FRANSILES GALLARDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ENTRE  DOS

FUEGOS

 

 

 

historias 

DE  INGENIEROS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A los Ingenieros del mundo

 

constructores de  sueños

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A los anónimos ingenieros

 

con quienes una noche de tránsito

en una cantina de Paucartambo

ebrios de dolor y emoción

compartimos estas historias y otras tantas

que la memoria en letras

aún no puede traducir

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

 

Fransiles Gallardo escribe, escribe bien y es ingeniero.

 

Tradicionalmente, los ingenieros han sido los primeros en llegar a cualquier lugar, para iniciar el  desarrollo y están presentes en medio de salvajes conflictos, con la finalidad de resolver el mantenimiento de infraestructuras indispensables de los pueblos y Entre Dos Fuegos, Historias de Ingenieros se patentiza la presencia, la autoridad y el sacrificio del ingeniero; aún en situaciones de extrema violencia.

 

Quizás solo los misioneros católicos hicieron lo mismo, aunque el propósito era muy distinto. Unos y otros buscaban construir. A diferencia de las fuerzas militares que ganan sus combates, destruyendo.

 

Una simple mirada al pasado, muestra civilizaciones ingenieras; mientras otras lo fueron de tipo filosófico y con una fuerte relación con el destino común de todos, que es la muerte.

 

Los sumerios, posesionarios de la zona mesopotámica entre los ríos Tigris y Eúfrates, fueron los primeros ingenieros y se destacaron por sus obras de irrigación; los romanos usaron el conocimiento acumulado por los egipcios y los griegos para la construcción de caminos y el aprovechamiento máximo del agua con fines urbanos.

 

Los incas, con los precedentes de Huari, Tiahuanaco, Chimú, Mochica y Nazca –sin influencia extranjera alguna- crearon caminos, irrigaciones y ciudades extraordinarias e inéditas, que aún seguimos descubriendo con asombro.

 

Pero los ingenieros guardaron silencio, como si esto fuera connatural a su trabajo. No escribieron lo que hicieron. Grave error. Mientras los arquitectos, dependientes de los ingenieros para hacer sus obras; dejaron escritos que se usan en su educación y formación profesional. Los ingenieros, en cambio, dejaron poco o nada que relatara su quehacer y sus avatares.

 

Es por ello que los escritos del ingeniero Fransiles Gallardo son no solo importantes, sino vitales: Él abre un camino a las futuras generaciones de ingenieros.

 

Por ello y para él,  mi admiración y reconocimiento.

 

Ing. Héctor Gallegos Vargas

Decano Nacional

Colegio de Ingenieros del Perú

ENTRE DOS FUEGOS

 

 

 

 

 

Desde la loma del cerro Carachi, se divisan los colorados tejados de las casas de Huancaspata y el morado de los papales de marzo, presagian buenas cosechas.

 

Nos asombra la soledad del pueblo y un estremecimiento de angustia,  nos escarapela el cuerpo.

 

A la carrera bajamos el zigzageante camino, que nos lleva a la entrada principal del pueblo y de allí, a la vieja plaza de armas con su glorieta de madera y teja en el centro.

 

Un perro lanudo, nos recibe ladrando.

 

En la esquina de la iglesia de una sola torre, curpada y tapada con su chal negro de lana, está doña Asencia  Limache, han matau mijo llorando sin lágrimas han malograu mi hija jalándose los pelos.

 

Su voz es un lamento sin tiempo ni medida. Un aullido en medio de la soledad.

 

El sol se oculta por el abra que da a Santiago de Challas, pintando de grises y granates los campos y tejados.

 

Don Almanzor Chihuala con el dolor reflejado en el surco de sus arrugas, que convierten sus cuarenta y cinco años en un anciano de setenta, nos recibe lloroso en la puerta de la antigua casa de adobe pintada con calcita blanca que hemos alquilado como vivienda y depósito, donde se guardan los materiales de construcción para el canal que estamos construyendo y que regarán las fértiles laderas y pampas comunales de las alturas del río Grande, afluente del Huacrachuco, que deposita sus aguas en el Marañón.

 

-Desgracia papay ingiñero- dice sacándose el sombrero.

 

Agarrando sus dos manos al cielo, se hinca de rodillas delante de mí.

 

Desgracia ingiñero, desgracia- balbucea, abrazándose de mis canillas.

 

Palmeándole el hombro, le pido que se pare y me cuente la tragedia.

 

-Belisario- le digo a mi maestro de obra -tráeme  una botella de alcohol rebajado, que tengo debajo de mi cama.

 

A pico me tomo un buen trago y don Almanzor, también.

 

La noche del miércoles y disparando ráfagas de metralleta una veintena de senderistas han llegado al pueblo, dinamitando el local comunal. Lanzando vivas y disparos reunieron a los comuneros al costado de la glorieta y luego de sus arengas a la lucha armada, realizaron el temido juicio popular.

 

      Han azotado públicamente con cincuenta vergazos a Lorenzo Mendoza por ser un mal ejemplo para la comunidad, al convivir con dos mujeres a la vez  y luego preguntaron por Catalino Anchucaja, el perro, cochino soplón de la revolución, y como nadie en el pueblo sabe de él, desde hace algún tiempo haciendo arrodillar han degollao como corderito, cacau, su pezquecito, han cortao, ingiñero a Cipriano, su hermano menor de solo trece años para escarmiento y para que sepan que así mueren los soplones y traidores de la revolución.

 

Luego de pedir cupos de guerra en las tiendas de don Eufrasio y ño Josefo Perales para el sustento de la lucha armada se han marchado cantando y vivando, llevándose al Casimiro Varas y a su primo Sebastián para enrolarlos en sus filas.

 

Atravesando la quebrada chica, se perdieron por las alturas del cerro Piscupichu.

 

Anoche, velando el cuerpito del Cipriano hamos estao y sin aviso ni nada ha llegado un destacamento de sinchis, con fusiles y pasamontañas, siguiendo a la columna de sendero ni lástima del muertito luan tenido a patadas y culatazos han roto las puertas de las casas, sacando a rastras a la gente del pueblo, los han amontonado en un costado de la glorieta mudo testigo de nuestro sufrimiento, ingiñero.

 

-¡Aquí estuvo sendero y no nos avisaron, carajo!- grita una voz ronca, tras el pasamontañas -indios de mierda, ustedes son senderistas; les dan de comer, los protegen y los esconden; deberíamos matarlos a todos, por haraganes, ignorantes y traidores a la patria; comunistas seguros son!- dice escupiendo al suelo.

 

    -Como pues comunicamos con ostidis, jificito- ha dicho don Almanzor  Chihuala, teniente gobernador de Huancaspata -dos días de camino hay hasta Challas y carru nuay pa Tayabamba, jificito- explica.

 

Un culatazo en la barriga, lo ha hecho encogerse y un puntapié en las posaderas lo ha hecho tragar la tierra de su propia tierra.

 

-¿Donde está el soplón del Catalino Anchucaja?- pregunta amenazador, rastrillando su arma de reglamento.

 

Silencio.

 

Nadie sabe nada de su paradero; lo único que se conoce, es que hace

más de dos meses voy hacer compritas a Sihuas, pronto vengo

desapareciendo, sin dejar rastro alguno.

 

      En su frustración por no llevar vivo o muerto a Catalino Anchucaja; cinco policías, arrastrándola de los pelos, han violado a Clementina de tan solo doce años delante de su hermanito muertito, ingiñero, llevándose a Vicente Túpac y Leonidas Huamán, por sospecha de apoyo a los terrucos ni miedo al muertito luan tenido ingiñero.

 

Luego de pedir donativos plata queremos, gallinas queremos, artefactos queremos diciendo para recompensar a las fuerzas policiales que luchan contra la subversión y la violencia senderista han dicho.

 

Atravesando la quebrada chica, se han perdido por las alturas del cerro Piscupichu.

 

-¡Desgracia papay, ingiñero- dicen los ojos secos de don Almanzor Chihuala, con un dolor sin nombre -¡Desgracia ingiñero, desgracia!- repite.

 

En la esquina de la iglesia de una sola torre, curpada y tapada con su chal negro de lana, está doña Asencia  Limache han matau mijo llorando sin lágrimas han malograu mi hija jalándose los pelos.

 

Su voz es un lamento, sin tiempo ni medida.

 

Un aullido, en medio de la soledad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HERMOSURA

 

 

 

 

 

-Está trabajando en una zona roja, ingeniero- nos dice el capitán Rueda, que a fuerza de vernos pasar por su garita todas las semanas; se ha convertido en nuestro amigo.

 

-Es la chamba capitán- contestamos, mientras bebemos una taza de café pasadito, en el restaurante contiguo a la comisaría.

 

-Pero debería protegerse, recuerde que la confianza mató a Palomino.

 

-Si estoy pedido por los tucos, los cumpas o los sinchis; ni el chapulín colorado, ni María Santísima con todo su poder, podrán salvarme- digo irónico.

 

-Hay que morir matando, ingeniero.

 

-Me enseñaron a construir, no ha destruir ni matar, capitán.

 

-No lo tome a mal ingeniero; solo lo decía por su seguridad- dice

riendo de todas formas permítame presentarle a esta hermosura, que se portará como una gata en celo y lo defenderá, cuando la situación lo requiera.

 

La miramos, es una belleza murmura a mi costado Joelito Ramírez, el chofer de la camioneta. La contemplo, sorprendido.

 

-¿No es una hermosura, ingeniero?.

 

- Con mayor razón, capitán; primero me matan y después me la quitan.

 

- No sabe lo que se pierde, ingeniero- dice levantándose de la mesa,

ajustando los correajes sobre su hombro y la axila izquierda.

 

            Taconeando sus borceguíes se marcha rumbo a su destacamento, llevándose bajo el brazo “a su hermosura”,  la pequeña metralleta parabellum y su cacerina de veinticinco tiros.

 

 

 

 

 

 

 

POR LA MADRE

 

 

 

 

 

El rastrillar de una metralleta en mis riñones y el frío metálico del cañón de una pistola en la frente, me enmudecen.

 

-¡Es un terruco, mi alférez!- dice a mis espaldas una voz gruesa,  que huele a cañazo.

 

Es una noche sin luna. Solo hace media hora el viejo motor a petróleo, que da energía eléctrica a  La Magdalena; ha apagado las bombillas de 100 watts, que cuelgan de los enmohecidos postes de eucalipto, plantados en las esquinas de las calles recién cementadas.

 

Está muy oscuro. Los potentes reflectores y la circulina de la camioneta doble cabina de la policía nacional, iluminan de rojo y azul las casas y el asfalto de la carretera.

 

-¡Caíste terruco, cochetumadre!- es la voz, del que supongo es el jefe del grupo. Lo miro y trastabilla de lo borracho que está.

 

      Estoy paralizado. Intento decir algo; pero un culatazo en la espalda, me hace perder el equilibrio y un rodillazo en el pecho, me hace exhalar el poco aire acumulado en mis pulmones.

 

      -¡Apaga la luz, carajo; que no quiero sapos!- es la orden de la misma voz.

 

      Levanto la mirada, como pidiendo ayuda, y en el claro cielo azul pueblerino, solo las estrellas resplandecen y se cuentan por millones.

 

      Y si les escapa una bala- pienso aterrorizado –venirme de tan lejos, para morir asesinado y en mi propio pueblo, carajo. Cosas de la vida que yo no entiendo.

 

En la madrugada del sábado “bien contentado”, bajo con mi mochila verde en la esquina del restaurante playa azul donde estos jijunas acaban de apresarme me lleno los pulmones  con el refrescante aire de antaño y el corazón alegre zapatea como caja y flauta de indio carnavalero dentro de mi pecho encementaron la quebrada bajo las gradas del jirón Olaya rumbo a mi casa del jirón Lima que milagro hijo, cuanto has cambiado cholo nos dicen de bienvenida.

 

He regresado después de diecisiete años a echarles una mirada a los ancianos, que mayores están ya, me fui después de graduarme de ingeniero civil en la universidad de Cajamarca no digamos que chanconazo que he sido; pero ganas era lo que más me sobraba y das das alistando mis cacharpas me fui a futurear en Lima detrás de una buena mujer; con la que me casé y ahora tenemos cuatro hijos menores, y ganándome los frijoles he recorrido casi todo el país porque chamba es chamba y  donde hay una obra rapidito nomás, decimos presente es la vida del ingeniero que haremos, pues.

