CANTARES DE MUJER

 

                                               LAS FLORES DE MI JARDÍN

 

Presentación    Cantares de Mujer

 

Socorro Barrantes Zurita

           

Mi madre cultivaba, religiosamente, un bello jardín y una huerta bendita, que nos dio los sabores más dulces de la infancia.  Allí aprendimos a conocer los colores, las formas, los nombres de plantas florales: margaritas, mirtos, dalias, lirios, violetas, manzanilla macho y hembra, verbenitas, begonias, hiedras, crisantemos, entre otras.   Habían unas flores blancas de las cuales, lamentablemente, nunca supimos el nombre; florecían solo en el mes de diciembre coincidiendo con la navidad, éstas adornaban el precioso nacimiento que mi madre creaba con amor sin fin, para tener contentas, a las dos hijitas de su corazón. Plantas aromáticas y de uso necesario: cedrón, perejil, yerba buena, paico, hinojo, llantén, ruda, diente de león etc.  Árboles frutales: manzanas deliciosas, nunca he vuelto a comer como aquellas, duraznos amarillos, blanquillos y unos enormes con sus pintas granates, higos blancos, de dulzura deshecha, poro poros, tunas, berenjenas, tomatillos… Malas y buenas hierbas como ishguín, culantrillos, matico, atago, la indomable pachalanga, crecían entre los choclos, enredando los chiclayos y las caiguas…  El ladrido de uno o dos perritos siempre nos entretuvo en sus caricias de garras y lamidos, así como varios gatitos y gatitas entrañables… Un pequeñito paraíso que se vislumbraba entre los dos jóvenes molles, que hoy están viejos como yo, tenemos parecida edad.

            La huerta y el jardín fueron olvidados a la muerte de mi madre.  No teníamos el don de hacer florecer y frutecer ese jardín del Edén.  Pasaron muchos años así.  Pasé por la militancia de izquierda, del feminismo, las luchas populares, los derechos de la mujer, el teatro, la radio con Cantares de Mujer, la promoción cultural y   mi amada profesión de maestra rural.  Hasta que los años se asentaron uno a uno y fui dejando mis huellas en aquellas luchas, olvidando el jardín del barrio San José.  Hoy vamos dejando la actividad visible, para ir enterciando los recuerdos, la jubilación, las cavilaciones y las defensas van bajando sin remedio.

 

 

             Así volví a descubrir la ternura de la madre tierra, paridora de cosas buenas y bonitas.  Era una maraña de selva, las malas hierbas se habían apoderado, crecían sin cuidados necesarios y semillaban sin descanso.  Fui acomodando a mi manera.  No quería un exquisito jardín, quería una huerta intentando parecerse a la que creó mi madre, así media embrujada de toda laya de especies.  La tierra estaba muy cansada, hasta el presente no hemos podido concretizar el rejuvenecerla, aromarla con tierra negra, fecunda.  Mi hermana que en un principio no hacía caso a lo que yo intentaba rehacer, ahora se ha metido de lleno.  Ella si quiere un exquisito trozo de florida tierra, bien cuidada, cada vez invierte más en ello.  Luego de algún tiempo, en este año de pandemia feroz, nuestro pequeño jardín nos ha dado alegrías inmensas.  Flores de variados colores: rosadas, lilas, moradas, blancas, azules, cremas, de rosado intenso, el pastel en las hortensias y una gama de verdes llenos de esperanza.  NO es una maravilla de jardín, solo un regalo increíble de la naturaleza.  El Niño Dios se ha vestido de tornados colores, mira por la puertecita como cada día un color y un trino de los pajaritos lo saluda y le da la bienvenida en su nacimiento.

Gracias a la vida que nos ha dado tanto: nuestros padres, hijos, nietecitos, estas flores galanas.   Gracias Divino Niño por haber florecido en nuestro trocito de paraíso. Amén ¡Aleluya!

Cajamarca, 27 de diciembre 2020.

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