RESUMEN DEL LIBRO "40 PINTORES PERUANOS"

 

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Reinhard Seifert

En algunos libros y exposiciones pictóricas  ―y quizá― por alcanzar cierto enganche o cierta notoriedad en el lector y en el público asistente (muchas veces no está muy claro la intención del autor o del curador), que asistía  a las exposiciones o que leía en esas actividades se perfilan exageraciones semánticas. Los autores o curadores  presentan a su pintor “adoptivo”,  casi siempre con adjetivos y sin explicaciones mayores, como por ejemplo, se apunta  lo máximo: El más logrado pintor, el mejor pintor, el pintor romántico, el pintor de la selva, el pintor indigenista, el pintor académico, el pintor peruanista, el pintor social, el pintor de oro, el pintor figurativo, el pintor abstracto, el único pintor, el pintor de vanguardia y un largo etcétera. Los que usan este tipo de calificativos tiene poca imaginación narrativa. De ser así, este concepto totalitario encierra algo más, de ser el único y lo superior en su oficio.  Algo así como sostener la exclusividad, ser lo superlativo en el mundo artístico. Y por ello esto  -así escrito- claramente  estrellaba  el concepto básico del arte con  su anarquismo y su forma de ver al mundo lioso. Por tanto, hollaba su libre expresión.

Otros escritores y curadores de exposiciones, que escribían o hablaban  sobre la pintura o acerca de un fingido pintor “consagrado”,  le faltaron el respeto, sin darse cuenta. A este grupo humano hay que agregar los innombrables “críticos de arte”[1] que aparecen en la prensa local y cobran por artículo publicado[2].  Trazan o conferencian ―y entre líneas y palabras― un sutil propósito. La inanición se les salen por todos los poros. Temen ser descubiertos por una crítica más consiente. Les da patatús o la pataleta de una niña malcriada, cuando no les hacen  caso. Son arrollados por sus propias pequeñeces. Y sobre todo, olvidaron esta esencial manera de una relación humana, de respeto hacia el artista. Cuando falta el respeto a alguien es imposible recuperar la confianza.

Muchas palabras[3] ―aunque sean rebuscadas o rimbombantes― no son suficientes para describir con más objetividad al pintor, de su motivo, y su forma de ser, su sino de la vida para entender la pregunta básica: “¿Por qué pintar?” Bajo este agudo  punto de vista es probable, más que posible, que conceptos, visiones se diluyen en frases sin sentido[4], que se deslizan en terrenos fangosos; por tanto  mejor es hablar de horizontes pictóricos, que no son comprendidos de antemano, antes de ingresar a un terreno de afirmaciones superficiales y sin valor académico. ¡Palabras, palabras, palabras![5]

Adoptan  un amaneramiento, o caen en  la falta de una espontaneidad, naturalidad o variedad en sus gestos y en el quehacer práctico que los catapulta fuera del circuito artístico originados por sus propias decisiones.

A pesar de mi pesimismo, el universo de los pintores peruanos, sus caracteres y sobre todo su forma de ser y actuar, es tan aceptable y  complejo a la vez, como la sociedad misma, que existen desgarramientos sociales muy profundos.  Es un real reflejo de la vida misma, de sus tristezas, alegrías y esperanzas.  Hay pintores alegres, tristes, copiones, altaneros, campechanos, sofisticados, huachafos, humildes, racistas, ingeniosos, humanistas, socialistas, comunistas, ambientalistas, liberales, conservadores, conservacionistas, bohemios, estrambóticos; de todo existe y convive  y sobrevive en este Perú multicultural.

El individuo y el pintor se somete al todo, a la sociedad en su conjunto, cuando sale de su claustro, de su taller, y al dar este paso decisivo promete vencer a su intranquilidad interna y ―de pronto― se encuentra solo. Luego cierto nivel de autoindulgencia consigo mismo no funciona. Debe enfrentar a sus propios demonios internos. La disolución de esta contradicción de la vida es ser auténtico con su talento y vocación, en un mundo donde no hay escape. Es nadar contra la corriente y “hacer poco ruido donde existe pocas nueces”. Este mundo artístico, este mini-universo, en algo lo hemos prescrito en unas cuantas líneas. Espero que no haya sido en vano, y que se comprenda un poco mejor el quehacer pictórico. Y cuando los pintores merecen un lugar sin mezquindades,  sin muecas satíricas, sin falsos gestos  y sin falsas promesas.

La tarea por delante es titánica.

Es consabido también que muchos pintores esperan ― algún día― de  conquistar su opus magnum, sin que lo logre. En el Perú de las “maravillas”, algunos pintores se “mojan la oreja”,  en el afán de retar al competidor o compañero de “ruta”. Por extensión, este desafío no encuentra el eco en una política cultural que podría democratizar ―en algo― las distorsiones del mercado y de los intereses subalternos de algunos. Por tanto, la exigencia monumental y la realidad limitada entrechocan a diario.

Y el pintor piensa: ¡”Fuiste, eres y serás!”.

El crecimiento económico nos explican con una quimera: La marea alta levanta a todos los barcos, pero es sabido que ante un huracán los barcos chicos se hunden más rápido. En esta cresta de la ola es difícil navegar y tomar decisiones acertadas para muchos pintores, ante el reto de vivir a plenitud su vocación o fenecer ante  las ofertas económicas del poder económico. Y el capitalismo tiene sus raíces históricas en la revolución cinética y en la movilización global. Como perspectiva la pintura peruana debe o debería posicionarse, aunque no se sabe dónde exactamente, puede fijarse en su posición artística.

En este Perú actual de heridas abiertas, de grandes fracturas sociales, que difícilmente sanan, ante un poder político y económico corrupto, donde la sumisión del soberano, del ser humano es “pan del día”,  quedan pocas opciones.  Por ello, el poder y la convulsión, esta dualidad simbiótica, contradictoria  y adelgazada ha cimbrado las vivas estampas.

Queda un enorme reto por delante en insistir, persistir, resistir y nunca desistir.

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[1] Algunos de ellos son ex – pintores o pintores fracasados.

[2] He constatado también que en algunas páginas Web de pintores aparecen comentarios periodísticos del más bajo nivel, pero lo citan como un sostén de su “buena” pintura.

[3] En el Perú existe una palabra más adecuada, más genial,  el chamullo, ¡el palabreo sin fin y sin sentido!

[4] El que mucho habla, mucha yerra. Esta frase implica actitudes de mucha gente, dedicado a escribir estupideces.

[5] William Shakespeare.

 

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