 

Es la víspera del día de la madre de mil novecientos noventa y Sendero Luminoso está aterrorizando el país ni en Ayacucho me ha sucedido esto, carajo, Cajamarca es de alta peligrosidad en Chota pue, se formaron las rondas campesinas, paisano.

 

-Igual que antes, cholito; en la nochecita, tu colegio hará una velada por eldía de la madre- me comenta emocionada mi mamita Luz, claro pue mamita, cuantas veces he cantado y declamado, se acuerdan?” arrastrando sus setenticuatro años aquí pue hijito, con los achaques de la vejez.

 

Con el viejo Artidoro nos tomamos la primera media de cañazo por tu llegada, nomás hijo y otra más para cortar la mañana, con su salcita y su limón mientras mi mamita Luz afanada en encender su fogón de tres tulpas coloca en una ollita de barro tres huevos de gallina de corral de su gallinita más ponedora.

 

-No tomen tanto ni te emborraches mucho, hijito; que los tiempos por este sitio, han cambiado bastante- nos advierte mi mamita Luz, que será pues murmuro yo.

 

Hemos tomado aguardiente los dos solitos hasta el mediodía de puro contentos hasta hemos elevado las voces mientras me cuentan si dos con el alma se amaron en vida las cosas sucedidas en mi ausencia uno a uno tus hermanos se casaron y se fueron, solitos nomás nos quedamos, como gentiles mientras les cuento mis andares siempre fuiste pata de perro, cholo andariego dice, queriendo lagrimear mi mamita Luz son diecisiete años, como para emborracharse de lo lindo ¿no viejito?.

 

Es un poco más de las diez de la noche y ha terminado la velada literario musical y actoral por el día de las madres según comenta el maestro Pedro Sagástegui con sus patillas canosas y su vozarrón que no necesita parlante.  

 

Gente conocida y desconocida se arremolina en la puerta de salida buenas noches señor nos dicen algunas voces nos meteremos unos aguardientes, por tu llegada primo le palmeo el hombro al flaco Aladino Alva o porque eres ingeniero, ya no tomas con los pobres reconozco la voz de Lucho Salas y el perfil de Pepe Gálvez “no hablen zonceras los miro en la oscuridad quiero darle serenata a mi mamita Luz por el día de la madre se que la idea los entusiasma ya hablé con los guitarristas que actuaron en la velada a mi me emociona y sonrío en una hora nos encontramos en el puente de la esquina de mi casa nos abrazamos allí nos emborracharemos hasta que los gallos canten y las gallinas duerman les prometo.

 

En la plaza de armas el friecillo de la medianoche invade un tufo cañacero llega hasta mí linda la noche, igual que antes nostálgico, subo el cierre de mi casaca voy a caminar mi pueblo de noche sin luna, sin luz, sólo con el resplandor que dan las estrellas en el firmamento a ver si reconozco a la gente, como antes en la penumbra.

 

Doblo por la carretera nueva y en algunas casas hay barullos de fiesta están de jarana en la casa de mi sobrino Nimio mis pasos suenan en el desgastado asfalto hasta los grillos siguen cantando igual un ómnibus pasa raudo rumbo a la costa que será de los chinos Estrellas murmuro.

 

Estoy solo en la esquina del playa azul. Delante, el perfil triangular del Trinchera; a mi espalda la forma ovoide del Carbunco; a un  costado la escuela donde estudié la primaria y por el otro, el restaurante de los Araujo.

 

Unos faros y una circulina, se acercan.

 

Las manos a la cabeza, mierda!- gritan varias voces a la vez.

 

Han saltado de la camioneta y me han rodeado.

 

Súbanlo, carajo!- dice otra voz.

 

Me han tirado sobre el piso de la camioneta, la bota de un borceguí aplasta mi cara y el cañón de un fusil presiona mis costillas. No entiendo que está pasando y  no me han dado tiempo ni de gritar.

 

-Después de esto vamos a seguir a chupando- dice, el que parece dirigir el grupo- esto hay que celebrar.

 

-Que tal si traemos a las hembritas pampinas, alférez- comenta otra voz- están buenazas.

 

Y las vamos entrenando para que sean madres, mi alférez! - dice una tercera.

 

La camioneta ha parado bruscamente, sobre el puente del río Chilango.

 

-¡Con quienes más has venido, terruco conchetumadre!- reconozco la

voz del alférez, que en el asiento del copiloto rastrilla su arma de reglamento.

 

      -Me han confundido- digo con temor en la voz -no saben quien soy- asustado y desesperado borrachos como están, se les vaya el dedo presionen los gatillos y se les escapen unas balas y adiós, pampa mía.

 

     -¡Me cago sobre quien seas!- el ruido de un escupitajo en mi pantalón- ¡has venido a matarnos, a volar el puesto seguramente, la municipalidad, o qué!- el cañón de un fusil escarba mis costillas- ¡habla hijo de la gran puta o aquí nomás te vuelo los sesos y te tiro al río, como un perro rabioso!.

 

Quiero decir algo; pero la voz, se me atraca en la garganta.

 

-Llévemelo al puesto, mi alférez-  dice la voz, que presiona mis piernas con sus borceguíes- no sólo va a hablar, va a cantar y bailar como puta arrecha- carcajeándose.

 

Me bajan a rastras de la camioneta. Me cogen del cuello con una mano y de mi cinturón con la otra. A empujones me llevan a la prevención, alumbrada por una lámpara de querosene, con un tubo de vidrio negro de hollín; donde un policía somnoliento y oliendo a cañazo, nos recibe.

 

-¡Regístrenlo!- grita el alférez Huamanchumo; cogiéndose a dos manos

del respaldar de una banca de madera, para no caerse.

 

Rasgando los bolsillos de mi pantalón, manos presurosas sacan una billetera con mis documentos, mi agenda electrónica con teléfonos personales y de trabajo; el sencillero con talismanes de la buena suerte, mi viejo reloj casio que me acompaña en todos mis trajines, un pañuelo granate y varios papeles, del bolsillo posterior de mi pantalón.

 

Abren mi billetera de cuero y varios billetes de distintas denominaciones, salen a su vista.

 

-Justo, lo que necesitamos Rodríguez para la que le pongas gasolina a la camioneta y te traigas a las hembritas esas -dice el alférez Huamanchumo- y tú Pomba anda tráete un par de cajitas de cerveza para continuar la jarana- aplaudiendo para que se apuren- y tú, terruco de mierda, no vas a molestarte porque tomamos tu plata no? total; es una pequeña contribución para la esforzada policía nacional del Perú- carcajeándose

 

-¡Alférez, alférez!dice alarmado el policía que acaba de sacarse el negro pasamontañas de su cabeza- ¡Este es un terrucazo de la gran puta!, mi alférez- alborozado –mire: ¡ un pasaje de Ayacucho a Lima!.

 

Un sorpresivo gancho al estómago, me hace caer sobre el cemento y un puntapié en los riñones, me hace levantar.

 

-¡Que más hay, busca que más hay!- ordena

 

Te jodiste, tuco de mierda!- escucho maldecir –, ya sabía yo, tienes una pintaza de terruco de la gran puta: casaca de cuero, forastero, lentes oscuros, pañuelo rojo y vienes de Ayacucho; ¡yo soy un genio! ¿o no  Chafloque? y tú, comunista de mierda  ¡te cagaste!.

 

Entre mis documentos, están mi libreta electoral con el sticker de las últimas elecciones, mis tarjetas de presentación de la empresa de la cual soy Gerente de Obras, mi carnet del Colegio de Ingenieros y sorpresivamente se quedan espantados no puede ser la tarjeta tiembla en sus manos parece firme alférez la acercan aún más, a la amarillenta luz de la lámpara manchada de humo nos puede jode” murmuran entre ellos.

 

Es la tarjeta personal del General Rosinaldo Casillas, jefe del batallón de ingeniería del ejército, con quienes estamos ampliando la carretera Pampa Cangallo a Vilcashuamán en Ayacucho.

 

Me han soltado.

 

Requisaron mis pertenencias es una contribución a la esforzada policía nacional rompieron mi libreta electoral usted sabe no pudieron despedazar mi carnet de ingeniero es el día de la madre por la dura mica de protección y hay que celebrarlo, no le parece.

 

Las chicas y las chelas han llegado el bullicio de la  jarana y las risotadas, se escuchan hasta el puente del Chilango en menos de una hora pudo haber cambiado toda mi vida donde estoy anonadado, vejado y humillado por unos estúpidos cachacos borrachos de la policía nacional de mi patria.

 

Es media noche.

 

A lo lejos. El rasgueo de guitarras destempladas y voces aguardientosas entonan pero ten presente que hoy te felicitan, tu hijo desde Lima, con todito el corazón como serenata para mi mamita Luz.

 

Pensar que en mi propio pueblo pudieron haberme matado, carajo.

 

Descorazonado y abatido, me pongo a llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JUSTINA

 

 

 

 

 

-Quédeste a dormir ingiñero- nos dice, con su sonrisa provinciana don Agustín Solórzano; el anciano alcalde de Viñac, debajo de su mostacho cano – mañana bien madrugao y tomando so caldito, si van.

 

El sol va desparramando sus últimos rayos sobre el lomo de los cerros de Madean y Viñac.

 

Anochece y Justina la hija mayor de don Agustín se afana en prender la lámpara petromax a querosene no aprende tuavía a encendelo, ingiñero y apaciguar a su perro  Pericote, que gruñendo y saltando nos enseña los dientes, queriéndonos morder.

 

-Le agradezco mucho don Agustín- le contesto palmeándole el hombro – pero mañana temprano debo estar en Alis y después en Carania donde estamos reforzando el dique de su represa y usted conoce, que desde aquí hasta Yauyos, hay un tramito bien largo- me mira como invitándonos a quedarnos- , además la trucha estuvo como para comerla con espinas y tod- digo bromeando.

 

-Mi Justinita lo ha preparao- nos informa.

 

-Barriga llena, corazón de coche- reímos.

 

Hemos pasado la tarde inspeccionando los avances de la trocha carrozable, que estamos construyendo para unir a estos dos pueblos un anhelo de tantos años, ingiñero nos dice emocionado con su apoyo y el de la Corporación hamos de hacelo enseñándonos los partes diarios del tractor, la compresora y los martillos hidráulicos dígaleste al ingeñero Alarco, que bien agradecidos estamos, pues la entrada y salida de los cartuchos de  dinamita, fulminantes, mecha y nitrato tengan cuidado con el polvorín le recomiendo no si preocupa ingeñero, premero muerto, antes qui mi roban una sola cosita se que es un hombre bueno y honrado usted sabe ingiñero, cuanto segnefica esta carritera pa nuestros pueblos y mas pa nuestros hijos y pa nuestros ñetitos nos dice emocionado.

 

-En la nochecita tenemos una asamblea comunal- nos invita Justina con su cara chaposa y sus trenzas negras.

 

 -Quisiera que estuviera para agradecele públicamente ingiñero, lo bueno que está haciendo por nosotros- insiste, sacándose el sombrero negro de tela, dejando ver su pelo hirsuto y mal peinado.

 

-Lueguito haremos una reunioncita por el santo patrón ¿qué dice, se quedan”- nos interroga Justina guiñándonos coqueta un ojo, como quien nos dice que la  fiesta será a lo grande.

 

-Por mí encantado de quedarme don Agustín- me lamento- pero usted

Sabe que mañana a medio día me esperan y no quisiera quedar mal con ellos.

 

-Será nuestro invitado de honor- insiste, riendo Justina con la  

candidez de sus años adolescentes.

 

-Díganles que lo doy por bien recibido- les comento riendo-, y que esto

No sea pretexto para que se emborrachen toda la semana- despidiéndonos con un abrazo –gracias don Agustín, chau Justina.

 

La noche con su telar de oscuridad ha cubierto la hondonada, el valle y los cerros. Al fondo de la quebrada grande, una inmensidad de luciérnagas en fiesta, inician un armonioso concierto de luces y movimiento.

 

-Vamos Víctor- le digo al chofer, subiéndonos a la camioneta roja

Dodge power ram de doble tracción, que nos sirve de movilidad- que en Yauyos por lo menos  estaremos a la medianoche.

 

      -Cierto ingeniero, cierto- enciende el motor y las luces, pone primera y

comenzamos la bajada.

