
FRANSILES GALLARDO
ENTRE DOS
FUEGOS
historias
DE INGENIEROS
A los Ingenieros del mundo
constructores de sueños
A los
anónimos ingenieros
con quienes una noche de
tránsito
en una cantina de
Paucartambo
ebrios de dolor y emoción
compartimos estas
historias y otras tantas
que la memoria en letras
aún no puede traducir
PRESENTACIÓN
Fransiles Gallardo escribe, escribe bien y
es ingeniero.
Tradicionalmente, los ingenieros han sido
los primeros en llegar a cualquier lugar, para iniciar el desarrollo y están presentes
en medio de salvajes conflictos, con la finalidad de resolver el mantenimiento
de infraestructuras indispensables de los pueblos y Entre Dos Fuegos, Historias
de Ingenieros se patentiza la presencia, la autoridad y el sacrificio del
ingeniero; aún en situaciones de extrema violencia.
Quizás solo los misioneros católicos
hicieron lo mismo, aunque el propósito era muy distinto. Unos y otros buscaban
construir. A diferencia de las fuerzas militares que ganan sus combates,
destruyendo.
Una simple mirada al pasado, muestra
civilizaciones ingenieras; mientras otras lo fueron de tipo filosófico y con
una fuerte relación con el destino común de todos, que es la muerte.
Los sumerios, posesionarios
de la zona mesopotámica entre los ríos Tigris y Eúfrates, fueron los primeros ingenieros y se destacaron
por sus obras de irrigación; los romanos usaron el conocimiento acumulado por
los egipcios y los griegos para la construcción de caminos y el aprovechamiento
máximo del agua con fines urbanos.
Los incas, con los precedentes de Huari,
Tiahuanaco, Chimú, Mochica y Nazca –sin influencia extranjera alguna- crearon
caminos, irrigaciones y ciudades extraordinarias e inéditas, que aún seguimos
descubriendo con asombro.
Pero los ingenieros guardaron silencio, como
si esto fuera connatural a su trabajo. No escribieron lo que hicieron. Grave
error. Mientras los arquitectos, dependientes de los ingenieros para hacer sus
obras; dejaron escritos que se usan en su educación y formación profesional.
Los ingenieros, en cambio, dejaron poco o nada que relatara su quehacer y sus
avatares.
Es por ello que los escritos del ingeniero
Fransiles Gallardo son no solo importantes, sino vitales: Él abre un camino a
las futuras generaciones de ingenieros.
Por ello y para él, mi admiración y
reconocimiento.
Ing. Héctor Gallegos Vargas
Decano Nacional
Colegio de Ingenieros del Perú
ENTRE DOS FUEGOS
Desde la
loma del cerro Carachi, se divisan los colorados
tejados de las casas de Huancaspata y el morado de
los papales de marzo, presagian buenas cosechas.
Nos asombra
la soledad del pueblo y un estremecimiento de angustia, nos escarapela el cuerpo.
A la
carrera bajamos el zigzageante camino, que nos lleva
a la entrada principal del pueblo y de allí, a la vieja plaza de armas con su
glorieta de madera y teja en el centro.
Un perro
lanudo, nos recibe ladrando.
En la
esquina de la iglesia de una sola torre, curpada y
tapada con su chal negro de lana, está doña Asencia Limache, han
matau mijo llorando sin lágrimas han malograu mi
hija jalándose los pelos.
Su voz es
un lamento sin tiempo ni medida. Un aullido en medio de la soledad.
El sol se
oculta por el abra que da a Santiago de Challas,
pintando de grises y granates los campos y tejados.
Don
Almanzor Chihuala con el dolor reflejado en el surco
de sus arrugas, que convierten sus cuarenta y cinco años en un anciano de
setenta, nos recibe lloroso en la puerta de la antigua casa de adobe pintada con calcita blanca que hemos
alquilado como vivienda y depósito, donde se guardan los materiales de
construcción para el canal que estamos construyendo y que regarán las fértiles
laderas y pampas comunales de las alturas del río Grande, afluente del Huacrachuco, que deposita sus aguas en el Marañón.
-Desgracia papay ingiñero- dice sacándose el sombrero.
Agarrando
sus dos manos al cielo, se hinca de rodillas delante de mí.
–Desgracia ingiñero,
desgracia- balbucea, abrazándose de mis canillas.
Palmeándole
el hombro, le pido que se pare y me cuente la tragedia.
-Belisario- le digo a mi maestro de obra -tráeme
una botella de alcohol rebajado, que tengo debajo de mi cama.
A pico me
tomo un buen trago y don Almanzor, también.
La noche
del miércoles y disparando ráfagas de metralleta una veintena de senderistas
han llegado al pueblo, dinamitando el local comunal. Lanzando vivas y disparos
reunieron a los comuneros al costado de la glorieta y luego de sus arengas a la
lucha armada, realizaron el temido juicio popular.
Han azotado públicamente con
cincuenta vergazos a Lorenzo Mendoza por ser un mal ejemplo para la comunidad, al
convivir con dos mujeres a la vez y
luego preguntaron por Catalino Anchucaja,
el perro, cochino soplón de la revolución,
y como nadie en el pueblo sabe de él, desde hace algún tiempo haciendo arrodillar han degollao
como corderito, cacau,
su pezquecito, han cortao, ingiñero
a Cipriano, su hermano menor de solo trece años para escarmiento y para que sepan que así mueren los soplones y
traidores de la revolución.
Luego de
pedir cupos de guerra en las tiendas
de don Eufrasio y ño Josefo Perales para el sustento de la lucha armada se
han marchado cantando y vivando, llevándose al Casimiro Varas y a su primo
Sebastián para enrolarlos en sus filas.
Atravesando
la quebrada chica, se perdieron por las alturas del cerro Piscupichu.
Anoche, velando el cuerpito del Cipriano hamos estao y sin aviso ni
nada ha llegado un destacamento de sinchis, con
fusiles y pasamontañas, siguiendo a la columna de sendero ni lástima del muertito luan tenido a
patadas y culatazos han roto las puertas de las casas, sacando a rastras a la
gente del pueblo, los han amontonado en un costado de la glorieta mudo testigo de nuestro sufrimiento, ingiñero.
-¡Aquí estuvo sendero y no nos avisaron,
carajo!- grita una voz ronca, tras el pasamontañas -indios de mierda, ustedes son senderistas; les dan de comer, los
protegen y los esconden; deberíamos matarlos a todos, por haraganes, ignorantes
y traidores a la patria; comunistas seguros son!-
dice escupiendo al suelo.
-Como pues comunicamos con ostidis, jificito- ha dicho
don Almanzor Chihuala,
teniente gobernador de Huancaspata -dos días de camino hay
hasta Challas y carru nuay pa Tayabamba,
jificito- explica.
Un culatazo
en la barriga, lo ha hecho encogerse y un puntapié en las posaderas lo ha hecho tragar la tierra de su propia
tierra.
-¿Donde está el soplón del Catalino
Anchucaja?- pregunta amenazador, rastrillando su
arma de reglamento.
Silencio.
Nadie sabe
nada de su paradero; lo único que se conoce, es que hace
más de dos
meses voy hacer compritas a Sihuas,
pronto vengo
desapareciendo, sin dejar
rastro alguno.
En su frustración por no llevar
vivo o muerto a Catalino Anchucaja;
cinco policías, arrastrándola de los pelos, han violado a Clementina de tan
solo doce años delante de su hermanito
muertito, ingiñero, llevándose a Vicente Túpac y Leonidas Huamán, por
sospecha de apoyo a los terrucos ni miedo al muertito luan tenido ingiñero.
Luego de
pedir donativos plata queremos, gallinas
queremos, artefactos queremos diciendo para
recompensar a las fuerzas policiales que luchan contra la subversión y la
violencia senderista han dicho.
Atravesando
la quebrada chica, se han perdido por las alturas del cerro Piscupichu.
-¡Desgracia papay, ingiñero- dicen los
ojos secos de don Almanzor Chihuala, con un dolor sin
nombre -¡Desgracia ingiñero,
desgracia!- repite.
En la
esquina de la iglesia de una sola torre, curpada y
tapada con su chal negro de lana, está doña Asencia Limache han
matau mijo llorando sin lágrimas han malograu mi
hija jalándose los pelos.
Su voz es
un lamento, sin tiempo ni medida.
Un aullido,
en medio de la soledad.
HERMOSURA
-Está trabajando en una zona roja, ingeniero-
nos dice el capitán Rueda, que a fuerza de vernos pasar por su garita todas las
semanas; se ha convertido en nuestro amigo.
-Es la chamba capitán- contestamos,
mientras bebemos una taza de café pasadito, en el restaurante contiguo a la
comisaría.
-Pero debería protegerse, recuerde que la
confianza mató a Palomino.
-Si estoy pedido por los tucos, los cumpas o
los sinchis; ni el chapulín colorado, ni María
Santísima con todo su poder, podrán salvarme- digo irónico.
-Hay que morir matando, ingeniero.
-Me enseñaron a construir, no ha destruir ni
matar, capitán.
-No
lo tome a mal ingeniero; solo lo decía por su seguridad- dice
riendo– de
todas formas permítame presentarle a esta
hermosura, que se portará como una gata en celo y lo defenderá, cuando la
situación lo requiera.
La miramos,
es una belleza murmura a mi costado Joelito Ramírez, el chofer de la camioneta. La contemplo,
sorprendido.
-¿No es una hermosura, ingeniero?.
- Con mayor razón, capitán; primero me matan y
después me la quitan.
- No sabe lo que se pierde, ingeniero-
dice levantándose de la mesa,
ajustando los
correajes sobre su hombro y la axila izquierda.
Taconeando
sus borceguíes se marcha rumbo a su destacamento, llevándose bajo el brazo “a su hermosura”, la pequeña metralleta parabellum y su cacerina
de veinticinco tiros.
POR
El
rastrillar de una metralleta en mis riñones y el frío metálico del cañón de una
pistola en la frente, me enmudecen.
-¡Es un terruco, mi
alférez!- dice a mis espaldas una voz gruesa, que huele a cañazo.
Es una noche
sin luna. Solo hace media hora el viejo motor a petróleo, que da energía
eléctrica a
Está muy
oscuro. Los potentes reflectores y la circulina de la
camioneta doble cabina de la policía nacional, iluminan de rojo y azul las
casas y el asfalto de la carretera.
-¡Caíste terruco, cochetumadre!- es la voz, del que supongo es el jefe
del grupo. Lo miro y trastabilla de lo borracho que está.
Estoy paralizado. Intento decir algo; pero un culatazo en la espalda, me
hace perder el equilibrio y un
rodillazo en el pecho, me hace exhalar el poco aire acumulado en mis pulmones.
-¡Apaga la luz, carajo; que no quiero
sapos!- es la orden de la misma voz.
Levanto la mirada, como pidiendo ayuda, y en el claro cielo azul
pueblerino, solo las estrellas resplandecen y se cuentan por millones.
Y si les escapa una bala- pienso
aterrorizado –venirme de tan lejos, para
morir asesinado y en mi propio pueblo, carajo. Cosas de la vida que yo no
entiendo.
En la
madrugada del sábado “bien contentado”,
bajo con mi mochila verde en la esquina del restaurante playa azul donde estos jijunas
acaban de apresarme me lleno los pulmones
con el refrescante aire de antaño y el corazón alegre zapatea como caja y flauta de indio carnavalero
dentro de mi pecho encementaron la quebrada bajo las gradas del jirón
Olaya rumbo a mi casa del jirón Lima que
milagro hijo, cuanto has cambiado cholo nos dicen de bienvenida.
He
regresado después de diecisiete años a
echarles una mirada a los ancianos, que mayores están ya, me fui después de
graduarme de ingeniero civil en la universidad de Cajamarca no digamos que chanconazo
que he sido; pero ganas era lo que más me sobraba y das das
alistando mis cacharpas me fui a futurear en Lima
detrás de una buena mujer; con la que me
casé y ahora tenemos cuatro hijos menores, y ganándome los frijoles he
recorrido casi todo el país porque chamba
es chamba y donde hay una obra rapidito nomás, decimos presente es la
vida del ingeniero que haremos, pues.
