Día del Padre

 

 

Presentación    Saludos y comentarios

 

Así era mi padre

Antonio Goicochea Cruzado

 

Hoy los sampablinos recibirán una sorpresa digna de los carnavales. Decía el Francisco, caporal de los arrieros que venían de Canchán.

La piara de veinte burros, cargados de tongos de chancaca llegó al atardecer. Una densa neblina que cubría las calles anunciaba un carnaval abundante en aguas. Los arrieros pidieron posada en la casa de don Arístides Alfaro, amigo de don Alonso.

Despertaba San Pablo, después de una noche de lluvia persistente. Las acequias, que por la calle Lima y la 13 de Julio cortaban las calles en dos, llevaban rumorosas aguas turbias, rumores que rivalizaban con los de las tempraneras sampablinas que acudían al horno de don Fulgencio para comprar el pan para el desayuno -¿ha recibíu el tongo de chancaca que repartió Ño Alonso? –Si comadrita, yo sabía que cuando se emborrachaba daba propina a los mocosos, pero hoy que liabrá pasau, bien por nosotros y bien por él, que le vaya mejor… y ojalá lo complete con las yuquitas pal sancocho.

Los arrieros se habían dividido el pueblo por manzanas para hacer un reparto equitativo.

–Ño Alonso les manda esta chancaquita pa´ su chichita del carnaval, decían al dueño o dueña de casa dejándoles un tongo, y con las mismas pasaban a otra casa para repetir el encargo.

San Pablo, coparticiparía de su venganza. Dos años de arduo trabajo y el hacendado no quería cancelarle el sueldo pactado. Claro que había sido partícipe de la abundante mesa y de los finos tragos. Pero el sueldo es el sueldo. Se acordó del dicho de su padre: No te amilanes hijo, no dejes que te pisen el poncho, y el regalar la chancaca en su pueblo natal era la mejor de sus venganzas y muestra de orgullo.

Ya sin chancaca, los arrieros, animosos por el buen desayuno recibido del posadero y por las copitas de cañazo entre pecho y espalda, emprendieron retorno rumbo a Canchán. En La Capellanía, hicieron un alto para comprar aguardiente. Llegaron a la hora del almuerzo

-Buenas días Patrón Rafael, aquístamos, cumplimos con el encargo que Ño Alonso nos dio. Él se jué por La Meseta, disquiaver a una muchacha que la quiere pa su mujer. Después sirá pa San Miguel a ver a su mamita. Dijo Sebastián, el guía de los arrieros.

-¿Y la plata de la venta?, requirió inquieto el hacendado.

-No hay plata, Ño Alonso dijo que regalemos la chancaca, en todito San Pablo.

-¡Carajo, muy buena me ha hecho ese jovencito de mierda! y chasqueando el fuete en la caña de la bota, se retiró a su despacho a rumiar su frustración. Tiró el sombrero de palma en una silla, colocó un disco en la vitrola, le dio manizuela, prendió un cigarrillo y se puso a cavilar…

Cuando se desató la peste bubónica en esta hacienda y los sanitarios de Trujillo se cagaban de miedo de ser contagiados, este jovencito rebelde, organizó las brigadas de desinfección y adiestró a los alpartidarios más valientes para que con mochila a las espaldas fumigaran las chozas. Fue él quien ordenó hacer una fosa común para los muertos y otra para los cuyes, que requisó de cada una de las casas y él mismo con el lanzallamas de los trujillanos quemó vivos a los roedores y con ellos a las pulgas; y, gracias a estas medidas se pudo controlar la peste.

Y el serpentín de Arquímedes para una pronta y uniforme tostada de la alverja para el pepián fue idea suya; y eso nos permitió abastecer de manera oportuna de harina de alverja a Quindén, Yamas, La Mascota y Tauliz.

Es el que con ojo de experto dispone el inicio del corte de la caña para obtener el máximo rendimiento de chancaca o aguardiente, ni muy temprana, que no tenga cuerpo, ni muy tardía, que se haya secado demasiado y el jugo sea escaso.

Fue el que en la plaga de loros que estaba acabando con el maíz, hizo que alrededor de las mazorcas colocaron lana escarmenada y los dañinos quedaron atrapados enredados en la lana, fue tan abundante la caza que al llevarlos y venderlos en Trujillo, tuvimos una ganancia que bien reparó el daño de los loros.

Fue el que cuando tuvimos una cosecha tan generosa de yuca y ésta se estaba pudriendo, que premunido de clavo y martillo hizo de cilindros unos ralladores con los que se las desmenuzó, y tuvimos almidón que después vendimos a buen precio.

Que fue él quien salvó de morir al semental Brown Swiss adquirido de Lima, a precio elevadísimo, para mejorar la sangre del ganado, que se había empanzado al comer yerbas malas que le produjeron gases y patas arriba estaba muriéndose; y, que ni los más entendidos del lugar podían hacer nada, sin embargo Alonso sacando su cuchilla marca Toro, extendió el trocar y un carrizo puntiagudo, perforándole la ingle hizo que los gases salieran por los aires junto con bazofia, que por mi curiosidad para ver cómo lo hacía, me cubrió la cara. Pero estaba feliz porque el toro se levantó, retozo en la era y empezó a caminar.

Era el que con su carabina 30-30 mataba los venados que luego los cocineros cecinaban para las encomiendas que eran enviadas a los familiares de Pacasmayo, Trujillo y Lima.

Era el que se enfrentó al embozado asaltacaminos que, pistola en mano, en las alturas de Condorcuna, camino a La Mascota, pretendió agredirme; Alonso lo reconoció por la montura y el arnés de su cabalgadura, y a viva voz le increpó: ¡Artemio, como te atreves, carajo!, y, al retroceder el asaltante, fue él el que inició su persecución, pero se quedó plantado al pedirle que no lo hiciera porque temía quedarme solo. -Otro día lo harás, por hoy, quiero que me dejes en la Estación de Terlén para viajar, seguro, en vagón hasta Pacasmayo, le dije con un temor que me estaba calando hasta los huesos.

Hice mal en negarle el pago que bien lo merecía. Estoy convencido que su ayuda en la administración de la hacienda es valiosa, que bien vale la pena seguir contando con sus servicios. Le pagaré lo que le debo, le perdonaré este desliz propio de su juventud y de su rebeldía… De la vitrola, ya sólo salía un chasquido que se repetía a cada vuelta del disco.

Su orgullo le impedía llamar al jovenzuelo.

Pasó una quincena, la hacienda evidenció falencias en la administración directa por el dueño, el que impelido por las circunstancias dio su brazo a torcer.

Don Rafael llamó a Sebastián, le dio dinero y la carta de puño y letra suyos, decía:

Canchán, 10 de febrero del Año del Señor de 1940

Estimado jovencito don Alonso Goyeneche Oliva.

San Miguel.

Con Sebastián estoy remitiendo el pago de los dos años de tu sueldo que los tenía atrasados. Lo que has mandado a hacer con la chancaca en San Pablo quedará para mí en el olvido, necesito seguir contando con tus servicios.

Espero de ti una respuesta pronta y positiva.

Atentamente;

Rafael Castro Mendívil.

Dinero y carta que debes entregar a Alonso Goyeneche. Sebastián, con premura, cumplió el encargo.

Cuando Alfonso terminó de leer la carta, dijo al arriero: “Bien que se lo merecía, volveré al trabajo y que otra vez no vuelva a incumplir sus compromisos”.

Cajamarca, 20 de junio de 2021.

Inicio


  Ir a Presentación    Saludos y comentarios