 

Desde  la puerta de su casa, don Agustín Solórzano, con su sombrero

Al aire y Justina con su chompa negra y su falda floreada, nos hacen adiós. Sus figuras se van empequeñeciendo por la oscuridad y el polvo que levantan las ruedas de la camioneta.

 

      -Tenemos que llegar, lo más pronto al puente, compañero de correrías y aventuras- Víctor Manuel Valencia sonríe, se acomoda de tanto estar sentado hasta la raya se me ha borrado pisa el acelerador para ganarle kilómetros al tiempo.

 

Es mi chofer desde hace dos años y con el salimos todas las semanas al tercer canto del gallo mañanero es usted ingeniero regresando a la medianoche felizmente los baches me hacen bien, sino ya estaría lleno de almorranas  inspeccionando y llevando materiales para las obras donde el señor gobierno no ha llegado.

 

-¡¿Escuchó ingeniero?!-  me dice alarmado, frenando la camioneta.

 

-¿Son cohetes o disparos?.

 

-¡Ráfagas de metralleta y explosiones!- me corrige.

 

-¡Acelera compadre o no vivimos para contarlo!.

 

Una columna senderista venida de Huancavelica ha atacado el pueblo,

pintarrajeado las paredes y destruido a dinamitazos, el viejo local municipal.

 

Fueron a la casa de don Agustín Solórzano onde has escondido al

perro deAníbal Laurente Puente dueño del tractor y la compresora que alquila para la carretera que estamos construyendo capetalista explotador de la pueblo, que se inriquice con los deneros de los campesenos que ha pedido en matrimonio a Justina entón, pa la fiesta del Patrón San Juan, casarán pues la hija de don Agustín.

 

-No hay venido don Aníbal- ha dicho el alcalde-, aquí nomás ha estado el ingiñero Gallegos; que hay venido a ver los avances de la carritera.

 

-Y onde está ese perro servil del gobierno. 

 

Revolotearon la casa en busca del ingiñero traidor del pueblo han

matado al perro Pericote por no coidar como es debedo los bienes de la rivolución han dejado mal herido a don Agustín Solórzano cojo y todo hey lograo la tirminación de nuestra carritera han asesinado a Casinaldo Rojas por no saber donde estaba su tayta Remberto, guardián del polvorín de la carretera en la loma escondiu y asustadazo hey mirao todito, hasta cuando diun machetazo han degollao a mi muchacho ingresaron a las casas decomisando plata, alimentos y animales pa la lucha armada.

           

Se llevaron también a Justina; colegiala del tercer año de media, que a sus quince años es la camarada Rogelia, compañera del mando militar Romeo.

 

-De la que nos libramos, ingeniero- dice Víctor Manuel Valencia haciéndonos salud con un calientito de hierbas; en la cantina de doña Marcelina Ríos de la calle principal de Yauyos, con el que abrigamos el congelante frío de esta madrugada,

 

-Si, pues, mala hierba nunca muere.

 

 

 

 

 

           

 

 

 

 

 

 

 

PUENTE BAYLEY

 

 

 

 

- ¡Volaron el puente, volaron el puente!.

 

Desde el campamento se  escuchan las explosiones. Miro el reloj y faltan quince minutos para las once de la noche.

 

Desde hace un par de horas ha dejado de llover y la luna esplendorosa aparece por encima de los bosques que nos rodean. A pesar de los veinticinco grados de temperatura es una noche fresca. Las hojas vaivenean con la suave brisa que viene del río Chamaya juerte, juerte brama la río.

 

Hasta los zancudos se han replegado a sus nidales y no hay zumbidos ni lancetazos, que incomoden.

 

Los dinamitazos nos han sobresaltado, llenándonos de temor; quitándonos el sueño.

 

Desde que estoy a cargo del mantenimiento de la carretera, dos veces han intentado volar el puente Bayley; pero, sea por la prisa de los terroristas los sinchis les pisan los talones o por la solidez de su estructura machazo como indio guatunero, de piecito ha aguantado los golpes, lo vieras primazo ha permanecido sobre sus pernos.

 

Esta vez, no se.

 

Marcial Salazar llega corriendo, asustado, haciendo sonar sus botas de jebe.

 

-No hay el puente, ha desaparecido ingeniero, lo han volado todito- dice atropellando sus palabras.

 

-Que nadie duerma en el campamento- ordeno- duerman sobre los

árboles como monos, bajo el agua como cocodrilos o debajo de las piedras como conejos; pero nadie se queda en el campamento; no vaya a ser que los cumpas o los tucos quieran visitarnos.

 

En tropel, el personal sale y en unos instantes el campamento se ha quedado vacío y silencioso; hasta nuestro perro Hércules ha desaparecido entre la maleza.

 

Subo a un aguaje y me acomodo lo mejor que puedo vivir a sobresaltos, sin haber hecho nada malo los demás se acurrucan entre las ramas de otros árboles solo abrimos trochas a punta de dinamita y catarpilas con el temor reflejado en el febril golpeteo de nuestros corazones cuando terminará tanto daño desesperados la sueño amariconado juye como pantasma.

 

-Ya mañana temprano, veremos- tratando de dormir.

 

Llueve a chaparrones. Las cargadas nubes desaguan su furia a

baldazos, por momentos. El impermeable naranja, el casco blanco y las botas de jebe protegen nuestras ropas.

 

Gruesas gotas como granos de café, resbalan de las hojas, resuenan como balas de cañón; entre el lejano rumor del viento que mece lentamente las copas de las palmeras; en la soledad de esta selva agreste y agresiva. Son un estruendo, en el silencio de la esta temible noche

 

Sobresaltado ante cualquier extraño ruido como si me hubiese pegado una tranca de tres días, primazo nervioso ante los gruñidos de Hércules alrededor del campamento azareao como caballo con los belfos sueltos, olfateando el peligro  desamparado en la inmensidad de la selva que nos rodea.

 

Unas hormigas rojas nos mordisquean a su regalado gusto.

 

Amanezco con las piernas adormecidas un poco de agüita pa las lagañas los demás caen o saltan veinticinco machazos nos reímos que no somos muchos; pero somos machos nerviosos primero que yo he sido comando del ejército  a carcajadas después“a mí las balas no me dan miedo asustados como monos al salir el sol estos son, estos son los obreros del emetecé cantando, haciendo coraje.

 

-Es mejor que digan aquí corrió, que aquí murió- dice justificándose

Donato Quispe, operador de uno de los tractores oruga D 7 del campamento.

 

Enciendo la camioneta y nos dirigimos hacia el puente Bayley.  Está a

Sólo cinco kilómetros del campamento y en la ruta; contamos como cuarenta vehículos estacionados, entre camiones, omnibuses y camionetas.

 

Cuando van a arreglar la carretera, haraganes!- nos gritan,

Desesperados pasajeros.

 

-¡Tenemos prisa por llegar, sinvergüenzas!- nos dicen otros.

 

-¡Mi fruta se malogra, me voy a arruinar!- nos grita amenazador un

Iracundo camionero.

 

Los dinamitazos hicieron que un gran volumen de tierra mojada caiga

sobre el puente tapándolo. Una parte ha desaparecido, la otra está doblada viva la guerra popular se lee, sobre sus grises fierros. No logramos determinar aún; si la fuerza de arrastre, ha llevado consigo la otra parte, hacia el fondo del río.

 

-Tenemos que abrir una trocha, urgente- ordeno- ¡Donato; hay que

limpiar lo más pronto posible el derrumbe, para dar pase a los camiones!- le digo al operador.

 

-          Que me ayude el cargador frontal, ingeniero- nos dice subiéndose a

su tractor, poniéndolo en movimiento.

 

-El cholo Huamán está con gripe- me lamento- ¿quien puede manejar

el cargador?- pregunto a los trabajadores que me rodean.

 

Yo ingeniero!- se ofrece Francisco Alcántara, subiéndose presuroso sobre la máquina, dirigiéndose al frente de trabajo.

 

-¡Los demás manos a la obra, que ya sabe cada uno, lo que tiene que  

hacer!.

 

Cada quien enfundados en sus cascos, ponchos y botas de jebe, se dirigen a cumplir con sus tareas del día.

 

Miro el derrumbe se ha bajado medio cerro, cojones evalúo la

magnitud  del trabajo la chamba será fuerte y el tiempo que demorará terrucos de mierda para dar pase a los vehículos hay chamba para rato me lamento.

 

El sol se aparece por la cima de los cerros, pintándolos con su

luminosidad de gris y verde.

 

Los pasajeros bajan de los vehículos, buscando entre la maleza, lugares ocultos donde hacer sus necesidades o desde el borde de la carretera; simplemente observan nuestro trabajo calentándose como shingos frotándose las manos con el solcito mañanero.

 

Ya es casi media mañana y se han abierto unos veinte metros de

trocha.

 

Una parte del puente se ha descubierto faltarán unos cincuenta metros todavía.

 

-¡Francisco, ven ayúdame!- grita Donato- ¡esta piedra es grandaza y no

puedo moverla solo!.

 

Las máquinas se esfuerzan. El tractor humea, el cargador patina y de

Un buen empujón, logran moverla. La tierra que la cubre, resbala por la ladera abajo dejando al descubierto viva sendero con pintura roja; la hoz y el martillo en un costado.

 

El tractor retrocede, vuelve a la carga y empuja la inmensa piedra

hasta el borde de la trocha. El cargador avanza, resbala, patina, apoya la pala sobre el arcilloso suelo. Las dos máquinas empujan al mismo tiempo, moviéndola.

 

Un ruido como de temblor escuchamos mierda digo yo Jesús, José y María dice, persignándose una señora a mi costado “señor del cielo” murmura otra voz.

 

En un instante las máquinas y sus operadores han desapercibo.

 

Se ha derrumbado el cerro, tapándolos. El puente Bayley es un inmenso montón de tierra gris y amarilla.

 

Con la prisa adherida a mis botas, corro hasta el puente.

 

 ¡Traigan los cargadores del campamento, rápido!- ordeno.

 

 

Es media tarde y el batallón de ingeniería está recomponiendo el

puente.

 

Nosotros desenterramos nuestros muertos.

 

El cholo Huamán; al borde del desfiladero, se ha puesto a llorar: ¡Mejor

me hubiese muerto, yo que estoy solito y no el Pancho que deja mujer con siete hijitos!..

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIOGRAFIA NO DOCUMENTADA

 

 

 

 

 

Los violentos golpes sobre la puerta de tablas desiguales, que forman la puerta y el traqueteo de una ametralladora; me despiertan sobresaltado.

 

-¡Afuera, mierdas!, ¡afuera!- grita una voz en la oscuridad del pequeño cuarto, que nos sirve de depósito, escritorio, cocina y dormitorio.

 

Poniéndome la casaca negra; salgo a la plazuela, alumbrada solo por el resplandor de las estrellas, de este claro y hermoso azul serrano.

 

En el centro está reunida la población y un grupo armado corre de casa en casa, congregándonos a empujones.

 

 Hace un año una incursión senderista dinamitó el puesto policial, mataron a balazos a dos guardias civiles y  dejaron herido al sargento Mamani; quien murió sobre la tolva de una camioneta de la dotación policial de Pampas, que vino a rescatarlo por seguridad y disposición superior trasladaron al personal policial a Quishuar; dejando a los salcahuasinos a Dios y buena ventura.

 

En una esquina de la plazuela, las paredes del puesto policial; son un negro boquerón, en medio de la noche.

 

-Agente Municipal- dice la voz que dirige el grupo- les ordenamos que no hicieran ningún trabajo que no fuera dictado por el partido- poniéndose las manos alrededor de la boca, para escucharlo mejor- no queremos nada, que venga de este gobierno corrupto y capitalista.

 

Los grillos han callado su sinfonía musical. A lo lejos un perro aúlla.

 

-Ingiñero viniendo con papeleto, diciendo vengo poner agua, desagüe

en casirío la Chonta, rapedito nomás, diciendo hay venido- contesta tembloroso don José Huayhua, el agente municipal.

 

A pesar de la oscuridad, siento sus miradas temerosas y expectantes la memoria me trae el recuerdo del rostro de mi mujer, que hoy cumple treitaicinco años  y la nostalgia me embarga; dos compañiros me rodean y con la punta de sus fusiles me empujan de mi Javichito y mi Margarita que deben estar ensayando para el desfile de fiestas patrias llevándome hasta donde se encuentra el mando militar.