Es la
víspera del día de la madre de mil novecientos noventa y Sendero Luminoso está
aterrorizando el país ni en Ayacucho me
ha sucedido esto, carajo, Cajamarca es de alta peligrosidad en Chota pue, se
formaron las rondas campesinas, paisano.
-Igual que antes, cholito; en la nochecita,
tu colegio hará una velada por eldía de la madre-
me comenta emocionada mi mamita Luz, claro
pue mamita, cuantas veces he cantado y declamado, se
acuerdan?” arrastrando sus setenticuatro años aquí pue hijito,
con los achaques de la vejez.
Con el
viejo Artidoro nos tomamos la primera media de cañazo
por tu llegada, nomás hijo y otra más
para cortar la mañana, con su salcita y
su limón mientras mi mamita Luz afanada en encender su fogón de tres tulpas coloca en una ollita de
barro tres huevos de gallina de corral de
su gallinita más ponedora.
-No tomen tanto ni te emborraches mucho,
hijito; que los tiempos por este sitio, han cambiado bastante- nos advierte
mi mamita Luz, que será pues murmuro
yo.
Hemos
tomado aguardiente los dos solitos
hasta el mediodía de puro contentos hasta
hemos elevado las voces mientras me cuentan si dos con el alma se amaron en vida las cosas sucedidas en mi
ausencia uno a uno tus hermanos se
casaron y se fueron, solitos nomás nos quedamos, como gentiles mientras les
cuento mis andares siempre fuiste pata de
perro, cholo andariego dice, queriendo lagrimear mi mamita Luz son diecisiete años, como para emborracharse
de lo lindo ¿no viejito?.
Es un poco más
de las diez de la noche y ha terminado la velada literario musical y actoral por
el día de las madres según comenta el maestro Pedro Sagástegui
con sus patillas canosas y su vozarrón que no necesita parlante.
Gente
conocida y desconocida se arremolina en la puerta de salida buenas noches señor nos dicen algunas
voces nos meteremos unos aguardientes,
por tu llegada primo le palmeo el hombro al flaco Aladino Alva o porque eres ingeniero, ya no tomas con los
pobres reconozco la voz de Lucho Salas y el perfil de Pepe Gálvez “no hablen zonceras los miro en la
oscuridad quiero darle serenata a mi
mamita Luz por el día de la madre se que la idea los entusiasma ya hablé con los guitarristas que actuaron
en la velada a mi me emociona y sonrío en
una hora nos encontramos en el puente de la esquina de mi casa nos
abrazamos allí nos emborracharemos hasta
que los gallos canten y las gallinas duerman les prometo.
En la plaza
de armas el friecillo de la medianoche invade un tufo cañacero
llega hasta mí linda la noche, igual que
antes nostálgico, subo el cierre de mi casaca voy a caminar mi pueblo de noche sin luna, sin luz, sólo con el
resplandor que dan las estrellas en el firmamento a ver si reconozco a la gente, como antes en la penumbra.
Doblo por
la carretera nueva y en algunas casas hay barullos de fiesta están de jarana en la casa de mi sobrino
Nimio mis pasos suenan en el desgastado asfalto hasta los grillos siguen cantando igual un ómnibus pasa raudo rumbo
a la costa que será de los chinos
Estrellas murmuro.
Estoy solo
en la esquina del playa azul. Delante, el perfil
triangular del Trinchera; a mi espalda la forma ovoide del Carbunco; a un costado la escuela donde estudié la primaria
y por el otro, el restaurante de los Araujo.
Unos faros
y una circulina, se acercan.
-¡Las manos a la cabeza, mierda!- gritan
varias voces a la vez.
Han saltado
de la camioneta y me han rodeado.
-¡Súbanlo, carajo!- dice otra voz.
Me han
tirado sobre el piso de la camioneta, la bota de un borceguí aplasta mi cara y
el cañón de un fusil presiona mis costillas. No entiendo que está pasando
y no me han dado tiempo ni de gritar.
-Después de esto vamos a seguir a chupando-
dice, el que parece dirigir el grupo- esto
hay que celebrar.
-Que tal si traemos a las hembritas pampinas,
alférez- comenta otra voz- están
buenazas.
-¡Y las vamos entrenando para que sean madres,
mi alférez! - dice una tercera.
La
camioneta ha parado bruscamente, sobre el puente del río Chilango.
-¡Con quienes más has venido, terruco conchetumadre!-
reconozco la
voz del
alférez, que en el asiento del copiloto rastrilla su arma de reglamento.
-Me
han confundido- digo con temor en la voz -no saben quien soy- asustado y desesperado borrachos como están, se les vaya el dedo presionen los gatillos y
se les escapen unas balas y adiós, pampa
mía.
-¡Me cago sobre quien seas!- el
ruido de un escupitajo en mi pantalón- ¡has
venido a matarnos, a volar el puesto seguramente, la municipalidad, o qué!-
el cañón de un fusil escarba mis costillas- ¡habla
hijo de la gran puta o aquí nomás te vuelo los sesos y te tiro al río, como un
perro rabioso!.
Quiero
decir algo; pero la voz, se me atraca en la garganta.
-Llévemelo al puesto, mi alférez- dice la voz, que presiona mis piernas con sus
borceguíes- no sólo va a hablar, va a
cantar y bailar como puta arrecha- carcajeándose.
Me bajan a
rastras de la camioneta. Me cogen del cuello con una mano y de mi cinturón con
la otra. A empujones me llevan a la prevención, alumbrada por una lámpara de querosene, con un tubo de vidrio negro de hollín; donde un
policía somnoliento y oliendo a cañazo, nos recibe.
-¡Regístrenlo!- grita el alférez Huamanchumo;
cogiéndose a dos manos
del respaldar
de una banca de madera, para no caerse.
Rasgando los
bolsillos de mi pantalón, manos presurosas sacan una billetera con mis
documentos, mi agenda electrónica con teléfonos personales y de trabajo; el sencillero con talismanes de la buena suerte, mi viejo
reloj casio que me acompaña en todos mis trajines,
un pañuelo granate y varios papeles, del bolsillo posterior de mi pantalón.
Abren mi
billetera de cuero y varios billetes de distintas denominaciones, salen a su
vista.
-Justo, lo que necesitamos Rodríguez para la
que le pongas gasolina a la camioneta y te traigas a las hembritas esas -dice
el alférez Huamanchumo- y tú Pomba anda tráete un par de cajitas de cerveza para continuar la
jarana- aplaudiendo para que se apuren- y
tú, terruco de mierda, no vas a molestarte porque
tomamos tu plata no? total; es una pequeña
contribución para la esforzada policía nacional del Perú- carcajeándose
-¡Alférez, alférez! –dice
alarmado el policía que acaba de sacarse el negro pasamontañas de su cabeza- ¡Este es un terrucazo
de la gran puta!, mi alférez- alborozado
–mire: ¡ un pasaje de Ayacucho a Lima!.
Un
sorpresivo gancho al estómago, me hace caer sobre el cemento y un puntapié en
los riñones, me hace levantar.
-¡Que más hay, busca que más hay!- ordena
-¡Te jodiste, tuco de mierda!- escucho
maldecir –, ya sabía yo, tienes una
pintaza de terruco de la gran puta: casaca de cuero,
forastero, lentes oscuros, pañuelo rojo y vienes de Ayacucho; ¡yo soy un genio!
¿o no Chafloque? y tú, comunista de mierda ¡te cagaste!.
Entre mis
documentos, están mi libreta electoral con el sticker
de las últimas elecciones, mis tarjetas de presentación de la empresa de la
cual soy Gerente de Obras, mi carnet del Colegio de Ingenieros y sorpresivamente
se quedan espantados no puede ser la
tarjeta tiembla en sus manos parece firme
alférez la acercan aún más, a la amarillenta luz de la lámpara manchada de
humo nos puede jode” murmuran entre
ellos.
Es la
tarjeta personal del General Rosinaldo Casillas, jefe
del batallón de ingeniería del ejército, con quienes estamos ampliando la
carretera Pampa Cangallo a Vilcashuamán en Ayacucho.
Me han
soltado.
Requisaron mis
pertenencias es una contribución a la esforzada
policía nacional rompieron mi libreta electoral usted sabe no pudieron despedazar mi carnet de ingeniero es el día de la madre por la dura mica
de protección y hay que celebrarlo, no le
parece.
Las chicas y las chelas han
llegado el bullicio de la
jarana y las risotadas, se escuchan hasta el puente del Chilango en menos de una hora pudo haber cambiado
toda mi vida donde estoy anonadado, vejado y humillado por unos estúpidos cachacos borrachos de la policía nacional de mi
patria.
Es media
noche.
A lo lejos.
El rasgueo de guitarras destempladas y voces aguardientosas
entonan pero ten presente que hoy te
felicitan, tu hijo desde Lima, con todito el corazón como serenata para mi
mamita Luz.
Pensar que en mi propio pueblo pudieron haberme
matado, carajo.
Descorazonado
y abatido, me pongo a llorar.
JUSTINA
-Quédeste a dormir ingiñero-
nos dice, con su sonrisa provinciana don Agustín Solórzano; el anciano alcalde
de Viñac, debajo de su mostacho cano – mañana bien madrugao
y tomando so caldito, si van.
El sol va
desparramando sus últimos rayos sobre el lomo de los cerros de Madean y Viñac.
Anochece y
Justina la hija mayor de don Agustín se afana en prender la lámpara petromax a querosene no aprende tuavía
a encendelo, ingiñero y
apaciguar a su perro Pericote, que
gruñendo y saltando nos enseña los dientes, queriéndonos morder.
-Le agradezco mucho don Agustín- le
contesto palmeándole el hombro – pero
mañana temprano debo estar en Alis y después en Carania donde estamos reforzando el dique de su represa y
usted conoce, que desde aquí hasta Yauyos, hay un tramito bien largo- me
mira como invitándonos a quedarnos- ,
además la trucha estuvo como para comerla con espinas y tod”-
digo bromeando.
-Mi Justinita lo ha preparao- nos informa.
-Barriga llena, corazón de coche- reímos.
Hemos
pasado la tarde inspeccionando los avances de la trocha carrozable, que estamos
construyendo para unir a estos dos pueblos un
anhelo de tantos años, ingiñero nos dice
emocionado con su apoyo y el de
-En la nochecita tenemos una asamblea comunal- nos
invita Justina con su cara chaposa y sus trenzas
negras.
-Quisiera
que estuviera para agradecele públicamente ingiñero, lo bueno que está haciendo por nosotros-
insiste, sacándose el sombrero negro de tela, dejando ver su pelo hirsuto y mal
peinado.
-Lueguito haremos una reunioncita por el santo patrón
¿qué dice, se quedan”- nos interroga Justina
guiñándonos coqueta un ojo, como quien nos dice que la fiesta será a lo grande.
-Por mí encantado de quedarme don Agustín- me
lamento- pero usted
Sabe
que mañana a medio día me esperan y no quisiera quedar mal con ellos.
-Será nuestro invitado de honor- insiste,
riendo Justina con la
candidez de sus
años adolescentes.
-Díganles que lo doy por bien recibido-
les comento riendo-, y que esto
No
sea pretexto para que se emborrachen toda la semana-
despidiéndonos con un abrazo –gracias don
Agustín, chau Justina.
La noche
con su telar de oscuridad ha cubierto la hondonada, el valle y los cerros. Al
fondo de la quebrada grande, una inmensidad de luciérnagas en fiesta, inician
un armonioso concierto de luces y movimiento.
-Vamos Víctor- le digo al chofer, subiéndonos a la
camioneta roja
Dodge power ram de doble
tracción, que nos sirve de movilidad- que
en Yauyos por lo menos estaremos a la
medianoche.
-Cierto ingeniero, cierto- enciende
el motor y las luces, pone primera y
comenzamos la bajada.
