Día del Padre

 

 

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CANTARES DE MUJER

MI PADRE Y LAS TARDES DE SOL

Socorro Barrantes.          

            Cuando arriba la tarde, a eso de las cuatro, el sol en la banquita de vieja madera, deja entrar suavecito el calor…  Ese era mi padre.  Entraba suavemente a nuestras vidas, quedaba en silencio, compartiendo la fugacidad del viento que oleaba despidiendo el día, que raudo culmina con los eres y venires de las horas cotidianas.  Mi padre era como ese sol…  bastante   mayor, cuando preñó el universo de mi madre, quien no podía vivir sin aquella luz que le despertara todos los deseos de los más recónditos rincones de su cuerpo vibrante.  No era precisamente una mujer bella, pero, era de fuego y ternura.  Desde que mi padre la conociera llevando su juicio de divorcio, no la dejó hasta enterrar su existencia un día nefasto de febrero.  Y entonces se dedicó íntegramente a ser nuestro padre.

 

 

             Padre que creía firmemente en la libertad de los hijos, para que ellos y ellas decidieran su modo de vida.  Era ese vigilante silencioso, que desdobla los muros para estar atento hacia la incertidumbre o miedos de cada uno y entonces es cuando amerita dar su opinión sabia, certera, prudente, enrumbando el caudal del río desbocado.  Nos acurrucábamos bajo el pañolón que abrigaba su ancianidad friolenta.  Ese frío que va arrugando venas, piel, uñas, cubriendo de tul ojos, oídos, cabello. Le gustaba conversar largamente, Cecilia le contaba muchas novedades, yo callaba, tomaba su manita, de venas hinchadas, entre las mías, sin imaginar que un día así se volverían estas mis manitos.  Y entonces comprendo la intensidad del frío y del miedo a la noche.

            Su refugio, los innumerables libros desperdigados en su Escritorio, así se llamaba su madriguera, abarrotada de cosas, papeles, recuerdos, amoríos, tarjetas de invitaciones a bailes, comidas, banquetes, celebraciones, bautizos… Desorden aparente, en su orden que él manejaba con habilidad y paciencia.  En la mesa del escritorio no faltaban: la pluma verde con el tintero a cuestas, el bicolor para subrayar noticias, avisos, precios.   Allí los partes de defunción en cuyas partes blancas escribía resúmenes de libros, edictos, leyes, fechas, natalicios, cuentas de bancos, de préstamos.  Le gustaba prestar dinero cuando su sueldo ya se había esfumado y faltaba pagar deudas contraídas que no podía fallar.

 

 

            Sus periódicos, El Comercio, la Prensa, Expreso.  De Cajamarca, Época, Extra y otros que ya no recuerdo.  No dejaba de leer un día las noticias o escucharlas en su antiguo radio Philips, que hasta ahora conservo.  Reposando en él, la imagen de la Virgencita del Perpetuo Socorro a cuya devoción mi madre, me entregó.  Acompaña mi soledad, me socorre tantas veces cuando me abruman las penas, los avatares, los remordimientos de no ser la madre que mis frutos merecen, pues árbol torcido crecí.

            Hoy que ha salido el sol, las cuatro de la tarde, repica la remembranza de mi padre Sol, me siento sola en la vieja silla, cubro con un poncho luido el tiempo, tomo las manitas de mi padre y leo los Heraldos Negros, que él me leyera cuando aún César Vallejo ululaba en su Escritorio eterno.

Cajamarca, 23 de junio de 2021.

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