CANTARES DE MUJER

 

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Capulí, Vallejo y su Tierra

                Subir a Santiago de Chuco, ascender más cerquita del cielo,  tomar un puñado de nubes,  extenderlas por las paredes más hondas del alma, es tomar un bus donde no sólo se mezclan todas las sangres, sino también  las javas de animales y frutas que se llevan y traen de Santiago.  Apretaditos vamos yendo a la tierra de César Vallejo.  Es como  salirse de este mundo para llegar a ese otro,  donde la imaginación se desparrama como las nubes blanquísimas o turbias en la oquedad de la lluvia.  Es ir todo el camino  saboreando lo  humano, tierno, inacabable de Vallejo.  Abrazarlo  por la espalda  en el trote solitario en  caballo blanco o negro, subiendo o bajando de su tierra.

 

                Es hallarlo a la entrada de  Quiruvilca, tomando un anís caliente, mientras recoge la tempestad de los mineros atropellados en el socavón.  Es ir comprendiendo la intensidad de sus versos al sabor de un río verde, que  serpentea contaminado por los relaves, es mirarlo en el espejo de la laguna donde peina sus cabellos, mientras escribe el dolor que crece a cada rato. Escuchar la soledad del ichu que se pierde entre las piedras altas, es preguntarle por la enfermedad de Dios que no acaba de curar, por su llanto desparramado en puquiales que se ausentan de la vida y se mueren de sed.

 

                Llegar hasta él.  Esperándonos  a  la entrada de Santiago de Chuco, con el sombrero inseparable entre las manos,  los  zapatos roídos por el tiempo, el abrigo de París, abrigando la esperanza de ir haciendo  lo tanto que hay qué hacer.  Con la cabeza baja nos recibe en la infinitud de sus ojos negros.  Rambarlo  de su verso y bajar  hasta su casa donde nació y se fue haciendo grande.  Beberlo despacito en las soledades del patio empedrado. Saborear el capulí en su fruto de imaginación perpetua, de nieve en la intensidad del invierno.  Calentar nuestro frío en la cocina aún humeante de aquellos días donde  empezó a delinear el paraíso de su obra.  Escuchar su canto quedito en su cama doblada  en una sala.  Abrir las maletas  enmohecidas de espera y leerlo  hasta cansarnos. Lavarnos después en ese lavabo que aún sostiene el agua bendita  de su corazón, limpiando nuestra tristeza en la suya.  Contarle del verso que sale a la deriva, que no cuaja, que se pierde y pedirle que nos ilumine su luz eterna.

 

                Sentarnos en el poyo de la casa, sobre las gallinas que siguen ovando la comunión del hombre y de la mujer.  Un día reventarán los polluelos y andarán  con fe por el patio del mundo, piando un ¡ay Jesús! para acurrucarse luego en el regazo de la madre que no muere y resucita a cada rato al son de los pallos.  Subir las escaleras para hallarlo sentado en su cuarto, pensando en cómo seguir escribiendo desde la nueva pléyade de escritores jóvenes y viejos que besan el muro de su casa.

 

                Visitar el cementerio donde se han enterrado los recuerdos, donde reposan los restos mortales de sus padres, en aquél cementerio donde se desperdigaban los huesos de los muertos, entreverándose los húmeros y las falanges de su historia común y particular.  Desde lo alto de esa colina brillan las cruces como estrellas,  chirriando  reminiscencias  cada tumba.  Dicen que salen por las noches los poetas, alrededor de la réplica en Santiago,  de la tumba de Vallejo en París.   Se escuchan risas,  recitaciones de las más diversas y entonces el cielo se confunde con la tierra.   Al día siguiente un ejército de flores amarillas cubre la entrada de las sepulturas.  Vuelve la quietud,  la calma y Dios recoge los restos de la noche.

 

                Vallejo toma de la mano a Georgett, señalando  con el dedo el centro exacto  de sus versos,  escritos, de su obra fabulosa.  Ríe,  lo vuelve a amar en la juntura de las quebradas, en la juntura exquisita de su espina dorsal.

 

                Gracias al XIV Encuentro “Capulí Vallejo y su Tierra”  hemos  podido cumplir el sueño de caminar,  tomar el agua bendita de la casa de Vallejo.  Hoy restaurada preciosamente y sueño, el sueño imposible de ver reconstruida así, la casa de nuestro héroe Toribio Casanova.

¡Ay hermano Vallejo, si nos hicieras el milagro de que el señor alcalde piense un ratito, en invertir en la cultura!   Es casi imposible, verdad?

               

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