Desde la puerta de su casa, don Agustín Solórzano,
con su sombrero
Al aire y Justina con su chompa negra y
su falda floreada, nos hacen adiós. Sus figuras se van empequeñeciendo por la
oscuridad y el polvo que levantan las ruedas de la camioneta.
-Tenemos que llegar, lo más pronto al
puente, compañero de correrías y aventuras- Víctor Manuel Valencia sonríe, se
acomoda de tanto estar sentado hasta la
raya se me ha borrado pisa el acelerador para ganarle kilómetros al tiempo.
Es mi
chofer desde hace dos años y con el salimos todas las semanas al tercer canto
del gallo mañanero es usted ingeniero
regresando a la medianoche felizmente los
baches me hacen bien, sino ya estaría lleno de almorranas inspeccionando y llevando materiales para las
obras donde el señor gobierno no ha
llegado.
-¡¿Escuchó ingeniero?!- me dice alarmado, frenando la camioneta.
-¿Son cohetes o disparos?.
-¡Ráfagas de metralleta y explosiones!- me
corrige.
-¡Acelera compadre o no vivimos para contarlo!.
Una columna
senderista venida de Huancavelica ha atacado el pueblo,
pintarrajeado las
paredes y destruido a dinamitazos, el viejo local municipal.
Fueron a la
casa de don Agustín Solórzano onde has
escondido al
perro deAníbal Laurente Puente dueño del tractor y la compresora que
alquila para la carretera que estamos construyendo capetalista explotador de la pueblo, que se inriquice
con los deneros de los campesenos
que ha pedido en matrimonio a Justina entón, pa la fiesta del Patrón San Juan, casarán pues la hija
de don Agustín.
-No hay venido don Aníbal- ha dicho el
alcalde-, aquí nomás ha estado el ingiñero Gallegos; que hay venido a ver los avances de la carritera.
-Y onde está ese perro servil del gobierno.
Revolotearon
la casa en busca del ingiñero traidor del pueblo han
matado al perro
Pericote por no coidar como es debedo los bienes de la rivolución
han dejado mal herido a don Agustín Solórzano cojo y todo hey lograo
la tirminación de nuestra carritera
han asesinado a Casinaldo Rojas por no saber donde
estaba su tayta
Remberto, guardián del polvorín de la carretera en la loma escondiu y asustadazo hey mirao todito, hasta cuando diun machetazo han degollao a mi
muchacho ingresaron a las casas decomisando
plata, alimentos y animales pa la lucha armada.
Se llevaron
también a Justina; colegiala del tercer año de media, que a sus quince años es la camarada Rogelia,
compañera del mando militar Romeo.
-De la que nos libramos, ingeniero- dice
Víctor Manuel Valencia haciéndonos salud con un calientito de hierbas; en la
cantina de doña Marcelina Ríos de la calle principal de Yauyos, con el que abrigamos
el congelante frío de esta madrugada,
-Si, pues, mala hierba nunca muere.
PUENTE BAYLEY
- ¡Volaron el puente, volaron el puente!.
Desde el
campamento se escuchan las explosiones.
Miro el reloj y faltan quince minutos para las once de la noche.
Desde hace
un par de horas ha dejado de llover y la luna esplendorosa aparece por encima
de los bosques que nos rodean. A pesar de los veinticinco grados de temperatura
es una noche fresca. Las hojas vaivenean con la suave
brisa que viene del río Chamaya juerte, juerte brama la río.
Hasta los
zancudos se han replegado a sus nidales y no hay zumbidos ni lancetazos, que
incomoden.
Los
dinamitazos nos han sobresaltado, llenándonos de temor; quitándonos el sueño.
Desde que
estoy a cargo del mantenimiento de la carretera, dos veces han intentado volar
el puente Bayley; pero, sea por la prisa de los
terroristas los sinchis
les pisan los talones o por la solidez de su estructura machazo como indio guatunero,
de piecito ha aguantado los golpes, lo vieras primazo ha permanecido sobre
sus pernos.
Esta vez,
no se.
Marcial
Salazar llega corriendo, asustado, haciendo sonar sus botas de jebe.
-No hay el puente, ha desaparecido ingeniero,
lo han volado todito- dice atropellando sus palabras.
-Que nadie duerma en el campamento-
ordeno- duerman sobre los
árboles como
monos, bajo el agua como cocodrilos o debajo de las piedras como conejos; pero
nadie se queda en el campamento; no vaya a ser que los cumpas o los tucos quieran
visitarnos.
En tropel, el
personal sale y en unos instantes el campamento se ha quedado vacío y
silencioso; hasta nuestro perro Hércules ha desaparecido entre la maleza.
Subo a un
aguaje y me acomodo lo mejor que puedo vivir
a sobresaltos, sin haber hecho nada malo los demás se acurrucan entre las
ramas de otros árboles solo abrimos
trochas a punta de dinamita y catarpilas con el
temor reflejado en el febril golpeteo de nuestros corazones cuando terminará tanto daño desesperados
la sueño amariconado juye
como pantasma.
-Ya mañana temprano, veremos- tratando de
dormir.
Llueve a
chaparrones. Las cargadas nubes desaguan su furia a
baldazos, por
momentos. El impermeable naranja, el casco blanco y las botas de jebe protegen
nuestras ropas.
Gruesas
gotas como granos de café, resbalan de las hojas, resuenan como balas de cañón;
entre el lejano rumor del viento que mece lentamente las copas de las palmeras;
en la soledad de esta selva agreste y agresiva. Son un estruendo, en el
silencio de la esta temible noche
Sobresaltado
ante cualquier extraño ruido como si me
hubiese pegado una tranca de tres días, primazo nervioso ante los gruñidos
de Hércules alrededor del campamento azareao como caballo con los belfos sueltos, olfateando el
peligro desamparado en la inmensidad
de la selva que nos rodea.
Unas
hormigas rojas nos mordisquean a su regalado gusto.
Amanezco
con las piernas adormecidas un poco de
agüita pa las lagañas los demás caen o saltan veinticinco machazos nos reímos que no somos muchos; pero somos machos nerviosos
primero que yo he sido comando del
ejército a carcajadas después“a mí las balas no me dan miedo asustados
como monos al salir el sol estos son,
estos son los obreros del emetecé cantando, haciendo
coraje.
-Es mejor que digan aquí corrió, que aquí
murió- dice justificándose
Donato Quispe, operador de uno de los
tractores oruga D 7 del campamento.
Enciendo la
camioneta y nos dirigimos hacia el puente Bayley. Está a
Sólo cinco kilómetros del campamento y
en la ruta; contamos como cuarenta vehículos estacionados, entre camiones, omnibuses y camionetas.
-¡Cuando van a arreglar la carretera,
haraganes!- nos gritan,
Desesperados pasajeros.
-¡Tenemos prisa por llegar, sinvergüenzas!-
nos dicen otros.
-¡Mi fruta se malogra, me voy a arruinar!-
nos grita amenazador un
Iracundo camionero.
Los
dinamitazos hicieron que un gran volumen de tierra mojada caiga
sobre el puente tapándolo.
Una parte ha desaparecido, la otra está doblada viva la guerra popular se lee, sobre sus grises fierros. No logramos
determinar aún; si la fuerza de arrastre, ha llevado consigo la otra parte,
hacia el fondo del río.
-Tenemos que abrir una trocha, urgente- ordeno- ¡Donato; hay que
limpiar
lo más pronto posible el derrumbe, para dar pase a los camiones!- le digo
al operador.
-
Que me ayude
el cargador frontal, ingeniero- nos dice subiéndose a
su tractor,
poniéndolo en movimiento.
-El cholo Huamán
está con gripe- me lamento- ¿quien puede manejar
el cargador?- pregunto
a los trabajadores que me rodean.
-¡Yo ingeniero!- se ofrece Francisco
Alcántara, subiéndose presuroso sobre la máquina, dirigiéndose al frente de
trabajo.
-¡Los demás manos a la
obra, que ya sabe cada uno, lo que tiene que
hacer!.
Cada quien
enfundados en sus cascos, ponchos y botas de jebe, se dirigen a cumplir con sus
tareas del día.
Miro el
derrumbe se ha bajado medio cerro, cojones
evalúo la
magnitud del trabajo la chamba será fuerte y el tiempo que demorará terrucos de mierda para dar pase a los
vehículos hay chamba para rato me
lamento.
El sol se
aparece por la cima de los cerros, pintándolos con su
luminosidad de gris y
verde.
Los
pasajeros bajan de los vehículos, buscando entre la maleza, lugares ocultos
donde hacer sus necesidades o desde el borde de la carretera; simplemente observan
nuestro trabajo calentándose como shingos frotándose las manos con el solcito mañanero.
Ya es casi
media mañana y se han abierto unos veinte metros de
trocha.
Una parte
del puente se ha descubierto faltarán
unos cincuenta metros todavía.
-¡Francisco, ven ayúdame!- grita Donato- ¡esta piedra es grandaza y no
puedo
moverla solo!.
Las
máquinas se esfuerzan. El tractor humea, el cargador patina y de
Un buen empujón, logran moverla. La
tierra que la cubre, resbala por la ladera abajo dejando al descubierto viva sendero con pintura roja; la hoz y
el martillo en un costado.
El tractor
retrocede, vuelve a la carga y empuja la inmensa piedra
hasta el borde
de la trocha. El cargador avanza, resbala, patina, apoya la pala sobre el
arcilloso suelo. Las dos máquinas empujan al mismo tiempo, moviéndola.
Un ruido
como de temblor escuchamos mierda
digo yo Jesús, José y María dice,
persignándose una señora a mi costado “señor
del cielo” murmura otra voz.
En un
instante las máquinas y sus operadores han desapercibo.
Se ha derrumbado
el cerro, tapándolos. El puente Bayley es un inmenso
montón de tierra gris y amarilla.
Con la
prisa adherida a mis botas, corro hasta el puente.
¡Traigan los
cargadores del campamento, rápido!- ordeno.
Es media
tarde y el batallón de ingeniería está recomponiendo el
puente.
Nosotros
desenterramos nuestros muertos.
El cholo Huamán; al borde del desfiladero, se ha puesto a llorar: ¡Mejor
me
hubiese muerto, yo que estoy solito y no el Pancho que deja mujer con siete
hijitos!..
BIOGRAFIA NO DOCUMENTADA
Los
violentos golpes sobre la puerta de tablas desiguales, que forman la puerta y
el traqueteo de una ametralladora; me despiertan sobresaltado.
-¡Afuera, mierdas!, ¡afuera!- grita una
voz en la oscuridad del pequeño cuarto, que nos sirve de depósito, escritorio,
cocina y dormitorio.
Poniéndome
la casaca negra; salgo a la plazuela, alumbrada solo por el resplandor de las
estrellas, de este claro y hermoso azul serrano.
En el
centro está reunida la población y un grupo armado corre de casa en casa,
congregándonos a empujones.
Hace un año una incursión senderista dinamitó
el puesto policial, mataron a balazos a dos guardias civiles y dejaron herido al sargento Mamani; quien
murió sobre la tolva de una camioneta de la dotación policial de Pampas, que
vino a rescatarlo por seguridad y
disposición superior trasladaron al personal policial a Quishuar;
dejando a los salcahuasinos a Dios y buena ventura.
En una
esquina de la plazuela, las paredes del puesto policial; son un negro boquerón,
en medio de la noche.
-Agente Municipal- dice la voz que dirige
el grupo- les ordenamos que no hicieran
ningún trabajo que no fuera dictado por el partido- poniéndose las manos
alrededor de la boca, para escucharlo mejor- no queremos nada, que venga de este gobierno corrupto y capitalista.
Los grillos
han callado su sinfonía musical. A lo lejos un perro aúlla.
-Ingiñero viniendo con papeleto,
diciendo vengo poner agua, desagüe
en casirío
A pesar de
la oscuridad, siento sus miradas temerosas y expectantes la memoria me trae el recuerdo del rostro de mi mujer, que hoy cumple treitaicinco años y la nostalgia me embarga; dos compañiros me
rodean y con la punta de sus fusiles me empujan de mi Javichito y mi Margarita que deben
estar ensayando para el desfile de fiestas patrias llevándome hasta donde
se encuentra el mando militar.
