ESPIRITUALIDAD FAMILIAR

A la memoria de Carmen, tocaya de mi monjita,

por su amor y porque su prematura muerte no nos doblegó.

 Por: Guillermo Alfonso Bazán Becerra.

Recuerdo que en nuestra casa del jirón Amazonas cada celebración religiosa se convertía en algo extraordinario, no sólo porque el ser familia numerosa con diez hijos lo llenaba de algarabía y participación entusiasta, sino porque la fe cultivada desde nuestros ancestros nos proporcionaba la felicidad por el verdadero sentido de esas festividades. A ello se agregaba, por supuesto, la enorme importancia que tenía para cada uno de nosotros ese refuerzo espiritual que constituía nuestra irrompible ligazón con el Monasterio de las franciscanas concepcionistas de la Inmaculada Concepción, porque la hermana de mi madre desarrollaba allí su vida junto a Dios, ya no como Carmen Becerra Rojas, sino como Sor María Paz de la Santísima Trinidad Becerra (y allí reposan sus restos, después de más de 60 años de vida religiosa).

La fiesta católica con que honramos la presencia de Cristo en el sacramento de la Eucaristía (el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad y que depende de la fecha que corresponde a la Semana Santa) era tan importante como la Navidad, que tanto nos entusiasmaba como niños, pero menos que la Semana Santa pues en ésta sí que todo cambiaba en la casa y en nuestra vida familiar: no sólo estábamos pendientes de que del Monasterio la "Mandadera" (mujer bondadosa y muy servicial que cumplía todos los mandados conventuales, proyectando el servicio de las monjitas a la comunidad) trajera las palmas para el Domingo de Ramos; todos los que tenían ya edad de recibir la Comunión se preparaban con más entrega que en el resto del año, mientras los que aún éramos menores esperábamos con ansia el crecer rápido para participar de esa gracia.

Pero no sólo nos preparábamos para las ceremonias en el templo (que no siempre era en el Monasterio sino en la Catedral o San Francisco), también esperábamos los "premios" a nuestro buen comportamiento o a los demás méritos de la vida diaria, como hijos y como cristianos. Y de todos modos disfrutábamos porque la madre inmensamente amorosa y apegada al hogar hacía todo lo que estaba a su alcance para proporcionárnoslo y el padre, estricto pero amoroso hasta casi la ternura materna, nos lo daban, agregando ello a lo que nos llegaba del Monasterio: las jarras con "Cordial" (el refresco incomparable preparado a base de flores y combinación especialísima de hierbas), el dulce de toronja, los higos almibarados, el manjar blanco impecable, las rosquitas fritas con almíbar, los "cigarritos" de azúcar, los pasteles de variadas formas y sabores, los "panecitos" de maíz, el pan de yema, los "toritos" de azúcar o los "bollos" de harina, sin que falten tampoco los Detentes, Escapularios, Medallitas, Rosarios y hasta folletos con la vida de los santos y otros hermanos ejemplares.

Así, las festividades religiosas eran hitos de verdadera importancia en nuestra vida familiar y personal. Dentro del hogar todos nos reuníamos alrededor de los padres y mayores para rezar las Novenas preparatorias a cada fiesta o las acciones de gracias por lo que íbamos recibiendo o para invocar la fortaleza e inspiración para superar lo que era difícil en las jornadas. Y así como el primer domingo de cada mes era la "fiesta chica" familiar, porque hacíamos la visita al Monasterio, de igual manera cada misa dominical era la fortalecedora de nuestros lazos: recuerdo que ocupábamos más de una banca, cantando y rezando juntos mientras procurábamos imitar la fuerza espiritual con que ambos padres vivían el Santo Sacrificio, esperando con ansia el momento en que se recolectaba las limosnas y nos hacía sentir diferentes y útiles porque cada uno de nosotros podía aportar con la propina que el diligente papá nos había dado para ese fin, pero al que agregábamos alguna otra moneda ya guardada especialmente de propina anterior...

Fue la época en que parecía sentir que mi camino estaba dirigido hacia la vida sacerdotal y de verdad me parecía ansiar poder ser fraile en el convento franciscano, al que visitaba continuamente y donde aprendí a desempeñarme como monaguillo, al mismo tiempo que iba conociendo biografías de vidas ejemplares o recorría los jardines conventuales, disfrutando largos momentos en su pileta central donde criaban peces de colores y me permitían alimentarlos o jugar con ellos, mientras yo mismo disfrutaba de lo que allí producía: duraznos, higos, berenjenas, limas, naranjas. Pensé entonces que no necesitaba más para sentir plenitud, pero la adolescencia me despertó al amor y una bellísima adolescente trastocó mis sueños y me hizo creer que los besos y la ternura bastaban para vencer al mundo, al futuro y todas las ansias... y mi caminar fue orientándome a ese paisaje pintado con latidos mezclados de ella y míos. No sabía entonces que el amor así como nos da, nos quita. A ese primer paso se sumaron otros y, al final, a pesar de mis hijos y nietos, lo único que sigue inconmovible y duradero es el amor y la fidelidad de Dios y de María, porque los amores terrenos o terminaron o palidecieron o se debilitaron tanto que fue mejor dejarlos a la vera del camino para seguir con este empeño de alcanzar el propio destino... Y me pregunto, volviendo a mis recuerdos de niñez: ¿Coincidirá acaso con alguna festividad religiosa el poder alcanzar mi estación final y reencontrar a cada uno de esas personas que ahora ya no están y a quienes debo tanto de esas horas felices?

Tal vez se me conceda el saber llegar y vencer la distancia y el tiempo. Tal vez, aún antes de que estire mi brazo y mi mano termine de acurrucar los dedos para tocar la puerta... alguien ya adivine mi presencia y me abra la puerta para evitarme el "toc...toc..." que acaso pudiera despertarme y llegarme a otro lugar sin fin, desconocido... ¡Qué bueno será entonces poder sentir que mi abrazo no queda vacío y que las gotas del recuerdo siguen aún formando un río...!

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