 

-La justicia popular se encargará de ti- dice amenazante, dirigiéndose

al agente municipal.

 

-Pirdún, compañiro camarada- dice suplicante- pero ingiñero viniendo,

solo casita, nomás he dao yo.

 

Observo al mando militar en el resplandor de la noche y calculo su estatura un metro ochenta por lo menos pienso debe ser joven todavía, es atlético y corpulento sospecho.

 

Así que tú eres el valiente!- grita y su voz retumba en la plazuela,

camina hasta mí; extrayendo su pistola del cinto trac, trac la rastrilla.

 

Salcahuasi es ahora, un pueblo sin jóvenes no hay con quien jugar

pelota, los domingos por la tarde el miedo los ha ahuyentado: unos se han ido a Pampas, Huancayo o Lima“familla los han llevao otros fueron capturados por sindiro, papay y los demás fueron llevados por la guardia civil cachacos, han llevao como sospechosos.

 

      Ninguno ha regresado.

 

      -¡Aquí mando yo!- levanta la voz, para que todos lo escuchemos.

 

Nadie se mueve; sólo los siete emponchados con siluetas de fantasmas, caminan nerviosos; rastrillando sus fusiles.

 

-¡No sabes carajo, que esta es una zona liberada!- grita ofuscado por el

poder, que el mando le otorga.

 

     A pesar del miedo  que me invade; la indignación, se marca en mi cara.

 

Carajea a tus subalternos!- le digo armándome de valor-  para ti soy

el ingeniero Baldomero Rivadeneyra; huantino de nacimiento y estudiante de la universidad de Huamanga; para servirte- con todo el coraje acumulado.

 

Un silencio expectante se cierne alrededor nuestro. Intento descifrar la

reacción del joven mando militar.

 

-Tengo honores, que tú no tienes y no podrás tenerlos, nunca- levanto

la  voz para que; en la oscuridad de esta noche cargada de nubarrones, todos me escuchen –Yo he sido alumno de filosofía de Abimael Guzmán, tu presidente Gonzalo- trato de interpretar su silencio- allá en Ayacucho.

 

Nada se mueve. Parece que la gente, ni siquiera respira.

 

-Estás traicionando la causa revolucionaria- dice.

 

La noche está más oscura, aún; como si un manto de densa neblina

hubiese cubierto al pueblo.

 

-No soy de tu grupo- sabiendo que estoy ganando tiempo y moral- y

como verás, no he traicionado a nada ni nadie- los emponchados paran su trote, esperando alguna orden- mi trabajo es construir obras en los pueblos pobres, alejados y olvidados del Perú- acelerado el corazón - ¿acaso tu revolución no quiere lo mismo?.

 

-¡Debemos destruir este estado imperialista y corrupto para

reconstruirlo cuando nuestra revolución triunfe!- iracundo ya perdiste pienso, emocionado.

 

El rumor del viento sobre los eucaliptos de las laderas, llega hasta la plaza.

 

-Si necesitas un ingeniero para la reconstruir el país;  no tengas dudas

En llamarme- le contesto, encorajinado.

 

Los sapos de la poza grande han dejado de croar y los grillos también.

 

Un silencio de cementerio nos rodea.

 

-¡Camaradas!: ¡Viva la revolución, viva la lucha armada, viva el

Presidente Gonzalo!- dice levantando la voz. Un sonoro¡vivaaaa”! retumba en la plaza.

 

La columna senderista; se marcha vivando a la lucha armada, por las laderas de la quebrada de Quistomayo.

 

Los poblanos silenciosos y cabizbajos, se dispersan rumbo a sus

casas.

 

Me he quedado solo, tembloroso y pensativo, junto a la derruida pileta 

de la empedrada plaza de Salcahuasi.

 

      “No soy huantino, ni estudié en Huamanga y Rivadeneyra no es apellido ayacuchano, tampoco fui alumno del profesor Abimael; apenas conozco Ayacucho por el documental del Perú y las noticias de la televisión”.

 

      Una tímida luna aparece, por la cima del cerro Harpicho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROBO

 

 

 

 

 

En el arqueo, que el administrador de la obra ha hecho sobre el robo en el polvorín de la carretera Tinco- Miraflores; hay un faltante de seiscientos sesenta cartuchos de dinamita, seiscientos sesenta  fulminantes y seiscientos  metros de mecha.

 

Rumbo a la obra, voy leyendo las pintas; hechas sobre las piedras de los taludes de la carretera. Una en especial llama mi atención.

 

-Algo no cuadra- le digo al gordo Agustín Paredes, que nervioso se

alisa los bigotes negros- pero antes de presentar la denuncia, voy a hablar con el guardián.

 

En un cuarto al fondo del corral de la casa de don Maximiliano

Contreras, presidente del comité pro carretera; está detenido Puntriano Sulca, guardián del polvorín.

 

-Espérame gordo- le digo y me dirijo hasta donde dos pobladores de

Vitis, armados de palos cuidan la puerta de calamina.

 

-Terrucos mian robau, ingiñiero- me dice temeroso, acurrucado en una

esquina del cuartito.

 

Miro en redondo y la habitación está vacía. Una pequeña ventana a

nivel del techo, da un poco de luz al ambiente. Puntriano está amarrado de pies y manos con una soga de cabuya.

 

-No eres el gran pendejo que pareces, ni yo soy el grandísimo cojudo

que tú crees- le digo levantando la voz para intimidarlo- no voy a denunciarte, si me dices; lo que realmente ha pasado.

 

Se queda en silencio, mirando al suelo.

 

-Crees que soy tan cojudo, para creerte; que solo van robarte tres

cajas de dinamita de las ciento setentaiocho que te he dejado. Por este cargamento, más los fulminantes y la mecha; primero te violan y después  te matan, cojudazo.

 

Me mira y sus ojos reflejan temor.

 

-Si te denuncio a la policía, te acusarán de terrorista y de frente te

meterán a la cárcel y en la cárcel los terrucos se enterarán que los acusaste de ladrones comunes y te matarán ¿Qué dices Puntriano, me dices lo que sabes o ya sabes a lo que te atienes?.

 

Permanece en silencio con los ojos implorantes.

 

-Otra cosa Puntriano - sus ojos se desorbitan y su cara se pone tensa-

los senderistas hacen sus pintas con tinta roja y escriben viva el presidente Abimael Guzmán y no como tú huevonazo; que ha hecho las pintas con pintura rosada y has escrito viva el presidente Grabiel Guamán.

 

Una carcajada asoma a mi garganta.

 

-Meneros plata mian dao- declara acongojado- yo conozco los quian sido señor, ingiñero.

 

Lo miro y sigo riendo.

 

-Tienes tres días para devolver todo lo robado; sino en la cárcel ya sabes quienes te esperan.

 

Continúo riendo.

 

-Los terrucos no te matarán por el robo, tampoco por no saber el

nombre de su presidente; sino por el color rosado con el que  has escrito su nombre, cojudazo.

 

Afuera ya,  miro al gordo Paredes y sigo riendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Desde el puente Chillón y pintadas con imprimante blanco, se ven inmensas las letras, que señalan el lugar de nuestro trabajo.

 

Esta mañana de lunes, presuroso y preocupado llego, antes del relevo de turno al relleno sanitario de Las Laderas.

 

Pregunto al vigilante fue a medianoche ingeniero al supervisor de noche todos hemos visto ingeniero; pero quien se sube hasta el cerro en plena oscuridad al policía de  guardia ya informé a mi comando y he pedido refuerzos de la gerencia de la empresa, llama el superintendente como es posible ingeniero, que suceda eso en su Relleno lo imagino rascándose su soriasis  sabe  de la catástrofe política que va a ocasionar su negligencia fumándose el tercer cigarrillo de la mañana el gerente general lo va a crucificar y el alcalde lo quiere meter preso tirando el micrófono de la radio.

 

La semana anterior, entusiasta un grupo de obreros pujando y sudando suben cuarenta y cuatro llantas usadas de tractor y casi en la cumbre de la ladera del cerro; orgullosos dibujamos letra por letra ESMLL, la Empresa de Servicios Municipales de Limpieza de Lima, donde chambeamos; enterrando los desperdicios de la ciudad.

 

-Está bien que trabajemos en la basura; pero eso no quiere decir que seamos basura- les digo emocionado.

 

-Si pues ingeniero dice el supervisor Vento con su encanecido bigote -no cree, que aquí deberíamos enterrar a unos cuantos- sus brillantes ojos celestes se entrecierran con el sol -faltaría sitio, ingeniero- tosiendo de la risa, dice Melchor Zafra, tapándose la boca con las dos manos.

 

Anoche; una columna senderista, con antorchas y disparos al aire; han cambiado lo escrito.

 

Entre humeantes llantas y una bandera roja al centro; desde la panamericana norte se lee: SL, es decir, Sendero Luminoso.

 

Ahora.

 

Quien se atreve a modificar lo escrito.

 

 

 

 

 

 

 

CONOCIDO DESCONOCIDO

 

 

 

 

El ómnibus frena en seco. La violencia de su parada, por inercia inclina mi cuerpo contra el asiento delantero, despertándome. Las luces se prenden y su resplandor, obliga a sobarme los ojos y a los demás, también.

 

Adormilado aún, escucho disparos de fusil y ahora que está pasando sobresaltado; supongo que lo mismo sucede con los demás pasajeros.

 

El llanto de un niño, dos hilera atrás, confirma mis sospechas.

 

-¡Todos abajo y con las manos sobre la cabeza!- grita una voz  desde un uniforme militar de combate y un fusil en la mano. Otro ha corrido hasta el fondo, apuntado a los pasajeros, nerviosamente.

 

Un sordo rumor de voces somnolientas, se escucha.

 

 ¡Cállense carajo!- ordena.

 

Un pequeñuelo llora, sin hacer caso de sus palabras. Movimientos

torpes, de sueño interrumpido; se generaliza al interior del caluroso bus.

 

-¡Apúrense!- repite - que no tenemos todo el tiempo del mundo-  

señalando con la punta del fusil, la puerta de salida del bus.

 

Los pasajeros atemorizados y somnolientos bajamos son los cumpas

dice una susurrante voz a mi costado, no se si para tranquilizarme o ponerme más nervioso, aún.

 

Me levanto adormilado; arrastrando los zapatos hacia la puerta, con las manos sobre la cabeza.

 

Delante de mí, una señora carga en brazos a su pequeño hijo shhhh, hijito, no llores, sshhh buscando entre sus cosas un biberón para que no despierte y comience a llorar.

 

      -¡Sólo los hombres- ordena nuevamente la voz- ¡señora siéntese!.

 

      La miro y su mirada refleja temor.

 

      Nos colocan con las piernas abiertas y las manos apoyadas sobre las latas del bus.

 

      Documentos a la mano y sin pendejadas!- ordena, la voz ronca de quien dirige la operación-, ¡no queremos quemar a nadie-! advierte.

 

Cinco encapuchados más, rodean al bus con sus fusiles listos a disparar; ante cualquier movimiento, que consideren sospechoso.

 

Uno a uno, bajo la luz de los reflectores, vamos mostrando nuestras libretas electorales o militares; leen nuestros nombres, el lugar de procedencia y el nivel de educación.

 

Nos registran la ropa, los bolsillos y van tomando nuestro dinero y una que otra cosa de valor un reloj, una sortija de oro, una medalla; en fin. Los otros dos encapuchados registran bolsos y maletines de viaje, en las canastillas del bus es para la causa.

 

-Ingeniero buenas noches- saluda una voz a mis espaldas.

 

Lo miro asombrado quien puede conocerme por estos rincones de la

patria digo alarmado.

 

-El hombre está construyendo el colegio de mi pueblo y lo está haciendo bien- respiro aliviado, a pesar del enrarecido aire de los dos mil setecientos metros de altura del túnel de Carpish con lluvias y todo, ya lo estamos terminando y los niños tendrán aulas nuevas para abril recuerdo con satisfacción.

 

-Que nadie lo toque- ordena la misma voz el ministerio presupuestó tres aulas a todo costo; pero con las faenas gratuitas de los padres de familia de Chacaloma, hemos hecho dos más de eso estoy contento ya tienen su escuela completa, me digo.

 

-Suba nomás ingeniero- me dice con tono amable - y tenga esto para

que vaya leyendo en el camino. Los recibo y son volantes del MRTA que vivan a la lucha armada.