-La justicia popular se encargará de ti-
dice amenazante, dirigiéndose
al agente
municipal.
-Pirdún, compañiro
camarada- dice suplicante- pero ingiñero viniendo,
solo casita,
nomás he dao yo.
Observo al
mando militar en el resplandor de la noche y calculo su estatura un metro ochenta por lo menos pienso debe ser joven todavía, es atlético y
corpulento sospecho.
-¡Así que tú eres el valiente!- grita y su
voz retumba en la plazuela,
camina hasta mí;
extrayendo su pistola del cinto trac,
trac la rastrilla.
Salcahuasi es ahora, un pueblo sin jóvenes no hay con quien jugar
pelota,
los domingos por la tarde el miedo los ha ahuyentado: unos se han ido a
Pampas, Huancayo o Lima“familla los han llevao
otros fueron capturados por sindiro, papay y los demás
fueron llevados por la guardia civil cachacos,
han llevao como sospechosos.
Ninguno ha regresado.
-¡Aquí mando yo!- levanta la
voz, para que todos lo escuchemos.
Nadie se
mueve; sólo los siete emponchados con siluetas de fantasmas, caminan nerviosos;
rastrillando sus fusiles.
-¡No sabes carajo, que esta es una zona
liberada!- grita ofuscado por el
poder, que el
mando le otorga.
A pesar del miedo que me invade;
la indignación, se marca en mi cara.
-¡Carajea a tus subalternos!- le digo armándome
de valor- para ti soy
el ingeniero
Baldomero Rivadeneyra; huantino
de nacimiento y estudiante de la universidad de Huamanga; para servirte- con todo
el coraje acumulado.
Un silencio
expectante se cierne alrededor nuestro. Intento descifrar la
reacción del joven
mando militar.
-Tengo honores, que tú no tienes y no podrás
tenerlos, nunca- levanto
la voz para que; en la oscuridad de esta noche
cargada de nubarrones, todos me escuchen –Yo
he sido alumno de filosofía de Abimael Guzmán, tu presidente Gonzalo- trato de
interpretar su silencio- allá en Ayacucho.
Nada se
mueve. Parece que la gente, ni siquiera respira.
-Estás traicionando la causa revolucionaria-
dice.
La noche
está más oscura, aún; como si un manto de densa neblina
hubiese cubierto
al pueblo.
-No soy de tu grupo- sabiendo que estoy
ganando tiempo y moral- y
como
verás, no he traicionado a nada ni nadie- los emponchados paran su trote,
esperando alguna orden- mi trabajo es
construir obras en los pueblos pobres, alejados y olvidados del Perú-
acelerado el corazón - ¿acaso tu
revolución no quiere lo mismo?.
-¡Debemos destruir este estado imperialista y
corrupto para
reconstruirlo cuando nuestra revolución triunfe!- iracundo
ya perdiste pienso, emocionado.
El rumor
del viento sobre los eucaliptos de las laderas, llega hasta la plaza.
-Si necesitas un ingeniero para la
reconstruir el país; no tengas dudas
En
llamarme- le contesto, encorajinado.
Los sapos
de la poza grande han dejado de croar y los grillos también.
Un silencio
de cementerio nos rodea.
-¡Camaradas!: ¡Viva la revolución, viva la
lucha armada, viva el
Presidente
Gonzalo!- dice levantando la voz. Un sonoro¡“vivaaaa”!
retumba en la plaza.
La columna
senderista; se marcha vivando a la lucha armada, por las laderas de la quebrada
de Quistomayo.
Los
poblanos silenciosos y cabizbajos, se dispersan rumbo a sus
casas.
Me he
quedado solo, tembloroso y pensativo, junto a la derruida pileta
de la
empedrada plaza de Salcahuasi.
“No soy huantino,
ni estudié en Huamanga y Rivadeneyra no es apellido
ayacuchano, tampoco fui alumno del profesor Abimael;
apenas conozco Ayacucho por el documental del Perú y las noticias de la
televisión”.
Una tímida luna aparece, por la cima del cerro Harpicho.
ROBO
En el
arqueo, que el administrador de la obra ha hecho sobre el robo en el polvorín
de la carretera Tinco- Miraflores; hay un faltante de seiscientos sesenta
cartuchos de dinamita, seiscientos sesenta
fulminantes y seiscientos metros
de mecha.
Rumbo a la
obra, voy leyendo las pintas; hechas sobre las piedras de los taludes de la
carretera. Una en especial llama mi atención.
-Algo no cuadra- le digo al gordo Agustín
Paredes, que nervioso se
alisa los
bigotes negros- pero antes de presentar
la denuncia, voy a hablar con el guardián.
En un
cuarto al fondo del corral de la casa de don Maximiliano
Contreras, presidente del comité pro
carretera; está detenido Puntriano Sulca, guardián del polvorín.
-Espérame gordo- le digo y me dirijo
hasta donde dos pobladores de
Vitis, armados
de palos cuidan la puerta de calamina.
-Terrucos mian robau, ingiñiero- me dice
temeroso, acurrucado en una
esquina del
cuartito.
Miro en
redondo y la habitación está vacía. Una pequeña ventana a
nivel del techo,
da un poco de luz al ambiente. Puntriano está
amarrado de pies y manos con una soga de cabuya.
-No eres el gran pendejo que pareces, ni yo
soy el grandísimo cojudo
que tú
crees- le digo levantando la voz para intimidarlo- no voy a denunciarte, si me dices; lo que
realmente ha pasado.
Se queda en
silencio, mirando al suelo.
-Crees que soy tan cojudo, para creerte; que
solo van robarte tres
cajas
de dinamita de las ciento setentaiocho que te he
dejado. Por este cargamento, más los fulminantes y la mecha; primero te violan
y después te matan, cojudazo.
Me mira y
sus ojos reflejan temor.
-Si te denuncio a la policía, te acusarán de
terrorista y de frente te
meterán a
la cárcel y en la cárcel los terrucos se enterarán
que los acusaste de ladrones comunes y te matarán ¿Qué dices Puntriano, me dices lo que sabes o ya sabes a lo que te
atienes?.
Permanece
en silencio con los ojos implorantes.
-Otra cosa Puntriano - sus ojos
se desorbitan y su cara se pone tensa-
los
senderistas hacen sus pintas con tinta roja y escriben viva el presidente Abimael Guzmán y no como tú huevonazo; que ha hecho las
pintas con pintura rosada y has escrito viva el presidente Grabiel
Guamán.
Una
carcajada asoma a mi garganta.
-Meneros plata mian dao- declara acongojado- yo conozco los quian sido señor, ingiñero.
Lo miro y
sigo riendo.
-Tienes tres días para devolver todo lo
robado; sino en la cárcel ya sabes quienes te esperan.
Continúo
riendo.
-Los terrucos no te matarán
por el robo, tampoco por no saber el
nombre de
su presidente; sino por el color rosado con el que has escrito su nombre, cojudazo.
Afuera
ya, miro al gordo Paredes y sigo riendo.
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Desde el
puente Chillón y pintadas con imprimante blanco, se
ven inmensas las letras, que señalan el lugar de nuestro trabajo.
Esta mañana
de lunes, presuroso y preocupado llego, antes del relevo de turno al relleno
sanitario de Las Laderas.
Pregunto al
vigilante fue a medianoche ingeniero
al supervisor de noche todos hemos visto
ingeniero; pero quien se sube hasta el cerro en plena oscuridad al policía
de guardia ya informé a mi comando y he pedido refuerzos de la gerencia de la
empresa, llama el superintendente como es
posible ingeniero, que suceda eso en su Relleno lo imagino rascándose su
soriasis sabe de la catástrofe política
que va a ocasionar su negligencia fumándose el tercer cigarrillo de la
mañana el gerente general lo va a
crucificar y el alcalde lo quiere meter preso tirando el micrófono de la
radio.
La semana
anterior, entusiasta un grupo de obreros pujando
y sudando suben cuarenta y cuatro llantas usadas de tractor y casi en la
cumbre de la ladera del cerro; orgullosos dibujamos letra por letra ESMLL,
-Está bien que trabajemos en la basura; pero
eso no quiere decir que seamos basura- les digo emocionado.
-Si pues ingeniero dice el supervisor
Vento con su encanecido bigote -no cree,
que aquí deberíamos enterrar a unos cuantos- sus brillantes ojos celestes
se entrecierran con el sol -faltaría
sitio, ingeniero- tosiendo de la risa, dice Melchor Zafra, tapándose la
boca con las dos manos.
Anoche; una
columna senderista, con antorchas y disparos al aire; han cambiado lo escrito.
Entre
humeantes llantas y una bandera roja al centro; desde la panamericana norte se
lee: SL, es decir, Sendero Luminoso.
Ahora.
Quien se
atreve a modificar lo escrito.
CONOCIDO
DESCONOCIDO
El ómnibus
frena en seco. La violencia de su parada, por inercia inclina mi cuerpo contra
el asiento delantero, despertándome. Las luces se prenden y su resplandor,
obliga a sobarme los ojos y a los demás, también.
Adormilado
aún, escucho disparos de fusil y ahora
que está pasando sobresaltado; supongo que lo mismo sucede con los demás
pasajeros.
El llanto
de un niño, dos hilera atrás, confirma mis sospechas.
-¡Todos abajo y con las manos sobre la cabeza!-
grita una voz desde un uniforme militar
de combate y un fusil en la mano. Otro ha corrido hasta el fondo, apuntado a
los pasajeros, nerviosamente.
Un sordo
rumor de voces somnolientas, se escucha.
¡Cállense
carajo!- ordena.
Un
pequeñuelo llora, sin hacer caso de sus palabras. Movimientos
torpes, de sueño
interrumpido; se generaliza al interior del caluroso bus.
-¡Apúrense!- repite - que no tenemos todo el tiempo del mundo-
señalando con la
punta del fusil, la puerta de salida del bus.
Los
pasajeros atemorizados y somnolientos bajamos son los cumpas
dice una
susurrante voz a mi costado, no se si para tranquilizarme o ponerme más
nervioso, aún.
Me levanto
adormilado; arrastrando los zapatos hacia la puerta, con las manos sobre la
cabeza.
Delante de
mí, una señora carga en brazos a su pequeño hijo shhhh, hijito, no llores, sshhh buscando entre
sus cosas un biberón para que no despierte y comience a llorar.
-¡Sólo los hombres- ordena
nuevamente la voz- ¡señora siéntese!.
La miro y su mirada refleja temor.
Nos colocan con las piernas abiertas y las manos apoyadas sobre las
latas del bus.
-¡Documentos a la mano y sin pendejadas!- ordena, la voz ronca de quien dirige la
operación-, ¡no queremos quemar a nadie-!
advierte.
Cinco
encapuchados más, rodean al bus con sus fusiles listos a disparar; ante
cualquier movimiento, que consideren sospechoso.
Uno a uno,
bajo la luz de los reflectores, vamos mostrando nuestras libretas electorales o
militares; leen nuestros nombres, el lugar de procedencia y el nivel de
educación.
Nos
registran la ropa, los bolsillos y van tomando nuestro dinero y una que otra
cosa de valor un reloj, una sortija de
oro, una medalla; en fin. Los otros dos encapuchados registran bolsos y
maletines de viaje, en las canastillas del bus es para la causa.
-Ingeniero buenas noches- saluda una voz
a mis espaldas.
Lo miro
asombrado quien puede conocerme por estos
rincones de la
patria digo
alarmado.
-El hombre está construyendo el colegio de mi
pueblo y lo está haciendo bien- respiro aliviado, a pesar del enrarecido
aire de los dos mil setecientos metros de altura del túnel de Carpish con lluvias y
todo, ya lo estamos terminando y los niños tendrán aulas nuevas para abril
recuerdo con satisfacción.
-Que nadie lo toque- ordena la
misma voz el ministerio presupuestó tres
aulas a todo costo; pero con las faenas gratuitas de los padres de familia de Chacaloma, hemos hecho dos más de eso estoy contento ya tienen su escuela completa, me digo.
