CANTARES DE MUJER

 

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                        Cuando una amiga se va…

 

                                                                                                                                      “ Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego.                                                                       Pero  creo que mi soledad debería tener alas”

 

 

 

                Se ha ido en la configuración del viento, en la nube,  en  las estrellas, bajo el sol anochecido  de un día lunes.  Minutos cuadrados.   Sentir el canto de la madrugada,  la dulzura de  hijos habitando los costados eternos, la fuente,  vaciando el agua, el corazón en  calma.  ¡Silencio!  Barca,  donde mejor navega la soledad de los huesos,  de los húmeros gastados sin tregua en la hendidura de los días, con sus noches a cuestas. Varas redondas destilando la sabia de ilusiones bajo el césped, descansan  las esperanzas perdidas.

 

 

                Brota, sin embargo,  el jardín de su risa, derramando  recuerdos,  nomeolvides rosas, jazmines violetas, abrazos celestes.  Olores fragantes.  Reconstruiremos la mañana  en el relámpago del cariño, reflejando su imagen en las entrañas de la tierra, madre de todos los hombres y de las mujeres,   amontonando sus besos en  ríos recientes.  Pulsará la tranquila mirada de sus ojos,  en las constelaciones, en  la circunferencia del cielo.

                La  pensaremos en esta Patria donde  nació, caminaremos por sus calles siempre limpias, por sus ajetreos de madre   rompiendo el centro de la tristeza, corriendo silenciosa por el andar de los suyos, por las travesuras de nietos creciendo.  Su cuerpo fluye tranquillo, vestido con sencillez, mientras el viento canta el vals del adiós.  La sentiremos,  en  la pupila quemante,  en  la ternura explícita, en la  ribera  de su voz, llamando al almuerzo exquisito,  preparado de sus luces y sombras, servido  en la mesa donde el nieto ríe  la canción que vos le enseñaste en primavera.  La  sentiremos en el batir de  alas de picaflores y retamas, en la blancura de la margarita,  en el sol de su centro. Deja que  lloremos tu partida, que nuestras lágrimas fermenten los juegos de niñas, deja que la pelotita  fulgure en  yases,  estrellitas en  bóvedas  de fuego.

                Permítenos prender las luces amarillas,  ardiendo,  en  racimos encendidos en  las clases de Fátima, donde aprendimos a querernos, bajo la raíz cuadrada del universo, descubriendo planetas, bajo  la lumbre del Sagrario, donde ardía un Dios de Misericordia que todo lo comprende, que todo lo perdona, que todo lo vuelve agua bendita.  Un trozo más de cielo, en la  luz parpadeante  de la lluvia, enterrando  la semilla que ha de volver para enero, tal vez para el  17,  cuando se plantó  el árbol precioso de su existencia.

 

 

                               La pena,  aullido sin fuerza,   perdiéndose  en  este adiós. ..  Cuando una amiga se va…  así de repente, sin avisar,   para tender los  manteles  brillantes, esos que bordabas en las tardes de luna, en las noches de  insomnio.  Aun no sabemos bien cómo vamos a recordarte, cómo vamos a tejer el encuentro con tus manitas entrelazadas en las rocas del tiempo, en la fugacidad de la  corriente.  Se ha vestido de cenizas el barrio donde nacimos.  La vieja pared donde trepábamos para alcanzar los higos   dulzurando nuestra adolescencia, cuando aún no presentíamos tu partida, rodando por la cuesta, subiendo por la montaña para apostar quien cogía el primer lucero de la noche.

 

 

                Son nuestras voces cantando  los Iracundos, Leo Dan,  los Beatles,   en esa canción maravillosa “Imagina”.   Imaginemos que no te has ido por siempre,  sólo viajaste para sorprendernos,   volverás  para confundirnos en  abrazo que rompa las horas y el silencio.

               
 

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