíritu de la muerte, debemos abrir de par en par nuestro corazón en el cuerpo de la vida. Porque la vida y la muerte son una, así como el río y el mar son uno también.

  En el arcano de nuestras esperanzas y anhelos descansa nuestro conocimiento silencioso del Más Allá. Y, como las semillas duermen bajo la nieve, nuestro corazón sueña con la primavera. Por eso, acaso sea cierto que debemos de algún modo confiar en los sueños... porque en ellos ha de estar oculto el camino a la eternidad.

  ¿Qué es morir sino erguirse desnudo? Y ¿qué es dejar de respirar sino el liberar el aliento de sus inquietos vaivenes para que pueda elevarse y expandirse y, ya sin obstáculos, buscar a Dios?

  Sólo cuando bebamos el río del silencio cantaremos de verdad. Y, cuando hayamos alcanzado la cima de la montaña es cuando empezaremos a ascender con el alma, cuyas alas se agrandan por sobre cualquier viento. Y cuando la tierra reclame nuestros miembros es cuando recién danzaremos de verdad.

  Una vez cumplidos, hasta sin darnos cuenta o sin saberlo, todos los misterios de la vida, desearemos la muerte, porque la muerte no es sino otro misterio de la vida. Sólo quienes vivimos empapados de la fe, como Kiko, podremos esperar con esperanza lo que nos espera tras las puertas de la muerte, así como para comprender la grandeza y valores de la vida tendremos que saber sentir afecto por la gota de rocío, la piedra del sendero, los caminos hambrientos de pasos de aventura, los bosques cultivados, el vuelo de los kindes y de las mariposas, el color del ocaso y los amaneceres, el frescor de la lluvia y el sabor del poema, el calor que da al alma la oración compartida, el saber perdonarnos con arrepentimiento, el llanto silencioso y el despertar de nuevo, el amor a las flores y, en fin, tantas cosas que por simples que sean complementan la vida -vida efímera, es cierto, pero vida con alma- y nos traen a esta hora en que todos tendremos nuestro propio día en el Jardín eterno, donde yacen los restos de los padres y personas amadas; será entonces que hemos de saber que acabó nuestra misión en la tierra... y hemos de encaminarnos a la eterna altura donde, en elevadas cumbres, nos habrá de envolver la Neblina brillante, y esa hermana Neblina nos hará Uno con Dios.

  El pesar y la pobreza purifican el corazón, pero sólo si nuestras mentes débiles saben superar los espejismos de la comodidad y la felicidad fugaz. No olvidemos que "en el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente..." Reconozcamos que "No se llega al alba sino por el sendero de la noche."

  Sin duda, Kiko alcanzó ese nivel, aunque nuestro cariño familiar o el afecto de amigos piense que aún fue temprano. Sólo Dios, que en su omnipotencia conduce nuestros pasos, sabe cuál es la hora...

  Que el mensaje final por la muerte física de Kiko nos repita en el interior, a cada paso, que nuestra alegría "es –en realidad– nuestra tristeza sin máscara", pues la alegría y la tristeza son inseparables.

Demos con alegría –como Kiko– y esa alegría será nuestro premio, pues es innegable que podremos olvidar a aquél con el que hemos reído... pero no a aquél con quien hemos llorado.

  Gracias, a nombre de mi familia, a cada uno de ustedes.

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