 

Trato de identificar su voz; pero nos es ni amiga ni conocida. Vuelvo a mirarlo y me hace adiós con la mano ¿quién es este? y como me quedo parado; pone el cañón de su fusil en mi espalda como diciendo, que no están para bromas obligándome a subir.

 

-¡Cayó uno, cayó uno!- escucho desde mi asiento, tratando de mirar

por el vidrio nublado- ¡así que estabas haciéndote el huevón y queriendo pasar piola no?.

 

Un golpe seco, como de la culata de fusil lo jodieron y un quejido ahogado como respuesta, llega hasta mi asiento pobre, quien será murmuro.

 

-¡Viva el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru!- grita el

encapuchado  que se encuentra dentro del bus.

 

-¡Viva! – gritamos todos.

 

-¡No se escucha, carajo!.

 

-¡Vivaaaa!- gritamos, más fuerte, aún.

 

El ómnibus se ha quedado lleno de pintas y volantes subversivos.

 

Mi compañero de viaje, no está.

 

No sabré nunca porque se lo llevaron: si era sinchi, desertor, soplón, policía, pasero, narco o solo un infeliz viajero, que tuvo la desdicha, de estar en el momento menos oportuno y en el bus equivocado.

 

Recostado en el asiento, finjo dormir la noche es angustiante los cuatro mil metros de altura de Carhuamayo me zumban en los oídos las pampas de Junín son tan largas  la bajada de Ticlio se torna en esperanza cerca nomás estoy, ya ilusionado y desesperado por cobijarme en el abrazo de mi mujer en la  tibieza de su  ternura acariciar su abultado vientre nueve meses tiene ya por parto natural o cesárea pero el ocho de junio, mi chiquito, naciendo estará.

 

Mañana es ocho de junio alegrado de que nada malo me pasara, estoy muy contento un ingenierito, será murmurando estoy.

 

Detener las manecillas y ponerle alas al bus eso quisiera yo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RAFAGA

 

 

 

 

 

-¡Contra la pared!- dice una voz cortante, como un afilado cuchillo.

 

Salgo del tumulto y seis obreros que me acompañan en la construcción del canal de irrigación de Santiago Chico, siguen mis pasos. Siento en mis espaldas las miradas misericordiosas de los poblanos.

 

Gruesas gotas de lluvia, caen sobre el árido suelo de la descuidada plaza.

 

-¡Les repetimos que no hicieran nada, sin nuestro consentimiento!-

grita a voz de cuello, quien se supone; es el líder de esta agrupación de encapuchados.

 

Han ingresado al poblado hace una hora y a empellones nos han

sacado de la casa, que tenemos alquilada como almacén.

 

-¡La desobediencia se castiga!- vuelvo  a sentir su voz filosa -¡y vamos

a castigarte ingeniero!- siento su mirada clavarse en mis ojos- ¡como ejemplo y para que nadie más quiera rebelarse a las disposiciones del partido!.

 

      La población ha enmudecido. Me pellizco para saber que soy yo auch, quien está allí parado. Un aullido lastimero en la distancia, se pierde con el viento.

 

Silencio.

 

      -Igual que tú, camarada, sólo cumplo mi deber- le digo con el poco coraje que aún queda en el fondo de mi pecho- no podrán destruir siempre- miedo y tartamudez en mis palabras- otros ingenieros vendrán y lo harán y no vas a asesinarlos a todos- digo, finalmente cagándome de miedo temblando la voz.

 

      -¡Contra la pared!- vuelve a gritar con su voz de machete afilado y nos alineamos nerviosamente con los huevos en la garganta, ingeniero, se lo juro por diosito; ya somos siete, carajo.

 

      El recuerdo del sargento Díaz “en casos de fusilamiento es mejor ponerse al centro; las ráfagas siempre van de izquierda a derecha” en el curso de instrucción pre militar jamás pensé, que tendría que practicarlo y justo en estas circunstancias.

 

      -¡Por las desobediencias constantes contra los dispositivos del partido y desoír las órdenes impartidas por el camarada Rufino, comandante en jefe de esta zona liberada; por lo tanto en este juicio sumario popular; se decreta la pena de muerte por fusilamiento, al ingeniero Rodolfo Tolentino Arrascue; de igual forma se sentencia a la igual pena; a sus seis obreros bastardos, hijos de la burguesía nacional y sirvientes de este gobierno imperialista y reaccionario!.

 

Mierda digo nos jodimos tengo seca la garganta y mis piernas se mueven solas. Intento correr, perderme entre las sombras de la noche y de los alisos; pero los pies no responden, están paralizados hasta aquí llegaste me digo grandísimo pendejo un vaho de inconciencia nubla mi cerebro y mis sentidos, también.

 

-¡Atención!- tres encapuchados se ponen al frente nuestro.

 

Quiero que mis últimos pensamientos sean para Aurorita, mi mujer; en los jubilosos ratos de alborozo y su sonrisa alegre; al verme bajar sudoroso oliendo a hombre salvaje de la camioneta.

 

-¡Apunten!.

 

Que sean, tan sólo; las últimas imágenes de mis hijos estoy llorando de mi Lalito correteando por el parque recuérdame de mi Margie y su cabello peinado en colita talvez no te dije cuanto te quiero de Blonch y sus ojazos de aceituna talvez no te abracé mucho de mi Torintín y su forma de arrugar el entrecejo talvez no me recuerde, es tan pequeño, aún.

 

-¡¡… Fuego …!!.

 

El rojo resplandor de los fusiles, vomitando fuego; me hacen cerrar los ojos que Dios se apiade de mí.

 

En avalancha, los recuerdos de nuestro último viaje, en familia al Cusco y Machu picchu se agolpan en mi recuerdo ojalá haya tiempo para celebrar nuestros veinticinco años de casados y volver a estar juntos, como antes; por siempre, jamás.

 

Los terrucos, vivando a la lucha armada y haciendo disparos al aire, se van.

 

Dos de mis trabajadores se han desmayado los mataron, carajo los otros están de pie gracias Dios, están vivos pálidos y temblando.

 

Me toco el cuerpo. Un frío húmedo y pesado recorre mi cuerpo tembloroso.

 

Tengo humedecidos, mojados, muy mojados los pantalones me he orinado, carajo creo que pesados, muy pesados, oliendo a podrido me he cagado, mierda también.

 

Sobre Marcaval llueve; torrencialmente sobre su plaza, llueve.

 

Baña mi cuerpo, de la cabeza a los pies.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAÑANA A LAS OCHO

 

 

 

 

 

      En la recepción, el flaco José Luis Silva me observa sorprendido; como diciendo que hace usted aquí miro el reloj de ingreso son catorce para las ocho presurosos llegan los trabajadores de la Región ¡cuando no, el gordo  Correa mordisqueando su pan con chicharrón! presurosa Melissa Moriano y su lunar sobre el labio superior, sonriendo me dice:

 

-Ingeniero Galíndez, buenos días; el Presidente quiere que suba a su

despacho, en este instante- da media vuelta y moviendo sus generosas caderas, debajo de un ajustado pantalón negro; se acerca a contestar el teléfono que timbrando está.

 

      Giro a la derecha y calmadamente subo las treintaitrés gradas con perfiles de aluminio; de la escalera de concreto, que me llevan a la oficina del doctor Severino García, presidente de la Región.

 

-Ingeniero buenos días- me saluda Gina del Carpio con su cabello

castaño aún mojado; levantándose para abrir la puerta del despacho del presidente.

 

-Pase ingeniero- me dice desde sus lentes ahumados el doctor

Severino García -tenemos que hablar- mientras ordena unos papeles y fólderes que están desperdigados sobre su escritorio.

 

Camino hasta el escritorio sujetando mi maletín, cargado de documentos.

 

Un desgastado saco azul con un sombrero negro de paño en la mano, se levanta para saludarme es don Anacleto Paiva mirándome sorprendido.

 

-Doctor García, buenos días- digo circunspecto

 

-Don Anacleto como está- estrechando sus manos.

 

Sin preguntas previas, ni explicaciones de ningún tipo; el doctor

García arremete, para hacer notar su autoridad:

 

-Lamento, haber firmado contrato con usted, ingeniero- carraspea para aclararse la voz- ha abandonado la construcción de la posta de salud de Sartimbamba, sin justificación alguna- con su dedo amenazador que deja ver una sortija de oro con una piedra roja engastada- y lo que es peor, ni siquiera ha iniciado los trabajos- gesticula y su voz se hace agresiva- voy a rescindirle el contrato inmediatamente, antes que pida ampliaciones de plazo y no se que otras leguleyadas técnicas más; que siempre aducen, ustedes los ingenieros- acomodándose los lentes- ya se le dio el adelanto ¿qué mas quiere?.

 

Lo miro asombrado. Quiero responder; pero me hace alto con su mano.

 

-          Quejándose contra usted, está aquí el señor Paiva,  presidente del

comité de gestión- dice cortante.

 

      Coloco mi maletín sobre el alfombrado piso. Don Anacleto Paiva tiene agachada la cabeza.

 

-Lo que no le ha dicho el señor Paiva, doctor- muevo las manos, para darle énfasis a mis palabras- es que mi contrato dice que la comunidad brindará todas las garantías necesarias, internas y externas; antes, durante y después de la ejecución de la obra- enseñándole el subrayado con plumón verde del contrato.

 

      Se saca los lentes para leer con mayor claridad.

 

-Lo que tampoco le ha dicho el señor Paiva- deletreando las palabras-

es que él  y los dirigentes de la comunidad, han firmado este documento- y le muestro un papel bond con sellos y firmas-  ordenando mi salida y la de mis trabajadores; negándose a autorizar la construcción de la posta médica y a cumplir la parte contractual del contrato.

 

Don Anacleto escucha, cabizbajo.

 

-Sian veniu, sin terminar posta, ductor- dice moviendo la cabeza- , abandonando trabajo, sian venido.

 

El doctor García me mira asombrado.

 

-Lo entiendo don Anacleto, lo entiendo- digo complaciente -conozco

del mal momento, por el que está pasando.

 

Llegamos a Sartimbamba  atravesando por la cordillera, voy a ver a mi

cholita, ella llorando triste me decía, oye cholito llévame a tu tierra conjunto Libertad Santiago de Chuco y su Vallejo eterno donde estará mi andina y dulce Rita, de junco y capulí al atardecer del viernes luego de dieciocho horas de cansador viaje pasando por Conachugo y Sarín que pue, están a seis horitas en carro bien corridazas, maestrito hubiese querido ir a Mollebamba y tomarme un buen cañazo con mi amigo Napoléon“a burra vueltaza ingeñero y salida nuay, porai; pero con Beto Medina, hablando de poesía y catando un ron Cartavio por el lobo de asís, salucito antes de partir, lo hemos recordado.

 

Nos reunimos con don Anacleto Paiva, con el teniente gobernador, el agente municipal creíbamos que sian mariconao, que no veniban visitamos el terreno en una pampita, cerca al río mañana hacemos acta de posesión y comenzamos los trabajos luego un salucito con un cañacito del valle de Condebamba por la obra, por la obrita, pues mi maestro está decidido a terminarla, antes del plazo previsto.

 

El sábado a las once de la mañana con los planos, cuadrando estamos

las medidas y límites se aparece una columna armada de sendero nos jodimos, primo dice el negro Briones mierda, era cierto asombrado el chino Arteaga y el viejo Melitón Portales, viendo como cinco armados con fusiles de largo alcance, se dirigen hacia nosotros tranquilos muchachos tratando de serenarnos.

 

A culatazos y disparando al aire, nos ha reunido en la pequeña placita onde la banda de Julcán, de amanecida nos hace bailar, lindazo pa la fiesta que da a la antigua iglesia ni la mamita Mercedes puede calmar tanto dolor de adobe y calamina.

 

A don Anacleto Paiva arrastrado de su poncho lo han sacado al centro y, poniéndole el cañón de un fusil en el pecho, han disparado felizmente al aire, ha sido.

 

-No mi matas papito, familla tengo, hijos chicos tuavía tengo- llorando-

ingiñero hay veniu a hacer posta de parte de Región.

 

Mandó degollar a su buey barroso su buey arador “lleven so carnecita,

compañiro; pero no mi matas.