-Suba nomás ingeniero- me dice con tono
amable - y tenga esto para
que vaya
leyendo en el camino. Los recibo y son volantes del MRTA que vivan a la
lucha armada.
Trato de
identificar su voz; pero nos es ni amiga ni conocida. Vuelvo a mirarlo y me
hace adiós con la mano ¿quién es este?
y como me quedo parado; pone el cañón de su fusil en mi espalda como diciendo, que no están para bromas
obligándome a subir.
-¡Cayó uno, cayó uno!- escucho
desde mi asiento, tratando de mirar
por el vidrio
nublado- ¡así que estabas haciéndote el huevón y queriendo
pasar piola no?.
Un golpe
seco, como de la culata de fusil lo
jodieron y un quejido ahogado como respuesta, llega hasta mi asiento pobre, quien será murmuro.
-¡Viva el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru!- grita el
encapuchado que se encuentra dentro del bus.
-¡Viva! – gritamos todos.
-¡No se escucha, carajo!.
-¡Vivaaaa!-
gritamos, más fuerte, aún.
El ómnibus
se ha quedado lleno de pintas y volantes subversivos.
Mi
compañero de viaje, no está.
No sabré
nunca porque se lo llevaron: si era sinchi, desertor,
soplón, policía, pasero, narco o solo un infeliz viajero, que tuvo la desdicha, de estar en el momento
menos oportuno y en el bus equivocado.
Recostado
en el asiento, finjo dormir la noche es
angustiante los cuatro mil metros de altura de Carhuamayo
me zumban en los oídos las pampas de
Junín son tan largas la bajada de Ticlio se torna en esperanza cerca nomás estoy, ya ilusionado y desesperado por cobijarme en el
abrazo de mi mujer en la tibieza de su
ternura acariciar su abultado vientre nueve meses tiene ya por parto natural o cesárea pero el ocho de junio, mi chiquito, naciendo
estará.
Mañana es
ocho de junio alegrado de que nada malo
me pasara, estoy muy contento un
ingenierito, será murmurando estoy.
Detener las
manecillas y ponerle alas al bus eso
quisiera yo.
RAFAGA
-¡Contra la pared!- dice una voz cortante, como un
afilado cuchillo.
Salgo del
tumulto y seis obreros que me acompañan en la construcción del canal de
irrigación de Santiago Chico, siguen mis pasos. Siento en mis espaldas las
miradas misericordiosas de los poblanos.
Gruesas
gotas de lluvia, caen sobre el árido suelo de la descuidada plaza.
-¡Les repetimos que no hicieran nada, sin
nuestro consentimiento!-
grita a voz de
cuello, quien se supone; es el líder de esta agrupación de encapuchados.
Han
ingresado al poblado hace una hora y a empellones nos han
sacado de la
casa, que tenemos alquilada como almacén.
-¡La desobediencia se castiga!-
vuelvo a sentir su voz filosa -¡y vamos
a castigarte
ingeniero!- siento su mirada clavarse en mis ojos- ¡como ejemplo y para que nadie más quiera
rebelarse a las disposiciones del partido!.
La población ha enmudecido. Me pellizco para saber que soy yo auch, quien está
allí parado. Un aullido lastimero en la distancia, se pierde con el viento.
Silencio.
-Igual que tú, camarada, sólo
cumplo mi deber- le digo con el poco coraje que aún queda en el fondo de mi
pecho- no podrán destruir siempre-
miedo y tartamudez en mis palabras- otros
ingenieros vendrán y lo harán y no vas a asesinarlos a todos- digo,
finalmente cagándome de miedo
temblando la voz.
-¡Contra la pared!- vuelve a
gritar con su voz de machete afilado y nos alineamos nerviosamente con los huevos en la garganta, ingeniero, se
lo juro por diosito; ya somos siete, carajo.
El recuerdo del sargento Díaz “en
casos de fusilamiento es mejor ponerse al centro; las ráfagas siempre van de
izquierda a derecha” en el curso de instrucción pre
militar jamás pensé, que tendría que
practicarlo y justo en estas circunstancias.
-¡Por las desobediencias
constantes contra los dispositivos del partido y desoír las órdenes impartidas
por el camarada Rufino, comandante en jefe de esta zona liberada; por lo tanto
en este juicio sumario popular; se decreta la pena de muerte por fusilamiento,
al ingeniero Rodolfo Tolentino Arrascue; de igual
forma se sentencia a la igual pena; a sus seis obreros bastardos,
hijos de la burguesía nacional y sirvientes de este gobierno imperialista y
reaccionario!.
Mierda digo nos jodimos tengo seca la garganta y mis piernas se mueven solas.
Intento correr, perderme entre las sombras de la noche y de los alisos; pero
los pies no responden, están paralizados hasta
aquí llegaste me digo grandísimo
pendejo un vaho de inconciencia nubla mi cerebro y mis sentidos, también.
-¡Atención!- tres encapuchados se ponen
al frente nuestro.
Quiero que
mis últimos pensamientos sean para Aurorita, mi mujer; en los jubilosos ratos
de alborozo y su sonrisa alegre; al verme bajar sudoroso oliendo a hombre salvaje de la camioneta.
-¡Apunten!.
Que sean,
tan sólo; las últimas imágenes de mis hijos estoy
llorando de mi Lalito correteando por el parque recuérdame de mi Margie
y su cabello peinado en colita talvez no
te dije cuanto te quiero de Blonch y sus ojazos
de aceituna talvez no te abracé mucho
de mi Torintín y su forma de arrugar el entrecejo talvez no me recuerde, es tan pequeño, aún.
-¡¡… Fuego …!!.
El rojo
resplandor de los fusiles, vomitando fuego; me hacen cerrar los ojos que Dios se apiade de mí.
En
avalancha, los recuerdos de nuestro último viaje, en familia al Cusco y Machu picchu se agolpan en mi recuerdo ojalá haya tiempo para celebrar nuestros veinticinco años de casados y
volver a estar juntos, como antes; por siempre, jamás.
Los terrucos, vivando a la lucha armada y haciendo disparos al
aire, se van.
Dos de mis
trabajadores se han desmayado los
mataron, carajo los otros están de pie gracias
Dios, están vivos pálidos y temblando.
Me toco el
cuerpo. Un frío húmedo y pesado recorre mi cuerpo tembloroso.
Tengo
humedecidos, mojados, muy mojados los pantalones me he orinado, carajo creo que pesados, muy pesados, oliendo a
podrido me he cagado, mierda también.
Sobre Marcaval llueve; torrencialmente sobre su plaza, llueve.
Baña mi
cuerpo, de la cabeza a los pies.
MAÑANA A LAS OCHO
En la recepción, el flaco José Luis Silva me observa sorprendido; como
diciendo que hace usted aquí miro el
reloj de ingreso son catorce para las
ocho presurosos llegan los trabajadores de
-Ingeniero Galíndez, buenos días; el
Presidente quiere que suba a su
despacho,
en este instante- da media vuelta y moviendo sus generosas caderas,
debajo de un ajustado pantalón negro; se acerca a contestar el teléfono que
timbrando está.
Giro a la derecha y calmadamente subo las treintaitrés
gradas con perfiles de aluminio; de la escalera de concreto, que me llevan a la
oficina del doctor Severino García, presidente de
-Ingeniero buenos días- me saluda
Gina del Carpio con su cabello
castaño aún
mojado; levantándose para abrir la puerta del despacho del presidente.
-Pase ingeniero- me dice desde sus lentes
ahumados el doctor
Severino García -tenemos que hablar- mientras ordena unos papeles y fólderes que
están desperdigados sobre su escritorio.
Camino
hasta el escritorio sujetando mi maletín, cargado de documentos.
Un
desgastado saco azul con un sombrero negro de paño en la mano, se levanta para
saludarme es don Anacleto Paiva
mirándome sorprendido.
-Doctor García, buenos días- digo
circunspecto
-Don Anacleto como está- estrechando sus
manos.
Sin
preguntas previas, ni explicaciones de ningún tipo; el doctor
García arremete, para hacer notar su
autoridad:
-Lamento, haber firmado contrato con usted,
ingeniero- carraspea para aclararse la voz- ha abandonado la construcción de la posta de salud de Sartimbamba, sin justificación alguna- con su dedo
amenazador que deja ver una sortija de oro con una piedra roja engastada- y lo que es peor, ni siquiera ha iniciado
los trabajos- gesticula y su voz se hace agresiva- voy a rescindirle el contrato inmediatamente, antes que pida ampliaciones de plazo y no se que
otras leguleyadas técnicas más; que siempre aducen,
ustedes los ingenieros- acomodándose los lentes- ya se le dio el adelanto ¿qué mas quiere?.
Lo miro
asombrado. Quiero responder; pero me hace alto con su mano.
-
Quejándose
contra usted, está aquí el señor Paiva,
presidente del
comité de
gestión- dice cortante.
Coloco mi maletín sobre el alfombrado piso. Don Anacleto Paiva tiene
agachada la cabeza.
-Lo que no le ha dicho el señor Paiva, doctor-
muevo las manos, para darle énfasis a mis palabras- es que mi contrato dice que la comunidad brindará todas las garantías
necesarias, internas y externas; antes, durante y después de la ejecución de la
obra- enseñándole el subrayado con plumón verde del contrato.
Se saca los lentes para leer con mayor claridad.
-Lo que tampoco le ha dicho el señor Paiva-
deletreando las palabras-
es que
él y los dirigentes de la comunidad, han
firmado este documento- y le muestro un papel bond
con sellos y firmas- ordenando mi salida y la de mis
trabajadores; negándose a autorizar la construcción de la posta médica y a
cumplir la parte contractual del contrato.
Don
Anacleto escucha, cabizbajo.
-Sian veniu, sin
terminar posta, ductor- dice moviendo la cabeza- , abandonando trabajo, sian venido.
El doctor
García me mira asombrado.
-Lo entiendo don Anacleto, lo entiendo- digo
complaciente -conozco
del
mal momento, por el que está pasando.
Llegamos a Sartimbamba atravesando por la cordillera, voy a ver a mi
cholita,
ella llorando triste me decía, oye cholito llévame a tu tierra conjunto
Libertad Santiago de Chuco y su Vallejo eterno donde estará mi andina y dulce Rita, de junco y capulí al atardecer
del viernes luego de dieciocho horas de
cansador viaje pasando por Conachugo y Sarín que pue, están a
seis horitas en carro bien corridazas, maestrito hubiese querido ir a Mollebamba y tomarme un buen cañazo con mi amigo Napoléon“a burra vueltaza ingeñero
y salida nuay, porai;
pero con Beto Medina, hablando de poesía y catando un ron Cartavio por el lobo de asís, salucito
antes de partir, lo hemos recordado.
Nos
reunimos con don Anacleto Paiva, con el teniente gobernador, el agente
municipal creíbamos que sian mariconao, que no veniban
visitamos el terreno en una pampita, cerca al río mañana hacemos acta de posesión y comenzamos los trabajos luego un salucito con un cañacito del valle de Condebamba
por la obra, por la obrita, pues mi
maestro está decidido a terminarla, antes del plazo previsto.
El sábado a
las once de la mañana con los planos,
cuadrando estamos
las
medidas y límites se aparece una columna armada de sendero nos jodimos, primo dice el negro Briones
mierda, era cierto asombrado el chino
Arteaga y el viejo Melitón Portales, viendo como cinco armados con fusiles de
largo alcance, se dirigen hacia nosotros tranquilos
muchachos tratando de serenarnos.
A culatazos
y disparando al aire, nos ha reunido en la pequeña placita onde la banda de Julcán, de amanecida nos
hace bailar, lindazo pa la fiesta que da a la
antigua iglesia ni la mamita Mercedes
puede calmar tanto dolor de adobe y calamina.
A don
Anacleto Paiva arrastrado de su poncho lo han sacado al centro y, poniéndole el
cañón de un fusil en el pecho, han disparado felizmente al aire, ha sido.
