CANTARES DE MUJER

 

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Cada treinta de diciembre

 

                No me había casado ni ante el juez, ni en una Iglesia.  Mi amor era de los corrientes, de aquellos que se enhebran con la vida y siguen pa´lante  nomá.  Desde que era una niña había soñado con hijos de todas maneras, agradeciendo a Dios y a la Vida por haber preñado mi vientre del primer hijo que abrió mis entrañas de par en par.  Ese treinta de diciembre, más o menos a las seis de la tarde estaba naciendo Javier.  Un parto difícil, pero me dio la satisfacción de ser madre por primera vez.  Y te fui haciendo grande, con ayuda de las estrellas rutilantes de nuestro cielo. Tus ojos, las estrellas que alumbran  mis noches, tu corazón la cajita de música, tus bracitos sostienen mis temores, trastabillos,  tu voz el aliento de mis gastados pulmones, el eco de  la razón y la ternura.

                Hoy caminas por el mundo, enredado en tus misterios y tentaciones, buscando la dicha y el bienestar no para vos, para los tuyos.  Se enciende tu existencia cuando haces feliz a cada uno de los que amas, aunque  guardes tus soledades y desdichas para rumiarlas en la soledad de los barcos y navíos que cruzan el océano de tu pequeño y anhelado  universo.  No es fácil construir palmo a palmo un universo propio, consiguiendo las circunstancias necesarias para los cimientos duraderos, la madrera de  fecundo roble, las ventanas por las que entre el color, la forma, los tamaños, las puertas que se abran para todos, el jardín con madreselvas y enredaderas que tiñan de verdes las faenas diarias.  La cama de los sueños para las realizaciones profundas, el agua que alimente los momentos.  Has dado a luz un hijo, al que amas más allá de tus fronteras.  Cuando lo miras es la emoción de mirarte en sus ojitos, en su rojito cabello, en sus pasos buscadores de tesoros…  Me conmueve y pienso ¿cuánto creciste mi niño, mi primer rayito de mi sol eterno?

 

 

                Gracias hijito por haberte hecho un hombre maravillosamente generoso y bueno.  Por haber sido el padre de tus hermanos menores, por haberles impregnado tu fe en la Vida a pesar de todas nuestras casualidades buenas y malas, asertivas o equivocadas.  Hoy te abrazo y bendigo desde este viejísimo corazón desgastado y roto.  Aún guardo tu primer aliento, al nacer, como infinito tesoro en mis entrañas.  Cada día me enseñas a mirar la vida como debe ser.

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