 

Se llevaron nuestras herramientas servirán para hacer hechizos dice

quien dirige la columna senderista las herramientas siempre son buenas quemaron nuestra ropa, los colchones y el depósito de materiales a ustedes los quemaremos la próxima vez, si siguen aquí se llevaron el pago de la planilla es una pequeña contribución por la revolución armada del campo a la ciudad  metiendo bala al local comunal si los encontramos, los mataremos ingeniero amenazando, se han marchado, quebrada arriba pa Condormarca, el valle o Pataz, quien sabe señor.

 

-No hemos regresado por miedo ni porque se nos ha dado la gana

doctor García- secando el sudor de mi frente con un pañuelo- sino, porque nos han expulsado; esa es la pura verdad.

 

Don Anacleto tiene la tez rugosa, sombría y abatida. Lo he visto sufrir, implorar y llorar como lloran los hombres de ñeque por su vida y la de su familia.

 

En ese trágico momento se nos arrugó, el corazón, el alma, los testículos; todo ¿saben que es ser macho?.

 

El doctor Garcia nos mira, como diciendo, a quien creo.

 

-          ¿Es cierto ingeniero?- pregunta secándose el sudor acomodándose

los lentes.

 

Le entrego el acta firmada por don Anacleto Paiva y los principales de

la comunidad.

 

-Va a volver a terminar la posta médica, ingeniero?- pregunta.

 

-Por supuesto doctor- contesto seguro – pero que venga conmigo don

Anacleto para ir juntos y llegar a Sartimbamba, juntos.

 

-Entonces mañana a las ocho- conciliador el doctor García.

 

-Mañana a las ocho- afirmo.

 

-Mañana pues, las ocho estaremos- confirma don Anacleto Paiva.

 

 

Hasta ahora, lo sigo esperando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AL PASO

 

 

 

 

 

      Doblando la última curva que da al despeñadero sobre el río Ronday, un eucalipto caído a todo lo ancho de la carretera, hace que Nazareno Ríos,  frene bruscamente la camioneta. Un violento giro del timón, la hace patinar.

 

-Cuidado, nos desbarrancamos- grito soñoliento. Nos hemos quedado prácticamente, con una rueda en el aire.

 

-¡Casi nos matamos!- dice alarmado.

 

El brusco movimiento ha hecho que me golpee la frente sobre el vidrio

del parabrisas “felizmente golpe nomás es murmuro con razón en el colegio le decían cabeza dura me dice riendo nervioso sin bromas, que no es bueno burlarse de su jefe y en su delante, todavía le dijo tratando de sonreir gracias a Dios, me di cuenta a tiempo, ingeniero bajando la tensión y el nerviosismo del momento

 

La noche está oscura y en el firmamento de Querco densas nubes se amontonan; ennegreciéndolo, aún más.

 

-Baje despacio, ingeniero- recomienda Nazareno Ríos- que yo veré que  

está pasando- respira nervioso.

 

Abro la portezuela y mi zapato de minero toca el suelo. El rastrillar de

un arma a la altura de mi cráneo ¿y ahora qué? me hace sudar frío.

 

-Necesitamos prestada su camioneta, por unas horitas, ingeniero- me

dice una voz amable; pero cortante a mi costado- si se portan bien, nada va a pasarles- con tono suave; pero amenazante- se lo devolveremos antes del amanecer.

 

Las luces de la camioneta delinean  a otros encapuchados,  que fusil

en bandolera; desplazan al caído eucalipto, tirándolo al abismo.

 

-Manos a la cabeza- dice otra voz, en la portezuela del chofer-

tranquilito deja las llaves en su sitio- ordena.

 

Escucho el ruido del rodar del eucalipto por la ladera. El eco del

impacto sobre las aguas del río; me hace estremecer así nos habría pasado pienso.

 

Amables; pero cortantes nos suben a la plataforma. Nos sientan con la

espalda pegada a la cabina; amarrándonos los pies y las manos hacia adelante solo por seguridad, ingeniero, usted sabe con los pasadores de unos borceguíes.

 

Verifican las amarras y nos cubren la cabeza y el cuerpo con un poncho no queremos que sepan lo que hacemos sentándose a nuestro costado tampoco que tengan frío tres encapuchados armados.

 

Calculo que hemos viajado un par de horas, supongo a Laramarca o algún poblado cercano. Nuestros acompañantes está callados; solo los baches, de cuando en cuando nos hacen saltar y quejarnos de dolor.

 

Paran la camioneta y de un salto bajan nuestros acompañantes.

 

-Que va pasarnos- pregunta despacio y atolondrado Nazareno.

 

-No lo se- le contesto en la incertidumbre- no creo que quieran

matarnos; sino ya lo habrían hecho hace rato- digo para tranquilizarnos.

 

Escuchamos voces de unos y órdenes de otros; movimiento de  zapatos que vienen, que van.

 

Abren la puerta de la plataforma y suben costales, bultos y cajas.

 

-Arrímese, ingeniero- nos ordenan y silenciosos nos arrastramos al

extremo izquierdo de la camioneta. No escuchamos casi nada; hablan bajito o muy lejos.

 

Reinician la marcha y debe ser ya, pasada la medianoche. Estoy

cansado, tengo las piernas adormecidas y las manos frías. Aun, con el movimiento de los baches, me voy quedando dormido.

 

Sueño con mi familia, a la que no veo mucho últimamente unos diítas

al  mes tengo que viajar cuarenta y cuatro horas seguiditas, señor de Ocoyo a Ica, de Ica a Lima; de allí una tarde y una noche hasta Chiclayo y dos horas más hasta Motupe donde está mi mujer y mis hijos salgo sábado en la noche y llego lunes a mediodía y el viernes en la noche, estoy volviendo de nuevo; para el lunes estar otra vez en la chamba.

 

Frenan la camioneta y el ruido que produce el movimiento de los

costales, bultos, y cajas, me despiertan.

 

Un rebuzno y unos relinchos me hacen suponer; que el cargamento lo transportarán en una piara de acémilas, cerros arriba.

 

Reiniciamos la marcha, despacio ya no tienen mucha prisa pienso.

 

Ligeras gotas suenan sobre la cabina metálica de la camioneta.

Cambio de postura para aliviar el adormecimiento de mi pierna izquierda. Ya no siento la presencia de los que, con nosotros viajaban. Se bajaron junto con el equipaje. Ya no están

 

Paran.

 

-Después de media hora que nos hayamos ido ingeniero, reiniciarán su

viaje- nos dice la misma voz amable; pero cortante -el partido les agradece- continúa hablando –no queremos comentarios de ningún tipo- nos aconsejan- recuerden que tenemos ojos y oídos en todo sitio- amenazador -disculpen por el susto.

 

Pasos sordos sobre la gravilla de la carretera, se alejan.

 

-Nazareno, estás bien- pregunto

 

-Creo que estoy completo, ingeniero- me responde.

 

Accionando brazos y piernas nos sacamos de encima los ponchos.  

Con los dientes Nazareno desata mis manos y luego le desato sus manos y pies. Moviéndonos desentumecemos nuestras piernas y el frío de la madrugada, también.

 

A rastras bajamos de la plataforma de la camioneta.

 

Amanece. Estamos en el mismo lugar de donde nos secuestraron.

 

-Sino fuera por las huellas de las amarras, Nazareno; diría que estoy

soñando y que esto nunca sucedió- digo frotándome las muñecas.

 

Nunca sabremos que trasladaron esa noche.

 

Días después, llegan las noticias.

 

Una columna senderista incursiona en los poblados de las riberas de los ríos Ronday y  Condorsenca, dinamitando locales municipales, gobernaciones; asesinando autoridades.

 

En nocturnos juicios populares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE AÑOS

 

 

 

 

 

-Florentino- dice una alegre voz a mis espaldas.

 

Doy media vuelta, presto a contestar el saludo, de quien; por mi nombre de pila, me llamaban de niño.

 

Lo miro y sus rasgos no me son familiares ni conocidos. No lo reconozco.

 

-Ingeniero Roberto Florentino Reyes Pascual- dice riendo, deletreando las sílabas, como para no tener duda; que quien me habla, es alguien muy conocido y desde hace mucho tiempo, probablemente.

 

      Lo miro sorprendido una vez más. Su cara colorada y su bigote espeso, no me dicen nada.

 

-Soy Casinaldo Rodríguez, de Quinjalca, Chachapoyas, cholo hermano- efusivo, abriendo los brazos.

     

      No puedo ocultar mi sorpresa y lo miro de pies a cabeza.

 

-Tú eres el despintao, el hijo de doña Goyita- le digo para confirmar su identidad.

 

-Clarín, clarinete, cabeza de torniquete- y nos estrechamos en un gran abrazo, rebosantes de alegría.

 

Hace un mes me han designado Jefe de la Oficina Zonal del Ministerio de Vivienda de Omate en la provincia Sánchez Cerro en la esquina de la plaza hay un arbolito de los dos sexos ingeniero; en la noche los muchachos los pintan de rojo y en la mañana el cura los pinta de blanco nos cuenta riendo Pepe Ramírez; quien con Miguel Coahuila, han venido desde Moquegua para trabajar conmigo; en la instalación de agua, desagüe y letrinas, en algunos pueblos y caseríos de esta provincia.

 

-Veinticinco años sin vernos- le digo.

 

-Veintitrés, exactamente- me corrige.

 

Es casi medio día y un sol esplendoroso invade las recién cementadas calles de la plaza. Una mujer de Carumas con su vestido blanco, bordado con hilos de colores y su sombrero de tela, pasa saludándonos.

 

-Así sean cinco, cholo pata rajada; pero esto tenemos que celebrarlo- digo efusivo- en la bodega de la esquina venden un vino de casa excelente y si quieres un pisquito, también- lo invito- es justamente la hora del abre apetito.

 

      Me mira sonriente y simulando una visera, con la mano derecha se tapa la frente, protegiendo a sus ojos del sol.

 

-Soy maestro de escuela en Quinistaquillas, seguro todavía no conoces- me dice sonriendo- sólo vine a hacer unas gestiones en la supervisión de educación y estoy apuradito hermano- palmeándome el hombro- que te parece, si nos encontramos este viernes al mediodía en el pueblo; es el aniversario de mi escuela y será un honor tenerte y ver también, en que puedes ayudarnos- guiñándome un ojo.

 

-Si tú quieres tumbamos el colegio y lo volvemos a levantar- le digo bromeando- para mi paisano y más aún, para mi compañero de salón, lo que sea- reafirmando nuestra amistad.

 

-Como veo que ya has probado el vino omatino, te tendré unas buenas damajuanas y unos cuyecitos; que te parece?- accionando las manos al hablar-  no serán como los de Chachapoyas; pero estos también están buenazos- estrechando mi mano, se despide.

 

      El sol calienta este mediodía y el alboroto de los muchachos saliendo del colegio, se deja oír.

 

-Déjame preparar tu llegada como se debe, hermano- nos abrazamos, palmeándonos los hombros, se marcha por la bajada del río.

 

La mañana del viernes catorce de agosto, enrumbamos con destino a Quinistaquillas. Pepe Ramírez maneja la camioneta, Miguel nos acompaña.

 

-Quien creyera, digo; que habríamos de atravesar casi todo el Perú para encontrarnos ¿cómo es la vida? saben, estudiamos juntos la primaria; Casinaldo no era muy chancón que digamos, pero te decía las capitales de los países de América de corrido. No le alcanzaba el tiempo pa dale a la estudiada” trabajaba en  la lampea desde chiquito en su chacrita, donde sembraban maíz y cebada. Terminamos la primaria y desapareció. No volví a saber más de él; hasta anteayer, que me sorprende, llamándome por mi nombre.

 

-Tendrán mucho que contarse, ingeniero- me dice Pepe- son tantos años- sonriendo –debe ser como encontrarse con la hembrita, que uno amó en su infancia- nostálgico.

 

- Sin mariconadas Pepe, sin mariconadas- riendo.

 

Un pastor con sus ovejas y cabritos cruzan la carretera, sacando polvareda trepan la ladera; con su onda en la mano, los arrea cuesta arriba.

 

-Si fuera una cerveza por semana, ingeniero; necesitarían un trailer llenito- dice riendo Miguel Coahuila, que está sentado a mi costado.

 

-Si pues, como es la vida muchachos- les digo, emocionado- casi una vida sin vernos; un poquito más y nos encontramos sentados sobre el cráter del Ubinas- riendo.

 

Llegamos a la escuela y Casinaldo con su terno azul marino y su corbata roja sale a recibirnos yo estoy con mi jean despintado, mi camisa a cuadros y mis botas de cuero; el casco está en la camioneta.