-No mi matas papito, familla tengo, hijos chicos tuavía tengo- llorando-
ingiñero hay veniu a hacer posta de
parte de Región.
Mandó
degollar a su buey barroso su buey
arador “lleven so carnecita,
compañiro; pero no mi matas.
Se llevaron
nuestras herramientas servirán para hacer
hechizos dice
quien dirige la columna senderista las herramientas siempre son buenas
quemaron nuestra ropa, los colchones y el depósito de materiales a ustedes los quemaremos la próxima vez, si
siguen aquí se llevaron el pago de la planilla es una pequeña contribución por la revolución armada del campo a la
ciudad metiendo bala al local
comunal si los encontramos, los mataremos
ingeniero amenazando, se han marchado, quebrada arriba pa Condormarca, el valle o Pataz, quien sabe
señor.
-No hemos regresado por miedo ni porque se nos ha
dado la gana
doctor
García- secando el sudor de mi frente con un pañuelo- sino, porque nos han expulsado; esa es la
pura verdad.
Don
Anacleto tiene la tez rugosa, sombría y abatida. Lo he visto sufrir, implorar y
llorar como lloran los hombres de ñeque
por su vida y la de su familia.
En ese trágico
momento se nos arrugó, el corazón, el alma, los testículos; todo ¿saben que es ser macho?.
El doctor Garcia nos mira, como diciendo, a quien creo.
-
¿Es cierto
ingeniero?- pregunta secándose el sudor acomodándose
los lentes.
Le entrego
el acta firmada por don Anacleto Paiva y los principales de
la comunidad.
-Va a volver a terminar la posta médica,
ingeniero?- pregunta.
-Por supuesto doctor- contesto
seguro – pero que venga conmigo don
Anacleto
para ir juntos y llegar a Sartimbamba, juntos.
-Entonces mañana a las ocho- conciliador
el doctor García.
-Mañana a las ocho- afirmo.
-Mañana pues, las ocho estaremos-
confirma don Anacleto Paiva.
Hasta
ahora, lo sigo esperando.
AL PASO
Doblando la última curva que da al
despeñadero sobre el río Ronday, un eucalipto caído a
todo lo ancho de la carretera, hace que Nazareno Ríos, frene bruscamente la camioneta. Un violento
giro del timón, la hace patinar.
-Cuidado, nos desbarrancamos- grito
soñoliento. Nos hemos quedado prácticamente, con una rueda en el aire.
-¡Casi nos matamos!- dice
alarmado.
El brusco
movimiento ha hecho que me golpee la frente sobre el vidrio
del parabrisas
“felizmente golpe nomás es murmuro con razón en el colegio le decían cabeza
dura me dice riendo nervioso sin
bromas, que no es bueno burlarse de su jefe y en su delante, todavía le
dijo tratando de sonreir gracias a Dios, me di cuenta a tiempo,
ingeniero bajando la tensión y el nerviosismo del momento
La noche
está oscura y en el firmamento de Querco densas nubes
se amontonan; ennegreciéndolo, aún más.
-Baje despacio, ingeniero- recomienda
Nazareno Ríos- que yo veré que
está
pasando- respira nervioso.
Abro la
portezuela y mi zapato de minero toca el suelo. El rastrillar de
un arma a la
altura de mi cráneo ¿y ahora qué? me
hace sudar frío.
-Necesitamos prestada su camioneta, por unas
horitas, ingeniero- me
dice una voz amable; pero cortante a mi
costado- si se portan bien, nada va a
pasarles- con tono suave; pero amenazante- se lo devolveremos antes del amanecer.
Las luces
de la camioneta delinean a otros
encapuchados, que fusil
en bandolera;
desplazan al caído eucalipto, tirándolo al
abismo.
-Manos a la cabeza- dice otra voz, en la portezuela del
chofer-
tranquilito deja las llaves en su sitio- ordena.
Escucho el
ruido del rodar del eucalipto por la ladera. El eco del
impacto sobre las
aguas del río; me hace estremecer así nos habría pasado pienso.
Amables;
pero cortantes nos suben a la plataforma. Nos sientan con la
espalda pegada a
la cabina; amarrándonos los pies y las manos hacia adelante solo por seguridad, ingeniero, usted sabe
con los pasadores de unos borceguíes.
Verifican
las amarras y nos cubren la cabeza y el cuerpo con un poncho no queremos que sepan lo que hacemos
sentándose a nuestro costado tampoco que
tengan frío tres encapuchados armados.
Calculo que
hemos viajado un par de horas, supongo a Laramarca o
algún poblado cercano. Nuestros acompañantes está callados; solo los baches, de
cuando en cuando nos hacen saltar y quejarnos de dolor.
Paran la
camioneta y de un salto bajan nuestros acompañantes.
-Que va pasarnos- pregunta despacio y
atolondrado Nazareno.
-No lo se- le contesto en la
incertidumbre- no creo que quieran
matarnos; sino
ya lo habrían hecho hace rato- digo para tranquilizarnos.
Escuchamos
voces de unos y órdenes de otros; movimiento de
zapatos que vienen, que van.
Abren la
puerta de la plataforma y suben costales, bultos y cajas.
-Arrímese, ingeniero- nos ordenan y
silenciosos nos arrastramos al
extremo izquierdo
de la camioneta. No escuchamos casi nada; hablan bajito o muy lejos.
Reinician
la marcha y debe ser ya, pasada la medianoche. Estoy
cansado, tengo las
piernas adormecidas y las manos frías. Aun, con el movimiento de los baches, me
voy quedando dormido.
Sueño con
mi familia, a la que no veo mucho últimamente unos diítas
al mes tengo que viajar cuarenta y cuatro horas seguiditas, señor de Ocoyo
a Ica, de Ica a Lima; de
allí una tarde y una noche hasta Chiclayo y dos horas más hasta Motupe donde está mi mujer y mis hijos salgo sábado en la noche y llego lunes a mediodía y el viernes en la
noche, estoy volviendo de nuevo; para el lunes estar otra vez en la chamba.
Frenan la
camioneta y el ruido que produce el movimiento de los
costales, bultos, y
cajas, me despiertan.
Un rebuzno
y unos relinchos me hacen suponer; que el cargamento lo transportarán en una
piara de acémilas, cerros arriba.
Reiniciamos
la marcha, despacio ya no tienen mucha
prisa pienso.
Ligeras
gotas suenan sobre la cabina metálica de la camioneta.
Cambio de postura para aliviar el
adormecimiento de mi pierna izquierda. Ya no siento la
presencia de los que, con nosotros viajaban. Se bajaron junto con el equipaje.
Ya no están
Paran.
-Después de media hora que nos hayamos ido
ingeniero, reiniciarán su
viaje- nos dice la misma voz amable; pero
cortante -el partido les agradece-
continúa hablando –no queremos
comentarios de ningún tipo- nos aconsejan- recuerden que tenemos ojos y oídos en todo sitio- amenazador -disculpen por el susto.
Pasos
sordos sobre la gravilla de la carretera, se alejan.
-Nazareno, estás bien- pregunto
-Creo que estoy completo, ingeniero- me
responde.
Accionando
brazos y piernas nos sacamos de encima los ponchos.
Con los dientes Nazareno desata mis
manos y luego le desato sus manos y pies. Moviéndonos desentumecemos nuestras
piernas y el frío de la madrugada, también.
A rastras
bajamos de la plataforma de la camioneta.
Amanece.
Estamos en el mismo lugar de donde nos secuestraron.
-Sino fuera por las huellas de las amarras,
Nazareno; diría que estoy
soñando
y que esto nunca sucedió- digo frotándome las muñecas.
Nunca
sabremos que trasladaron esa noche.
Días
después, llegan las noticias.
Una columna
senderista incursiona en los poblados de las riberas de los ríos Ronday y Condorsenca, dinamitando locales municipales,
gobernaciones; asesinando autoridades.
En
nocturnos juicios populares.
DE AÑOS
-Florentino- dice una alegre voz a mis
espaldas.
Doy
media vuelta, presto a contestar el saludo, de quien; por mi nombre de pila, me
llamaban de niño.
Lo
miro y sus rasgos no me son familiares ni conocidos. No lo reconozco.
-Ingeniero Roberto Florentino Reyes Pascual-
dice riendo, deletreando las sílabas, como para no tener duda; que quien me
habla, es alguien muy conocido y desde hace mucho tiempo, probablemente.
Lo miro sorprendido una vez más. Su cara
colorada y su bigote espeso, no me dicen nada.
-Soy Casinaldo
Rodríguez, de Quinjalca, Chachapoyas, cholo hermano-
efusivo, abriendo los brazos.
No puedo ocultar mi sorpresa y lo miro de
pies a cabeza.
-Tú eres el despintao,
el hijo de doña Goyita- le digo para confirmar su
identidad.
-Clarín, clarinete, cabeza de torniquete-
y nos estrechamos en un gran abrazo, rebosantes de alegría.
Hace
un mes me han designado Jefe de
-Veinticinco años sin vernos- le digo.
-Veintitrés, exactamente- me corrige.
Es
casi medio día y un sol esplendoroso invade las recién cementadas calles de la
plaza. Una mujer de Carumas con su vestido blanco,
bordado con hilos de colores y su sombrero de tela, pasa saludándonos.
-Así sean cinco, cholo pata rajada; pero esto
tenemos que celebrarlo- digo efusivo- en
la bodega de la esquina venden un vino de casa excelente y si quieres un
pisquito, también- lo invito- es
justamente la hora del abre apetito.
Me mira sonriente y simulando una visera,
con la mano derecha se tapa la frente, protegiendo a sus ojos del sol.
-Soy maestro de escuela en
Quinistaquillas, seguro todavía no conoces- me dice
sonriendo- sólo vine a hacer unas
gestiones en la supervisión de educación y estoy apuradito hermano-
palmeándome el hombro- que te parece, si
nos encontramos este viernes al mediodía en el pueblo; es el aniversario de mi
escuela y será un honor tenerte y ver también, en que puedes ayudarnos-
guiñándome un ojo.
-Si tú quieres tumbamos el colegio y lo
volvemos a levantar- le digo bromeando- para
mi paisano y más aún, para mi compañero de salón, lo que sea- reafirmando
nuestra amistad.
-Como veo que ya has probado el vino omatino, te tendré unas buenas damajuanas y unos cuyecitos;
que te parece?- accionando las manos al
hablar- no serán como los de Chachapoyas; pero estos también están buenazos-
estrechando mi mano, se despide.
El sol calienta este mediodía y el
alboroto de los muchachos saliendo del colegio, se deja oír.
-Déjame preparar tu llegada como se debe,
hermano- nos abrazamos, palmeándonos los hombros, se marcha por la bajada
del río.
La
mañana del viernes catorce de agosto, enrumbamos con destino a Quinistaquillas. Pepe Ramírez maneja la camioneta, Miguel
nos acompaña.
-Quien
creyera, digo; que habríamos de atravesar casi todo el Perú para encontrarnos ¿cómo es la vida? saben, estudiamos
juntos la primaria; Casinaldo no era muy chancón que
digamos, pero te decía las capitales de los países de América de corrido. No le
alcanzaba el tiempo “pa
dale a la estudiada” trabajaba en la
lampea desde chiquito en su chacrita, donde sembraban maíz y cebada. Terminamos
la primaria y desapareció. No volví a saber más de él; hasta anteayer, que me
sorprende, llamándome por mi nombre.
-Tendrán mucho que contarse, ingeniero-
me dice Pepe- son tantos años-
sonriendo –debe ser como encontrarse con
la hembrita, que uno amó en su infancia- nostálgico.
-
Sin mariconadas Pepe, sin mariconadas-
riendo.
Un
pastor con sus ovejas y cabritos cruzan la carretera, sacando polvareda trepan
la ladera; con su onda en la mano, los arrea cuesta arriba.
-Si fuera una cerveza por semana, ingeniero;
necesitarían un trailer llenito- dice riendo Miguel Coahuila, que está
sentado a mi costado.
-Si pues, como es la vida muchachos- les
digo, emocionado- casi una vida sin
vernos; un poquito más y nos encontramos sentados sobre el cráter del Ubinas- riendo.
