HOLOCAUSTO DE TUPAC AMARU

 

Ir a Presentación   Artículos de opinión

 

Robert Salazar Meza

 


Cajamarca, 18 de mayo de 2013

 

El 18 de mayo de 1781, la plaza mayor del Cuzco fue escenario de la ejecución de José Gabriel Condorcanqui, su familia y principales jefes de la revolución libertaria que marcó el hito más importante de la historia de la independencia nacional.

No se encuentra en todos los anales del barbarismo, escribió el historiador inglés Sir Clements Markham, un solo documento que iguale en bellaquería y feroz brutalidad a la sentencia que pronunció contra los Túpac Amaru el visitador español José de Areche.

La horrenda condena con todas sus atrocidades, fue llevada a cabo al pie de la letra: "Primero ahorcaron a Antonio Bastidas, hermano político del Inca, y a tres de sus capitanes; a los otros seis condenados, los metieron en unos sacos que se usaban para empacar el mate o yerba del Paraguay y los hicieron arrastrar de espaldas por caballos, hasta el centro de la plaza; a Francisco, tío del Inca, hombre de cerca de ochenta años, y a Hipólito Túpac Amaru, mozo de veinte, se les arrancó la lengua y se les aplicó la pena de garrote con un tornillo de hierro, el primero que se vio en el Cuzco.

En seguida se colocó a Micaela, la querida e idolatrada esposa del Inca, sobre el mismo patíbulo; se le cortó la lengua y en presencia de su torturado esposo, se le colocó el tornillo al cuello, con lo que sufrió horriblemente, por tener el pescuezo demasiado pequeño y el tornillo no ajustaba bien; viendo que de este modo no podían acabar de matarla, le echaron un lazo al cuello y jalaron fuertemente de él, dándole horribles puntapiés en el pecho y en el estómago, y de este modo pusieron fin a sus sufrimientos. El Inca subió en seguida al tabladillo, se le quitaron los grillos y esposas y se le arrancó la lengua; después se le tendió en el suelo, se le amarraron fuertemente las muñecas y los tobillos a las cinchas de cuatro caballos, haciéndolos partir simultáneamente en distintas direcciones. Cuando se levantó el cuerpo en el aire, Fernando, el hijo menor del Inca, niño de diez años a quien se le obligó a presenciar la inmolación, lanzó un grito desgarrador, grito que por muchos años repercutió en el corazón de todos los concurrentes, acrecentando su odio contra los opresores. Fue este grito la sentencia de muerte de la dominación española en la América del Sur. Pero aún no habían terminado estos horrores: los caballos no partieron en el mismo instante, de modo que al mutilado cuerpo le quedaron aún varios momentos de vida; por último, el cruel Areche, que presenciaba el sacrificio desde una ventana del antiguo colegio de los jesuitas, ordenó que le cortasen la cabeza. Al niño Fernando se le hizo pasar por debajo del tabladillo y se le condenó a cárcel perpetua".

Terminó así la vida terrena de Condorcanqui, más no su proyección, que es eterna. Pues como dijera en un momento sublime Alejandro Romualdo:

Querrán descuartizarlo, triturarlo mancharlo, pisotearlo, desalmarlo.

Querrán volarlo y no podrán volarlo.

Querrán romperlo y no podrán romperlo.

Querrán matarlo y no podrán matarlo.

 

Inicio


Ir a Presentación   Artículos de opinión