 

Nos presenta al director y a los profesores como su paisano y compañero de escuela me siento contento y emocionado como clarín de carnavalero más aún; cuando me hacen hablar delante de tantos niños, algunos descalzos y mal vestidos me recuerda a mi infancia en la escuela ciento veintisiete y me emociono y les digo que yo también estudié así y Casinaldo también; pero estamos orgullosos de eso y de lo que hemos alcanzado en la vida; que queremos lo mejor para los niños de Quinistaquillas  y para eso, vamos a instalar el agua potable a la escuela y construiremos los servicios higiénicos para que no anden por las chacras, asustados, haciendo sus necesidades digo riendo.

 

 Me aplauden, Casinaldo Rodríguez también; siento que como yo, también está  emocionado.

 

Nos llevan a la pensión de los maestros para dar cuenta de los cuyes, truchas, vino borgoña y pisco de casa, que nos han reservado.

 

-Mi tío Eleuterio ¿te acuerdas? me llevó para estudiar a Chachapoyas; dos años estuve con su familia y despuecito me fui a Chiclayo- cuenta Casinaldo- trabajé en el mercado mayorista, de mandadero, cargador, pájaro frutero, de todo hermano; junté mi platita y en un camión me embarqué a Lima quince años, nomás tenía, hermanito y como ya conocía el negocio me fui a la Parada si supieras lo que he sufrido, cholo hermano estuve cinco años viviendo solito y en la nocturna de Gran Unidad César Vallejo de la avenida Méjico, acabé mi secundaria y después con unos amigos nos fuimos a Ica, a ver unos negocitos y me quedé como perro sin dueño, hermano y en la San Luis Gonzaga me hice profesor y como tenía que chambear para mantener a mis otros dos hermanos que los había traído a Lima, me ofrecieron venir a Moquegua aquí me tienes hermano salud Florentino; prueba este pisquito y dime que te parece; aunque yo sé que eres cañacero; pero no hay mucha diferencia.

 

-Es el soltero más codiciado de la provincia, ingeniero- dice riendo la maestra Pilar Campos, con sus rulos castaños y sus ojos claros.

 

-Y que esperan para conquistarlo- replico.

 

- Es que se hace el difícil- mordisqueando la pierna de un cuy, frito con harina de maíz que lo hace crocante- a ver si usted lo anima.

 

Me dijeron que estabas en Lima; pero no hubo tiempo de vernos ni saludarnos “ni tomarnos una copita, brindando por nuestro pueblo, cuna de la belleza andina, que linda es mi tierra”- dice cantando y chocando su vaso de vino con el mío -mi hermano Fermín me contó que estudiabas en la UNI, orgullosazo pasaba por la Túpac Amaru y decía, aquí estudia mi paisa Florentino ¿chanconazo no? y después, también te desapareciste y ya no supe más.

 

-Pero; como vas a saber de mí; si te has venido a vivir a los tobillos del Perú- digo riendo

 

-Te juro, cholo hermano, que nunca pensé; que nos encontraríamos tan lejos de nuestra santa tierra-  abrazándome -¡salud por eso!.

 

De Carumas, ha llegado una delegación del colegio secundario con sus vestidos multicolores, danzan para nosotros.

 

Ponen “caballo viejo” en un moderno equipo musical y comienza el baile. En una esquina, vaso en mano, conversamos con el director y los demás profesores.

 

La luz de una bombilla eléctrica, nos anuncia que está anocheciendo sobre el valle y sus quebradas.

 

-No te vayas Florentino- me dice Casinaldo, llamándome a un costado de la reunión- tengo que hacer algo urgente y a mi regreso quiero encontrarte; ya verás la borrachera que nos vamos a pegar.

 

-Vas a enviarle un telegrama al presidente- le digo bromeando.

 

-Algo así- me contesta sonriendo- pero no te vayas- me recuerda una vez más.

 

Es ya muy tarde para regresar, tampoco estamos lúcidos como para conducir la camioneta; además el valle está declarado como zona roja no te expongas, hermano me ha dicho antes de marchar. En la casa de Casinaldo hay tres camas, esperándonos.

 

Nos levantamos a eso de las nueve y mientras curamos cabeza con un caldo de tripas de carnero con su  motecito y una botella de vino; llega hasta nosotros la novedad.

 

-¡Anoche atacaron Omate, la comisaría y la municipalidad!.

 

      La noticia me hace palidecer.

 

-La oficina- dicen a coro Pepe y Miguel.

 

-¿Sabes algo Casinaldo?- le pregunto alarmado, dejando mi plato de caldo a medio saborear.

 

-Nada Florentino - desviando la mirada –no se nada.

 

-Mierda- digo levantándome de la mesa -¡vámonos!- ordeno.

 

La puerta principal de la municipalidad es un boquerón negro y humeante. Hay astillas de madera por todo sitio y fierros clavados en las paredes; tarrajeos de barro, cemento y yesos regados en el suelo. El techo de cañas y palos se balancea. La vieja escalera de madera, no está más.

 

-¡La oficina!- alarmado

 

Mis ojos van hasta la vieja puerta de eucalipto antiguo. Increíblemente está en pie.

 

Huellas de disparos han perforado sus tablas; una hoz y un martillo pintados en rojo, abarcan casi la mitad.

 

A mi espalda el puesto policial, destrozado: Le volaron hasta el techo. Dicen que los atacaron desde la plaza y el cerro.

 

Una áspera tranquilidad se esparce por el poblado no es la primera vez, ingeniero. La tensa calma que deviene después del caos y la confusión.

 

Tengo la mirada pegada en la puerta de madera, instintivamente cuento los disparos uno, dos, cinco, once, catorce, dieciocho, veintiuno, veintidos, veintitrés,¿veintitrés?, son veintitrés” las huellas de las balas es un mensaje, carajo.

 

Recuento para confirmar efectivamente ve inte y trés una chispa de terror y angustia una por cada año de ausencia, carajo me recorre el espinazo.

 

-¡Haz sido tu Casinaldo?- enfurecido -¡fuiste tú, carajo!- desesperado-¡grandísimo hijo de puta, sino fuiste tú, quien fue?! -maldigo.

 

 Abatido, observo una vez más, la vieja puerta de tablas de eucalipto, pintada con esmalte marrón ¿cómo fue? sus veintitrés estremecidas huellas  tiro por tiro como afilados cuchillos o en una sola ráfaga? desangran mi corazón.

 

Siento mi cuerpo, reclinado sobre la puerta, atravesado por veintitrés disparos de fusil de largo alcance.

 

Me invaden la tristeza y la desolación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DESCONOCIDOS CASI AMIGOS

 

 

 

 

 

Estamos cargando los barrenos aguzados en el taller del asiento minero de Chaucha; cuando cubierto con un poncho de lana y con aires de minero; de una casita blanca del final de los depósitos, una sombra se acerca, sigilosa.

 

-Tenemos un herido, ingeniero- nos dice cortante- llévenos a

Huancayo- a través de su pasamontañas-  le pagaremos.

 

Intento explicarte que no puedo desviarme de mi ruta y que regreso a

Vitis llevando  dieciséis barrenos de acero, dos cilindros de combustible y tres latas de lubricantes para las máquinas; pero el cañón de una pistola en mis costillas así cualquiera, facilito entiende me hace comprender lo incómodo de mi situación sin dudas ni murmuraciones.

 

-No nos queda otra, Serapio- comento en voz baja con mi chofer.

 

-Ya estamos sobre el burro, aguantemos los palos, nomás ingeniero-

dice resignado

 

Es ya pasado el mediodía y graniza sobre los grises cerros del asiento minero.

 

Se sienta en la cabina posterior de la camioneta y nos guía por la carretera que da al abra Negro Bueno; desviándonos por una trocha casi inaccesible.

 

De entre unos quishuares y  envuelto en un poncho; abrazado y casi a rastras, traen a un herido.

 

-Súbanlo a la cabina posterior- les digo abriendo la puerta- el frío de

esta puna puede matarlo- cierran la puerta y quien tan gentilmente nos ha tomado la carrera, se sienta a su costado.

 

-El partido le agradece, ingeniero- nos dice una voz gruesa de tipo

militar- le aseguramos que de aquí en adelante, nadie habrá de molestarlo- y desaparece junto a una docena de emponchados, que marchan junto a él.

 

Cruzamos los cuatro mil trescientos metros de Negro Bueno y una

pampa inmensa se abre a nuestra vista. A un costado, los restos metálicos de un cable carril en este portento de la ingeniería, la Cerro de Pasco transportaba el mineral  entre ichu y pajonales.

 

De cuando en cuando una llama, una alpaca solitaria, un pajonal seco y crecido.

 

En la distancia, una casa quemada, unos corrales destrozados, unas pintas rojas vivando la lucha armada.

 

Llegamos a la garita de Quero.

 

-¡Documentos!- nos pide el guardia civil, parado a nuestro costado; soplándose las manos, para calentarlas del  inclemente frío, de estas punas.

 

-Soy el Ingeniero Elmer Burgos Vergara de Cooperación Popular y estamos yendo a Huancayo, jefe- le digo con tono amable.

 

Mira por la ventana.

 

-¿Que pasó?- pregunta- ¿está herido?.

 

Mi chofer me mira de costado; una tosecita en la parte posterior, me

dice que debo ser precavido.

 

      -Sí jefe- le explico- es un trabajador mío, que manipulando unos barrenos en mal estado, se ha cortado la barriga y por eso, lo estoy llevando al hospital de Huancayo, lo más rápido que podemos.

 

      -Ojalá nomás, no se le muera en el camino- sarcástico- otra cosa, tenga cuidado ingeniero- me recomienda- una columna  de terrucos está jodiendo por esta zona y hace un par de días nomás, se han agarrado a balazos con el ejército y parece tienen varias bajas y heridos.

 

Los pasajeros del asiento posterior, están callados, simulando dormir; pero seguramente, muy atentos; a todo cuanto hacemos y decimos.

 

-¡Teniente  Camones, venga!- grita a voz de cuello el guardia civil y el

eco retumba en los cerros aledaños. El temor y la sorpresa nos invaden

 

-No va usted a Chupaca a ver  lo de los refuerzos- levanta la voz- ¡el ingeniero puede llevarlo!.

 

Serapio y yo nos miramos incrédulos, como diciendo nos jodimos, compadre. Los ocupantes del asiento posterior no dicen nada; pero escucho el característico rastrillar de sus armas.

 

Un uniforme verde de combate con su gorrita ladeada, aparece. En la

mano un maletín de cuero, su arma de reglamento y un par de granadas de guerra en el cinto.

 

-Como está ingeniero- saluda, dirigiéndose hacia la puerta posterior estos van a matarse, carajo pienso  y a nosotros, también.

 

-Venga adelante, teniente- lo invito sonriendo- la altura me ha chocado y quiero descansar un poco- le explico- si me duermo, puedo contagiarle a Serapio y nos podemos desbarrancar; mejor será que venga adelante y le vaya haciendo la conversación- trepándome en el asiento posterior.

 

Nos miramos y suspiramos aliviados. El teniente se ha sentado como copiloto y atrás; estiro las piernas lo más que puedo, colocando mi cabeza sobre el respaldar, intentando dormir

 

Serapio ha puesto un casette con  huaylarsh y huaynos del centro del

Perú picaflor tarmeño, porque pues pretendes sin querer los cuatro estamos cantando picar a las flores, que ya tienen dueño me acuerdo de mi amigo Julio Rivera zapateando y levantando polvo en el club Tarma sólo falta una botellita de alcohol rebajado y armamos una jarana de lo lindo el teniente emocionado esto es vida ingeniero, el resto es pura ilusión el herido se queja en silencio si no me quieres que voy hacer tamboreando sobre la cabina con retirarme se acabará, todo todo se acabaráaa.

 

Llegamos al puesto policial de Chupaca y el guardia civil de servicio al

reconocer a su superior; levanta presto la tranquera y se cuadra, llevándose la mano derecha extendida sobre el quepí.

El teniente Camones se baja, acomodándose el capotín.

 

-La benemérita guardia civil del Perú le agradece, ingeniero-  sonando

sus tacones y cuadrándose militarmente, da media vuelta y se va.

 

Anochece. Algunas estrellas aparecen en el límpido cielo wanka.

