6 de julio: Día del maestro.

 

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COMPAÑERO INSEPARABLE DE MIS PRIMERAS LETRAS*

Por: Luis Urteaga Cabrera

Mi primera escuela constituía una especie de puerta entre la vida del campo y la ciudad, que había que atravesar obligatoriamente. Consistía en una sola aula, pequeña, en casa del profesor, lo que nos obligaba a compartir su vida cotidiana. Hablo de un pueblo de la sierra perdido en el mapa, allí por los años cuarenta.

El nombre del profesor se ha borrado de mi memoria. En cambio recuerdo que era un trujillano versado en latín, adorador como pocos del pasado señorial. Aparte de enseñarnos a leer y escribir, su empeño mayor consistía en civilizar a esa "tropilla de campesinos chúcaros", como solía llamarnos. Sin embargo su sueldo era tan exiguo que apenas le permitía vivir modestamente. Y se veía obligado a alternar la docencia con el negocio de leña que le proporcionábamos los alumnos en pago de sus desvelos.

La leña era de eucalipto y su fragancia penetraba al salón de clase. Se amontonaba en el patio a la vista del salón, debajo de los cordeles de ropa tendida del profesor, junto a unos cuantos patos y un burro. Cuando no estaba trabajando, el burro permanecía amarrado a una estaca, mirando con interés lo que ocurría en el salón. Pero a veces se soltaba y llegaba hasta nosotros. Y era el alumno más atento a las enseñanzas del profesor, con lo cual describía su vocación intelectual.

Muy pocos sabíamos apreciar su importancia. Pero era indudable que la escuela dependía de él. Además de complementar las necesidades económicas del profesor, la venta de la leña servía para comprar tizas, cuadernos, lápices y otros útiles escolares que se repartían entre los alumnos.

El alumno que no supiera repetir algún pasaje de la mitología griega y latina, se hacía acreedor a cargar de leña al burro, conducirlo por las calles del pueblo y ofrecerla a grito pelado a los posibles compradores. Todos los alumnos odiaban esta tarea debido al inmerecido desprestigio social de que gozaba el burro. Yo lo amaba. Y debido a mi aversión incurable por el latín y los guerreros griegos, era su acompañante más frecuente por las calles del pueblo y las caminatas eran una especie de celebración. Imaginaba a mi amigo provisto de alas, como el caballo de la mitología griega, repartiendo leña por el mundo entero.

Lo atendía, le daba su comida, lo bañaba en la acequia, le quitaba los parásitos de las orejas, le curaba las heridas ocasionadas por la leña, conversaba con él de mis angustias y alegrías de niño, de mi desadaptación y desarraigo. Su rebuzno, que matizaba las ensoñaciones del profesor, era, a despecho de sus injustos detractores, una lección permanente de canto. Sí, un poderoso canto de protesta, que indignaba al profesor, contra la domesticación y las humillaciones inferidas a su especie; entre la cual, con seguridad, nos consideraba a los estudiantes, petrificados y mudos en nuestros asientos mientras el profesor pontificaba. Al margen de sus atributos artísticos intelectuales, el burro significaba para mí la libertad perdida, ahora lo sé.

Lo admiraba y lo compadecía. En su mirada fraternal sabía encontrar las corrientes del viento y del agua, el vuelo de los pájaros que discurren libres por el mundo. Y, sin proponérselo, se convirtió en el símbolo de mi temprana resistencia a la arbitrariedad. Pero tengo que reconocer que su incurable afición por las burras hizo peligrar muchas veces el negocio de la leña. Cuando ya supimos leer y escribir, quedamos aptos para la Escuela Fiscal. Para mí significó un acontecimiento muy penoso y sentí una gran tristeza al abandonar a ese compañero de mis primeras letras y mis primeros pensamientos. Y en los demás Centros de Estudio que he recorrido, que no han sido muchos, jamás encontré un compañero tan generoso y discreto, tan irreverente y solidario, cómplice mío en aquel vano intento del profesor por hacerme un civilizado a la manera grecolatina. Sirvan estas remembranzas como un reconocimiento tardío a su gran humanidad. Y sean frescas el agua y la hierba que disfruta en las praderas del más allá, sin estaca, corriendo detrás de sus sueños y de las burras, libre ya de la leña y el latín.

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Luis Urteaga Cabrera (Cajamarca, 1940). Narrador e investigador. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Nacional de Cuento en 1968, la Bienal de Novela José María Arguedas en 1972 y el Premio Casa de la Literatura Peruana en 2017. Ha publicado, entre otros, los libros ‘Los hijos del orden’ (1973), ‘El universo sagrado’ (1991), ‘El arco y la flecha’ (1996), ‘El otorongo y el oso hormiguero y otras fábulas de la Amazonía’ (1992) y ‘La tortuga y el otorongo negro y otras fábulas de la Amazonía’ (1996).

*Tomado de: 'Los escritores en la escuela: memorias escolares urbanas y rurales'. Edición de Julio Dagnino (2019, Lima, CasLit, 2da Ed., pp 107-110). Publicado originalmente en la revista ‘Autoeducación’ N° 36. Lima: diciembre de 1992, p. 37.

Fotos: DSM/ Premiación de LUC en Casa de la Literatura Peruana

 

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