Llegamos
a la escuela y Casinaldo con su terno azul marino y
su corbata roja sale a recibirnos yo
estoy con mi jean despintado, mi camisa a cuadros y
mis botas de cuero; el casco está en la camioneta.
Nos
presenta al director y a los profesores como su paisano y compañero de escuela me siento contento y emocionado como clarín
de carnavalero más aún; cuando me hacen hablar delante de tantos niños,
algunos descalzos y mal vestidos me
recuerda a mi infancia en la escuela ciento veintisiete y me emociono y les
digo que yo también estudié así y Casinaldo también;
pero estamos orgullosos de eso y de lo que hemos alcanzado en la vida; que
queremos lo mejor para los niños de Quinistaquillas y para eso, vamos a instalar el agua potable
a la escuela y construiremos los servicios higiénicos para que no anden por las chacras, asustados, haciendo sus necesidades
digo riendo.
Me aplauden, Casinaldo
Rodríguez también; siento que como yo, también está emocionado.
Nos
llevan a la pensión de los maestros para dar cuenta de los cuyes, truchas, vino
borgoña y pisco de casa, que nos han reservado.
-Mi
tío Eleuterio ¿te acuerdas? me llevó para estudiar a Chachapoyas; dos años
estuve con su familia y despuecito me fui a Chiclayo- cuenta Casinaldo- trabajé en el mercado mayorista, de mandadero,
cargador, pájaro frutero, de todo hermano; junté mi platita y en un camión me
embarqué a Lima quince años, nomás tenía,
hermanito y como ya conocía el negocio me fui a
-Es el soltero más codiciado de la provincia,
ingeniero- dice riendo la maestra Pilar Campos, con sus rulos castaños y
sus ojos claros.
-Y que esperan para conquistarlo-
replico.
-
Es que se hace el difícil-
mordisqueando la pierna de un cuy, frito con harina de maíz que lo hace
crocante- a ver si usted lo anima.
Me
dijeron que estabas en Lima; pero no hubo tiempo de vernos ni saludarnos “ni tomarnos una copita, brindando por
nuestro pueblo, cuna de la belleza andina, que linda es mi tierra”- dice
cantando y chocando su vaso de vino con el mío -mi hermano Fermín me contó que
estudiabas en
-Pero; como vas a saber de mí; si te has
venido a vivir a los tobillos del Perú- digo riendo
-Te juro, cholo hermano, que nunca pensé; que
nos encontraríamos tan lejos de nuestra santa tierra- abrazándome -¡salud por eso!.
De
Carumas, ha llegado una delegación del colegio
secundario con sus vestidos multicolores, danzan para nosotros.
Ponen
“caballo viejo” en un moderno equipo
musical y comienza el baile. En una esquina, vaso en mano, conversamos con el
director y los demás profesores.
La
luz de una bombilla eléctrica, nos anuncia que está anocheciendo sobre el valle
y sus quebradas.
-No te vayas Florentino- me dice Casinaldo, llamándome a un costado de la reunión- tengo que hacer algo urgente y a mi regreso
quiero encontrarte; ya verás la borrachera que nos vamos a pegar.
-Vas a enviarle un telegrama al presidente-
le digo bromeando.
-Algo así- me contesta sonriendo- pero no te vayas- me recuerda una vez
más.
Es
ya muy tarde para regresar, tampoco estamos lúcidos como para conducir la
camioneta; además el valle está declarado como zona roja no te expongas, hermano me ha dicho antes de marchar. En la casa de
Casinaldo hay tres camas, esperándonos.
Nos
levantamos a eso de las nueve y
mientras curamos cabeza con un caldo
de tripas de carnero con su motecito y
una botella de vino; llega hasta nosotros la novedad.
-¡Anoche atacaron Omate,
la comisaría y la municipalidad!.
La noticia me hace palidecer.
-La oficina- dicen a coro Pepe y Miguel.
-¿Sabes algo Casinaldo?-
le pregunto alarmado, dejando mi plato de caldo a medio saborear.
-Nada Florentino - desviando la mirada –no se nada.
-Mierda- digo levantándome de la mesa -¡vámonos!- ordeno.
La
puerta principal de la municipalidad es un boquerón negro y humeante. Hay
astillas de madera por todo sitio y fierros clavados en las paredes; tarrajeos de barro, cemento y yesos regados en el suelo. El
techo de cañas y palos se balancea. La vieja escalera de madera, no está más.
-¡La oficina!- alarmado
Mis
ojos van hasta la vieja puerta de eucalipto antiguo. Increíblemente está en
pie.
Huellas
de disparos han perforado sus tablas; una hoz y un martillo pintados en rojo,
abarcan casi la mitad.
A
mi espalda el puesto policial, destrozado: Le volaron hasta el techo. Dicen que
los atacaron desde la plaza y el cerro.
Una
áspera tranquilidad se esparce por el poblado no es la primera vez, ingeniero. La tensa calma que deviene después
del caos y la confusión.
Tengo
la mirada pegada en la puerta de madera,
instintivamente cuento los disparos uno,
dos, cinco, once, catorce, dieciocho, veintiuno, veintidos,
veintitrés,¿veintitrés?, son veintitrés”
las huellas de las balas es un mensaje,
carajo.
Recuento
para confirmar efectivamente ve inte y trés una chispa de
terror y angustia una por cada año de
ausencia, carajo me recorre el espinazo.
-¡Haz sido tu Casinaldo?- enfurecido -¡fuiste tú, carajo!- desesperado-¡grandísimo hijo de puta, sino fuiste tú, quien fue?! -maldigo.
Abatido, observo una vez más, la vieja puerta
de tablas de eucalipto, pintada con esmalte marrón ¿cómo fue? sus veintitrés estremecidas huellas tiro por tiro como afilados cuchillos o en una sola ráfaga? desangran mi corazón.
Siento
mi cuerpo, reclinado sobre la puerta, atravesado por veintitrés disparos de
fusil de largo alcance.
Me
invaden la tristeza y la desolación.
DESCONOCIDOS CASI AMIGOS
Estamos cargando
los barrenos aguzados en el taller del asiento minero de Chaucha; cuando cubierto
con un poncho de lana y con aires de minero; de una casita blanca del final de
los depósitos, una sombra se acerca, sigilosa.
-Tenemos un herido, ingeniero- nos dice
cortante- llévenos a
Huancayo- a través
de su pasamontañas- le pagaremos.
Intento
explicarte que no puedo desviarme de mi ruta y que regreso a
Vitis
llevando dieciséis barrenos de acero,
dos cilindros de combustible y tres latas de lubricantes para las máquinas;
pero el cañón de una pistola en mis costillas así cualquiera, facilito entiende me hace comprender lo incómodo de
mi situación sin dudas ni murmuraciones.
-No nos queda otra, Serapio- comento en
voz baja con mi chofer.
-Ya estamos sobre el burro, aguantemos los palos,
nomás ingeniero-
dice resignado
Es ya
pasado el mediodía y graniza sobre los grises cerros del asiento minero.
Se sienta
en la cabina posterior de la camioneta y nos guía por la carretera que da al
abra Negro Bueno; desviándonos por una trocha casi inaccesible.
De entre
unos quishuares y envuelto en un poncho; abrazado y casi a rastras,
traen a un herido.
-Súbanlo a la cabina posterior- les digo
abriendo la puerta- el frío de
esta puna
puede matarlo- cierran la puerta y quien tan gentilmente nos ha
tomado la carrera, se sienta a su costado.
-El partido le agradece, ingeniero- nos dice
una voz gruesa de tipo
militar- le aseguramos que de aquí en adelante, nadie
habrá de molestarlo- y desaparece junto a una docena de emponchados, que
marchan junto a él.
Cruzamos los
cuatro mil trescientos metros de Negro Bueno y una
pampa inmensa se
abre a nuestra vista. A un costado, los restos metálicos de un cable carril en este portento de la ingeniería,
De cuando
en cuando una llama, una alpaca solitaria, un pajonal seco y crecido.
En la
distancia, una casa quemada, unos corrales destrozados, unas pintas rojas
vivando la lucha armada.
Llegamos a
la garita de Quero.
-¡Documentos!- nos pide el guardia civil,
parado a nuestro costado; soplándose las manos, para calentarlas del inclemente frío, de estas punas.
-Soy el Ingeniero Elmer Burgos Vergara de
Cooperación Popular y estamos yendo a Huancayo, jefe- le digo con tono
amable.
Mira por la
ventana.
-¿Que pasó?- pregunta- ¿está herido?.
Mi chofer
me mira de costado; una tosecita en la parte
posterior, me
dice que debo
ser precavido.
-Sí jefe- le explico- es un trabajador mío, que manipulando unos
barrenos en mal estado, se ha cortado la barriga y por eso, lo estoy llevando
al hospital de Huancayo, lo más rápido que podemos.
-Ojalá nomás, no se le muera en el camino-
sarcástico- otra cosa, tenga cuidado
ingeniero- me recomienda- una
columna de terrucos
está jodiendo por esta zona y hace un par de días nomás, se han agarrado a
balazos con el ejército y parece tienen varias bajas y heridos.
Los
pasajeros del asiento posterior, están callados, simulando dormir; pero seguramente,
muy atentos; a todo cuanto hacemos y decimos.
-¡Teniente
Camones, venga!- grita a voz de cuello el guardia civil y el
eco retumba en
los cerros aledaños. El temor y la sorpresa nos invaden
-No va usted a Chupaca a ver lo de los refuerzos- levanta
la voz- ¡el ingeniero puede llevarlo!.
Serapio y
yo nos miramos incrédulos, como diciendo nos
jodimos, compadre. Los ocupantes del asiento posterior no dicen nada; pero
escucho el característico rastrillar de sus armas.
Un uniforme
verde de combate con su gorrita ladeada, aparece. En la
mano un maletín
de cuero, su arma de reglamento y un par de granadas de guerra en el cinto.
-Como está ingeniero- saluda,
dirigiéndose hacia la puerta posterior estos
van a matarse, carajo pienso y a nosotros, también.
-Venga adelante, teniente- lo invito
sonriendo- la altura me ha chocado y
quiero descansar un poco- le explico- si
me duermo, puedo contagiarle a Serapio y nos podemos desbarrancar; mejor será
que venga adelante y le vaya haciendo la conversación- trepándome en el
asiento posterior.
Nos miramos
y suspiramos aliviados. El teniente se ha sentado como copiloto y atrás; estiro
las piernas lo más que puedo, colocando mi cabeza sobre el respaldar,
intentando dormir
Serapio ha
puesto un casette con
huaylarsh y huaynos
del centro del
Perú picaflor tarmeño, porque pues pretendes sin querer los cuatro
estamos cantando picar a las flores, que
ya tienen dueño me acuerdo de mi amigo Julio Rivera zapateando y levantando
polvo en el club Tarma sólo falta una botellita
de alcohol rebajado y armamos una jarana de lo lindo el teniente emocionado
esto es vida ingeniero, el resto es pura
ilusión el herido se queja en silencio si
no me quieres que voy hacer tamboreando sobre la cabina con retirarme se acabará, todo todo se acabaráaa”.
Llegamos al
puesto policial de Chupaca y el guardia civil de servicio al
reconocer a su superior; levanta presto la
tranquera y se cuadra, llevándose la mano derecha extendida sobre el quepí.
El teniente
Camones se baja, acomodándose el capotín.
-La benemérita guardia civil del Perú le agradece,
ingeniero- sonando
sus tacones y
cuadrándose militarmente, da media vuelta y se va.
Anochece.
Algunas estrellas aparecen en el límpido cielo wanka.
Continuamos
rumbo a Huancayo, atravesando casas recién construidas con ladrillo y cemento,
bordeando el río Mantaro ay mantaro de mis penas, solo tu sabes mi sufrimiento, ay mantarito, mantarooo.
-Déjenos al costado del hospital del seguro- nos dice
el pasajero que
tomó la carrera
a la prepo,
nomás sin nuestro consentimiento.