 

Continuamos rumbo a Huancayo, atravesando casas recién construidas con ladrillo y cemento, bordeando el río Mantaro ay mantaro de mis penas, solo tu sabes mi sufrimiento, ay mantarito, mantarooo.

 

-Déjenos al costado del hospital del seguro- nos dice el pasajero que

tomó la carrera a la prepo, nomás sin nuestro consentimiento.

 

Serapio frena la camioneta.

 

Con esfuerzo baja al herido si no lo atiende un médico se muere su poncho está humedecido por la sangre.

 

-El partido comunista peruano sendero luminoso y nuestro presidente

el camarada Gonzalo, le agradecen por sus servicios- nos dice muy serio -no lo olvidaremos camarada ingeniero- me sorprende su trato -se ha comportado como un verdadero militante.

 

Abrazando a su herido, se pierden entre las sombras de la amarillenta luz de las bombillas de veinticinco voltios, que penden de los postes de eucalipto; calle arriba.

 

Serapio y yo nos miramos aliviados.

 

-Quiero un trago, ingeniero.

 

-Yo quiero dos.

 

Nos estacionamos en la primera cantina que encontramos abierta; en

la calle principal de El Tambo.

 

      Al tercer calientito de todas las hierbas respiramos aliviados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NEGOCIACIÓN

 

 

 

 

 

Artidoro Yopla, secretario general, Tarcisio Alejos y Josefino Mayta, secretario de organización y defensa del sindicato; no logran convencernos ni sustentar como es debido el item treintaidós de su propuesta “la empresa contribuirá con una asignación mensual del diez por ciento de sus ganancias brutas, para el fortalecimiento gremial de nuestro glorioso sindicato y de apoyo a las bases clasistas, que luchan por el proletariado nacional y la toma del poder popular”.

 

La negociación del pliego de reclamos con el sindicato de obreros, está en un punto neutro.

 

Desde el pasadizo del segundo piso de la fábrica, observo el patio central y la optimista inscripción “sólo cuando el mundo deje de vestir, textil San Rafaelito dejará de existir” me incita a creer que todo está bien que nada malo está sucediendo.

 

Muevo la cabeza, negativamente así como van las cosas, es cuestión de tiempo, nada más apesadumbrado pensar que cuando llegué hace ocho años éramos la mejor textilera de Lima; solo La Unión nos igualaba nostálgico y triste de a pocos la vamos destruyendo me lamento.

 

  Alicia Medrano, mi secretaria, con su sonrisa de niña buena y su entornada mirada, de cuando las cosas están difíciles, me dice:

 

-Ingeniero, el presidente del directorio quiere verlo- poniéndose el lápiz sobre sus labios pintados de café oscuro- está reunido con el gerente general.

 

Lo miro asombrado.

 

-¿No sabes para que es?- niega moviendo su enrulada cabellera negra y por su mirada tres años trabajando juntos puedo afirmar que conoce el motivo no va a decirme nada sospecho.

 

-O es para botarme o para nombrarme gerente general- digo sonriendo nervioso- para que otra cosa pueden llamarme- poniéndome el saco que está sobre el perchero, detrás de la puerta -siempre he sido perfil bajo; sólo cuando hay dificultades, me llaman me quejo. Sonriendo me mira intensamente con sus ojos claros, como adivinando mis pensamientos.

 

Reviso mentalmente los últimos sucesos y las decisiones tomadas dentro de la fábrica la situación está movidaza murmuro han parado los empleados, los obreros hace quince días que están de huelga, atacaron  la fábrica y las ventas han bajado; la situación no puede estar peor.

 

 A lo largo de la carretera central se ha instalado el terror.

 

-Adelante míster inginiers- me invita don Saúl Blackerson, mezclando el español mucho difícil con el inglés veri gud desde su sillón de respaldar bajo tan chiquito para un hombre tan grandazo sus vivaces ojos azules y su cara colorada.

 

-Buenos días- atravieso los cinco metros alfombrados, que hay desde el ingreso hasta su enorme escritorio de caoba tendrá por lo menos treinta años ese mueble las patas talladas como garras de león. Con el ingeniero Roberto Suaznábar, gerente general de la fábrica revisan unos documentos

 

Dos tazas de café a medio consumir sobre el escritorio, delatan que la reunión tiene por lo menos un par de horas.

 

-Usted negouciar pliego de reclaumos con sindicatou de obreuros- sin pestañear -de usted depender que fábrica no perder; pero sindicatou creer que ha ganadou- moviendo su sillón de un lado a otro –pedir barbaridades.

 

 Alargando su brazo me entrega un fólder amarillo, donde supongo se encuentran los reclamos –usted saber queu estaumos casi quebraudos- poniéndose mas colorado todavía.

 

En la pared del fondo, la foto en óleo de don Otto Blackerson Berenesky lo conocí muy viejito ya, siempre con su pipa en la mano un judío polaco venido al Perú, después de la segunda guerra mundial y fundador de la empresa a principios de los años sesenta.

 

-Pero…señor?- entendiendo la magnitud del encargo.

 

Desde la ventana se ven los telares en movimiento y  el ir y venir de los obreros llevando fardos de tela. El ruido de las máquinas, sordamente llega hasta aquí.

 

-Tomar providencias, sou tiempo, inginiers; si querer caja chica hablar con administrador- me dice acomodándose el nudo de su corbata tiene dibujos del pato donald  y sonrío ah, ser bonitou regalo de mi mujer, por navidad dice, adivinando mis pensamientos.

 

El Ingeniero Suaznábar se levanta -Solo es cuestión de que ponga su cara

de buena gente, ingeniero y todo saldrá bien- dándole la mano a don Samuel Blackerson; me toma del brazo, explicándome en el trayecto, las estrategias que hay que seguir.

 

-En usted confiar, míster inginiers- dice finalmente, antes de cerrar la puerta de su despacho.

 

Al mediodía el señor Blackerson renunció como presidente del directorio de la empresa y esta noche vuela a San Francisco terorismo mi estar arruinando donde están su mujer y sus tres hijos, desde seis meses.

 

Probablemente no regrese mi retornar depender circunstancias la fábrica está en bancarrota mi platau estar en Gran Caymán hay amenazas patronal explotadora, chupasangre  otras más pronto caerán, el sindicato lo hará presiones  mi irme con mi familiau tomándose el último whisky en la sala de espera internacional del aeropuerto Jorge Chávez.

 

La reunión se inició el lunes dieciocho a las diez de mañana para

meter presión el sindicato ha movilizado a un centenar de obreros “viva el glorioso sindicato de obreros de San Rafaelito”, “viva”; “viva nuestro pliego de reclamos”, “viva; “viva el proletariado peruano”, “viva”; “abajo la clase explotadora”, “abajo”; “si no hay solución, la huelga continúa”; “palmas revolucionaras, compañeros”, “palmas”.

 

Han sido largas y tediosas horas de tensión y espera “lo que digan las bases, compañeros” de argumentos “mejores condiciones de trabajo o nada” de réplicas “hay serios problemas financieros, que ustedes quieren soslayar” de llamadas telefónicas y consultas de ambas partes “no acepten nada, compañeros, el pliego completo o paramos la fábrica” de amenazas y recriminaciones “en ningún lugar del mundo se paga a un sindicato, para que le haga huelga a su propia empresa”.

 

Estoy agotado “mucha saliva señores y nada en concreto” las bases “nos vamos a la huelga general indefinida, compañeros” los dirigentes del sindicato están exhaustos. Son las presiones; diferentes “pero presiones, al fin”.

 

Esta mañana el cerco de ladrillos de la fábrica, amaneció con

inscripciones “sindicato traidor” pintas Artidoro Yopla vendido”, “ingeniero Andrés Arnoldo Valdivia, explotador” ese soy yo “patria o muerte, venceremos” amenazas “muerte a los traidores”.

 

Son las siete de la noche del jueves y treintaiún puntos del pliego han

sido resueltos “aumento salarial por la inflación del trescientos por ciento; no cincuenta porque no hay plata; doscientos cincuenta; no setentaicinco, las ventas han bajado; doscientos; cien y no más, tenemos que reemplazar las máquinas que la explosión destruyó”.

 

Discusiones entre los miembros del sindicato “que se paguen los días de huelga” consultas “sí; pero que recuperen las horas perdidas” idas y venidas “aprobado” otros pedidos “mejores condiciones de trabajo” aprobado y etc, etc.

 

Es el item treintaidos del pliego, el que ha empantanado la

negociación.

 

 Escuchamos sus planteamientos “lo que aquí se apruebe, tiene que

ser refrendado por la empresa, que es la que paga” no nos convencen “es gremial, sindical” los refutamos “la empresa no puede financiar proyectos ajenos a la fábrica“ mas argumentos “tenemos que apoyar a nuestros hermanos en lucha de los demás sindicatos” refutaciones “apóyenlos con su plata; estamos casi quebrados y a punto de cerrar” otros argumentos “es solidaridad con los sindicatos en lucha” réplicas “cuando cierre la fábrica y nos quedemos sin trabajo, quien va ser solidario con ustedes, con nosotros”.

 

La discusión está en un punto muerto “no hablemos de muertos ni

heridos, que la  situación está brava”, empantanada “son las siete de la noche señores, mañana continuamos” nos miramos “si no hay argumentos contundente; mañana contra la opinión del mundo, cerramos el pliego”  nos estrechamos las manos “no sea tan radical, ingeniero”.

 

Salgo al patio central y la brisa que mece a los álamos perimetrales golpea mi cara es bueno respirar el aire fresco.

 

Dos explosiones remecen la noche debe ser por Vitarte el ruido de las sirenas, me estremecen sendero está tocando las puertas de Lima apagones semanales y las banderas de sendero en los postes “la policía busca a Abimael Guzmán como locos antorchas dibujando la hoz y el martillo en el cerro San Cristóbal, desesperados todos.

 

Llego a casa y me recibe Korycha linda mi cholita, dando sus primeros

pasitos con sus manitas abiertas hola preciosura sus ojos grandes sacó los ojos de la abuela y su inconsistencia al caminar pareces el patito lindo del cuento la tomo entre mis brazos y la cargo“es bueno volver a casa suspiro aliviado.

 

Mi mujer se acerca tímidamente: “hola amor” la beso en los labios

esto ha llegado” llorosa, es un sobre manila “Te mataremos, perro explotador; Partido Comunista del Perú, sendero luminoso” escrito con plumón rojo.

 

He recibido amenazas varias en el trabajo conocen mi casa me

desespero mi familia, carajo se me aceleran los latidos, en el corazón y en el cerebro y ahora? trato de calmar a mi mujer “¿qué va a pasarnos Andrés, que va a pasarnos?”  sentada en el sillón de cuero de la sala, gime silenciosa “¿mi hija, que va a pasarle” se lamenta “nada, mi Emperatriz, nada” mi hija también está llorando “se me parte el alma” que hacer en este desesperado momento siempre he sido bueno decidiendo cosas ajenas; pero ahora?.

 

No he podido dormir por los disparos, sobresaltado  a cada instante

esas sirenas suenan cerca me ducho a ver si el agua fría, calma mi tensión llega el olor a café recién pasadito será un día batallador desayuno apresurado para ir a la fábrica.

 

-Enciende la televisión amor, para ver las noticias- decidido a culminar con la negociación. Si o si.

 

Un reportero aparece narrando un reciente crimen alrededor de las

cinco y media de la mañana ha sido asesinado a un desconocido, de dos balazos en el pecho y lo han rematado con un tiro en la cabeza; al parecer ha sido un grupo terrorista.

 

Siento una corazonada.

 

Acercan la cámara y lo reconozco mierda es el Artidoro.

 

Sobre su camisa celeste manchada de rojo coagulado, una cartulina

“así mueren los traidores” una hoz y un martillo en rojo.

 

Su rostro es una mueca adolorida. Su cuerpo es un charco de sangre,

sobre el pisoteado polvo de la carretera central.

 

Un muerto más, que los transeúntes miran sin mirar

 

 

En la fábrica, la noticia la sabían hace dos días.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTRACARÁTULA

 

 

 

 

 

 

Los textos son una excelente y traumática recreación de una época temible. La muerte se enseñoreó del Perú, y no hubo más razón que la bala.

 

Cogidos entre la violencia de Sendero y la bestialidad de los sinchis; los ingenieros son una representación de todos los peruanos, una suerte de puente Bayley por donde todos pasaron.

 

Eduardo González Viaña

Western Oregón University

USA

 

 

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