SAN PABLO Y EL MODO DE ESCRIBIR LA VIDA

 

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(Miguel Arribasplata C.)

 

 

Mario Vargas Llosa, en un artículo publicado en “Domingo”, diario La República (18-08-2019), se refiere a cómo el regreso del escritor griego Theodor Kallifatides, residente en Suecia, a Molaoi, su pueblecito natal, le devuelve la voluntad de escribir tras una agobiada “parálisis y el estreñimiento intelectual”. José María Arguedas también pasó por esos trances.

San Pablo, mi querido pueblo, representa un hito muy personal en mi estro narrativo. Qué sería de mi carrera artística sin la presencia recurrente del pueblo donde nací. Llevo en mi memoria un mundo de vecinos, paisajes, narraciones vivas de al lado del fogón: todo el color local, las costumbres de San Pablo de Chalaques residen en mi mente. El gran padre, don Jacinto Arribasplata Díaz, cuyo centenario se celebra el 22 de agosto, fue mi maestro verbal.

El color local insufla toda la novela Obdulia de los Alisos, lo mismo que Santiago el Menor. Don Mario Florián celebró Obdulia por su arraigo en la provincia. Pero fue Eleodoro Vargas Vicuña quien me hizo ver el universo de la primera novela, graduado o gobernado por la influencia de William Faulkner, de James Joyce y por el monólogo interior como técnica. Casi todo el lenguaje castizo alumbra al argumento de Obdulia. En realidad, no hay argumento, solo lenguaje enseñoreado de poesía popular.

¿Existe lo popular, el arte popular? No y sí. No, porque la narrativa verbal cotidiana a la que recorre el artista para crear su obra, es reelaborada con gran trabajo, es un lenguaje de segundo orden que se devuelve a la realidad en forma artística. Y sí, porque el arte viene del pueblo y va hacia él, como decía Vallejo.

Oficio, ideas y cultura son las armas del escritor. Las ideas o inspiración, el elemento añadido, es lo que hace que la obra sea novedosa.

La tradición tiene que ser renovada, enriquecida, criticada y modificada. El personaje debe tener profundidad psicológica. Es la hora del Yo, del Ego experimental. La representación de carácter y las personalidades humanas son el valor supremo del arte. Debemos ser como Shakespeare, que representa a las mujeres y los hombres envejeciendo y muriendo, pero cambiando.

La calidad del narrado depende de una combinación armónica de tres factores: capacidad de observación, imaginación y estilo.

Bien se dice que todo escritor enfrenta en sus inicios: talento individual y tradición. Memoria y lenguaje constituyen para mi lar armas de la imaginación.

La literatura cajamarquina no puede seguir dando vueltas con el tio Lino, ni de los goces del agravio de los explotadores o de la pura reminiscencia familiar. Hay que cambiar de temas, tramas, personajes y escenarios. Afinquemos nuestro arte en la condición humana. Miguel Gutiérrez, así lo entendió, su Piura natal no deja ser local, pero se vuelve universal porque trasciende artística y simbólicamente. Como decía Borges: No hacer que todo abunde en color local. Conseguir color local y verosimilitud. Evitar las grandes decoraciones. Importa más el cómo escribir que el sobre qué escribir. Transformar lo real en ficción.

Basta de reproducción mecánica de la realidad. Flaubert: “En mi opinión, la realidad no debe ser más que un trampolín”. Elegir la porción de realidad que se considere necesaria y transformarla artísticamente. Dejemos de lado el costumbrismo superficial, pintoresco y fotográfico, que se basa en un determinismo fisiológico, ambiental y hereditario.

Lo que despierta la curiosidad no es la historia en sí, sino la forma de narrarla, el modo hábil con el que narrador evoca los personajes, presenta los ambientes, refleja las situaciones y nos conduce a lo largo de las diversas peripecias hasta su conclusión.

Que nuestro arte sea como un disparo en la dormida noche.     

  

 

Cajamarca, 23 de agosto de 2019.

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