CANTARES DE MUJER

 

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El adiós escrito en la calle, en la puerta del hospital, en la moto taxi…

 

Socorro Barrantes Zurita.

 

         Buenos días padre Augusto, en el lugar donde descansas en esa otra laya de vida, en ese otro canto del río.  Un día cerraste los ojos, partiste a ese mar eterno, profundo, desconocido.  Pero nos llegas siempre con esa ternura tan tuya.  Me vuelves a sentar a tu lado y leemos los dos hasta que el amanecer nos despierta.  Eres el amado padre al que nunca se olvida.

         Hoy quiero despedir a los padres que mueren cada día con este virus mortal, despiadado, insensible.  Miles de hijos han quedado huérfanos, rumiando suplicantes desde la puerta de un hospital donde ha quedado el padre prisionero de la asfixia, el ahogo, el olvido, la impotencia, la soledad; sin nadie que tome sus manos entre las suyas para el adiós postrero.

 

 

Una bolsa negra, o del color de la muerte, mal guarda la historia de una vida.  El dolor gotea. Una mancha gris indeleble el corazón de los hijos…  no pudieron hacer nada contra la muerte.  Veloz el cortejo de diez, quince cadáveres.  En el transcurso del día y la noche dejaron de palpitar 120, 190, 220 personas.  Ya no hay lágrimas en el alma de los deudos, sólo esa ponzoña que hiere sin remedio. Ya ni un foco en la puerta de la casa muerta de desolación, de miedo, pobreza.  La mesa vacía de pan y de cariño. ¿A quién abrazar en este Día del Padre?  Se han roto los cristales de la suerte, echada la baraja en sombras.  Se han ido de repente los sueños, los proyectos de un hacer nuevo.  Se ha ido el padre cumpliendo el deber de curar, de cuidar, de limpiar, de socorrer.  ¿Cuándo lo veremos regresar después de la misión cumplida?

Colgado el saco, la camisa, el pantalón nuevo para celebrar el día, con la familia, los amigos, con los nietecitos de su corazón.  La comida exquisita sabe hoy a amargura, a pena honda, a manzana mordida por la desolación.  Ya no se encantarán sus ojos en los ojos de la mujer amada, de los hijos felices cumpliendo su destino.  ¿Qué destino queda después de tanto cadáver tendido a la vera de la calle, sin que nadie le de los santos oleos del amor?  ¿Qué destino frente al cadáver confundido, con un nombre que no era el de él? ¿A quién llorar, a quién sufrir, a quién despedir en la final hora?  No habíamos sabido de esta purga hace cien años. Esa corona olvidada en el tiempo y la civilización, es la misma desde hace un siglo, cuando igual que hoy, la muerte hizo de las suyas sin que nadie pudiese parar esta desgracia.

         ¡Padre nuestro que estás en los cielos! ¿podrás escuchar el grito desgarrador de esta pesadumbre colectiva que hiere los oídos del viento y de la tierra?  La esperanza encerrada en la bolsa negra que se entierra cada día con una vida menos.  El sol ya no calienta el frío del adiós.  Se cierne el pesar por las rendijas, ya sólo nos queda el dolor entre las manos. ¡Ay dolor, cómo dueles!

 

 

         Padres que se fueron sin volver con esta epidemia, los recordaremos por siempre.  Vuestra vida no ha terminado de escribirse, la escribirán los hijos, los nietos, cubrirán ese recuerdo con las flores que no pudieron florecer, con las velas encendidas que fueron apagadas por el infortunio, la carroza irá con la música eterna de vuestra vida, que queda entre nosotros.

 

Cajamarca, 23 de junio de 2020.

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