Serapio
frena la camioneta.
Con
esfuerzo baja al herido si no lo atiende
un médico se muere su poncho está humedecido por la sangre.
-El partido comunista peruano sendero luminoso
y nuestro presidente
el camarada
Gonzalo, le agradecen por sus servicios- nos dice muy serio -no lo olvidaremos camarada ingeniero- me
sorprende su trato -se ha comportado como
un verdadero militante.
Abrazando a
su herido, se pierden entre las sombras de la amarillenta luz de las bombillas
de veinticinco voltios, que penden de los postes de eucalipto; calle arriba.
Serapio y
yo nos miramos aliviados.
-Quiero un trago, ingeniero.
-Yo quiero dos.
Nos
estacionamos en la primera cantina que encontramos abierta; en
la calle
principal de El Tambo.
Al tercer calientito de todas las
hierbas respiramos aliviados.
NEGOCIACIÓN
Artidoro Yopla, secretario
general, Tarcisio Alejos y Josefino Mayta, secretario
de organización y defensa del sindicato; no logran convencernos ni sustentar
como es debido el item treintaidós
de su propuesta “la empresa contribuirá
con una asignación mensual del diez por ciento de sus ganancias brutas, para el
fortalecimiento gremial de nuestro glorioso sindicato y de apoyo a las bases
clasistas, que luchan por el proletariado nacional y la toma del poder
popular”.
La
negociación del pliego de reclamos con el sindicato de obreros, está en un
punto neutro.
Desde el
pasadizo del segundo piso de la fábrica, observo el patio central y la
optimista inscripción “sólo cuando el
mundo deje de vestir, textil San Rafaelito dejará de
existir” me incita a creer que todo está bien que nada malo está sucediendo.
Muevo la
cabeza, negativamente así como van las
cosas, es cuestión de tiempo, nada más apesadumbrado pensar que cuando llegué hace ocho años éramos la mejor textilera de Lima; solo
Alicia Medrano, mi secretaria, con su sonrisa
de niña buena y su entornada mirada, de cuando las cosas están difíciles, me
dice:
-Ingeniero, el presidente del directorio
quiere verlo- poniéndose el lápiz sobre sus labios pintados
de café oscuro- está reunido con el
gerente general.
Lo miro
asombrado.
-¿No sabes para que es?- niega
moviendo su enrulada cabellera negra y por su mirada tres años trabajando juntos puedo afirmar que conoce el motivo no va a decirme nada sospecho.
-O es para botarme o para nombrarme gerente general- digo
sonriendo nervioso- para que otra cosa
pueden llamarme- poniéndome el saco que está sobre el perchero, detrás de
la puerta -siempre he sido perfil bajo;
sólo cuando hay dificultades, me llaman me
quejo. Sonriendo me mira intensamente con sus ojos claros, como adivinando mis
pensamientos.
Reviso
mentalmente los últimos sucesos y las decisiones tomadas dentro de la fábrica la situación está movidaza murmuro han parado los empleados, los obreros hace
quince días que están de huelga, atacaron
la fábrica y las ventas han bajado; la situación no puede estar peor.
A lo largo de la carretera central se ha
instalado el terror.
-Adelante míster inginiers- me invita don Saúl Blackerson, mezclando el español mucho difícil con el inglés veri
gud desde su sillón de respaldar bajo tan chiquito para un hombre tan grandazo
sus vivaces ojos azules y su cara colorada.
-Buenos días- atravieso los cinco metros
alfombrados, que hay desde el ingreso hasta su enorme escritorio de caoba tendrá por lo menos treinta años ese mueble las patas talladas como garras de
león. Con el ingeniero Roberto Suaznábar, gerente
general de la fábrica revisan unos documentos
Dos tazas
de café a medio consumir sobre el escritorio, delatan que la reunión tiene por
lo menos un par de horas.
-Usted negouciar pliego de reclaumos con sindicatou de obreuros- sin pestañear -de
usted depender que fábrica no perder; pero sindicatou
creer que ha ganadou- moviendo su sillón de un
lado a otro –pedir barbaridades.
Alargando su brazo me entrega un fólder
amarillo, donde supongo se encuentran los reclamos –usted saber queu estaumos
casi quebraudos- poniéndose mas colorado todavía.
En la pared
del fondo, la foto en óleo de don Otto Blackerson Berenesky lo conocí
muy viejito ya, siempre con su pipa en la mano un judío polaco venido al
Perú, después de la segunda guerra mundial y fundador de la empresa a
principios de los años sesenta.
-Pero…señor?-
entendiendo la magnitud del encargo.
Desde la
ventana se ven los telares en movimiento y el ir y venir de los obreros llevando fardos
de tela. El ruido de las máquinas, sordamente llega hasta aquí.
-Tomar providencias, sou
tiempo, inginiers; si querer caja chica hablar con
administrador- me dice acomodándose el nudo de su corbata tiene dibujos del pato donald y sonrío ah,
ser bonitou regalo de mi mujer, por navidad dice,
adivinando mis pensamientos.
El
Ingeniero Suaznábar se levanta -Solo es cuestión de que ponga su cara
de
buena gente, ingeniero y todo saldrá bien- dándole la mano a don Samuel Blackerson; me toma del brazo, explicándome en el trayecto,
las estrategias que hay que seguir.
-En usted confiar, míster inginiers- dice finalmente, antes de cerrar la
puerta de su despacho.
Al mediodía
el señor Blackerson renunció como presidente del
directorio de la empresa y esta noche vuela a San Francisco terorismo mi estar arruinando donde están su mujer y sus tres hijos, desde
seis meses.
Probablemente
no regrese mi retornar depender
circunstancias la fábrica está en bancarrota mi platau estar en Gran Caymán
hay amenazas patronal explotadora, chupasangre otras más pronto
caerán, el sindicato lo hará presiones mi irme
con mi familiau tomándose el último whisky en la
sala de espera internacional del aeropuerto Jorge Chávez.
La reunión
se inició el lunes dieciocho a las diez de mañana para
meter
presión el sindicato ha movilizado a un centenar de obreros “viva el glorioso sindicato de obreros de
San Rafaelito”, “viva”; “viva nuestro pliego de
reclamos”, “viva; “viva el proletariado peruano”, “viva”; “abajo la clase
explotadora”, “abajo”; “si no hay solución, la huelga continúa”; “palmas
revolucionaras, compañeros”, “palmas”.
Han sido
largas y tediosas horas de tensión y espera “lo
que digan las bases, compañeros” de argumentos “mejores condiciones de trabajo o nada” de réplicas “hay serios problemas financieros, que
ustedes quieren soslayar” de llamadas telefónicas y consultas de ambas
partes “no acepten nada, compañeros, el
pliego completo o paramos la fábrica” de amenazas y recriminaciones “en ningún lugar del mundo se paga a un
sindicato, para que le haga huelga a su propia empresa”.
Estoy
agotado “mucha saliva señores y nada en
concreto” las bases “nos vamos a la
huelga general indefinida, compañeros” los dirigentes del sindicato están
exhaustos. Son las presiones; diferentes “pero
presiones, al fin”.
Esta mañana
el cerco de ladrillos de la fábrica, amaneció con
inscripciones “sindicato traidor” pintas “Artidoro Yopla vendido”, “ingeniero Andrés Arnoldo Valdivia,
explotador” ese soy yo “patria o
muerte, venceremos” amenazas “muerte
a los traidores”.
Son las
siete de la noche del jueves y treintaiún puntos del
pliego han
sido resueltos “aumento salarial por la inflación del
trescientos por ciento; no cincuenta porque no hay plata; doscientos cincuenta;
no setentaicinco, las ventas han bajado; doscientos;
cien y no más, tenemos que reemplazar las máquinas que la explosión destruyó”.
Discusiones
entre los miembros del sindicato “que se
paguen los días de huelga” consultas
“sí; pero que recuperen las horas perdidas” idas y venidas “aprobado” otros pedidos “mejores
condiciones de trabajo” aprobado y etc, etc.
Es el item treintaidos del pliego, el
que ha empantanado la
negociación.
Escuchamos sus planteamientos “lo que aquí se apruebe, tiene que
ser
refrendado por la empresa, que es la que paga” no nos
convencen “es gremial, sindical” los
refutamos “la empresa no puede financiar
proyectos ajenos a la fábrica“ mas argumentos “tenemos que apoyar a nuestros hermanos en lucha de los demás
sindicatos” refutaciones “apóyenlos con su plata; estamos casi quebrados y a
punto de cerrar” otros argumentos “es solidaridad con los sindicatos en lucha”
réplicas “cuando cierre la fábrica y nos quedemos sin trabajo, quien va ser
solidario con ustedes, con nosotros”.
La
discusión está en un punto muerto “no hablemos
de muertos ni
heridos,
que la situación está brava”, empantanada
“son las siete de la noche señores, mañana
continuamos” nos miramos “si no hay
argumentos contundente; mañana contra la opinión del mundo, cerramos el pliego”
nos estrechamos las manos “no sea tan radical, ingeniero”.
Salgo al patio
central y la brisa que mece a los álamos
perimetrales golpea mi cara es bueno
respirar el aire fresco.
Dos
explosiones remecen la noche debe ser por
Vitarte el ruido de las sirenas, me estremecen sendero está tocando las puertas de Lima apagones semanales y las
banderas de sendero en los postes “la
policía busca a Abimael Guzmán como locos antorchas
dibujando la hoz y el martillo en el cerro San Cristóbal, desesperados todos.
Llego a
casa y me recibe Korycha linda mi cholita, dando sus primeros
pasitos con sus manitas abiertas hola preciosura sus ojos grandes sacó los ojos de la abuela y su
inconsistencia al caminar pareces el
patito lindo del cuento la tomo entre mis brazos y la cargo“es bueno volver a casa suspiro aliviado.
Mi mujer se
acerca tímidamente: “hola amor” la
beso en los labios
”esto ha llegado” llorosa, es un sobre manila “Te mataremos,
perro explotador; Partido Comunista del Perú, sendero luminoso” escrito con
plumón rojo.
He recibido
amenazas varias en el trabajo conocen mi
casa me
desespero mi familia, carajo se me aceleran los
latidos, en el corazón y en el cerebro y
ahora? trato de calmar a mi mujer “¿qué
va a pasarnos Andrés, que va a pasarnos?” sentada en el sillón de cuero de la sala, gime silenciosa “¿mi hija, que va a pasarle” se lamenta “nada, mi Emperatriz, nada” mi hija
también está llorando “se me parte el
alma” que hacer en este desesperado momento siempre he sido bueno decidiendo cosas ajenas; pero ahora?.
No he podido
dormir por los disparos, sobresaltado a
cada instante
esas
sirenas suenan cerca me ducho a ver
si el agua fría, calma mi tensión llega el olor a café recién pasadito será un día batallador desayuno apresurado para ir a la fábrica.
-Enciende la televisión amor, para ver las
noticias- decidido a culminar con la negociación. Si o si.
Un
reportero aparece narrando un reciente crimen alrededor de las
cinco
y media de la mañana ha sido asesinado a un desconocido, de dos balazos en el
pecho y lo han rematado con un tiro en la cabeza; al parecer ha sido un grupo
terrorista.
Siento una
corazonada.
Acercan la
cámara y lo reconozco mierda es el Artidoro.
Sobre su camisa
celeste manchada de rojo coagulado, una cartulina
“así
mueren los traidores” una hoz y un martillo en rojo.
Su rostro
es una mueca adolorida. Su cuerpo es un charco de sangre,
sobre el pisoteado
polvo de la carretera central.
Un muerto
más, que los transeúntes miran sin mirar
En la
fábrica, la noticia la sabían hace dos días.
CONTRACARÁTULA
Los
textos son una excelente y traumática recreación de una época temible. La
muerte se enseñoreó del Perú, y no hubo más razón que la bala.
Cogidos
entre la violencia de Sendero y la bestialidad de los sinchis;
los ingenieros son una representación de todos los peruanos, una suerte de
puente Bayley por donde todos pasaron.
Eduardo González Viaña
Western Oregón University
USA