
Fransiles Gallardo
No es alto, tampoco es chiquito, no es frondoso ni escuálido, no es árbol de grueso tallo ni mala hierba. De corteza marrón oscuro, con pistilos verdes.
No florea, sólo bellotas da.
Mamá Beca las junta y las
muele en el batán grande, con su chungo trac trac trac, y “en una ollita
chicasha la rejunta pa los guisos y aderezos”. No arde ni pica “saborcito nomá
da y muy güeno pa la próstata, dizqué es”.
La memoria no registra si el achiote nació con el pozo de los patos o el pozo de
los patos nació con el achiote “crecidito nomás luey conocido ya, tayta”.
Es el leal y eterno confidente de Mamá Beca.
Siempre se han sentido unidos. Ambos son almas desarraigadas. Han sido arrancados de su natural estancia. Transplantados por las circunstancias o el destino, a otros lugares, a otros veranos, a otras noches de luna “chica nomás mey venido”. Son almas solitarias.
No conocieron la florescencia de la juventud, simplemente dieron frutos.
El achiote vive entre el bullicio de los pollos, gallinas, patos y pavos del corral, “igualito a los eucaliptos”; ninguna otra planta nació ni creció a su alrededor, “ni mala yerba siquiera, nada”.
Mamá Beca vive en el bullicio de un pueblo extraño “rum rum los carros a cada rato mi asustan y dasito me quitan el sueño”. Un lugar al que va haciendo suyo, y a pesar que ha ido trayendo “unito por unito a la familiota”, es una mujer ausente y solitaria.
“cuánta soledad albergan
tus alpargatas chocolate
y esas manos fieras que saben de flores y pasto fresco”
Cuántas veces la
sorprendimos reclinada sobre su tronco, llorando angustias, contándole sus
penas, sobrellevando sus pobrezas.
“envejecen tus ollas como tu vestido floreado”
Tantas veces, enrojecidos los ojos, “hipo hipo”, la escuchamos “moco moco”,
contarle la congoja de los hijos ausentes y desperdigados en la distancia; en
una geografía lejana, incierta y desconocida; por ella, por nosotros, por todos.
Las malas noticias “los
achaques de la vejez, será pue de la mamacha Edelmira”, enferma y lejana, sin
poder hacer nada, casi nada.
“Lejano estoy diun gran amor del cual jui dueño”, canta triste.
Las angustias del viejo
Joshua “haciendo tratos con ño Portillas pa conseguir plata”, pagar hipotecas,
cancelar préstamos y cubrir las pensiones de los hijos colegiales.O la simple
desventura del desarraigo, la angustia, la nostalgia, acordándose:
“de azules humos fogones tibios frazadas limpias
el fértil campo y sus sembríos inmensamente tuyos
los ausentes hijos que acaparaban silencios y ternura”.
Cuando esta casa inmensa, inundada de voces y llantos, correrías y cantos, se va
despoblando por las ausencias, los no retornos, las lejanías, el achiote es su
consuelo.
“la casa es tan amplia para tu andar cansado
y muy grande la mesa con sus bancas vacías”
Es su confidente. Nunca sabremos si su corteza “blandita se ha volvido” por tanto almacenado dolor, por tanta lágrima junta. Mamá Beca no se lamenta de su buena o su mala suerte, “es la vida”, simplemente dice.
Sólo el achiote conoce el
tamaño de su desesperanza y soledad.
Del incierto futuro de los hijos lejanos, de sus dudas, de lo que harán mañana
“ojalá pue, Diosito, que la buena suerte los acompañe”, los sufrimientos por las
noticias de su sangre ausente “malita la Florcita está, ¿quiago yo, pue?”, sus
desconsuelos por la estrechez de sus alcancías “mientras alguito haiga pa echar
en la olla, lo demás nuimporta”, las tragedias por los hijos fallecidos a los
pocos días de ver la luz del sol “seis de mis chiquitos sian morido, pué”.
Alborozada, contándole sus supremos momentos de felicidad “el Balducho dizqué va venir, mi corazón contentado está”, los retornos de los amados retoños “el Ungenio con sus chiquitos dizque viniendo está”, que poblaron su mesa de bullicio y resplandor “la Malena con sus guagüitas van a venir por unos diítas y el Segis dizqué va traer a su cholito, pa conocelo”, de satisfacción y esperanza “la Adelina su criatura va tener, pa nuestro bordoncito, de seguro pué”.
Aún nos parece verla, con su larga trenza negra hasta la cintura “lindazo tu pelo, Bequita”, su vestido azul con flores rojas; abrazada a su achiote confidente; recostada su cabeza en una de sus ramas, sollozando.
Limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido.
A través de las rendijas de la puerta de maguey, nosotros llorando también. Sintiendo en el alma sus desconocidas tragedias, estrujado el corazón, sus angustias indefinibles.
Haciendo nuestra su inconmensurable desolación.
Prometimos cuidar ese achiote “por los siglos de los siglos, amén”, como un monumento a su dolor, a sus lágrimas, a sus confidencias, a su soledad.
Prometimos también cuidar por siempre el añoso árbol del palto donde el viejo Joshua reposa sus obligadas siestas de mediodía.
Algo tan simple como eso, tampoco podemos cumplir “disculpas nomás, puras palabras nomás eres, desde que sinventaron las disculpas, nunca quedas mal”, escuchamos los regaños del viejo Joshua.
El viejo palto, aún sobrevive a tanta soledad.
Pero nos cuentan que ante tanta ausencia y desconsuelo, el pobre achiote no soportó. Simplemente se dejó morir.
Mamá Beca y su achiote, se murieron de amor.
Fransiles Gallardo,
nació en Magdalena (Cajamarca). En el 2004 publicó el poemario Ventisca tu (des)amor.
Su poesía ha sido incluida en importantes antologías regionales, como las
elaboradas por Manuel Ibáñez Rossaza, Bethoven Medina y Luzmán Salas. “Achiote”
es un relato incluido en su novela Halcón peregrino de próxima
aparición.
Ilustración:
“Los migrantes”, óleo de Aquiles Rondán.
posted by tierradepromision at 10:39 AM 0 comments
Regresar